Graham Greene: Entre la población del cielo

Enrique Franco

 


 

   

Graham Greene (1904-1991) tenía 34 años cuando en 1938 decidió viajar a México y comprobar en carne propia la represión que vivían los católicos bajo un régimen que “entre el 11 de noviembre de 1931 y el 28 de abril de 1936, cerró 480 iglesias católicas, escuelas, orfelinatos, hospitales, o los dedicó a otros fines”.

El escritor inglés, ya célebre por una sólida obra donde destaca su compromiso moral en el conflicto entre el bien y el mal, encuentra en nuestro país un escenario a la medida de sus preocupaciones religiosas, filosóficas y sociales que producirán uno de sus libros más trascendentes: El poder y la gloria (1940), historia basada, precisamente, en la revuelta de los cristeros y, particularmente, en el régimen de Garrido Canabal, gobernador de Tabasco que luego de ser ministro de agricultura en el gabinete del presidente Lázaro Cárdenas tuvo que exiliarse en Costa Rica debido a sus excesos contra los sacerdotes de la iglesia católica.

Este recorrido que hizo Greene de Laredo a Chiapas lo plasmó en la formidable crónica Caminos sin ley, publicada al año siguiente de su viaje pero que se conocería en español hasta 1953 y recientemente, en 1996, se publica en su primera edición mexicana. (Mirada Viajera. Conaculta 1996)

Fotografia
Roberto Ysaís

En este libro nos encontramos a un autor en su plenitud física y artística, pues de otra manera este viaje extremo y peligroso hubiese abatido a un ser menos dotado corporal y moralmente. Su paso por las ciudades mexicanas, los desiertos, los pantanos y las selvas, lo dejaron extenuado, pero con la certeza de que a partir de esta tortuosa visita “nada volvió a ser igual”.

En su prólogo Raúl Ortiz, señala que en su relato Grenee “destila encono y violencia. Cinco semanas en el país bastan para acumular un desprecio pocas veces descrito con tanta saña y que, no obstante, culminará más tarde en la publicación de una de las más estrujantes novelas del siglo, la que muchos lectores alaban como obra maestra del escritor: El poder y la gloria”.

México ha sido tierra fértil para los literatos-viajeros. La lista es larga, entre otros: D.H. Lawrence, Hart Crane, Antonin Artaud, Malcom Lowry, Jack Kerouac, Bruno Traven. Pero sin duda la visión de Graham Grenee está entre las más radicales. Dice Ortiz: “Diarrea y sudor impregnan la lectura; ira y desprecio tiñen los juicios que desgrana cada párrafo, y con ferocidad se arremete al lector en una prosa a tal grado precisa, que en ningún momento deja lugar a dudas”.

Caminos sin ley nos permite contemplar la relación entre dos géneros: la crónica y la novela. Es evidente que aquí está la semilla de El poder y la gloria, como el propio Grenne lo señala en su nota editorial  de 1950, lo que no quiere decir que su primer libro sea inferior. Al contrario, la naturaleza del registro es de gran pertinencia histórica, como el ver cómo la proclama cardenista de la expropiación petrolera puede llegar a los lugares más recónditos de la República en una época donde gran parte del territorio nacional está al margen de las vías modernas de comunicación (ferrocarril y carretera) y enterarnos de las penosas condiciones que tenían que enfrentar los viajeros que querían conocer los emblemas de la cultura antigua, como Palenque y Mitla.

Haciéndose pasar por un esforzado turista el autor de Orient Express se sumerge en un territorio hostil, donde en un tramo de la selva de Chiapas, pierde sus únicas gafas, detalle que marca el tono de su diatriba contra México: “Quizá la fatiga visual haya sido una de las causas de mi depresión creciente, el odio casi patológico que empecé a sentir hacia México”.

Y a casi 70 años de escrita, la crónica de esta indisposición hacia nuestro país (“México es un estado mental”) nos hace reconocernos en un espíritu de gran calidad humanística, en una solidaridad sincera con los oprimidos: Declara en una entrevista a su regreso a México, en 1963: “No creo que la situación de los más morenos en México sea muy distinta a la de los negros en Estados Unidos, país que con razón tanto resienten ustedes. Allá, al menos tienen la lucidez hasta de acuñar un concepto, UASP, que diferencia implacablemente a unos de otros; aquí, todos debieran sentirse hermanados bajo el amparo de Guadalupe. La mayoría en el pueblo mexicano está constituida por pobres y es víctima de inicua explotación”.

Graham Greene se convirtió al catolicismo en 1926, pero reconoce que sólo fue cuando vino a México,  que pudo darse cuenta de lo que es fe auténtica. “Sólo aquí pude darme cuenta que es necesario ser como infantes para crecer”. Así, cuando entra a una iglesia, de las pocas abiertas y contempla la devoción de los fieles, expresa: “tal vez ésta es la población del cielo”.

En la línea de Bernanos y Mauriac, el novelista de los sacerdotes y el autor de la Vida de Jesús, respectivamente,  Greene está lejos de ser un militante eclesial, pues para él el Vaticano es lo mismo que el Politburo ruso, sino su asunción espiritual del cristianismo es de tal pureza e impecabilidad moral como lo comprueba la actualidad de su obra.

La condición de un país que no puede aún salir de la violencia revolucionaria y víctima de las agresiones imperiales, encuentra en Graham Greene un cronista conmovedor, sensible a ese odio que se respira todavía en todos lados y cuyos cuadros sórdidos son parte de la galería universal que México, “esa tierra antigua y sangrienta” ha inspirado:“un hotel mexicano: la mísera habitación, la simbólica cucaracha muerta y el olor a orines”; “Morimos como defecamos: ¿por qué ponerse sombreros enormes y pantalones ajustados y hacer tocar a una banda?”; “Siempre asociaré la ciudad de México con el olor repugnante a dulces y con los vendedores de billetes de lotería”; “Todos los monumentos de México son homenajes a muertes violentas”; “Ninguna esperanza en ninguna parte; nunca estuve en un país donde uno tenga más conciencia, en todo momento, del odio”; “un país donde sólo se podía morir, y dejar ruinas tras de sí”; “Es verdad lo que escriben de los mexicanos su admiradores: que siempre están alegres, sean cuales sean las circunstancias; pero hay algo horriblemente inmaduro en esa jovialidad; no hay ningún sentido de la responsabilidad humana; es una mera variación de la violencia a balazos”. En fin...¿qué podía escribir alguien “mientras vomitaba o me arrastraba a través del patio hasta la letrina tapada”?

Y, sin embargo, sentimos una enorme simpatía por este inglés, un quijote en los calores infernales de Tabasco, que escribe en uno de los momentos más álgidos de nuestra historia reciente, la constancia más sincera que pudiera esperarse de alguien que no encuentra “en todo este país nada tan hermoso como una aldea inglesa”.

A su regreso de Chiapas, Graham Greene aterrizó en aeroplano en Oaxaca, que le mereció dos textos que a continuación reproducimos.

 

Ciclo Literario.

El URL de este documento es http://www.cicloliterario.com/ciclo49junio2006/grahamgreene.html