Berenice y el Mar

Oswaldo Ortuño


   

En Puerto Viejo, fincado en un vientre de luz azul, al centro de una esfera oceánica, entré al café La Puerta y fui directo a los muestrarios, donde habla una selección de todos los granos del mundo. Me tomé un expreso de Kenia, Roberto un Antigua Guatemala.
También habla pasteles y cuando pedí el primero no sabia aún que Berenice, la dueña de ese sitio, que estaba sentada platicando en una mesa, seria la cereza en las mieles ácidas de su narración que desenvolverla sobre los limpios manteles.

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Ernest Schwitters / 1950

Cuando la fui escuchando en deliciosas sesiones que se repitieron durante todos los días de una estancia vacacional que compartí con Roberto, amigo desde la juventud, empecé a entrar en una especie de trance. A sus cuarenta años Berenice era un arcón de sucesos. Oírla era caer en un laberinto. Situaciones y experiencias sin relación cercana para mi, que habla crecido y siempre vivido en ciudades lejos del mar.
Era evidente que Berenice provenía de un linaje muy antiguo. Pienso en Nefertiti. En una efigie egipcia. Un perfil esculpido en granito o por un hombre ocioso y en soledad en una servilleta de café. Y en efecto, la proporción de su rostro era fácil y armónica como un trazo.
Berenice era una erudita en cuestiones del café. Con su tono dulce, como cancioncita de niña en juego, nos describió con demora la cantidad de onzas del grano, en proporción al agua, según la presión y los minutos, requeridos para cada estilo.
Habló con gran discreción, como contando un secreto, del sabor de los granos de acuerdo a su color y textura. Expuso la naturaleza de las mezclas.
—¿Pero cómo sabes tantas cosas de esto?
Le pregunté.
—Nadie me lo enseñó, yo siempre lo he sabido...
Ir con Berenice en nuestra estancia en el Puerto se hizo una exquisita rutina.
Sallamos de una posada en la costera y abordábamos una "pulmonía", que son vehículos inventados por los nativos sobre estructuras de Volkswagen. O un camión refrigerado muy cómodo y especial para el turismo, a veces un camión popular donde podíamos ver las largas cabelleras húmedas de las sirenas, o un taxi cerrado, o una "auriga", que son camionetas con las cajas traseras adaptadas con asientos, o una "araña", que son autos colectivos ... hacia la Plaza Cancino, donde estaba el Café de nuestra amiga.
Mi esposo. Mi esposo. Mi esposo...
Berenice lo repetía con frecuencia en su plática. Aunque era evidente que ————vivía sola. El se llamaba Alfonso y era capitán de un buque en trabajos de transportación de sal en una lejana península.
Era hija de un general retirado y una cocinera, divorciados desde hacia muchos arios. Su madre era una mujer avejentado que atendía un pequeño restaurante, al que nos habituamos también, pues cocinaba unos tacos dorados de marlin ahumado servidos con un humeante consomé de pollo y res, entre otras delicias regionales.
Berenice nos hablaba uña vez de su hermano, oficial del ejército en inactivo, cuando Julián entró al café y nos fue presentado, junto a su esposa, una clásica gringa, en shorts y regordete que casí no hablaba español.
Era dueño de una discoteca, nos habla dicho Berenice y nos aceptó de inmediato como amigos de su hermana. Se vela que ya sabia de nosotros y de lo bien que le estaba haciendo a la bella Berenice la conversación tan activa que manteníamos.
—Una vez se me apareció un amigo de mi hermano, también joven oficial del ejército. Estaba huyendo y me pidió esconderse en mi casa. Era muy joven y decidido, el más aventajado en la carrera en el Colegio Militar. Muchas veces habla comido en nuestra mesa. Pero ahora mi padre habla ordenado encontrarlo. Y el hombre estaba muy asustado. Me dijo que lo querían matar. ¿Pues qué hiciste? Le dije preocupadísima, pues conocía a mi padre, recordaba su dureza que nos ponla a temblar nada más entraba en la casa. Creí que algo bueno —me dijo— Pero parece que no. Y es que unas semanas antes yo lo habla visto, muy optimista. Me contó que habla encontrado en la zona correspondiente a su demarcación, un gran terreno sembrado con amapola. Pero increíble, decía, hectáreas y hectáreas que mandó arrasar con un pelotón. Detuvo a un pequeño, grupito de labradores. Estaba seguro, decía casí bailando, que seria ascendido. Y ahora resulta...
Rio Berenice con un dejo de decepción más que divertida.
—Que ese sembradío era de mi general y está furioso, me dijo mi amigo y se quedó conmigo como cinco días. Casi debajo de la cama...
—¿O encima ... ? Dijo Roberto, que siempre ponla la nota perversa en las pláticas.
—No. ni creas —sonrió Berenice—.Éramos muy amigos, nada de eso, era como mi hermano. No tenía tiempo sino para sufrir el pobre, pues fue dimensionado su error. Pendejo, pendejo, repetía, fui un pendejo...
Berenice hablaba mucho de negocios e inversiones. En un boliche al que la invitaron unos amigos para instalar la cafetería. Ellos hablan gastado más de 200 mil dólares. Berenice arrendó un local e inició las instalaciones de las máquinas, cuando ellos desaparecieron.
—Me dejaron en grandes aprietos. Perdí tiempo y dinero. El lugar fue confiscado. Era evidente que fui estafada, pero no tuvieron mala fe mis amigos...
Hablaba de una participación en la cría de avestruces y cocodrilos, que era carne muy apreciada en los restaurantes que se empezaban a instalar en la zona hotelera. Y nos comentaba también las vicisitudes de su café que en poco tiempo habla crecido mucho en personal, y las cuentas del seguro social y los impuestos se hacían insufribles.
Roberto y yo nos fuimos apropiando del Café, con la benevolencia de Berenice, que solamente abría en las mañanas la pastelería, sin embargo ordenó que para nosotros encendieran el clima y la iluminación, pero no aceptaba servir a nadie más que quisiera sentarse. Así, mientras yo me enamoraba de Berenice, Roberto lo hacia de Karina, una meserita que era un ángel, una estampa, su piel idéntica a la textura de los atardeceres en Puerto Viejo.
Nos atendía Amehed, un chico de gran estatura, misterioso y de aspecto sólido. Me gustaba pronunciar su nombre: Amehed, un Sumatra expreso, Amehed, un Coatepec, Amehed una mezcla de la casa...
Cuando abandonábamos el café para buscar dónde tomarnos un trago y comer unos camarones crudos con chile y cebolla, ejercitábamos la especulación ¿Quién era realmente Berenice? ¿Quién era el general? ¿Quién era el hermano?, ¿Quién era el marido?
Una tarde al entrar a La Puerta vimos a Berenice en la barra, platicando con una joven. Era una brasileña, que cayó como anillo al dedo, pues Roberto habla vivido en Río de Janeiro y hablaba el portugués aristocrático y el portugués de los barrios y las favelas, como buen antropólogo.
Así que la amiga al poco rato estaba a las carcajadas. Berenice lucia muy contenta.
—Ah, qué bueno que llegaron, estaba muy escéptica mi amiga, cuando la invité a venir a su mesa, dijo que le daba flojera, que no quería conocer a nadie. Ahora mírala divertidísima.
Roberto le hablaba de la samba en el table dance.
Eso me dio oportunidad de platicar con Berenice por primera vez sin la atención de Roberto, pues siempre hablamos estado los tres en la conversación, o más bien, los dos en la representación que de sus ojos y su boca fluía.
Se hizo evidente la herida que todo el tiempo le habla visto en el rostro. La palabra esposo era precisamente el velo de su soledad. Y yo siempre noté que en un instante se le humedecían los ojos. No pocas veces parecía estar llorando en su media sonrisa
—Mi madre es una gran mujer, enferma pero siempre mandando y sin dejar de supervisar la cocina de su restaurante. Esa fuerza es mi herencia. Ella me animó a poner mi mesa de pasteles en la puerta de su negocio. En tres meses vendí 12 mil dólares. Se me da.

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Ernest Schwitters / 1944

En efecto, los pasteles que se horneaban en su café eran espléndidos. Ahora tenia un repostero que habla bajado de un crucero. Las mejores señoras de Puerto Viejo se surtían en La Puerta y en las tardes llenaban las mesas.
—Cuando decidí instalar este Café me ayudó mi esposo. Compré esta casa e invertí en su arreglo más de 30 mil dólares.
Todo lucia nuevo y pulcro. Espejos, lámparas y cornisas art decó ... un piano de cola que nadie tocaba, pero ahora unos técnicos estaban afinando. Las vitrinas con las muestras de los granos de una variedad que abarcaba todas las plantaciones del mundo.
—Entonces un capitán de barco gana bien.
—Como 85 mil dólares al año y no gasta, pues vive en el barco. —¿Y ustedes cada cuanto tiempo se ven?
—Poco, quizá cien días al año… O mucho ¿no es cierto? Pero mejor así... él es muy bueno. Cuando está conmigo a veces le tengo que decir: quiero que te vayas cuando menos dos días, porque si no siento que voy a balacearte.
Berenice, como después vi, en efecto, tenia una pistolita 22 para bolso y una 380 recortada en su departamento.
—Puerto Viejo vive del dinero malo. Ellos son los que compran. Mira ahora, que los acosan y no bajan de la sierra ... el Café vacío... Al mes está habiendo hasta siete muertos. En los periódicos el gobernador no deja de ordenar la persecución... Cuando la cosa está tranquila, yo recibo de una sola persona .una orden para llevar a su casa todos los pasteles. Por eso compré las máquinas mezcladoras y el horno super. Porque frecuentemente al abrir ya tenemos que preparar todo otra vez... ahorita se andan peleando, no bajan, no hay fiestas, están en los cerros.
—En nuestras sesiones especulativas, una vez que salíamos del Café La Puerta, Roberto insistía:
—Su esposo es impotente, por eso vive lejos.
—No, eso seria Muy simple en su historia. Hay más en sus ojos, secretos que quiere pronunciar, que necesita decir. ¿Sabes qué me dijo ahora que tú atendías a la brasileña? Nunca me he enamorado.
—Mi vida no es única, así nos la pasamos las esposas de los capitanes. Nos juntamos al mes para jugar canasta. Nuestras dichas y desdichas coinciden, el hecho de tener casi siempre lejos a nuestros hombres.
Y otra vez, su media sonrisa, que me hacia arder, sentía que desde los pies subía un calor doloroso. Me estaba enamorando como si me hubiese subido a un tren de alta velocidad.
Algunas veces antes de llegar a la Plaza nos deteníamos en un puesto frente al mar que servía caguamanta (un estofado de mantarraya con tortuga), sopa de aleta de atún,' camarón en pulpa ... ostras del tamaño de una mano.
Y luego caminábamos hacia un parque, donde una mujer vendía fruta, y bajo los árboles disfrutábamos combinaciones que ofrecía el arcoiris tropical cayendo en Puerto Viejo.
Entonces arribábamos a los cafés expresos, los pasteles de zarzamora y queso, fresa, maracuya, chocolate, mango, manzana y siempre unas empanadas de piña que imaginaba tenían el sabor de los labios de Berenice.
Más tarde cerveza y tequila, camarones cocidos con limón y chile, robalos inmensos echados a pozas de aceite hirviente, solamente con sal.
Una vez un magistrado de Bagdad que llegó a Puerto Viejo le propuso un negocio. Ahora vendrían personas de Bogotá a hablar con ella y su hermano. Algo habla pasado —nos dijo— Alguien habla tomado un dinero.
Su voz y su mirada tenían la correspondencia entre el alma y un espejo, entre el sonido y el eco.
—Usted me halaga mucho, me dijo.
Yo hablaba poco, pero siempre le decía frases completas. Me di a la tarea de penetrar en ella y la manera era escucharla, Descender por el pozo luminoso de su voz. Pero en un momento me sentía mareado. Me daba cuenta, junto con Roberto, que estaba fatigado. Que Scherezada no iba a dejar de hablar. Que era preciso, irnos.
La violencia de Puerto Viejo era evidente en la paz armoniosa en que transcurran sus días. Las noticias, el vacío en los sitios de recreo, la poca asistencia a sus bares y restaurantes en las noches, ponían de manifiesto una tensión que tocaba el aroma de Berenice.
Decidí que era hora de invitarla a cenar. Ya le habla preguntado a donde le gustaba ir. Al Vitorio, un restaurante italiano. Quedamos para esa misma noche.
Tenia fuego en los oídos. Hablamos escuchado un concierto de sax de Paquito de la Rivera con una orquesta de cámara y un cuarteto de jazz. Berenice fue el acorde final a la salida del teatro. Allá la vi, sentada en la barra, cruzada de piernas en su minifalda. La más hermosa de la noche, la más hermosa del mundo. Larga cabellera lacia y castaña, su rostro maquillado para una historia de bandera oscura y hecha jirones. Un perfume filtrado para someter y hacer hincar. Zapatillas para lucir sus unas pintadas color sangre.
Nada es tan emocionante como estar ante una mujer que se arregló para ti. Saber cómo fue creciendo su atuendo desde su desnudez en el espejo.
—Usted me halaga mucho, me dijo al cruzar la plaza hacia e 1 estacionamiento. ¿Qué tanto le decía? Seguramente mis palabras eran flores devocionales a la pasada de un santo.
Su auto era nuevo y muy lujoso, pero estaba lleno de polvo. También habla desorden en su interior, una terminal de computadora en el asiento de atrás, papeles y folletos que medio acomodó para que yo me sentara. Cuando pedaleó surgió el espectáculo de sus muslos y pantorrillas en acción. Manejaba como si así hubiese nacido frente a un volante. Salimos rápido a la costera. SI, estaba violento Puerto Viejo, me decía. Ella habla incluso presenciado un asesinato.
—Yo iba manejando como ahora, con un chico que me ayudaba en el Café. Me di cuenta que un mustang perseguía a otro auto, y los tipos se me hicieron sospechosos. Así que le dije a mi ayudante vamos a jugar al detective. Cuando de repente chin, se hizo realidad. El mustang rebasó al otro vehículo y dispararon con metralletas. Yo no me enfrené, pase a un lado y aceleré y no vi para atrás. Al chavo casi le da un ataque. Yo me sentí super mal ... muchos días.
El Vitorio está en la zona hotelera. Estremecedoramente vacío. Nos atendieron de forma distante. Pedimos vino y spaguetis, pero apenas lo probamos. Ella brindó:
—Por conocerlo.
Berenice me narró una historia nueva, cuando conoció a dos curanderos filipinos. Yo sabia de esa tradición de magos que abren el cuerpo con las manos. Hay sangre, igual que en las operaciones. Ella ayudó a veces con el manejo de cuarzos.
Y la velada fue transcurriendo como siempre, yo oyéndola, bebiendo y fumando.
Hasta que apareció una historia central que no habla contado y me alerté, e pues parecía que por fin me iba a enseñar el porque de sus ojos tristes.
Berenice empezó a narrar un sueno:
Vela un esperma en su dedo y el dedo se agrietaba.

Ella ya nos habla dicho que tuvo un hijo que habla muerto. No preguntamos y nunca se refirió más a ello.
—Mi hijo no nació, murió en mi vientre. Fue espantoso, yo tardé muchos años en saber qué pasó. Yo tenía casi siete meses de embarazo. No sabes cómo lo habla disfrutado, pues como me la pasaba siempre sola, me encantaba quitarme la ropa y verme horas y horas la panza en el espejo. Habla comprado una cuna preciosa. Mis amigas me hablan llenado el closet de chambritas, de paquetes con pañales, de talcos, de zapatitos que ni loca pensaba ponerle a mi bebe en este calor, gorritos, vaya, como si viviéramos en la nieve. Una vez llegó Alfonso de su trabajo. No la habla visto en cinco meses. Así que fue muy extraño y gozoso para él y para mí. Pero en tres o cuatro horas yo tenía la fiebre altísima.
—¿Gonorrea? Pregunté.
— Sí. Perdí a mi hijo y él quedó estéril... Pero no voy a odiar a nadie.
Su rostro tuvo por fin en mi conciencia la densidad que como resplandor yo habla vislumbrado. Por fin Berenice estaba confesándose.
—Yo no supe qué habla pasado. Era muy ignorante. Tenía casi 30 años pero nunca fui aleccionada por nadie en estas cuestiones. Cuando el termómetro no dio para más me llevaron al hospital. Me operaron. El doctor Carrillo, el médico de la familia... evadió siempre contestar. Que te lo diga tu madre, me decía.
Bebiendo lentamente el vino rojo de España, en el Vitorio, Scherezada estaba en su mejor momento. Sus ojos brillaban como luces de un naufragio.
—El doctor Carrillo me dijo todo hasta que estuvimos a punto de hacernos amantes. Le tenla miedo a mi madre, quien le pidió que nunca me enterara ¿qué te parece?
—Sorprendente. Es como la coraza, la fortificación de Puerto Viejo... una mentira...

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Ernest Schwitters / 1936

—Una vez coincidimos en un Café y platicamos largamente. Era un cincuentón desconsolado. Su mujer desde hacia años no dormía con él. Sus hijos estaban lejos, estudiando. El atendía todo el día en su consultorio y llegaba en la noche a ver la televisión en su habitación. Ella, siempre en actividades altruistas, fiestas de beneficencia, reuniones parroquiales, meriendas. En fin, era triste el doctor Carrillo. Y esa tarde me vio diferente porque yo también lo vi en otra forma. Me gustó su boca. Sin ese dejo de hartazgo era un hombre atractivo. Fue una tarde muy linda. Nos tomamos las manos sobre la mesa.
—Los meseros del Vitorio a lo lejos manifestaban enfado. Tener que esperar solamente por esa pareja que tomaba vino en la mesa más solitaria.
—Unos días después de ese encuentro en que me contó sus desdichas llegó a mi casa llamado por mi madre, pues me habla quejado todo el día de una terrible jaqueca. No lo esperaba y entró a mi habitación sin llamar. Cerró la puerta. Yo estaba solamente en ropa interior... Me cubra con la sábana. El se sentó, casi apenado. Me preguntó qué tenla, que mi madre estaba preocupada. Me puso su mano en la frente. Yo creí oportuno volverle a preguntar lo que me habla pasado. Y me contó. Habla sido una infección muy virulenta la que Alfonso me habla contagiado. Alcanzó al producto. Pero mi madre y los padres de Alfonso lo manejaron todo para no decirme la verdad. El prometió también no hacerlo. Alfonso a partir de esa infección quedó estéril, pues cuando todo volvió a la normalidad y quise embarazarme otra vez resultó que no podía, que por más que insistía en hacer coincidir las visitas de Alfonso con mi ovulación, no pasaba nada. Entonces nos hicimos exámenes y fue cuando supimos de la esterilidad de mi esposo.
—¿Y qué pasó esa noche con el médico?
—Nada, era un hombre tan respetuoso. Era muy amigo de mi madre y sentía seguramente su presencia a mi lado, viéndolo, ordenando no decirme nada, no tocarme, no hacerme el amor, por supuesto.
Rió Berenice. Reí Yo.
—Pero de todos modos más tarde me habló y nos encontramos en su consultorio, cuando ya no habla nadie y me dijo que se separarla de su mujer si nos íbamos... Yo le dije que estaba loco ... lo dejé acercarse ... me bajó los tirantes del vestido. Pero le dije que no tenia caso, que no era cierto, que nunca iba a dejar a su mujer ... y era tan triste y sincero el doctor, que lloró y me dijo que era cierto, que nunca iba a dejarla. ¿Cómo ves?
—No, pues una telenovela.
—Aja. Pero luego vino lo peor.
Pedimos otra botella de vino. Sin ocultar su fastidio nos la trajo el mesero. —Yo perdono a mi mamá, amándola. Ella quería proteger a Alfonso. Así es en nuestras familias, lo más importante es la formalidad. Nada trascendió. Quizá ni mi hermano sepa.
—¿Y qué fue lo peor?
—Una vez llegó Alfonso muy preocupado. Estaba silencioso. Para nada que me dejó acercármela. ¿Pero qué te pasa? ¿Ya no te gusto? ¿Estoy muy gorda?
Empezó a arreglar papeles de la propiedad y de los seguros de vida. Y yo lo invitaba y lo invitaba a la cama y él se excusaba, que ya no era conveniente... entonces le exigí, que pasaba, ya me estaba asustando... Entonces me dijo que estaba enfermo. No entendí bien. Pensé que tendría cáncer o algo... pero comprendí de inmediato, pensé en la antigua enfermedad... ¡Oye! ¡Pero dime! ¿Yo también? ... No, no creo, no sé... y cayó de bruces, llorando... Perdóname, perdóname Berenice, soy homosexual...
—Fue espantoso. Una pesadilla. No me puse a discutir. El doctor Carrillo me aconsejó ir directamente a Estados Unidos, pues en ese tiempo los laboratorios de Puerto Viejo no hacían las pruebas del SIDA. Viajamos a Austin.
Y no pasó nada. A Alfonso lo hablan engañado. Su amante, un marino, estaba despachado, pues el capitán lo habla destituido y expulsado del barco. Entonces él le mandó ese mensaje. Que estaba muriéndose en un hospital de la península y que pronto él estaría en las mismas.
¿Odiarlo? No, yo no odiaré a nadie. Sentí rabia y decepción al principio. ¿Por qué me lo habla ocultado? El es muy bueno. No tenla caso ni perdonarlo, ya habla pasado lo de mi hijo.
Desde entonces nunca más tuvimos relaciones. Me manda todo su dinero y me visita. Somos como hermanos. Yo lo quiero mucho. Le digo que se acepté, que disfrute, que sea feliz. A partir de eso yo me hice amiga de muchos homosexuales, empezaron a venir al Café, yo quería explicarme el mundo de Alfonso e investigar cómo él podría estar tan contento como ellos. Pero algunas veces llegó y los ignoraba, se enojaba conmigo. Yo le decía, pero quiero que los conozcas, que aprendas. Pero no, él quiere seguir pasando como mi marido, le terne tanto a sus padres...
—¿Entonces desde cuándo no haces el amor?
—Desde entonces... hace como seis años. Los magos filipinos me dijeron que tuviese calma, que alguien iba a llegar.

—Soy yo Berenice. —Me asusta usted.

 

Ciclo Literario.

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