Constelación, Fenomenología y alma

El sistema transgeneracional de Bert Hellinger

Lorenzo León Diez


 

Bert Hellinger
Gabriele ten Hövel
Reconocer lo que es
Conversaciones sobre implicaciones y desenlaces logrados
Herder 2004

Patrice van Eersel
Catherine Maillard
Me pesan mis ancestros
Ceapac Ediciones
2004


En Europa se vive un boom de la psicología transgeneracional. ¿Por qué este auge casi escandaloso en Francia y la investigación genealógica en el resto del viejo mundo?, se pregunta Olivia Vega Leyva, traductora al español de Me pesan mis ancestros. Y responde que es quizá por la necesidad de arreglar cuentas con las dos guerras mundiales que ha padecido y con ese pasado campesino, que Francia acude en tropel a las terapias transgeneracionales. Es un intento, a su manera, de aceptarse tal como son, de explicarse el por qué. Es la alternativa a tantos años en el diván sin encontrar remedio. Porque Francia es un país “psicoanalizado”, estar en psicoanálisis ha sido una práctica común de la sociedad, lo que no ha sino acentuado más su individualismo occidental y su distancia con sus raíces.

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Uwe Ommer / Familia Gabú

     Olivia Vega, formada como psicoterapeuta en la escuela Gestalt, se dio a la tarea de poner en español este libro compuesto por siete entrevistas, porque muestra perfectamente y de manera clara lo que es la psicología transgeneracional: su tronco común, el árbol genealógico y sus divergencias en cuanto a las explicaciones del fenómeno en cuestión; las diferentes formas de abordarlo en la práctica y los distintos orígenes de la clínica.
     Entre estos autores entrevistados está Bert Hellinger, famoso por su método de “constelaciones familiares”  y un hombre cuyas opiniones están, frecuentemente, a contracorriente del sentido común que priva en los tratamientos o curaciones tan en boga en nuestra época.

 ¿Quién es él?

Bert Hellinger nació en Alemania en 1925. Estudió filosofía, teología y pedagogía. Bajo el régimen del nacional socialismo, a los 17 años, se volvió soldado, participó en combate y fue capturado, viviendo como prisionero de los aliados en un campo de Bélgica. A los 20 años, al ser liberado, entró en una orden católica y partió como misionero entre los zulúes de Sudáfrica, experiencia que duró 16 años. Abandonó “amigablemente” la orden religiosa luego de 25 años, y en Viena conoció a Herta, con quien se casó. No tienen hijos.
     Hellinger se hizo psicoanalista y a través de la dinámica de grupo, la terapia primaria, el análisis transaccional y diversos métodos de hipnoterapia, llegó a desarrollar su propia terapia sistémica y familiar.
     Sus entrevistadoras, Eersel y Maillard, señalan que consolidada ahora, después de 30 años de trabajo, esta técnica ha sido adoptada por numerosas escuelas de psicología. Curiosamente, al mismo tiempo, este método, en sus inicios, también fue inventado por Alexandro Jodorowsky.

¿Cómo se constela?

Dicen las autoras: El principio de las constelaciones familiares es simple: estando en una terapia grupal, cuando viene su turno, usted escoge varias personas dentro del grupo para representar a cada uno de los miembros de su familia (o de su empresa o de la comunidad a la que pertenece y donde se encuentra el problema por el cual usted está ahí). Sin decirles nada de usted, acomoda, a su gusto (ya sea parados, con los brazos colgando…) a las personas dentro de un círculo formado por los participantes. Usted se maneja por instinto, en un estado semisonámbulo, sin pensar en nada, sólo poniendo atención en lo que pase en usted. Después se sienta, y escucha al psicólogo “constelador” interrogar a cada una de las personas de la “constelación” formada. Así de loco que le pueda parecer, estas personas, que no saben nada de usted ni de su familia ni de sus antepasados, se ponen a contestar todo lo relacionado a su situación, su vida, su “árbol genealógico”.

Preguntas, preguntas

Esto tan simple le resultó fascinante a Gabriele ten Hövel, autora de Reconocer lo que es y ya no hizo solamente algunas preguntas a Hellinger, sino cientos, lo que resultó una exposición muy completa y, en ocasiones “muy dura”, de la concepción sobre la vida que ha forjado este interesante personaje a quien la palabra terapeuta  no le dice gran cosa, pues él relaciona el concepto de terapeuta con la idea de manejar algo, que estoy tratando algo con la idea de poder controlarlo. Sin embargo, mi comprensión del destino y de las fuerzas que actúan es demasiado grande para verme como una persona que interviene y consigue algo.
     Las constelaciones familiares –dice Hellinger- no se trata de ninguna estructura de teorías fijas. Ten Hövel insiste en que se parece a un ritual, pero al conteslador no le causan mucho impacto palabras como esa; es, más bien, un método. Naturalmente no es el representante quien actúa y siente. El representante no es más que el canal a través del cual el cliente puede encontrar un nuevo acceso a su origen. Mi proceder es fenomenológico. Es decir, miro lo que puede ayudar y también lo pruebo. De este ejercicio pueden deducirse algunas leyes fenomenológicas. Señala el antiguo misionero cristiano, la primera: amo a las personas que quiero percibir. Para oídos analíticos, como el de la entrevistadora, resultan sorprendentes estas palabras, pues si algo se ha cultivado en las prácticas psicoanalíticas es esa frialdad del clínico hacia el cliente. Digamos que aquí escuchamos la raigambre jesuística de la curación cristiana: el amor como vía de intervención en el otro.
     La segunda ley es que tiene que haber una cierta distancia. Quien se vuelca –y muchas personas que pretenden ayudar a otros se vuelcan-, ya no pueden percibir. Por eso, lo primero es: acercarse sin la intención de ayudar. Ésta es la primera purificación.
     Estamos de lleno en el lenguaje hellingeriano donde el amor no es un concepto del perdón, pues –les dice a Eersel y Maillard- cuando alguien perdona, se pone “encima de los otros”. De hecho, el perdón hace que el que se “presume culpable” sea todavía más culpable. Para mí la reconciliación real descansa sobre un reconocimiento de las “culpas” de cada uno y se acompaña de un diálogo entre las personas implicadas. Y con Hövel, completa: el desarrollo siempre va de la mano de la culpa, pues sin disposición a la culpa no hay capacidad de actuar.

Sentir de lejos

Las constelaciones suelen ser espectaculares, pero profundamente serias. Cuando configuramos una familia, los individuos comprendidos en la constelación pueden sentir exactamente lo que ocurre en esa familia, aunque los miembros reales estén muy lejos. El orden de esa familia se repite en la constelación. A través de la constelación, de repente tengo acceso a una realidad que permanece cerrada ante mi pensamiento. Algo que hasta el momento estaba oculto sale a la luz. (Yo no hago nada, únicamente saco algo a la luz). Así, de la misma manera que en la constelación está presente la familia real, a su vez, la solución configurada con los representantes repercute en la familia real; aunque ésta conscientemente no sepa nada.

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Uwe Ommer / Familia norteamericana

Como se ve, aquí estamos ante un límite. Y la entrevistadora pregunta:

-¿Por qué existe esta unión en el espacio?
-No tengo explicación.

Hellinger sistematizó varias experiencias en su práctica familiar, entre ellas la orientación fenomenológica de los grupos Anglicanos y los Zulú africanos: la necesidad fundamental de los seres humanos de alinearse a sí mismos con las fuerzas de la naturaleza.

Le dice a Hövel: Las constelaciones repercuten en la familia aunque no se comente nada. Son unas relaciones misteriosas.

Y sigue describiendo su método: La familia son varias personas relacionadas en el espacio de una manera determinada. Cuando alguien configura su familia, transfiere al espacio lo que en esa familia ocurre. Si lo hace bien, aquellos que actúan como representantes ya no se encuentran en su propio sistema familiar, sino en otro. En  ese momento pueden percibir exactamente lo que ocurre en aquel sistema.

Enfermedad y familia

Hellinger sabe que la familia causa enfermedades, no porque las personas sean malas, sino porque en la familia actúan destinos que implican, afectan e influyen a todos. Una enfermedad, a veces, es una necesidad de expiar. Por eso –apunta- no miro al individuo, sino que lo veo formando parte de toda una red relacional. Sólo reconociendo el vínculo con la familia, viendo y distribuyendo claramente las responsabilidades, el individuo se siente aliviado y capaz de cumplir lo que es su propio destino especial, sin que lo anterior sea una carga para él ni lo persiga.
     El discurso de Hellinger está captando miles de adeptos en un mundo que busca “explicarse” todo. La fascinación de su método es, por supuesto,  su misterio, pero, sobre todo, su eficacia, pues sus resultados son, precisamente, poner en relación al individuo con sus raíces, algo que la cultura moderna ha venido sistemáticamente cortando de tajo.
     Pero ojo, Hellinger no es un místico, no pertenece a la New Age, no es un budista ni promueve prácticas de meditación, escruta severamente a lo esotérico y a la ola de terapias holísticas. Y esto es precisamente lo que a Hövel le parecen palabras “duras”. Escuchémoslas:

 Meditación y esoteria

La meditación puede ser una manera de centrarse y de ahí surge la fuerza. Centrarse significa aquí que mi mirada, mi sentir, mi asentimiento también abarcan la plenitud que existe. El quedar vacío es justamente lo contrario de esta atención abierta a la amplitud. Al vaciarme, puedo perder el contacto con el todo, y frecuentemente ocurre así.
     He visto a muchos que meditan y, a pesar de todo, no pasa nada, porque su meditación no forma parte de una realización, no se realiza enfocando algo más grande. Así sus efectos son restrictivos.
     Y Hellinger es muy claro al separar su método de estas prácticas: unas comprensiones como las que se ganan a través del procedimiento fenomenológico no pueden lograrse a través de la meditación.
     Su opinión sobre las tan en boga prácticas esotéricas le causa esta impresión: Mirándolos veo que muchos de ellos son ligeros. Tienen muy poco peso en comparación con alguien que cumple su trabajo duro. Un campesino, por ejemplo, que por la mañana le da de comer a sus vacas y después sale al campo…¡cuánto peso tiene éste en comparación con uno que dice: yo medito!

-Son palabras muy duras.

-¿Qué es lo que confiere su peso a una persona? Es algo que se puede ver inmediatamente en cualquier persona. Los más comprometidos son aquellos que tienen hijos. Éstos también tienen el mayor peso anímico específico. Uno se imagina a los padres que sacaron adelante a la familia en medio de una gran pobreza –eso es grandeza para mí. Mientras otros, que pretenden distinguirse a través del esoterismo y de channeling, van flotando. Son pesos ligeros al lado de aquellas personas.

Espíritu y sabiduria

La entrevistadora ten Hövel argumenta, defiende a un gremio con el que evidentemente se identifica y ésta inclinación es lo que anima las largas conversaciones con el maestro -- como le gusta  a Hellinger que se le llame, no terapeuta, como ya vimos, pues observa críticamente este concepto--. Y si bien Hellinger se resiste a calificar lo que hace con la palabra espiritual, cede y define:
     Lo espiritual tiene un significado positivo para mí; en el sentido de espiritualización o sabiduría. Abarca un horizonte amplio y tiende a la integración. Lo esotérico, en cambio, es exclusivo, para decirlo así. Una persona espiritual no se considera mejor, la esotérica, por regla general, sí. La causa se halla en el concepto habitual de lo esotérico: pretenden escrutar algo para después tenerlo en manos. Quieren tener una sabiduría secreta que les distinga de los demás. Pero procurándolo, pierden el contacto con el contexto normal de la vida cotidiana.
     Muchas prácticas del New Age me parecen como platos preparados: como si uno pudiera adquirir esta actitud sin mucho tiempo de preparación, simplemente entrenándose un poco.

Concordancia

La exposición que se logra en preguntas y respuestas –cada vez un género más utilizado por filósofos y eruditos- tiene en este libro toda su virtud. Como dice George Steiner: pensar poniéndose en riesgo.
     Y así es como Hellinger, con la sencillez de su decir, revela las herramientas de su actividad:
Cuando trabajo con una persona, no estoy en el yo, no pienso. Me retiro a mi alma. Y de ahí tengo una noción aproximativa de si algo está en concordancia o no.
     Para ir por partes, oigamos cómo expresa este concepto nodal de la concordancia, para después ver cómo lo relaciona con el alma, la conciencia y el yo.
     Existe una sensibilidad para el destino, la vocación, o la tarea de cada uno. Esa sensibilidad toca al núcleo más íntimo de la persona; se encuentra más allá de la conciencia. Quien está en concordancia con esta intuición, se siente tranquilo. Es esto lo que muchos anhelan: estar en concordancia con uno mismo, asentir a su propia vocación, cualquiera que sea el nombre que uno quiera darle. Al mismo tiempo, sin embargo, es lo más difícil llegar a ese punto. La persona que está en concordancia no lucha; no necesita luchar. Estando en concordancia, la persona está centrada al máximo. En ese punto se siente una profunda paz;  no es ninguna satisfacción sino paz. También tiene que ver con distancia. La persona está unida y, al mismo tiempo, distanciada.
      Quien está en concordancia, a veces tiene la necesidad de recogerse. Entonces la meditación brota de esta concordancia. Para esa persona, meditar no es el camino para llegar a la concordancia, sino justo lo contrario: porque está en concordancia, a veces se recoge, se retira sobre sí mismo, pero siempre enfocando la realización. Por eso, para mí la manera más fácil de lograr la concordancia se halla en las realizaciones simples.
     Algunos piensan que podrían descuidar el presente para dirigir su mirada al cielo. Otros piensan que sólo lo alcanzan abandonando lo terrenal, como por ejemplo los ascetas, siguiendo el lema: flagelándose o meditando lo suficiente, ya ahora llego al nirvana. En este caso, el presente se considera un obstáculo para lo posterior. Son ideas extrañas, puesto que aquello que viene ya está presente en el ahora. Descansando en mí mismo, me encuentro unido con lo uno y con lo otro.
     Ten Hövel, quien si no profesa el budismo está cercana a él, se vuelve a sorprender. Recordemos que la historia de Buda es la renunciación a la familia, a la esposa, a su hijo, en pos de lograr alcances extraordinarios de la mente, la conciencia, el espíritu. Cuando Hellinger habla del retiro está señalando que es una consecuencia del logro compartido en relación, en responsabilidad. Aquí recordamos el final de la película  El discípulo,    
 --cuando la esposa del monje budista le reclama su abandono, una vez que se siente fracasado en la vida comunitaria  y decide, tras raparse de nuevo, retirarse al monasterio--, como una actualización  pertinente bajo la luz de estos conceptos.

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Uwe Ommer / Familia hindú

     Continúa el maestro Hellinger: Las realizaciones más simples y más profundas son aquellas que tienen lugar en la familia; del padre y de la madre con sus hijos, y de los hijos con sus padres. Éstas son las realizaciones más grandes y más profundas. Ellas son la base de todo lo demás.
     Quien está en concordancia con el hecho de ser padre, de ser madre, de ser pareja, de ser hijo, de ser hermano o hermana, quien simplemente asume las tareas que de ahí le resultan, realiza su condición de ser humano.
     De hecho, es en estas actividades simples que la existencia como ser humano alcanza su realización. En ellas las personas se sienten en concordancia con algo grande, pero de una manera muy silenciosa. Sin propaganda, sin dogma, sin doctrina, sin exigencias morales.

La conciencia y percepción

Hemos visto que el constelador no se ubica en su Yo frente al cliente, no en la conciencia sino en el amor, o en el alma, que trasciende al individuo. ¿Cuál es la geometría de estos conceptos en el sistema helligeriano?
     Sólo donde yo voy más allá de la conciencia son posibles el amor profundo, el reconocimiento y el respeto, también para personas ajenas. Esta comprensión (fenomenológica) es el fruto del mirar.
     Lo explica nuevamente: Lo bueno ya no se basa en la conciencia; se ubica más allá de ella. El conocimiento del bien no puede lograrse a través de la conciencia, más bien se realiza a través de la percepción, del mirar, del reconocimiento.
     Porque –prosigue- el amor más profundo se experimenta cuando alguien es reconocido tal como es, cuando se le reconoce como necesariamente así: así está bien. Aunque sea diferente de mí, y yo diferente de él, ambos reconocemos que somos igualmente buenos. Éste es el auténtico amor.
     Aunque Hellinger no hace nunca referencias místicas de su filosofía, es evidente una experiencia cristiana en esta reflexión, aunque supremamente afinada, fruto de la asunción que seguramente vivió durante tantos años como misionero entre tribus primitivas.
     Al igual que valoro o reconozco a la otra persona de la manera que es, así también reconozco el misterio sin pretender descubrirlo. Justamente guardando esta distancia estoy en contacto con ello.
     Como podemos observar, Hellinger se sitúa en un concepto totalizador, incluyente y, a tiempo, en la distancia que hace posible la contemplación que le permite asentir con el destino de la familia, con los problemas que tienen, pues no sólo se trata de cambiar el mundo, sino de asentir a él tal como es.
     Yo concibo la psicoterapia más bien como una cura de almas. Hago algo por el alma del otro, para que entre en contacto con sus fuerzas. Eso tiene algo de religioso, de espiritual. Así, cuando lo despido, está más en paz consigo mismo y lleva a término su destino con una actitud de concordancia, sea cual fuera su suerte.

Sufrimiento y felicidad

Cada zona que nombra Hellinger la ilumina, caen sus palabras frescas: El problema y el sufrimiento son más fáciles que la solución. Este hecho tiene que ver con que el sufrimiento o el mantener el problema aportan una profunda sensación de inocencia, o de lealtad, pero a un nivel mágico. Con ello se nutre la esperanza de que el propio sufrimiento podría salvar a otra persona.
     Este es un principio de los vínculos, sin embargo una vez que se ha sufrido lo suficiente por un asunto equivocado, ya no puede ser equivocado. En consecuencia, lo equivocado se justifica en vez de reconocer que ya va siendo hora que me despida de ello.
     En la constelación se vive una integración y cuando uno asume su lugar en el todo, se experimenta algo así como una fuerza sustentadora. Pero es una fuerza que también trae dolor. Lo que hace que el mundo avance no es nuestra felicidad, sino algo totalmente distinto. Y a ese algo distinto servimos. A ese algo distinto tenemos que subordinarnos. Al final de la vida volvemos a caer a algo de lo que no sabemos nada.
     Es el ser, aquello que en lo profundo actúa detrás de todo, se halla más allá de la vida. La vida, en comparación con el ser, es algo pequeño e ínfimo.

Las conversaciones de Hövel con Hellinger no tienen desperdicio. Periodista y psicoterapeuta ella misma,  Hövel realizó una edición temática que ilustra con amplitud el método del maestro de almas, al mismo tiempo que incluye un glosario. Sin duda ha logrado un libro-instrumento de gran utilidad para los interesados en el mundo de las terapias, pero mayormente a los que quieren conocer inteligencias originales en acción.

Concluimos con las pertinentes palabras de Hellinger: Yo veo la felicidad como algo polifacético. No es ningún estado eufórico, sino más bien aparece con la sensación de: estoy dentro del lugar que me corresponde dentro de la fase de desarrollo que estoy pasando. Sólo veo que los llamados felices no son los que viven con más plenitud. La vida en plenitud tiene más fuerza.

 

Ciclo Literario.

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