E-mail

Vicente Sorianotlachi


 

Un hombre comenzó a platicar contigo mientras bebía un vaso de cerveza helada. Estaban sentados en una banca del parque de Rivadavia en pleno mes de verano. Hablaron de algunas ciudades mexicanas y extranjeras, describieron a sus mujeres y fue entonces que  él te preguntó si esperabas a una y no te quedó otra que asentir.
–Es su novia –dice el hombre–.
–No… apenas mi amiga.
–Y ¿por qué la espera?
–Le escribí por e-mail que me encontraría todos los sábados de junio de 14:00 a 15:00 horas en esta banca que da frente al kiosko.
–Y le contestó.
–No… no he tenido tiempo de checar mi correo,  pero algo me dice que ella llegará uno de estos sábados. 
–Le hubiera hablado por teléfono.

Fotografia
Édouard Boubat

–Ojalá supiera su número. Sabe…, detesto comunicarme a través de una computadora y si tengo un e-mail es para que no me vea tan atrasado y además, me sirve para estar en contacto con aquella gente que no me pudo telefonear. Sin embargo, le confieso que nos conocimos en el camión que va a San Andrés Cholula. Era la última noche de enero, yo iba  leyendo el libro de memorias de Gabriel García Márquez, cuando de pronto mi vista se vio perturbada por una muchacha que se sentó en frente, sacó de su mochila un libro y lo comenzó a leer. Mi curiosidad me hizo decirle un, qué lees, y ella me mostró la portada, leí: El arte de amar,  de Eric Fromm. ¿Premonición? No lo sé. Tan sólo me limité a decirle que gusto de la lectura y me le presenté como un escritor en ciernes y profesor universitario en el área de literatura. Antes de que ella bajara, le entregué una hojita con mis datos. Creí que nunca la volvería a ver. Pasaron cerca de quince días y al salir de su casa –él hombre contesta gracias– abordé el camión con destino a esta ciudad y he ahí, ella sonrió. Tras saludarnos, me senté a su lado y le conté que iba a entrevistarme con el director del diario  Eternity  y para que creyera en mi palabra, le mostré una impresión del mensaje. Ella comentó que me mandaría uno, tan pronto tuviera un break. Y bajé donde ella solicitó la parada,  atravesamos éste parque y la dejé en el paradero de la calle siguiente donde abordó el camión escolar.
“Creí que nunca me escribiría y lo hizo en abril. Me pidió disculpas por su retraso. Mi respuesta fue larga, muy ad hoc con mi oficio  y le mandé un archivo adjunto con los dos primeros cuentos  que me publicaron en un suplemento del periódico Recapitulación. Contestó en la primera semana de mayo con un parabién. Así fueron  sus mensajes: breves y con mucho silencio.
“No hace mucho enfermé de gripa y me llené de trabajo, sabe… la estoy haciendo de reportero en una revista. No pude ir a un café-internet. Una semana después leería una postal al abrir mi e-mail: Estás ahí… ¿Sí? Entonces recibí un beso, un abrazo y un adiós.
Y el viejo iba a hablar, pero le hiciste un ademán y entonces, te dejó continuar:
–Si ella verifica su correo un día de estos, se mortificara por haberse amistado con un hombre que  casi no recuerda su rostro, apenas la voz y los ojos.

“Pero… bueno, si esto que le estoy contando lo escribiera en forma de cuento y se lo mandara por e-mail con la advertencia de que será publicado en el periódico donde colaboro, ¿cree usted que ella vendrá corriendo a mí, creyendo que soy su hombre?”

 

Ciclo Literario.

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