Más que una simple rosa

Claire Walter
Traducción: Isabel  Miramón Noriega


 

Sara caminaba rumbo a la puerta de enfrente diciéndose a sí misma no seas ridícula. La casa tenía que estar tal como la había dejado. Abrió la puerta y miró hacia adentro. Las fotografías seguían en la pared, no había agua saliendo por debajo de la puerta de la cocina. Demasiado bueno para ser verdad; prendió la luz - ¡Vaya, servía! Poco después lo vio – su jarrón favorito estaba hecho mil pedazos en el suelo. Azotó la puerta principal y aventó sus compras.
“No lo puedo creer” gritó. “¿Por qué me esta pasando esto a mí?”
Entró furiosa a la cocina, prendió la  tetera  y se sentó. “Es casi como si la casa no quisiera que me quedara”, pensó. Se acababa de mudar hacía una semana y habían habido desastres día con día. Había estado tan feliz; en treinta y cinco mil libras finalmente había obtenido su propia casa.

Fotografia
Oliver Chanarin y Adams Broomberg


Cuando recibió los datos de la corredora de bienes raíces se enamoró de ella. Una casa semi-independiente, con dos recámaras y un pequeño jardín, en un tranquilo vecindario. Había visto la casa a pesar de que el precio estaba fuera de su alcance. La corredora de bienes raíces había insinuado que los dueños quizás podrían abrirse a una oferta. Aun así, se emocionó cuando ellos aceptaron diez mil libras menos de lo que pedían. Después de que firmó el contrato en toda forma, descubrió que los últimos tres dueños la habían vendido antes de seis meses.
¡Una pareja sólo duró tres días!
Ahora Sara sabía por qué. Ella no era particularmente supersticiosa, pero no podía creer que le pasaran tantas cosas malas a todos los nuevos dueños.
El día que se mudó, el seguro de la puerta de enfrente se atascó y se quedó afuera durante media hora. Al día siguiente todos los focos de la casa se fueron apagando en minutos uno a otro. Cada fotografía que colgaba se caía. El tapete al final de la escalera se levantó del suelo y se deslizó hacia abajo de las escaleras. Finalmente, el lavabo de la cocina se desbordó y empapó el piso. ¡No recordaba haber abierto las llaves!
Detente, se dijo a sí misma, estás siendo ridícula. No tiene nada que ver con la casa, son sólo ladrillos y cemento; no tiene sentimientos. Salió al jardín a tomar aire fresco y mirando sobre la cerca vio a una anciana podando algunos arbustos de rosas.
“Hola”, se presentó. “Me llamo Sara, me acabo de mudar”.
“Hola, querida”, contestó la mujer. “Mi nombre es Ivy, mi hermana vive aquí pero la estoy ayudando con algo de jardinería. Ella es muy vieja para arreglárselas sola”. Sara pensó que Ivy era demasiado mayor para darse abasto, pero se guardó el pensamiento para sí misma.
“Bueno, es un hermoso jardín”, dijo Sara. “Espero que el mío luzca tan bien cuando esté terminado”.
“Un poco de amor y ternura, es todo lo que necesitas”. Respondió Ivy.
“Estoy pensando en levantar todo el jardín y pavimentarlo”. Dijo Sara ansiosa por compartir sus ideas con alguien. “Me gusta la idea de un jardín estilo japonés, lleno de Maples y Bonsáis en jardineras. Puede ser que haga lo mismo con el jardín de enfrente. Incluso he obtenido algunas ideas sobre el arreglo de la casa”.
“¡Arreglos! ¿No te gusta la casa como está?” preguntó Ivy.
“Si, es adorable. Pero quiero hacerla mía, modernizarla un poco”. Contestó Sara.

“Puede ser”, respondió Ivy, no muy convencida.
Sara se rió. “Bueno, tú y tu hermana están invitadas a venir por una taza de té y les contaré de mis planes”.
“Eso estaría bien, esperaré hasta que estés instalada en poco tiempo”. Dijo Ivy. Se despidieron y las dos entraron a sus casas. A Sara le pareció que Ivy era una buena persona. Esperaba que tomara en cuenta su invitación; así podría comprobar que sus ideas no eran realmente descabelladas.
Adentro, Sara paseaba por su casa mientras empezaba a planear algunos cambios. Como la casa había costado menos de lo que estimaba tenía un poco de dinero ahorrado para gastarlo en muebles. En la sala, la chimenea necesitaba un nuevo marco; alguien ya había empezado a cambiarlo pero nunca terminó. Quería comprar nuevos azulejos más modernos. Caminó a través de la habitación, sus zapatos golpeaban el brillante piso de madera, el cual iba a ser cubierto por una gruesa alfombra. Miró dentro del pequeño comedor, la mesa negra de fresno y las sillas de las que ya había hecho un depósito cabrían muy bien ahí. Finalmente, la cocina necesitaba una revisión. Los viejos armarios de roble debían ser remplazados por una cocina blanca que le diera luz a la habitación. Qué cantidad de trabajo hay que hacer, pensó.
Tomó las compras que había tirado antes y empezó a guardarlas. Abrió el congelador y cayó agua en el piso. Sacando los cajones uno por uno notó que toda la comida se había descongelado. Azotó la puerta y checó el enchufe – estaba desconectado. Sé que estaba conectado, pensó, me acuerdo de haber checado la temperatura. Sacó las cosas del congelador y las puso en una bolsa para tirarla en el basurero de la puerta principal. A la mitad del camino hacia la puerta, la bolsa se rompió dejando caer las cosas en el piso. Sara volteó hacia abajo con horror y se soltó a llorar.
“Odio esta casa”, gritó. “Me voy – eso es lo que quieres”. Agarró la bolsa y salió. Caminando por la calle, las lágrimas corrían por su cara. Al llegar a la calle principal se había calmado y se sentía mucho mejor.
Que ridiculez dejar que una simple casa te venza, pensaba mientras caminaba alrededor de las tiendas, viendo todas las cosas que había escogido para la casa. Extrañamente no lucían igual que antes. Las chimeneas de azulejos se veían de mala calidad. Estaba demacrada cuando se encontró con un hermoso marco de hierro el cual adornaría mejor la sala. Era tradicional, pero Sara se dio cuenta de que Ivy tenía razón; la casa no era moderna. La compró porque le gustaba tal como era y no estaba bien cambiarla. Después fue a la mueblería y canceló la mesa y las sillas negras de fresno que había encargado. Un bonito comedor de caoba luciría perfecto. Sara abandonó la tienda sonriendo – sabía que eso estaba bien. La mesa era más cara, pero ahora no estaría pagando por una alfombra. En vez de ésta, se quedaría con el piso de madera brillante y compraría dos tapetes para la sala.
Al momento que llegó a casa ya había olvidado todos los problemas recientes. Caminó a la puerta principal, notó que el rosedal alrededor de ésta estaba cubierto de fértiles flores rojas. Estaba segura de que no estaban ahí antes. El arbusto de rosas en el jardín frontal estaba también cubierto de flores. Estaba tan bonito. Una cortadora de césped será la próxima cosa en la lista de compras y una fuente para el estanque en el jardín frontal, pensó.
Sintiéndose más feliz de lo que había estado en una semana, despejó el desastre que había en la casa y preparo el té. Incluso la cocina lucía mejor para ella, los armarios le daban un toque colonial y acogedor. Al día siguiente, Sara salió
al jardín. Esperaba encontrar a Ivy para decirle lo acertada que estaba sobre la casa y el jardín. Quería preguntarle sobre el tipo de flores que debía plantar y decirle que el pasto se quedaba – ni hablar sobre el concreto. Ivy no estaba en el jardín, pero una cara apareció de pronto sobre la cerca.
“¡Hola!”, dijo la joven mujer. “Espero no haberte asustado.”
“No, no lo hiciste”, respondió Sara, ligeramente desconcertada. Ella no podía ser la hermana que no se las podía arreglar sola, ¡a menos que Ivy fuera mucho más joven de lo que parecía!
“Me llamo Hillary”, dijo la mujer. “Perdón, no había podido presentarme, vengo a visitar a mi hermano.”
“¿Alguien ha estado visitando tu casa últimamente?”, preguntó Sara.
“No, ha estado bien cerrada”, respondió Hillary. “¿Por qué?”
“Sé que esto va a sonar raro, pero hablé con una mujer que estaba podando tus rosas”, contestó Sara.
“Yo no tengo rosas” dijo Hillary haciendo un movimiento con el brazo; indicando el contenido del jardín. Sara echó un vistazo. Era cierto. El jardín estaba lleno de flores y arbustos, pero ni una sola rosa.
“No entiendo”, dijo Sara. “Dijo que se llamaba Ivy y que estaba ayudando a su hermana.”
“Ivy”, dijo Hillary pensativa. “La mujer que vivió en tu casa hace algunos años se llamaba Ivy. Vivía ahí con su hermana. Amaban la casa, vivieron ahí por veinte años, después su hermana murió e Ivy no pudo enfrentarlo”.
“¿A dónde se fue?” preguntó Sara.
“Bueno, esa es la parte mas triste. Se mudó a un asilo y murió dos semanas después. Algunos dicen que murió de tristeza. Nadie ha durado más de seis meses en la casa desde entonces. Tal vez lo que viste fue un fantasma “, dijo Hillary entre risas.

“Tal vez”, respondió Sara, sabiendo que no volvería a ver a Ivy – ¡a menos que hiciera algunos cambios que no le gustaran del todo!

 

Ciclo Literario.

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