El evangelio según Felipe Ángeles

Lorenzo León Diez


 

   

El 26 de noviembre de 1919, confinado en una celda al interior del Teatro de los Héroes en la ciudad de Chihuahua, vistiendo andrajos, con su familia en el exilio, un hombre de 50 años de edad lee, horas antes de ser colocado en el paredón, frente a fusiles cargados con balas expansivas, La vida de Jesús, de Renán.

Es el general de división, graduado con honores y uno de los militares más brillantes de su generación, Felipe de Jesús Ángeles Ramírez,  nacido en Zacualtipán, Hidalgo, un 13 de junio 1869.

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General Felipe Ángeles

Lee, seguramente, el final de la historia: la crucifixión y muerte de Jesús, el Cristo. Su juicio ha terminado. La sentencia dictada. No tiene miedo, Ángeles lee. “Estoy acostado descansando dulcemente. Oigo murmurar la voz piadosa de algunos amigos que me acompañan en mis últimas horas”. Pidió al sacerdote, que fue llamado por las señoras promotoras de los comités pro Felipe Ángeles, no practicar con él el rito de la confesión ni la bendición. No la necesita. Sabe exactamente por qué muere. No tiene resentimientos. Tampoco se arrepiente de nada. “Mi espíritu se encuentra en sí mismo”, escribió  antes de ordenar la marcha del pelotón que lo condujo al cadalso, donde él mismo dio la orden de fuego.

No creer en la guerra

Luego de un periplo de casi cuatro años, que lo condujo a Washington y Nueva York, con decenas de exiliados de las purgas revolucionarias y una intolerable vida de ranchero en las inmediaciones del río Bravo, en la frontera, regresó a su país a predicar su evangelio de la paz, el amor, la fraternidad y la concordia en un territorio donde la Revolución había triunfado, descartando a zapatistas y villistas, y donde estaban rotas las esperanzas de unidad que propició en 1916 la Convención de Aguascalientes, cuando se reunieron, por única vez  los líderes de todos los ejércitos que combatieron al porfiriato y a Victoriano Huerta estampando su firma sobre la bandera de México.

El general porfirista, maderista, carrancista y villista, muere sin  bandera. La División del Norte, que él contribuyó a organizar, y en cuyas filas marcharon 30 mil hombres, está despedazada. A Villa lo siguen solamente mil guerrilleros. Ángeles está solo y desvalido; el hombre que tuvo el mando del ejército más poderoso de la revolución y el militar más respetado por todos los bandos, incluso los zapatistas, a quienes combatió con piedad bajo el régimen de Madero y luego buscó personalmente para incorporarlos a la Convención de Aguascalientes, ha dejado de creer en la guerra como un medio para la liberación.

En tanto, Pancho Villa no cabe en su furia. Con un puñado de hombres, no podría tomar Chihuahua, ni siquiera acercarse. Le mataban a su querido Felipe Ángeles, al único al que, si alguna vez obedeció a alguien, fue a él.

Entre la helada ventisca invernal y ante el clamor nacional e internacional para que el Primer Jefe revolucionario, Venustiano Carranza, respetara su vida, está por sucumbir un hombre que transita aún incomprendido en los anales de la historia de México; alguien que conoció todos los registros del drama revolucionario:  el poder porfirista, corrupto y despiadado; la lucha,  la pasión y la muerte de Francisco Madero, con quien compartió la celda de la que saldría el Presidente, junto con José María Pino Suárez, hacia el tablado del sacrificio;  la oficina de la subsecretaría de Guerra, donde  pretendía aislarlo Carranza en tareas burocráticas; la conducción artillera de la División del Norte, a la que Carranza le negaba la victoria asegurada en Zacatecas; el estruendoso fracaso en el Bajío, víctima de errores tácticos, frente al Ejército de Álvaro Obregón y debido también al mal estado de las granadas surtidas por los Estados Unidos, que habían pactado con Carranza  la derrota de Villa. El exilio en Nueva York, donde compartió la vida marginal y sufrida de los migrantes; su triste experiencia de ranchero en los páramos de la frontera, cerca de ciudad Juárez, y la entrada nuevamente a México para participar en la forma más primitiva de la guerra: la guerrilla y, mejor, pasearse inerme entre las balas buscando un dialogo en un país ensordecido por el estruendo de la metralla en la fallida e imposible Alianza Liberal Mexicana.

De guerrero a apóstol

Pero quien entra esta vez a México ya no es un guerrero. Es un apóstol. Alguien que se sabe predestinado al martirio, pues “la sangre de los mártires fecunda las grandes causas”.

Lee, pues, Felipe Ángeles, en la improvisada celda del Teatro de los Héroes, el evangelio de Jesús: “...que tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos” (Mc. 10,45).

Encuentra en los testimonios de ese otro gran incomprendido, su propio eco: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn. 15, 13)

Ángeles, horas antes, frente a más de cinco mil personas que abarrotaron el teatro donde fue juzgado por los generales carrancistas, algunos, incluso, que fueron sus amigos, parafrasea a San Juan (“Los amo hasta el extremo” Jn. 13 1): No abrigo odio contra nadie: amo entrañablemente a todos los mexicanos de cualquier creencia, religión o credo político que sean.

Pero Ángeles no es un cristiano manifiesto. No es un creyente. Al sacerdote que espera su conversión le dice: Padre “Mejor que un confesor, debería estar aquí un filósofo que estudiara, en provecho de la humanidad, los últimos momentos de un hombre que, teniendo amor a la vida, no teme perderla”.

La noche del 11 de diciembre de 1918 Ángeles cruzó  la frontera de El Paso y Ciudad Juárez. Desde la derrota de la División del Norte en Celaya y León, el guerrero más destacado de su tiempo, pues sus batallas (Torreón, Saltillo y Zacatecas) fueron seguidas por todos los estrategas del mundo, se había despojado de sus armas: dos pistolas calibre treinta y ocho especial y un rifle 8 milímetros Springfield, y declaró: “Vengo en misión de amor y paz. Vengo a buscar la manera de que cese esta lucha salvaje que consume al pueblo mexicano, unificando en un solo grupo a todos los bandos políticos que existen en la actualidad en el suelo de la República, sin distinción de credos”.

Eran palabras. Villa lo miró con compasión al oírlo: “Cuando usted intente hablar con los carrancistas, hágalo a balazos, es la única forma que yo he descubierto para hacer que la gente entienda”. En Memorias de Pancho Villa, Martín Luis Guzmán narra cómo Ángeles parecía buscar las balas. Villa le dice: “caray, general, está bien que todos vamos a morir, pero no así, paseándose como usted frente al enemigo”.

Una vez, cuando los villistas ocuparon Santa María de Cuevas, se visualizaba el humo de las fogatas de las tropas carrancistas, al acecho. Ángeles, sin armas, fue hacia ellos. Escribió sobre esta escena el secretario particular de Villa: “Se dirigió el general Ángeles solo y desarmado hasta el campamento del enemigo y estuvo conversando rodeado de ellos por más de media hora. Aquello debe de haber sido ni más ni menos que el Sermón de la Montaña, pues aquellos hombres incultos y rudos respetaron la vida del general permitiéndole que regresara a nuestro campamento sano y salvo”.

¿Qué dijo, entre otras cosas, Jesús en ese famoso discurso?: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

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Charles B. Waite / La boda 1900

Ángeles transmina esa mística sacrificial de Madero, que lo trajo de Francia, donde el general se encontraba cursando estudios, para nombrarlo director del Colegio Militar en 1913.

Como Cristo, ahora Ángeles tenía una vida ruda, nómada y sin hogar que ejercía una influencia sutil y llena de autoridad. Como Jesús, era sencillo, varonil, honesto y sin miedo. Como el profeta, lo caracterizaba la paciencia, la ternura, la mansedumbre, la compasión y la humildad.

La descripción de Ángeles guarda semejanzas con la personalidad de Jesús; Rosa E. King, su amiga de Cuernavaca, lo describe: “El general Ángeles era delgado y de buena estatura, más que moreno, con la palidez que distingue al mejor tipo de mexicano, de rasgos delicados y con los ojos más nobles que haya visto en un hombre. Se describía a sí mismo, medio en broma, como un indio, pero sin duda tenía el aspecto que los mexicanos llaman de indio triste. Otros grandes atractivos se encontraban en el encanto de su voz”.

Manuel Calero lo dibuja así: “Era meditabundo y melancólico. Con fuerte proporción de sangre india, tenía la característica tristeza de los hombres de esta raza. Sus pasiones, aunque intensas, no eran explosivas; tenía gran dominio de sí mismo y un espíritu de implacable crítica para sus propios actos”.

De sus tiempos en el Colegio Militar, Vito Alessio Robles, lo recuerda: “Su nombre era un orgullo para el Colegio Militar. Estaba rodeado de una aureola de prestigio y leyenda. Inspiraba respeto y simpatía. Se le consideraba como el oficial más inteligente y culto del ejército; era además, un atleta vigoroso y ágil, un excelente gimnasta y un consumado caballista. Se imponía por su saber y por su fuerza física y moral. Sin embargo, la característica que más se destacaba en aquella varonil y simpática figura era la modestia, una gran modestia”.

Como Jesús, Ángeles podría haber dicho: “Es fácil morir en el frente de batalla física, cuando la presencia de vuestros compañeros de lucha fortalece la valentía, pero se necesita una forma más elevada y profunda de valentía y devoción humanas para dar la vida a solas y con serenidad, por el amor de una verdad albergada en vuestro corazón mortal”.

Los meses en que Ángeles siguió a Villa como integrante de su horda, no participó en ningún combate, antes bien se dedicó a salvar de la muerte a los prisioneros que Villa incontestablemente fusilaba, y  por defenderlos no temía enfrentar al Centauro, herido ya de muerte.

Villa había dicho de él durante sus primeras batallas: Ángeles “me enseñó que existía algo como la piedad”.

La piedad, un sentimiento que los zapatistas--arrasados hasta el exterminio por el general maderista Juvencio Robles, como lo serían después por Pablo González, en el carrancismo-  reconocieron en Ángeles durante la guerra permanente que los sureños sostuvieron todo el tiempo, solos y aislados, contra el poder del centro: porfirista primero, maderista después, carrancista más tarde.

Por eso Ángeles, designado por la Convención de Aguascalientes para invitar a los zapatistas a esa histórica junta, era el único que podía ser reconocido como interlocutor de Zapata, quien consideró su respeto por la vida de los campesinos pobres, y finalmente se unieron en la misma causa.

El perdón y la traición

En la batalla de Saltillo (21 de mayo de 1914), Ángeles tomó a 2 mil prisioneros, los reunió en la plaza y les hizo jurar que no volverían a tomar las armas en contra del movimiento villista, y después les dio su libertad. De este grupo de soldados perdonados salió Felix Salas, el traidor que lo delataría con los carrancistas, cuando fue apresado en el Valle de los Olivos, desarmado, con cinco hombres, uno de ellos herido, a quien trataba de curar.

Escribió el general: “Con Villa anduve cinco meses predicando en todos los lugares a donde llegábamos los principios de fraternidad que deben unir a todos los hombres, hasta que me separé de él por no convenir con su conducta para con los prisioneros, a quienes fusilaba, idea a que traté de quitarle, como se la quité en muchas ocasiones. La misión que traje fue de conciliación, fue de aconsejar a Villa, porque Villa es bueno en el fondo: a Villa lo han hecho malo las circunstancias, los hombres, las injusticias, eso le ha perjudicado”.

Ángeles, pues, era muy claro en el sentido de su nueva labor revolucionaria: la predicación. El predominio de la palabra sobre la espada. Y sobre todas las cosas (la política incluida), “la educación interior”:

“El hombre debe ser hombre primero, después padre o madre, según su sexo y sentir deberes para con la sociedad a la cual debe honor y respeto. En la educación de nosotros falta lo esencial: principios sólidos para la vida, educación interior, que es la que hace a los hombres grandes. Si en esta revolución se cometen errores, es porque toda la educación se limita a una verdadera fórmula. El pueblo bajo vive en la ignorancia y nadie se preocupa por su emancipación”.

Nadie, dice el mayor conductor de hombres de la época más sangrienta de la historia moderna de México, está atento al interior de esos seres que marcharon a la muerte.

De nuevo, con Jesús, el Cristo, podría decir: “Mi paz os dejo con vosotros. No se turbe vuestro corazón, ni tengáis miedo. Esta es la paz que previene conflictos desastrosos. La paz personal se integra a la personalidad. La paz social previene el temor, la codicia y la ira. La paz política previene los antagonismos raciales, la suspicacia entre las naciones y la guerra. Trabajar por la paz es la cura de las desconfianzas y las sospechas”.

Antes de Gandhi, un poco después de Tolstoi, Ángeles está hablando de la transformación interior para lograr la transformación social. Su voz clama en el desierto. En su juicio repite una y otra vez: “No he dicho nada contra la Constitución; he predicado la fraternidad; he predicado una doctrina de conciliación y de amor. La gente muy poco entiende eso. Por desgracia, nuestro pueblo no está aún en la época en que deba hablársele de otra cosa que de lo contrario a todo lo que sea odio y venganza; por eso su infelicidad, por eso se preocupa muy poco por analizar el espíritu de las leyes que nos rigen, para comprender, cuando menos, los deberes y los derechos que le asisten. La democracia consiste en que cada uno se baste a sí mismo para que, en unión de los demás, pueda ser libre y, por tanto, disponer de libertad en su gobierno, en sus hechos, en su vida propia”.

Para Ángeles, la oportunidad de fijar en el tiempo su evangelio es, como en el caso de Jesús, a través del juicio condenatorio que obtiene de los hombres, y su posterior muerte: “Sé que me van a matar, pero también que mi muerte hará más por la causa democrática que todas las gestiones de mi vida, porque la sangre de los mártires fecunda las grandes causas”.

Es el de Ángeles un manifiesto de sangre redentora al ser el único político de su época que trasciende la meta del poder. ¿No lo quiso? Sus compañeros de armas le reprocharon la confusión que hizo todo el tiempo entre el interés nacional, la lealtad y la disciplina. Así le sucedió cuando aceptó las órdenes de Madero de dejar actuar a  Victoriano Huerta, durante la Decena trágica. Así le pasó cuando no pudo convencer a Villa de no dar las batallas en el Bajío contra el ejército del noroeste de Álvaro Obregón, lejos de sus centros de abastecimiento. O, como dirá el general Diéguez, juez en su proceso: Quiso eludir el poder, lo niega, por eso muere. La verdad en la política son los hechos consumados. Un muerto es siempre una verdad.

Una biografía intelectual de Felipe Ángeles está pendiente. Se sabe que leyó a Marx y a los socialistas utópicos. Aunque no llegó a ser, ni por asomo, un doctrinario, escribió: “El socialismo es un movimiento general en todo el mundo que no podrá ser vencido. El progreso del mundo está de acuerdo con los socialistas. Es un movimiento de fraternidad y de amor entre los hombres de las distintas partes del universo”.

Es más conocida la vida de Ángeles como genio militar, como artillero e incluso inventor de un cañón, que como evangelista (recordemos que esta palabra quiere decir mensaje). Sin embargo una escritora, Elena Garro, se encargó de difundir en su obra de teatro Felipe Ángeles (1954), la personalidad sacrificial de un héroe que todavía no merece la dignidad estatuaria de otros, ni amigos (Villa, Zapata) ni enemigos: (Carranza, Obregón), en el pintoresco panteón de la civilidad mexicana.

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Guillermo Blumenkorn /
Mexicanos muertos, calle Lerdo, Veracruz 1914

Ángeles y Garro

Las investigaciones de Patricia Rosas Lopátegui, representante literaria de Garro, nos permiten acercarnos a la génesis de esta obra, primer texto dramático de una autora fascinante y polémica.

No existen o no se han difundido, documentos históricos que reseñen con detalle el juicio de varias horas que los generales carrancistas aplicaron a Ángeles, proceso evidentemente ilegal, pues fue juzgado por traición militar siendo que no se le podía considerar como general del Ejército Federal, ya que ese ejército quedó disuelto por los tratados de Teoloyucan y sus grados no han sido reconocidos con posteridad. Más tarde, en 1917, el señor Ángeles fue borrado del Ejército Constitucionalista.

En el periodo anterior, el 30 de marzo de 1914 el secretario de guerra de Victoriano Huerta había dado de baja al general Felipe Ángeles, con retroactividad al 8 de noviembre de 1913.

Dice Patricia Rosas Lopátegui: Elena Garro, en 1954, se propone rescatar a esta figura olvidada por la historia oficial de la Revolución Mexicana, Felipe Ángeles, el general villista con quien combatieron sus tíos Samuel, Benito y Saulo Navarro.  Esta pieza la termina entre 1956 y 1958. El texto fue rechazado con la consigna de que era impublicable e imposible de poner en escena. Felipe Ángeles se salvó gracias al poeta jaliciense Ernesto Flores, quien lo publicó en la revista Coátl diez años más tarde, en 1967. La Universidad Nacional Autónoma de México lo edita en 1979.

En una entrevista sostenida con Rosas Lopátegui en xx (publicada en Ciclo 47), Garro dice que su esposo en ese entonces,  el poeta Octavio Paz, al percatarse de la importancia del personaje, quería escribir esta obra con ella y “escribió un acto de la obra que no servía”.

Poco se sabe de la investigación que realizó Elena Garro para la creación de su drama, aunque debemos atenernos a su propia tesis estética para comprenderla como testimonio histórico: “El teatro es teatro y la vida otra cosa; confundir ambos conceptos es una monstruosa hipocresía escénica. Lo teatral es simulación, máscara en lugar de rostro, entelequia más que persona, metáfora y no metonimia. Sus personajes son entes mágicos, pero nunca seres humanos comunes y corrientes. Lo dramático es la única forma de alcanzar lo inasible”.

Y la vida y muerte de Felipe Ángeles (un personaje a la altura del arte) es inasible, precisamente por la profundidad espiritual que alcanzó, por la decisión de suspender la trascendencia de una vocación mística en los actos concretos de la guerra, por no juzgar su vida como perteneciente a la derrota, pues el guerrero no la conoce, aunque sí a la muerte.

Entonces, Elena Garro acomete una obra de teatro político, “claro que el teatro político en el más alto sentido de la palabra, es decir, en el sentido religioso del hombre.”

Así, las palabras en el teatro (de lo Héroes) y en el teatro de Elena Garro, que pronuncia Ángeles, tienen la sustancia de lo eterno. Dice Ángeles: La historia, como las matemáticas, es un acto de la imaginación.

Por ello, la obra de Garro es el más fiel testimonio del evangelio de Felipe Ángeles, pues el dato histórico es trascendido. Ya está expresado en el escaso pero contundente registro de sus contemporáneos, fundamentalmente en la monumental Memorias de Pancho Villa, de Martín Luis Guzmán, donde la crónica de la batalla de Zacatecas alcanza niveles épicos. Se está viviendo una conciencia nacional, en cuyo centro están Villa y Ángeles como el momento mayor de la revolución, el final del ancient regime y comienzo del nuevo. Son ocho mil cadáveres donde se alza la gloria de un Ángeles que se niega a entrar a una plaza, donde no podría evitar la matanza.

Espada y palabra

Es la guerra, siempre, donde se impulsa el don de una luz que desciende. Ángeles, como pocos generales de su tiempo, pudo concebir y dar fin a una batalla, “como una obra artísticamente terminada”. Después...rompería su espada creyendo que “al hombre se le rescata con la palabra”. Por ello fue el suyo el primer discurso en la Convención de los revolucionarios en Aguascalaientes: Mi espada nunca estuvo al servicio de nadie, sino al de unos principios, que cada día se fueron haciendo más claros, hasta que al final, ya no necesité de la espada, porque ellos se volvieron un arma más poderosa. Entonces, cambié la espada por la palabra.

Recientemente en el Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, se realizó el foro Felipe Ángeles y la Revolución Mexicana, a la que fue invitado el gran historiador  Friedrich Katz (Viena, 1927), quien lamentó que “la figura de Ángeles es muy poco conocida y merece ser revalorado. Durante mucho tiempo, en la historiografía oficial se le ignoró porque fue carrancista por muchos años. Algunos lo rechazaron por ser villista, otros por haber sido federal. No era claro qué era y mejor lo dejaron en el olvido. Pero la gente necesita héroes, y en México existe la tradición de los héroes mártires. Felipe Ángeles es las dos cosas. Para mí es muy interesante ver que en la historia de este país casi todos los héroes son mártires: desde Hidalgo hasta Ángeles. Sólo hay dos personalidades, que tuvieron poder, que son héroes pero no mártires y que siguieron teniendo prestigio después de su muerte: Benito Juárez y Lázaro Cárdenas. Después de que Villa fue aceptado en el panteón de los héroes nacionales, empezó a cambiar la cosa para Felipe Ángeles. Villa le abrió la puerta, aunque por el momento se encuentra sólo en el umbral. 

Felipe Ángeles dijo a sus jueces, al público y al tiempo antes de morir: La salvación, el perdón, no están fuera sino dentro de nosotros mismos.

 

Ciclo Literario.

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