De por qué esto no es un vals

Laia Jufresa


 

 

Viena roja
Tryno Maldonado,
Joaquín Mortiz / Serie del volador. 2005

Si pudiese encerrar a todo el mal de nuestro tiempo en una
imagen, escogería esta imagen, que me resulta familiar: un
hombre demacrado, con la cabeza inclinada y las espaldas
encorvadas, en cuya cara y en cuyos ojos no se puede
leer ni una huella de pensamiento.

Primo Levi

Primer tiempo: las cartas

Friedl Aichinger, la protagonista de Viena Roja, ejerce el pensamiento como última trinchera. Escribe con el hambre del testigo, con la fuerza del sobreviviente, ésa que sólo la palabra escrita puede transmitir porque fija la desesperación ya no en un gesto, sino en un relato. Escribir, obligarse a ordenar de manera lógica una palabra tras otra, es un antiguo método contra la locura. Cuando todo afuera se derrumba, una carta bien puede convertirse en el último puente transitable.

De por qué muy a principios de este siglo, un joven zacatecano se sienta a escribir emulando la voz de una mujer vienesa de principios del siglo pasado, no tengo ninguna hipótesis. En cambio, de por qué elige un formato epistolar para hacerlo, me atreveré a formular algunas.
La ciudad de Viena, roja o no, sigue siendo el paradigma de la tradición musical occidental. Ésa a la que pertenecemos los lectores que -entrenado el oído para la armonía y la cadencia-, necesitamos anticipar la nota, distinguir la melodía, exhalar tranquilos con el tán-tán. No sabemos leer de otra forma. Queremos círculos cerrados y lógica estructural dentro de nuestras elaboradísimas pautas modernas. A saber: la narración desmembrada, el peso de la anécdota, el hallazgo léxico, nuestra nieve de limón. Las cartas no permiten tanta comodidad extravagante. Al contrario, limitan el fluir narrativo a dos leyes: el estricto orden cronológico por un lado y la confianza por el otro. En este caso, la confianza entre Friedl y su maestro, instaurada mucho antes que la llegada del lector. El epistolar es pues un formato sencillo, un trampolín simple. Al elegirlo como plataforma, Tryno le permitió a su trama todos esos giros que da antes de caer en cuatro patas, ilesa.

Fotografia
William Manchester

Sabemos, por la manera en que Friedl saluda al principio de cada misiva, que Schönberg le escribe también. Este dato, sumado a las fechas, configura el ritmo de la novela: lo que para nosotros es un simple dar la vuelta a la hoja, en la historia significa muchos días de anécdotas y de espera. La novela se erige sobre un ritmo elemental: una nota negra (la carta), una blanca (los días entre cartas, cuya tonalidad sólo intuimos). Viena Roja se construye entera sobre este binomio: Friedl llenando los tiempos, Schönberg, los silencios.
Segundo tiempo :  las cuerdas
Cuando un músico escribe a su maestro, ¿qué sentido tendría hablarle de música, decirle lo que ya sabe? Ninguno, a menos que se quisiera instruir al lector, en cuyo caso esto no sería una novela, sino un manual. Lo digo sin ironía, porque imagino que huir de la enorme tentación de ponerse explicativo debió ser una de las pruebas más difíciles al contar esta historia. Celebro que Tryno haya escapado. El acierto, me parece, estuvo en silenciar el trasfondo musical. Friedl no se dilata en tediosas disertaciones. Cuando habla de un violín, lo llama por su nombre. Cuando lo que quiere es dar las medidas, escribe los números sin nota al pie. El lector puede indagar qué demonios significan aquellos numeritos, o puede no hacerlo. Yo no lo hice. Me atrevo a decir lo mismo sobre los datos y los nombres. Y aunque bien cabe la posibilidad de que esté meramente justificando mi ignorancia histórica, diré que la sapiencia no hace falta porque es precisamente de estos sobreentendidos que se nutre Viena Roja, como un universo independiente. Una Viena que no es Viena. Si el autor quiso poblarla con calles, celebridades y plazas vienesas, me parece que lo hizo sólo a nombre de la verosimilitud. Contrariamente a lo que su nombre indica, lo verosímil no se nutre de realidad, sino de imaginarios. Y para el lector mexicano, una plaza en Viena bien puede llamarse Rabenhof Platz, aunque nunca haya existido, pero nadie seguiría leyendo de llamarse Plaza Flores. Por favor entonces, no le crean a Tryno cuando diga que su libro quería ser la guía-roji de Viena.
No desdeño el trabajo de investigación. Anoto simplemente que para mí el trasfondo, aunque necesario y en este caso sólido, está ahí como mero sostén de lo que verdaderamente importa: la decadencia de una mujer en una ciudad que arde. Este libro va en picada: todo empeora, empeora, empeora. Que es como decir que se trata de un enorme crescendo. La minucia con que el autor tensa cada cuerda, es por una parte el truco que nos entrega a Friedl como violinista, y es por otro lado la razón por la que seguimos leyendo Viena Roja, una carta tras otra, un acorde tras otro.
Tercer tiempo : la memoria
Por mi parte, si me es dado elegir, me pondré del lado del ‘exceso’ de historia,  tanto más poderoso es mi terror al olvido que el temor de tener que recordar demasiado.
Yerushalmi
La reconciliación democrática en Atenas, ése feliz y multicitado ejemplo nuestro, se fundó sobre el siguiente decreto: Queda terminantemente prohibido recordar las desgracias. Cada uno de los ciudadanos atenienses prestó juramento: Me comprometo a no recordar las desgracias vividas. Cualquiera que osara recordar, sobre todo por escrito, era castigado con la muerte. Desde entonces, mucho se ha dicho sobre la literatura como parapeto ante el olvido, ante la política del olvido. Con Viena roja, Tryno Maldonado se suma a la tradición de la literatura como testimonio. En la tercera carta, Friedl escribe: Le agradeceré (…) que me conmine de por vida a no olvidar lo ocurrido, a no olvidar la masacre, a desearme que las heridas que me infligieron sanen pronto, sí, pero que dejen una cicatriz honda, que jamás se borren de mi piel, que las lleve como un recordatorio. Recordar se vuelve el verbo capital en todo este trance.
Cuando digo que Tryno pertenece a la corriente del testimonio, no estoy proponiendo que se le estudie en las clases de historia. Ni siquiera asumo que su libro deba leerse haciendo puente con la política. Viena roja es una novela y como tal, su fuerza reside en lo que muestra, no en lo que demuestra. Si la literatura es el espacio en que aprendemos lo que ninguna ciencia puede entregarnos, este libro, o así lo leí yo, arroja una luz que no creo involuntaria, sobre la importancia de no callarse y no olvidar. Friedl escribe cartas. Es el mismo gesto con que se lanzaron al mar tantas botellas o, antes, se grabaron rudimentarios símbolos en una plaqueta de piedra. Es la primitiva voluntad por dejar huella, por ser recordado.
El filósofo español Reyes Mate apunta: Lo que oculta la política amnésica no es tanto un pasado vergonzoso cuanto la violencia sobre la que está fundada la política actual y que ésta ejerce para mantenerla. Es en esta tónica que sitúo el valor de Viena roja como un texto que bebe de la fuente del testigo: decir, escribir, recordar, es ya en sí levantarse contra la política del olvido y, en ese sentido, contra la violencia.
 Cuarto tiempo : por qué esto no es un vals
Hace apenas unos días, de pie frente a Berlín, Gunter Grass dijo: Los escritores somos expoliadores de cadáveres. Vivimos de hallazgos, y por eso también de los oxidados despojos de la guerra. Por mucho que nos guste situar el argumento en pacíficas campiñas, azulados paisajes ondulados o estados de ánimo sumamente íntimos, la guerra no cesa en nosotros.
Viena Roja se sitúa en el endeble periodo de entre-guerras. La fructífera Secesión, los cafés literarios, el bullicio enardecido de la paz momentánea. Sin embargo, no se trata de un libro de guerra, ni siquiera de entre-guerras. La guerra late en él de otromodo: muy adentro de Friedl Aichinger. En su desesperación, en sus renuncias, en su cordura deslavándose y volviendo a flote. La batalla es librada entre ella y su brazo enfermo, entre ella y su pérdida, entre Friedl y su resignación. Si, pese a lo que solemos pensar, la guerra es también la vida en su forma más elemental, Viena Roja canta sólo en este tono
: ni vals, ni letanía, ni réquiem; apenas grito.

De por qué Friedl nació en Zacatecas, no puedo decir nada. En cambio, de por qué la asocio con la mujer que ahora mismo desfila por mi ciudad protestando contra lo ocurrido en Atenco, diré lo siguiente: la fuerza que sostiene al personaje no yace ni en su talento, ni en su contexto, sino en la entraña que despliega, en las agallas con que se narra, el furor con que se rompe y, sobre todo, en la dignidad con la que se desnuda, se levanta, y se despide.

 


Ciclo Literario.

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