Poesía y niñez

Sonia Levitin
Traducción: Olga Y.Mancinelli


 

Sonia Levitin es, desde 1973, la autora de más de cuarenta libros para niños, jóvenes y adultos.   Ha recibido, entre otros, los siguientes premios: National Jewish Book Award,  Edgar Alan Poe Award, The German Catholic Bishop's Award, y el PEN Award. Entre sus libros, que han sido traducidos a cinco idiomas, se encuentran  Cuando el canguro va a la escuela (Scholastic, Northland/Rising Moon 2001), Todos los gatos del mundo  (Harcourt Brace Jovanovich, 1982), ¿Quién es el dueño de la luna? (Parnassus, 1973), La ciudad que florece (Orchard Books 1998) y  El hombre que guardó su corazón en una cubeta (Dial, 1991; Scholastic Paperback, Puffin).  Su novela para jóvenes, El Regreso, ganó ocho premios, incluyendo el ALA/YASD Mejor libro para adultos jóvenes, y se está presentado como una obra musical, con Michael Butler y Jolie Jones como coproductores.

Fotografia
Izis. 1952


Siendo yo una niñita de primaria, durante el año escolar nos aprendíamos algunos poemas de memoria. Cada alumno se ponía de pie para recitarlos en frente de toda la clase; estos poemas han permanecidos grabados en mi mente desde entonces.  Creo que todos aprendimos algo importante al recitar: que es casi imposible arruinar un buen poema únicamente por  recitarlo  con ineptitud. 

     Creo que nunca veré 
     un poema tan bello como un árbol . . . 

     Los poemas están hechos por tontos como yo
     pero tan solo Dios puede hacer un árbol.

     Cuando pienso en este poema de Joyce Kilmer, llega a mi mente la imagen de una mata impresionante de cabello rubio de un niño travieso llamado Eldon. Él, al recitarlo, le dio un sentido totalmente diferente a este sencillo y espiritual poema. Después de muchas décadas todavía recuerdo a Eldon, con la cabeza  echada hacia atrás, y las manos presionando su pecho.  Sonrío ante la maravilla de este niño rudo recitando la poesía de Kilmer acerca de la belleza de un árbol. 

También conocimos el poema de Longfellow,  “The Old Clock on the Stairs”:


Algo alejado de la calle de la villa

se encuentra el viejo asentamiento campestre 
atravesando su antiguo portón
esbeltos  álamos su sombra dibujan,
y desde su estación en el pasillo
el  antiquísimo reloj lo dice todo— 
“¡Para siempre— jamás!
¡Jamás—para siempre!” 

     Teníamos diez años de edad.  El ritmo del poema de Longfellow era fácil de memorizar.  Nosotros no sabíamos que el poema era acerca de la tragedia y belleza de la muerte. Lo llegué a comprender mucho más tarde, cuando envejecí y vi a  otros envejecer.  Pero mi cercanía con el poema, y lo que he comprendido gracias a él  a través de los años—asociado a  los profundos pensamientos que transmite, a la confianza y su orden predecible— han permanecido conmigo.  Todo esto ha sido parte de mi vida por casi 60 años.
     De niños, cuando nos poníamos de pie frente a la clase y sentíamos que debíamos hacer lo que se nos pedía, existía en nosotros una gran sensación de igualdad: era ese poema que (quitar) cada uno de nosotros había aprendido y que todos debíamos recitar.
     Ahí aprendimos que cada una de las interpretaciones de un poema es válida, diferente e interesante. 
     Eldon sentía  el ritmo de las palabras, y sus recitaciones resonaban a nuestro alrededor como si él escuchara una banda marchando entre nosotros.
    Recuerdo la sorpresa que sentí cuando escuché las palabras zumbar unas frente a las otras y los poemas regresar  súbitamente hacia un sonido previo.
     Al escuchar ese sonido sentí un suave revoloteo en mi pecho. Fue algo privado, emocionante, visceral—y muy mío.  Todavía lo es.  
La repetición no hacía cansados los poemas, por el contrario, la repetición formaba parte de nosotros ¡nos entretenía! La alegría es una parte vital de nuestras vidas diarias, y esos poemas nos proporcionaron alegría.  Y ahora, al vivir con ellos, resuenan con la verdad que he confirmado en mi interior. ¡Para siempre!—¡jamás!/ !jamás!/¡para siempre! Sí, encontré que eso es perfecto, una y otra vez.   
Tanta palabrería por tan solo un poema, ¿dirías eso?  Sí, creo que llegamos a los poemas formales de una manera natural, como un niño descubre el lenguaje. “Babu, baño, botella, bebé, ven” son palabras que tranquilizan a los niños porque saben qué sigue.
     De ahí los arrullos infantiles como “María tenía un borreguito/de blanca lana como nieve/ y  a todos lados que María iba/ su borrego la seguía”.  El ritmo se combina y se repite, lo cual es algo sumamente placentero para los bebés—para todos nosotros—que podemos predecir qué es lo que sigue.
     ¿Pero, qué pasa con los poemas que no tienen ningún sentido? Una poesía puede hacernos reír, o jugar con nosotros.  Como ésta, por ejemplo:

Fuera  mosca de tarta
que la cacerola vieja de manzana
hace que tus ojos se iluminen
y tu pancita diga ¡ hey!

Me encanta el ritmo y el sinsentido de las palabras  “fuera mosca de tarta”; “cacerola vieja” y “pancita” me provocan una sonrisa.   Nunca puede haber demasiada alegría en el mundo.  Hay tanto placer acumulado en la repetición, las sonrisas, los aplausos y el movimiento.
     La poesía puede crear un entorno que nos eleva más allá de lo ordinario, llevándonos hacia las orillas de la bruma de la experiencia humana.  Nos obliga a hacer una pausa. También nos hace recordar.
     Tratándose de literatura, uno debería de preguntarse, ¿existe poesía para niños?
     Como adultos hemos aprendido a buscar poemas para enmarcar alguna ocasión importante, una boda, un deceso, una graduación o el nacimiento de una criatura.  Los poemas son suficientemente grandes para captar la riqueza emocional del evento. Pero me parece que olvidamos el contenido de la experiencia cotidiana en los poemas—y la poesía infantil cumple esa misión muy bien---: el maravilloso espectáculo de ver una oruga desplazándose en la banqueta, el nacimiento de una mariposa, la belleza de una violeta, o el sabor de la miel de maple.

                          

Fotografia
Izis. 1953

                          

     Los poemas para niños pueden incluir absolutamente todos los temas posibles, capacitando el corazón y la mente para saborear, prestando atención al lenguaje para que esté al alcance de los pequeños.
     Los poemas infantiles que contienen  dibujos o fotografías se enriquecen.  Los sonidos acompañados de imágenes son sumamente atractivos para los pequeños—así como para aquel que lo recita.  En nuestra familia hemos disfrutado tremendamente de las rimas de Dr. Seuss, tanto que se han llegado a convertir en parte de nuestra idiosincrasia.
     Sencillos y reconfortantes estos poemas forman parte de nuestra infancia tanto como las rimas antiguas— ¡y son mucho más accesibles!
     Trata de explicarle a un niño por qué un huevo debe sentarse en la pared, qué significan los caballos del rey, y cual es la razón de querer ¡remendar el huevo roto!
     Pero gatos y sombreros, pan y mantequilla, gorras y criaturas son cuantificadores en la experiencia infantil, y como tales, el encontrarlos en esta forma  estrafalaria los convierte  en algo familiar y alucinado— como la primera mirada dentro de un calidoscopio.
     La poesía para niños también se ha adaptado a la poesía híbrida en prosa que en la actualidad es la poesía del mundo adulto.  Algunos de los libros para niños que han tenido gran éxito están escritos en su totalidad en forma de poemas en prosa,  como por ejemplo el libro de Karen Hesse’sAfuera del polvo” y el de Sonya Somes “Deja de fingir: qué fue lo que pasó cuando mi hermana mayor se volvió loca”.  Estos dos libros  tratan temas sumamente dolorosos y difíciles, y en esta forma atraen al lector aun cuando, al mismo tiempo, le permiten cierta distancia.
     Yo, como escritora de novelas, he encontrado en mi propio trabajo que un poema escrito dentro de una narrativa es el mejor modo de expresar un sentimiento, o de aclarar el tema. 
      La poesía es concisa y abiertamente emocional.  Animo a los pequeños para que inventen poemas usando palabras comunes o en algunos casos inventando sílabas sin sentido, acompañándolas con palmadas rítmicas, bailes y canciones. 
     Esto los ayuda a participar, atrayendo sus  propios cuerpos a los ritmos del mundo.  Creo que como humanos tenemos un amor innato y necesidad de la sutil pero fuerte influencia de la poesía, tanto en lo general como en el sentido literal. 

     Como la música, la poesía nos conecta unos a otros al mezclarse y armonizar nuestro interior con nuestro exterior.

 

 

Ciclo Literario.

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