El río, la cocina y el tiempo

Lorenzo León Diez


 

El tiempo de la cocina en el campamento –techo de cuatro aguas tejido con zacate pacón; paredes de varas negras y otates atados con bejuco cubiertos de adobe mezclado con zacate de casa-- se concentraba en los rostros de Candelaria y Tomasa.
     Muchas mujeres habían cruzado por su piso de manzarín, centenas de veces lavado. Muchas manos blandieron cuchillos en la mesa de nacaxtle, entre las estufas y el fregadero por el que pasaban platos, ollas, cazuelas, tazas, cubiertos, vasos con la huella de labios sorprendidos por los exóticos sabores inventados entre risas de campana bajo la bóveda de vegetal dorado.     
     Aquellas hembras morenas, las niñas de piernas delgadas y ojos dulces, las señoras desdentadas y de vientre prominente y, sobre todo, las ancianas,  eran un símbolo de la victoria ganada por días centenarios de donde emanaba la corriente del río diluyendo el jabón sobre ropa tallada en piedra; embarazos y partos múltiples; orgasmos funerarios; misas cantadas entre vapor de salsas y el dulce aroma del maíz.
     Rostros enrojecidos por el fogón, pálidos al final de la jornada agotadora, eran principio y fin de un cuadro que mostraba la continua rotación de mujeres: unas se iban porque se las robaba el novio; otras porque su esposo se negaba a que la esposa abandonase su propio fogón; algunas cedían a la oferta de cocinas recién abiertas, y algunas más morían, como doña Candelaria, que había condensado casi ochenta estaciones en su cuerpo pequeño, nervudo y compacto.

Fotografia
Armando Salas Portugal

   Era indudable que Cande, como le decían, tuvo alguna vez formas sabrosas, apetecibles. Sus piernas arqueadas no eran de ninguna manera desagradables, como suele suceder en la edad senil que obliga a las ancianas a cubrirse con medias de hilaza. Cande no tenía necesidad de eso pues su piel morena se mantenía firme y de aspecto fresco.
     Siempre pulcra en su apariencia, sus arrugas faciales eran suaves y sonreía todo el tiempo. Gran bondad imantaba sus ojos vivaces, pero a la vez la dignidad de pelear por lo suyo como ejidataria y pobladora de una comarca que ella había visto crecer. Casi todos los hombres y mujeres del pueblo habían florecido y madurado al paso de Doña Cande en las calles, en las veredas, en las márgenes del río.
    Briosa madre, noble abuela, mostrarse implacable era una manera de reclamar a sus hijas la falta de auxilio en la vejez. Esperaba apoyo y sucedió lo contrario pues Candelaria tenía que asistirlas en sus frecuentes partos y los abandonos y maltratos que sufrían por parte de los hombres.
     Así, la abuela mantenía a varios nietos con sus magros ingresos de lavandera; decenas, cientos de cubetas y bultos de ropa sucia aguardaban ser tallados y remojados por ella en las aguas del río cuya humedad se había metido poco a poco en sus huesos provocándole intensos dolores, ardores fríos que no evitaban que fuese, sin embargo, una silbadora notable que mecía la gracia de sus palabras y risa en la conversación con las demás lavanderas.
     Su oficio con el agua se beneficiaba de la ubicación de su choza, en la ribera del río caudaloso, hasta que ingresó a la cocina de Diego donde pasó los dos últimos años de su vida. El joven propietario tuvo la oportunidad de hacerse amigo de aquella mujer cuyas palabras eran resonancia de una cavidad geológica. Las historias que narraba cuando estaban solos lo atraían; se trataba de sucesos que tejían la tensión cotidiana del pueblo como la supuesta aparición de la virgen o las muertes esporádicas debidas a asesinatos, y las anécdotas de muchachas robadas o los problemas que surgían entre familias por terrenos, linderos, cercas tiradas o levantadas.
      Decenas de cuentos hacían de la cocina un antro de intimidad colectiva, pues Candelaria era un referente de la luz que Diego deseaba atrapar en el lienzo extendido debajo de sus ojos cerrados.

Poco antes de la inauguración del puente Candelaria fue expulsada momentáneamente de la cocina por doña Tomasa, responsable general del sitio. La gravedad del asunto trascendió en las relaciones del resto de  las obreras. Diego pudo comprobar cómo los seres en apariencia más cordiales se hieren entre sí fatalmente, sin piedad. Cómo todos, por sumisos y conformes que sean guardan cicatrices, desilusión, rencor, envidia: producto de carencias en la vida.
     La ruptura entre Tomasa, muy joven, gran trabajadora; y Candelaria, declinante, ya enferma, dolió profundamente a ambas pero lo sobrellevaron con orgullo. Era como una ejecución simbólica que  tocaba realizar a Tomasa sobre su vieja amiga.
     Diego se estremeció conmovido al pensar la ira que abrigaba el corazón de Tomasa. Iba a requerir una inmensidad de veladoras y rezos lavar esa culpa inocente, pues Candelaria había impuesto su carácter envejecido y dominante sobre los flujos de la cocina, viéndose Tomasa obstaculizada para dirigirla.

Un día, en una importante sesión culinaria de fin de semana, que era cuando funcionaba el campamento, Doña Cande no fue más solicitada. Entonces, con sus piernas flageladas por la reuma caminó dignamente los dos kilómetros que separaban al pueblo del sitio donde se hallaba la cocina y enfrentó a Tomasa, quien la saludó sorprendida sin esconder el pavor.
     Candelaria se retiró sólo después de increparla acremente ante la muda expectación de las demás cocineras. Allí Diego escuchó expirar sobre el techo ahumado el eco de un badajo. Vio cómo se cumplía un presagio que sería entendido cabalmente días más tarde, cuando el dolor del pecho asmático que la atacaba en invierno se cerró sobre la garganta de Candelaria, asfixiándola.
     Diego observa ahora, barriendo la cocina, la bella silueta de una doncella morena. Siente en la atmósfera la enérgica densidad de cuando Candelaria estaba enfrente, pero de forma distinta: como el principio de una pronunciación, no su final.
     Y ve las horas elevarse con el humo de los leños, el aroma de tortillas cociéndose sobre el comal de barro y las palabras y risas de nuevas y fornidas matronas, pues Tomasa renunció a su puesto pocos días después de la muerte de Candelaria.

Los minutos le enseñan con paciencia a Diego que los cuerpos femeninos en esta cocina son una cadena de viento, como el que ya empieza a colarse por la podrida techumbre de hebras grises que se están convirtiendo en polvo.         

    

 

Ciclo Literario.

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