El artista en la cultura del video

Amaya Escalera


 

Con todas las críticas que se le puedan hacer al video, de las que luego hablaré ¿no brinda  a los artistas ocasión inigualable para expresarse en movimiento sonido y tiempo? Al arte toca quitarse los grilletes del silencio y hacer conmoción con su palabra. Escudriñar en los recursos de la vida actual, exprimirlos hasta hacerlos chillar, que queden exiguos.
     No puedo ver el conjunto de posibilidades que ofrece una videocámara  más que como una gran oportunidad para la creatividad. Qué más que adaptarnos a nuestra época y hacer uso intenso de todo lo que esta ofrece.
     En el arte no hay otro confín que el del  artista. A pesar de los límites reales, la creación es un acto sin término, es la necesidad insaciable de trasmutar en objeto: la sensación, la inconformidad, la desazón, la alegría, la falta. En esta contienda, la tecnología es nuestro complemento, el apéndice cómplice de nuestro devenir y trascender.
     En todas las definiciones de la palabra tecnología o técnica se destaca que “es una habilidad  que sigue ciertas reglas”. Si es así, el término hace mención a casi cualquier actividad humana.

Jean Pierre Khazem

     Cuando hacemos video, no solo utilizamos  la cámara… sino muchas otras cosas de origen tecnológico. El sonido, la luz, tripiés, pantallas, sillas, mesas, telas y la palabra ¿no usamos para todo la palabra? esa que nos antecede, incluso, desde antes de haber nacido; ¿la lengua, no sigue las reglas del lenguaje? Desde antes de nacer tenemos un nombre o la noción del hijo que nuestros padres quieren de nosotros. Sí…la tecnología nos antecede. 
     El uso de la tecnología parte de una necesidad propiamente humana; el hombre, desde que lo es, la utiliza para someter a la naturaleza y adaptarla a sus necesidades, de tal manera que la tecnología se ha convertido en una suerte de prótesis, un nuevo órgano (de ciencia ficción, le llama Barthes).
      A la vez, la tecnología  nos fuerza a negociar nuestro ser, a convenir con ella nuestra existencia. Lo técnico es determinación, destino; orienta nuestro devenir; es expresión objetivada del espíritu, corresponde a nuestra época y la configura, en comunión con la ciencia nos convierte en especie del saber.
      “Lo técnico es el dominio del hacer, a través del que la mano del hombre realiza en el mundo al pensamiento”  (Dore Ashton, “Rilke en busca de los confines”, en Una fábula del arte moderno. Fondo de Cultura Turner 1991).
Es también la posibilidad de liberación del ser humano, y por ende, del artista. El espíritu creador no puede permitirse desdeñar la oportunidad existente de expresarse a través de un nuevo lenguaje; el del arte es un acontecer del sentido y la significación; en su devenir, la técnica se humaniza, se convierte en un producir y no un medio para un fin.
     La tecnología conforma un sistema a base de partes; de la fragmentación sumada arma el lenguaje de la globalidad y ésta dispone el destino de sus fragmentos. Cada parte no sólo arroja su forma alimentando el total al que pertenece, sino que de éste recibe, simultáneamente, su instrucción, su estructura. Pero lo técnico configura un sistema inestable, incierto y de búsqueda; es incertidumbre, evolución y crecimiento, que, como la naturaleza,  lucha permanentemente por el equilibrio.
     En el arte, las partes que integran la globalidad se expresan en formas. El espíritu artístico de la época en la que se encuentra el mundo, se manifiesta en formas. La forma es resultado de la integración de las partes--- deriva del pensamiento al sentido, del abstracto a la productividad significante, al acto substancial. La forma no sólo es resultado de una ecuación rescatada del sumatorio infinito de todas las partes, sino manifestación de la algarabía atronadora  de un momento epocal del espíritu. Espíritu del momento que en toda su complejidad se manifiesta a través de la ubicuidad desgarrada e irresoluble de un alma individual (Roland  Barthes, “La escritura del suceso”, en Susurros del lenguaje, Madrid, Paidós).        
     La tecnología ha influenciado el hacer y  el pensar  del arte, y éste, a su vez, a la tecnología, pero no todo desarrollo técnico da lugar  a una forma artística. En cambio, toda forma artística nace irreversiblemente ligada a un desarrollo de lo técnico… (R. Barthes).
     La forma artística nueva surge  cuando tal desarrollo técnico determina en el mundo transformaciones profundas que afectan la forma en que los sujetos experimentan su propio existir; dicho de otra manera, cuando la tecnología que preexiste es insuficiente para someter a la realidad y realizar la necesidad expresiva del creador.
     El proceso de aparición de nuevas formas artísticas que hacen uso de nuevos recursos tecnológicos es, necesariamente, lento.La video cámara existe en el mercado desde la década de los sesentas del siglo pasado,  y es momento de explotarla de manera intensiva.
     No podemos dejar de mencionar el papel que ha jugado  la evolución de  los  sistemas digitales, que ha multiplicado substancialmente las posibilidades expresivas del video. La computadora no sólo permite artimañas virtuales asombrosas, sino que democratiza al video haciendo más extensiva su  producción y su difusión.
     La constelación de todos los hallazgos técnicos vibra por surgir en el video como en ningún otro lugar; es la forma artística propia de nuestro tiempo en la que las cosas devienen formas; es la oportunidad de que el “instante en que todos los sentimientos y  todas las vivencias, situadas más acá y más allá de la forma, obtengan una en la que decirse y condensarse”. El “instante místico de la unión de lo interno y lo externo, del alma y la forma”  (Dore Ashton).
     El video artístico enfrenta, al igual que el cine y la televisión, una dificultad: la de lograr, sin transición del tiempo, transmitir al espectador su mensaje. Tradicionalmente la plástica, el orden visual de lo plástico, se  desarrolla en el tiempo durante su realización, pero al espectador llega como  identidad, como inmóvil mismidad. Así -- haciendo énfasis en la idea-- un pintor o un escultor, imprime el registro de rasgos, trazos, raspones; en el transcurrir de las horas de trabajo deja en la obra huella de los avatares de su vida, sus estados de ánimo, sus errores, pero todo se concita en un solo espacio plástico; la trayectoria temporal de la obra ocurre antes de su llegada al espectador.
     Para el que la mira, la obra está condensada, es el resultado resumido del tiempo, su visualización requiere sólo de un momento, o de muchos, pero depende ahora del espectador el tiempo que quiera invertir en  mirarla;  de sí, su impacto puede ser instantáneo. Por el contrario, el video se da como duración, como algo que en su transitar se diferencia de sí, sancionando la absoluta estaticidad del dominio de la representación (R. Barthes) es decir,no logra expresar más que con el transcurrir  del tiempo su contenido; esto hace que exija del espectador su permanencia.

Fotografia
Gerald Van Der Kaap

     El video, el cine, la televisión, marcan el tiempo que transita en el espectador. Pero un observador no avezado todavía espera del objeto artístico estaticidad, inmovilidad, instantaneidad definitiva—quizás eterna (R. Barthes). Probablemente éste sea el motivo por el cual el videoespectador sólo ocupa unos segundos para mirar lo que ocurre en una pantalla. 
     Pareciera, entonces, que para acceder al espectador actual, el buen video debe contemplar la necesidad de vencer su tedio, asegurándose de que mirarlo un instante o un tiempo eterno, revela lo mismo. ¿Habría que hacer comparecer una imagen en movimiento, hacer aflorar el tiempo imagen? (R. Barthes).
No hay por qué sorprendernos, históricamente toda nueva forma artística ha implicado la lucha incansable del artista por hacerse entender. De siempre la expresión artística -- que de sí irrumpe en lo estatuido--, es difícilmente aceptada en sus inicios.
     Si hacemos memoria, hay otras expresiones artísticas que requieren de la presencia prolongada del espectador y son aceptadas por la sociedad, una de ellas, muy conocida, es la música, que también debe ser transitada en el tiempo para poder ser concluida
     El video, además, enfrenta otra dificultad, llegar a diferenciarse realmente de otras aproximaciones artísticas de las que actualmente es subsidiario: la performance, la instalación, la expresión lingüística del cine, la música, etc.
     Pero el video es una nueva forma artística, expresión propia de nuestro tiempo acelerado. Me pregunto si será que hay que medirla con reglas añejas, devotas admiradoras de otras aproximaciones. Por ser subsidiario de otras vertientes de trabajo humano, el video no pierde la posibilidad de expresarse en un lenguaje específico. En la conjunción de lo que el video utiliza, ocurre un resultado que lo distingue de todas las demás expresiones artísticas. Nadie que vea un video lo confunde con una película, ni mucho menos con un cuadro. El video, aunque utiliza partes ajenas, resulta en él mismo.
     Habría que mencionar también su profusión, su permanencia, la posibilidad real que tiene el video de ser visto. El video se mira en  ambientes expositivos.  Se le puede ver una vez, o dos, o diez en el mejor de los casos, pero no más. En este sentido puede decirse que el video es una expresión artística con rasgos de efímero. Su significación debe acceder e impactar al espectador de manera contundente. Si es bueno, seguramente dejará una señal, una huella indeleble en el que lo mira.
     Pero no es la excepción, mucho de lo que crea el artista contemporáneo está destinado  a un solo evento, o a desaparecer en poco tiempo. Por ejemplo: el arte expuesto en ciudades, planeado por el artista sólo con esa intención, desaparece, a lo mejor no como objeto, pero sí como circunstancia. La performance no puede ser repetida de manera infinita, y aunque se repitiera, no sería idéntica a sí misma; como estos ejemplos hay muchos otros. 
     Una buena parte de la expresión artística actual se encuentra imbricada en una paradoja, la de estar desde su gestación destinada a desaparecer, cuando fue producida con el afán de no morir.
     Entre los deseos ocultos del artista está el de que su obra trascienda la muerte, su muerte. Esto quiere decir que el artista debe acceder a la muerte conservando el deseo.
  Al respecto Rilke escribe: Estamos ante un choque de intereses contrapuestos, que se gesta en nuestro propio espíritu, realizarnos a través del objeto perenne, destinado a la intrascendencia. ---Lo convincente es hacernos “cosa”, la realidad que, gracias a su propia vivencia del objeto, llega a la indestructibilidad--- (Dore Ashton).

     Al realizar la obra, el artista piensa en la posteridad; como la muerte lo apremia, responde con creación, y tiene la esperanza de que el tiempo acabará por mostrar, con absoluta claridad, las razones últimas de su obra, su significado más profundo.
     Es por el límite que impone la muerte que el artista se arriesga a vivir. A transformar su angustia en obra. Sólo los desesperados crean, los desesperados por vivir. Los que saben que la muerte acecha se manifiestan en un acto creador; sólo ellos pueden sentir pasión. Vivir es un acto creador, terrible pero bello. No podríamos vivir si no muriéramos, no viven los que no pueden morir
     Con su expresión, el artista produce un tiempo nuevo, subvierte el orden de la muerte. La creación es transmutación de la muerte, tiene un carácter subversivo, caótico (Helí Morales Ascencio,  Sujeto y estructura. Ediciones de la Noche).
 Vivir es “terriblemente bello” porque implica tener carencias, ser arrojado al deseo y al riesgo de morir; pero, gracias a su deseo, el artista arremete contra la dificultad, el gusto por la dificultad es la belleza del deseo del sujeto. Dicho de otro modo La belleza es el brillo de la pasión del sujeto (H. Morales Ascencio).
     En estos tiempos donde la dificultad es cotidianeidad, el deseo puede ser la belleza del acto; el que transforma lo oscuro y simple en belleza. Sin negar el mal, la estética empuja a trasmutar las dificultades en un acto sublime; a la destrucción en obra bella; y a la tragedia de la vida en una poesía casi transmisible. El gusto por el escollo es el ornamento de la perseverancia de crear. Ante el derrumbamiento del mundo y del tiempo, existe  la pasión del deseo, la creación que consuela y acaricia.
     El artista, como cualquier ser humano, siempre deseante, incompleto y en falta, refleja en su producción  estética su incompletud; el arte es un acto mal logrado,  imperfecto y defectuoso, incluye el error, es una estética barrada; no es expresión de la belleza, ni de la forma, sino de la pasión. A la pasión no le pertenecen  las formas perfectas, ni preciosas, a la pasión del deseo le pertenece la forma con consecuencias, el deseo que en acto llevado al objeto…habla.
     La belleza no existe, es un mito humano. Existe la belleza del deseo; el gusto por la dificultad es la belleza del deseo del artista. La creación es belleza del deseo del artista,  amante  de lo visible y de su transformación. He ahí su necesidad de utilizar como medio expresivo el video, he ahí experiencias psicológicas de percepción espacial, abismos, infinitos,  espacios oníricos,  ambigüedad y  vacíos. Todo, reflejo de necesidades profundas. El video es la apertura de nuevas vías para entender y expresar el espacio, el tiempo y su sonido. Abre  un mundo ilimitado de posibilidades en movimiento abismal.
     El video es una oportunidad más a la diversidad del arte, no sólo en formas, sino  en corrientes, intereses y conceptos; es en la diferencia donde se construye su riqueza cultural y artística. La estética no se puede fundamentar en la universalidad, ni la creatividad  puede someterse a leyes universales, por el contrario, sólo ocurre en la diferencia, la desigualdad la significa y sumerge al artista en la paradoja de trabajar en el aislamiento.
     El artista que se somete a lo universal no produce arte. Debe irrumpir en lo estatuido para remitirse al deseo, su deseo. Organizar una revuelta interna contra sí, oponiéndose al ser social que lo habita, a la persona que ha devenido en ser.
     El arte involucra una ética, la de la rebeldía. La historia de un artista son las veces que ha realizado una nueva obra. Las veces que hubo voluntad de recuperación después de la lucha;  la “historia de un sujeto son las veces que del naufragio surge un nuevo tiempo, son las veces que ha armado la guerra y de lo que ha construido ( H. Morales Ascencio).
     El reto es crear y saber que no es posible construir algo nuevo sin destruir algo de lo viejo. El progreso comanda la historia del arte.
      Echando mano de la tecnología del momento, el artista se vuelve sublimador experto de su circunstancia, educa su expresión, la actualiza. Su acto  es la expresión de un síntoma imbricado en su época, allí no hay certidumbre, no hay bien ni mal. No existe relación entre el saber y la verdad. Las nuevas formas del arte se sublevan contra lo permitido. La creación súbdita de lo prescrito, pierde su esencia y muere en los avatares de la historia. El derecho a la expresión no puede extirparse sin perder la condición humana.
     La trasgresión es condición necesaria del arte; convoca al conocimiento irrestricto,  incita a la lucha,  a la inconformidad que se ejerce contra los textos del deber. El artista construye en el límite de lo estatuido, a punto de despeñarse.   
     El arte se instaura en el saber de que, impuesta desde fuera, la prohibición es la clave de la actitud humana. Dando alaridos de inconformidad, descarga la tensión  que produce la contradicción de estar vivo y de pertenecer al ámbito social. Busca la concientización, y
con ella la modificación real del mundo, y transita  estableciendo nuevos códigos, no sólo estéticos, sino también éticos.
     A pesar de los avances tecnológicos de la modernidad, la expresión artística vive presa, detenida por los barrotes de la imposibilidad, pero justo detrás de los barrotes se encuentra el tesoro. Mas allá, en el silencio,  se retuerce lo que el artista no puede expresar. Pero el silencio es el umbral de la creación, es la antesala del intento. Y en ese silencio el artista reconoce la muerte y trabaja para conservar su presencia, aun en ausencia de su carne, con el arte quizá se sobrelleve mejor el futuro de la carne en pudrición  (H. Morales Ascencio).
     El  artista es un enfermo de silencio y el arte es el  recurso para convocar “ese aullido sin palabras”. Se trata de encontrar una vía de salida al mutismo de la carne, y lo que queda, empujando el propósito, es justamente lo que no se logra decir  (H. Morales Ascencio).
     El acto humano que insiste en el cambio, involucra creación, la creación que es ruptura; en tanto que el acto creador produce una innovación, introduce el desorden. Crear es  desordenar y desobedecer, es retar al Creador, es transformar lo que él hizo.

Ante el vacío surge la creación, ante la nada, la muerte; surge el acto creador, y con él, la voluntad de insistir, la valentía de volver a empezar.     

    

 

 

Ciclo Literario.

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