Oaxaca y Mitla

Graham Greene


 

Una ciudad oriental

Oaxaca era hermosa, a su manera, pero yo estaba demasiado enfer­mo y cansado para fijarme en cualquier hermosura, que en este caso consistía en unas pequeñas manzanas arboladas, de intensa activi­dad. Horrible alfarería aldeana en las tiendas; sobre la entrada de la catedral, un hermoso grupo en piedra de la Reina del Cielo coro­nada. Era extraño volver a entrar en una iglesia y ver encendida la luz del santuario, y la gente arrodillada ante la Eucaristía, y avisos de misas y bendiciones. Una ciudad oriental, de techos chatos, bajo las sierras leoninas y arrugadas, con torres que parecían cúpulas de mezquitas emergiendo un poco sobre el nivel uniforme; desde el aire tiene el aspecto de ser una plaza pavimentada, donde la vida se desarrolla subterráneamente. Había regresado donde a veces an­helaba estar, en la zona turística; en cualquier momento esperaba encontrarme con mi anciano amigo de Wisconsin, al volver una esquina, ansioso por presentarme a algún portero o criada que lo había atendido bien. Era una ciudad descrita en las guías, donde uno podía alquilar un taxi y ver los lugares interesantes.

Fotografia
Roberto Ysaís


Primero la catedral, iniciada en el siglo XVI. El interior parecía curiosamente reducido por las ornamentadas capillas laterales. Toda de terciopelo rojo y oro; daba la sensación de estar acolchada, como a veces lo están los libros de misa. Era un lugar para prelados, no para la oración. Luego el famoso Santo Domingo, terminado a fines del siglo XVII. Algunos dicen que es una de las más hermosas iglesias del mundo, pero no sé por qué no me produjo la menor impresión; prefería su humilde tocayo de Las Casas, con los indios apiñados en el interior. Aquí están orgullosos del árbol genealó­gico, un ornamentado follaje que se extiende por el techo en alto­rrelieve, y florece en imágenes coronadas, entre ramas con uvas, llegando por fin a un rostro pálido y aristocrático. Pero no es her­moso; es demasiado bajo, demasiado oprimente; ¿suponiendo que se cayera una corona? Uno se agacha bajo el peso de la monstruosa dinastía española. El exterior es hermoso -todos los exteriores de Oaxaca lo son-, sólido, simple, limitado, donde la talla se somete a la forma, no como en San Luis Potosí donde prorrumpe locamen­te, ocultando la forma de la iglesia. También es hermoso el conven­to adjunto a Santo Domingo, por lo menos lo que queda de él; el patio roto, con una fuente clásica, destruido en tiempos de Juárez, el indio nativo de este estado que derrotó a Maximiliano y empezó por primera vez lo que según se esperaba sería la destrucción de la Iglesia y lo que demostró ser su salvación. La mitad es ahora un cuartel de caballería: un soldado dormido con polainas, sobre una piedra caída, como un gato; las partes de un caballo, pintadas sobre un muro, en lugar de la Virgen; un clarín que suena. Pero para mí, la iglesia más humana de Oaxaca es La Soledad, nada recargada de magnificencias; situada en una placita en forma de terrazas, con­tiene quizá la segunda imagen en importancia de México, la de la Virgen de la Soledad, que apareció milagrosamente. Es la patro­na del estado de Oaxaca y de todos los marinos; del tamaño de una muñeca grande, con una corona y unas vestiduras muy elaboradas, y una flor en la mano, está colocada sobre el altar, encima de la Eucaristía. Es española en todo sentido, una virgen de Velázquez, y la soledad en que se solazaba, uno piensa, era la soledad española de esos hombres con nostalgia de Castilla. No tiene nada en común con el estado salvaje donde impera, donde esa misma semana los indios de una aldea organizaron una pequeña matanza.

Mitla: Tejido petrificado

Ya estaba harto; quería volver a mi patria, no demorarme ni siquiera en la más agradable de las ciudades mexicanas; y Oaxaca era real­mente agradable. La comida, tratándose de México, era buena, pero yo no podía comerla; la disenteria me vaciaba; no podía quedarme de pie mucho rato. Esa tarde tomé un coche y fui a Mitla.
El deseo de ver Palenque, si puede decirse que lo vi, me había requerido cuatro días en mula, y me había dejado completamente exhausto. En cambio el viaje a Mitla me llevó apenas seis horas, por un camino bastante bueno, y con un costo de unos quince che­lines; y en verdad, para el lego estas ruinas mixtecas son mucho más hermosas que las de Palenque.
Uno llegaba a ellas atravesando otras ruinas, las ruinas moder­nas de los ranchos. Las columnas clásicas y los pórticos se conver­tían nuevamente en barro, porque habían sido hechos simplemen­te de barro, así como las casas, con una capa apenas de yeso. No había desperdicio, y poco desorden: nada de esos feos restos de tejas o de lámina galvanizada. Aquí se encontraba uno nuevamente en la tierra de los cactos. Todos los demás árboles se agitaban fres­camente en la leve brisa vespertina, pero no esos tubos verdes y rígidos. Los saltamontes se posaban sobre ellos, con un aire de caballo en el horizonte; las carretas de bueyes pasaban a su lado, los hombres separaban el grano con palas, arrojando la semilla amarilla contra el ocaso. Nos detuvimos en una cantina, y tomamos un poco de mezcal; el chofer me dijo que era bueno para la disen­teria. No creo que lo fuera, pero era muy bueno para el espíritu.
Las ruinas en sí, bajo la mirada vigilante de una iglesia colonial, consisten esencialmente en una serie de patios largos y estrechos ornamentados con mosaicos de ladrillos; cada diseño es levemente distinto del anterior, una especie de punto de cruz en piedra. Huxléy lo ha descrito muy adecuadamente como "tejido petrificado". En algunas paredes quedan restos de frescos, como ilustraciones de al­guna horrible novela de Wells: máscaras de gases, tanques y armas de un horror todavía no inventado, un mundo mecanicista. Fuera cual fuera la ferocidad con que lucharon los conquistadores, la fe que trajeron consigo -la Virgen de Guadalupe y la Virgen de la Soledad- era más humana que esto. En las cámaras sepulcrales subterráneas alumbramos con velas leves rastros de pintura roja como la sangre. Una gran columna, la Columna de la Muerte, sos­tiene el techo. El guía solicita a los visitantes que la abracen, y por el espacio que queda entre los dedos, predice cuántos años de vida les resta. Parece ser más favorable, o desfavorable, como quieran considerar/o, para los que tienen brazos largos: a mí me quedaban siete años más.

Volví a Oaxaca, y mientras descansaba en la cama pensé qué extraño era el mido de los taxis en la noche. No los había oído desde que partí de Veracruz.

 

Ciclo Literario.

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