Hipolito Villa: el emperador de ciudad Juárez

John Kenneth Turner


 

Fotografia
Otis A. Aultman / Los generales Orozco
y Villa en el salón de la Elite
Confectionary, El Paso. 1911

Contemporáneo y cronista de los revolucionarios mexicanos, Jonh Kenneth Turner (1878-1948) mantiene una visión de los movimientos armados a partir de 1910, muy diferente a la de su paisano Jonh Reed (1887-1920). Ambos no son solamente periodistas apasionados y comprometidos con las causas del proletariado internacional, sino militantes ideológicos de los ejércitos mexicanos en conflagración. Turner se hace carrancista, Reed villista. México Insurgente es una oda al Centauro del Norte, en cambio Turner divulga un criterio escandalizado por las atrocidades del general nacido en Parral. Dentro del texto Villa estadista, publicado por Era (Jonh Kenneth Turner, Periodista de México 2005. Eugenia Meyer) reproducimos con su autorización un cuadro que nos muestra un personaje poco conocido, el hermano de Pancho, Hipólito y con ello una pieza que muestra las cualidades narrativas de este gran periodista nacido, como Reed, en Portland, Oregon.

Villa tiene un hermano menor llamado Hipólito, un tipo negro, ro­busto, de voz gutural y largos bigotes colgantes. Antes de que Pancho alcanzara el poder, Hipólito circulaba por las calles de la ciudad de Chi­huahua, encogido en un burro, con las rodillas golpeando un par de bamboleantes botes de leche. Hipólito era el lechero.
Hoy día, Hipólito se viste como el duque de Venecia. Todas las no­ches se le ve bailando el tango en los salones públicos de Juárez. No es precisamente joven ni bien parecido, pero las "pollitas" mexicanas más tiernas y acicaladas son suyas.
Y es que Hipólito también tiene poder. Se le denomina jocosa aun­que apropiadamente "el emperador de Juárez". Ciudad ]uárez es el Montecarlo de América e Hipólito Villa es su rey. De cada vuelta que da la rueda de la ruleta, de cada barajada de las cartas, el hermano Hi­pólito ha de recibir su tajada.
Sólo las ganancias de los juegos de lotería llegan a cien dólares por noche.

La lotería, las carreras, las peleas de box, las peleas de gallos, las casas de mala fama: todas pagan su dividendo a Hipólito. El juego y el vicio son monopolio del estado, propiedad de Hipólito Villa, y no paga de­recho de licencia.
Hipólito Villa opera una planta empacadora de carne en Ciudad Juárez. Antes de la revolución contra Díaz, la familia Terrazas tenía fa­ma de poseer un millón de cabezas de ganado. Cuando Villa sacó de Chihuahua al último soldado de Huerta, se estimaba que quedaban 300 mil cabezas de ganado de los Terrazas.
Villa confiscó toda la propiedad de los Terrazas. Pero el ejército más numeroso que llegó a tener aquél en el norte no llegaba a 20 mil hom­bres, y 20 mil hombres no pueden siquiera comerse esas 300 mil reses. De modo que el hermano Hipólito puso su planta empacadora. Hi­pólito se jacta de no haber pagado nunca hasta ahora nada por su ma­teria prima, ni siquiera un dólar por fletes a los ferrocarriles.
Hipólito es también árbitro especial de la aduana de Ciudad Juárez.

Un decreto prohíbe la exportación de casi todo lo que tiene algo de valor. Pero uno puede estar seguro de exportar después de haber visi­tado al hermano Hipólito. Desde el día de año nuevo, los chismes del salón de juego atribuyeron un saldo de cuatro millones en bancos es­tadounidenses a las cuentas del antiguo lechero.  

 

Ciclo Literario.

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