El prisma de las realidades

Fernando Montesdeoca


 

La escritura en tanto práctica literaria pertenece a un forma especializada del discurso. A un uso específico del lenguaje. Un uso que es a la vez personal y social. El acto de escribir, de escribir literatura en particular, es un acto que más que representar a la realidad (aunque también hace de algún modo una representación de ésta), busca explicarla. Explicarla en términos de lo ficticio, y quizá más que explicarla, su verdadera finalidad sea acaso la de revelarla, por una especie de transfiguración. Si esta es la función de la escritura literaria, revelar el mundo para interactuar en él, es decir, para realizar la realidad, para construirla, ¿qué aporta la escritura literaria a nuestro conocimiento de la realidad en relación a otros tipos de discursos?, ¿y qué aporta, si aporta algo, a las prácticas de la existencia cotidiana, a la construcción de la realidad? Estos son los puntos centrales a considerar en este texto.

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Keith Carter

La literatura es una parte del universo de los discursos, que es el universo del lenguaje como modelo central de simbolización en el mundo humano, entendiendo por lenguaje toda forma de comunicación basada en un sistema de lengua, sea a través de la oralidad y/o la escritura, y por medio del cual construimos fundamentalmente nuestra percepción especie-específica, así como nuestras relaciones con la realidad. Dicho de otra manera, con el lenguaje y sus múltiples relaciones con otros sistemas de signos, construimos nuestra identidad cultural, y al mismo tiempo transformamos, creamos, realidad, de tal modo que somos cíclica y constantemente producidos por lo que producimos. Producimos discursos, conjuntos de enunciados, y éstos nos construyen nos llevan a construirnos como seres de realidad que producimos realidad(es). Sin embargo vale la pena hacer la distinción de que los sistemas simbólicos, tomados como “estructuras estructurantes”, es decir como “instrumentos de conocimiento y construcción de lo real”, según Pierre Bourdieu, no son considerados como formas universales, sino como “formas sociales, es decir arbitrarias [relativas a un grupo particular] y socialmente determinadas.” (Bourdieu en Canclini, 1990, p.38-9).

En las sociedades contemporáneas, tardo-modernas o neomodernas, como ha propuesto Charles Jencks (Jencks en Efland, 2003, p.59), o desde la perspectiva de una crítica a la modernidad (Foucault, 1966, 1969, 1975, 1976) ya sea en proceso de desmodernización, de acuerdo con Alain Touraine (1997), o plenamente posmodernas (Hutcheson, Best y Kellner, Baudrillard, Jameson, Lyotard, Habermas, Lypovetsky, Derrida), el papel de la literatura se presenta como un producto cultural que es a la vez productor de cultura, y por tanto, de realidad; es decir, la literatura como productora de  efectos concretos en nuestras creencias y valores, en nuestro conocimiento del mundo, y por tanto en nuestro actuar en el mundo.

Jürgen Habermas, en su teoría de los intereses cognitivos (Habermas en Grundy, 1994), define como  intereses “a las orientaciones fundamentales de la especie humana” (Ibid. p.25), e identifica como el interés más fundamental, el de la racionalidad, vista como el proceso de construcción del conocimiento a través del cual los seres humanos somos capaces de producir las condiciones necesarias para nuestra reproducción y supervivencia como especie. El conocimiento como función de la razón, y también del amor, como quería Platón, considerando al conocer como “un conocer amante, y un amor a la sabiduría” (Villoro, 2004, p.55), y considerando también que ciertamente nuestras emociones permean nuestras diversas experiencias culturales, desde las reproductivas y de supervivencia, hasta las más sofisticadas.

 Según Habermas, la racionalidad se manifiesta, y se construye, centralmente, en la “acción de hablar” (Habermas en Grundy, 1994, p.25): lenguaje en interacción multiconectiva, red comunicativa en el proceso infinito que la semiótica identifica como semiosis; y si bien la literatura, materia de lenguaje, no es el habla misma, sino una diversificación del habla que violenta las estructuras y explota sus potencialidades de significación a través de la escritura (lo que Jakobson [1988] identificó como la función estética, o poética, del lenguaje), al mismo tiempo que se rige por otras normatividades, tradiciones y rupturas distintas a las del habla en sí, aún así, su materia esencial no es otra que el habla, cuya marca la atraviesa y la “deconstruye” en todas sus dimensiones. Acaso por esto Michel Foucault considera a la literatura un “lenguaje transgresivo” (1994, p.80) al ubicarla en cierto modo en oposición a la comunidad del habla cuando se pregunta si no es un “fenómeno de habla extremadamente singular” (Ibid. p.85), que al mismo tiempo que obedece al código en que se halla culturalmente situada en el momento de su producción, al mismo tiempo, compromete al código al resignificarlo, transgrediéndolo de este modo.

Como parte de la racionalidad misma, Habermas identifica tres intereses cognitivos básicos; el primero es el empírico-analítico, que corresponde al interés cognitivo técnico, cuyo propósito es controlar el medio. El segundo, en el cual corresponde ubicar a la literatura, es el interés cognitivo práctico, que busca comprender el medio para interactuar, simbólicamente, con él. Produce significado y pertenece a la esfera de la moral; su objetivo es elaborar juicios respecto a cómo actuar de manera racional y moral. Aquí la acción se reproduce como texto y como teoría. Para Balzac la literatura era teoría del mundo, en su caso, teoría de la vida cotidiana, lo que habla de una dimensión social del lenguaje que, tal como la considera Juan Martín Prada (2003) hablando del arte en general, consiste en su potencial para cambiar las relaciones sociales.

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Gisele Freund / Simone de Beauvoir. 1952

¿Pero cómo el arte, y en particular la literatura, es capaz de cambiar las relaciones sociales? Siguiendo a Prada, el arte, y la literatura, interconectan nuestra construcción simbólico-cultural del mundo con la praxis de la vida cotidiana a través de la experiencia estética. Es decir, arte y literatura articulan el saber, con el actuar, pues para actuar sobre la realidad es indispensable construir cognitivamente el mundo, y en este sentido la “creación artística no es representación de una imagen de la realidad, sino la inducción a ver el mundo de esa [de una] determinada manera.” (Prada, 2003, p.15). Tal construcción cognitiva del mundo, en la literatura, y el arte, es de carácter estético, sucede a través de la experiencia estética y pertenece, por tanto, a una “categoría” distinta de otros procesos de simbolización, como es el caso, en general, de los elaborados por los medios masivos de comunicación, entre otros, sin que por ello la experiencia estética sea estrictamente exclusiva del arte, aunque sí aparezca como más característica de éste. Si extendemos nuestras nociones modernas, ya en proceso de transformación o de liquidación incluso, es necesario también considerar que en el arte llamado posthistórico por el filósofo Arthur Danto (Danto en López Cano, 2002, p.3; y Danto 1997), existen también “objetos-eventos” que aún sin constituirse del todo como obras de arte, poseen una “polidimensionalidad semiótica” (Ibid. p.4), significativa, que son capaces de producir en los interpretantes momentos vividos como estéticos. Lo contrario también puede ser considerado cierto, es decir, un arte “que no pretenda en absoluto nada con la estética” (Ibid.). De acuerdo a Rubén López Cano, desde el punto de vista de una semioestética cognitivista, la actividad artística conlleva procesos especiales de significación y comprensión, de tal modo que la experiencia estética, vista en la perspectiva de la semiosis, provoca que

cuando percibo algo como arte, el continuo objetual se interrumpe intermitentemente de tal suerte que soy lanzado de forma retroactiva a derroteros privados de fantasía y subjetividad personal. Dejo de contemplar el objeto para, de algún modo, apreciar los límites de mi propia percepción. (López Cano, 2003, p.3)

            Límites (los de la propia percepción) que en una dimensión social, al igual que en una dimensión personal, definen los rasgos identitarios a través de la experiencia estética, pues como señala Simon Frith, “los grupos sociales sólo llegan a conocerse a sí mismos como grupos (como una organización particular de intereses individuales y sociales, de igualdad y diferencia) a través de la actividad cultural, a través del juicio estético.” (Frith en Vila, 2000, p.350).

En cuanto a la semioestética cognitivista cabe aclarar que se trata de un área interdisciplinar que “se interesa particularmente por el modo peculiar en que se perciben,  reconocen, comprenden y reproducen procesos y artefactos artísticos, a la luz de las operaciones cognitivas” (López Cano, 2003, p.3).

Tales perspectivas no hacen sino ayudar a definir los ámbitos y enfoques en que el arte, y con éste el fenómeno literario, son considerados en la actualidad y que quiero establecer aquí como referentes fundamentales en una concepción de literatura.

En cuanto a la especificidad de la literatura y su potencialidad para cambiar las relaciones sociales partiendo de su función cognitiva, Kenia Aubrey reconoce asimismo que el discurso literario “posee un valor cognitivo de relevancia significativa, al tiempo que guarda una relación específica con el contexto” (2001, p.2), aclarando más adelante que el discurso literario “no se halla sujeto al criterio de verdad o falsedad” (Ibid.). El discurso literario entonces lleva a cabo una interpretación de la realidad en el ámbito de lo ficticio, que en palabras de Paul Ricoeur consistiría en “redescribir la realidad según las estructuras simbólicas de la ficción” (Ricoeur en Aubry, 2001, p.6), la cual, según Aubrey, “al representarnos lo irreal, nos lleva a lo esencial” (Aubry, 2001, p.6). Si lo esencial en este caso no es otra cosa sino la construcción misma del objeto, su simbolización, entonces lo esencial que el arte representa, como observa Gadamer, “no es reflejo de un objeto [sino que] Incumbe al artista” (Gadamer en Prada, 2003, p.3). Se trata más de un signo del artista que del objeto, un signo que como esencia, según el mismo Gadamer, revela universales específicamente humanos, y por tanto, verdaderos. Por otro lado este signo, la múltiple articulación de signos que son los “artefactos” literarios, es a su vez “leída”, es decir interpretada dentro de la semiosis por la red de lectores-interpretantes que participan en todo proceso de recepción.

De este modo el arte, la escritura literaria, en tanto signo del artista, identifica en la esencia del objeto construido al conocimiento de la verdad. La objetividad de la obra literaria no sería otra que su contenido de verdad, y en tanto que se refiere necesariamente a universales especie-específicos, es “transubjetiva”, y en este sentido representa un encuentro con la “constelación de lo histórico” (Ibid.).

Así, la literatura es ese discurso cuyo objetivo es el de producir una interpretación de la realidad en el ámbito de lo ficticio, y que produce por la invención “un mundo alternativo dentro del mundo real” (Aubry, 2002. p.6), el cual pese a ser precisamente ficticio revela, incluso de manera más evidente, lo verdadero. No es que lo verdadero se refiera a una serie de universales idealizados, sino más bien a una producción social de la verdad, revelando la indisoluble relación existente entre el actuar -el poder- y el saber, pues como señala Michel Foucault “el poder produce ... saber. Poder y saber se implican directamente uno al otro ... no existe relación de poder sin constitución correlativa de un campo de saber, ni saber que no constituya al mismo tiempo unas relaciones de poder” (Foucault, 1975, p.34). En cuanto a la verdad, se encuentra “ligada circularmente a sistemas de poder que la producen y la sostienen, y a efectos de poder que induce y la prorrogan” (Ibid. 1981, p.145). Ciertamente la vinculación inextricable entre saber y poder plantea una ecuación de conocimiento -una imagen del mundo- específicamente producida por la literatura en forma de enunciados que confirman, o subvierten, creencias y valores, constituyen relaciones de poder -actuación en el mundo-, que influyen crucialmente en las relaciones sociales y así en la producción de lo real.

Todo campo de saber participa de la lucha constante por la definición de lo verdadero. De ahí que ciertamente, como ha mencionado Bourdieu (1990, p.159), tanto la forma como el contenido del discurso se producen inevitablemente en función de las condiciones sociales que determinan en una medida, un modo (o varios) de decir, revelando al mismo tiempo, de acuerdo con Foucault, la manifestación de una verdad vista como el “conjunto de procedimientos regulados por la producción, la repartición, la puesta en circulación y el funcionamiento de los enunciados” (Foucault en Prada, 2003, p.14).

Regresando a Habermas, cabe hacer mención que solamente considera como interés fundamental puro, es decir fundado en la razón, a otra clase de interés no mencionado hasta ahora, y que es el interés cognitivo emancipador. Lo identifica con “la autonomía y la responsabilidad”, y aclara que la “emancipación sólo es posible en el acto de la autorreflexión” (Habermas en Grundy, 1994, p.35). Sin embargo, debido a que la autonomía, es decir, la libertad individual “nunca puede separarse de la libertad de los demás ... la emancipación [está] también inextricablemente ligada a las ideas de justicia, y en último extremo, de igualdad” (Ibid.).

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Gisele Freund / Julio Cortázar. 1966

Habermas considera que ni los intereses cognitivos teóricos, ni los prácticos, son adecuados para la emancipación, debido a que todo consenso puede estar construido sobre consideraciones falsas, puesto que en el proceso mismo de construir el consenso entran en lucha “intereses poderosos en el proceso de dar significado y de llegar a acuerdos.” (Ibid. p36), lo cual corresponde con la lucha social por la construcción de lo verdadero, que está implícita en la interacción humana y que se manifiesta, como forma central de simbolización y de interacción, en el acto del habla, porque

Ser agente humano es ... participar, al menos potencialmente, en una comunidad hablante ... pero ningún agente puede ser nunca miembro potencial de una comunidad hablante si no puede reconocer la diferencia entre enunciados verdaderos y falsos de alguna manera general (Ibid. p.37)

            El interés emancipador, en tanto aspiración a la libertad, parte de teorías críticas que explican cómo la libertad es inhibida por diversas fuerzas sociales en lucha; sin embargo no bastan las teorías críticas, sino su confirmación -su autentificación- por cada individuo o grupo a través de “procesos de autorreflexión”, generando otro tipo de saber, distinto y complementario del de las teorías críticas, que es el saber de la “intuición auténtica” (Ibid. p.38).

            La literatura, así, puede pertenecer al interés cognitivo práctico, y aportar conocimiento del mundo -teoría del mundo-. Sin embargo su papel fundamental, en tanto interés cognitivo, es el interés por la emancipación, en donde es a la vez teoría crítica e intuición auténtica, participando como manifestación “transgresora” de ese fenómeno central del actuar social que es el del habla. La literatura se construye como teoría crítica y como intuición auténtica,  produce verdad y por tanto es capaz de actuar, a partir de ciertas verdades para cambiar las relaciones sociales. Ambas manifestaciones del interés cognitivo pertenecen a la racionalidad, a los procesos del pensar, a los que Hugo Zemelman identifica “como esa capacidad que no quede atrapada por el mundo de los instrumentos, o, por la memoria, o por la rutina, sino que incorpora dominios desconocidos como experiencias posibles que resultan de [la] inconformidad” (Zemelman, 1998, p.14). De la inconformidad que es identificada a través tanto de la teoría crítica como de la intuición auténtica planteada por Habermas, y que se abre hacia la utopía, no como lo irrealizable, sino como un pensar acerca de lo posible motivado por lo que Zemelman llama “necesidad de realidad”, es decir de una realidad otra, que mueve las relaciones sociales hacia el cambio, hacia la producción constante –la reinvención constante- de lo real. La escritura, la literatura, en este aspecto, en tanto ámbito ficticio que se permite pensar en lo posible sin las restricciones de otros tipos de discursos escritos, es especialmente sensible –intuitiva- frente a la realidad –a las realidades cotidianas-, y en este sentido es, primeramente, crítica. Inmediatemente, en su proyección hacia los posibles, hacia una realidad distinta, da cuerpo –cuerpo discursivo-, es decir, presencia de realidad, de la realidad literaria, que es una realidad en primera instancia pensada, que en cierto modo ensaya realidades, y que orienta y modela las conductas y el actuar social, que es productor de realidad. De realidad social. La escritura como productora de mundos no sólo ficticios, sino plenamente reales.

 

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