Juan Soriano, en perfecta quietud

Jorge Pech Casanova


 

Juan Soriano falleció el viernes 10 de enero de este año. La ciudad de México apenas dejaba atrás la madrugada cuando el artista murió, pero la noticia no tardó en difundirse. El pintor y escultor, sobreviviente de una etapa legendaria del arte en México, ya no volvería a mostrar su figura de viejo niño en las calles mexicanas ni en las de París, donde había decidido establecerse desde 1975.
La relación de Soriano con la televisión, y especialmente con Televisa, contribuyó a que la noticia de su deceso fuera tratada con inusual consideración. Era una leyenda viva y los noticiarios casi le dieron trato de héroe nacional al informar de su defunción. Es improbable que alguien discrepase de ese tratamiento; en esta época signada por el demérito de los hombres públicos, acaso nuestro exiguo abasto de héroes sólo puede hallarse en campos como las artes o la ciencia, y en la anónima reserva de la cotidianidad.

Juan Soriano /
Retrato de Elena Garro. 1948

Para la televisión, Soriano fue sobre todo el autor de la escultura La Luna, colocada desde 1993 a la entrada del Auditorio Nacional y reproducida anualmente para su entrega en la ceremonia de “Las Lunas del Auditorio”, la menesterosa versión mexicana de la entrega del Oscar. Para Televisa, específicamente, Soriano fue también el autor de 60 obras pictóricas que desencantaron a Emilio Azcárraga por su pequeñez, pero que de todos modos pasaron a hinchar la colección de la Fundación Cultural de la empresa, pues el descontentadizo “Tigre” le había anticipado al artista dos millones y medio de pesos para realizar esas pinturas en 1978. El hijo del magnate ha de estar encantado, a estas horas, con lo que tanto decepcionó a su padre.
Juan Soriano, sin embargo, fue mucho más que el personaje de tan problemática relación con la empresa televisiva. Era –y seguirá siendo para efectos de la historia– uno de los notables solitarios del arte mexicano moderno, cuyo desempeño y alcances sólo pueden ser aventajados, quizá, por Rufino Tamayo.
Hijo del revolucionario Rafael Rodríguez Soriano y de “La Leona” Amalia, Juan nació en Guadalajara en 1920. Un exceso de mujeres –su mamá, sus cuatro hermanas y trece tías– presidió su vida hasta que cumplió catorce años, según le confió a Elena Poniatowska: “Creo que en torno mío hubo demasiadas mujeres, todas como mamás. Me cuidaban y me querían demasiado, me abrazaban, me asfixiaban y luego me abandonaban. Era natural; crecía una hermana y ya no era yo su juguete; tenía [ella] novio o novia o lo que escogiera y se iba como si yo nunca hubiese existido. Eso me dolió mucho con las dos primeras; ya a la tercera me dio lo mismo”.
Alfonso Michel, Jesús Reyes Ferreira y Francisco Rodríguez “Caracalla” fueron los maestros que lo animaron a adoptar el oficio de la pintura y la escultura. Con Chucho Reyes, Soriano aprendió los rudimentos de ambos oficios, y con el grupo “Evolución” de Rodríguez presentó sus primeras obras en el Museo de Guadalajara. Ahí lo descubrieron Lola Álvarez Bravo y María Asúnsolo, quienes lo animaron a mudarse a la ciudad de México.
El adolescente tapatío sintió la urgencia de abandonar la provincia y a su rijosa familia: sus progenitores cultivaron durante la mayor parte de su vida el mexicano hábito de romperse la madre en público, con tal brío y continuidad, que los muchachos Rodríguez Soriano pasaron de la inicial vergüenza a la indiferencia y aun a la ostentación desafiante de sus broncas familiares. Por eso el joven Juan se apresuró a mudarse a la capital. Pero no pudo librarse de sus problemas. “Cuando se vino de Guadalajara para huir de su familia –narra Poniatowska–, sus horrorosos padres, las trece tías, lo siguieron con sus bultos y maletas de panza de buey y se instalaron en México; sus cuatro hermanas que lloraban porque se las llevaban y luego porque las devolvían. A Juan, la condición femenina le pareció siempre espantosa […] Y las trece tías que se paraban tras él mientras pintaba. Y su papá. Y su mamá. Y otra vez las tías que lo fregaban de día y de noche…”

Juan Soriano /
Retrato de niña con pollo. 1941

En 1935 la ciudad de México recibió al niño prodigio Soriano con sus mejores elementos creativos y sus costumbres menos prestigiosas. Las borracheras, la drogadicción, la promiscuidad y la crápula se ofrecieron al jovencito en el gozoso infierno que presidían personalidades de escándalo como Lupe Marín, María Asúnsolo, Lola Álvarez Bravo y María Izquierdo, con la guía abiertamente cosmopolita y clandestinamente homosexual de Xavier Villaurrutia, Manuel Rodríguez Lozano y otros artistas vinculados a la revista Contemporáneos, de los cuales Salvador Novo era el único que exhibía, desafiante, sus preferencias “invertidas”.
Para Soriano, el grupo de Contemporáneos era brillante en el aspecto artístico e hipócrita en el terreno de la sexualidad. Habituado desde sus días en Guadalajara a no ocultar sus preferencias a nadie, ni siquiera a su temible familia, el jovencito observaba con reprobación los amoríos mal disimulados de sus maestros y guías, así como su adicción a la cocaína. Como Rafael Rodríguez Soriano había sido un alcohólico, su hijo evitaba el licor, hasta que hacia el final de su adolescencia el artista consentido por su mordacidad y franqueza se enfrascó en insondables borracheras, en las que –diría después– desperdició veinte años de su existencia.
De ese período de aturdimiento emergió un pintor harto de la crápula y la mezquindad del medio mexicano. Le repelía la dictadura artística de Siqueiros, Rivera y Orozco, pero tampoco lo atraían las búsquedas intimistas de Rodríguez Lozano, Castellanos, Montenegro y otros artistas alejados del muralismo oficial. La única figura del arte mexicano que para el jalisciense se destacaba con personalidad propia era Rufino Tamayo, a quien de todas maneras le costaba trabajo admitir como guía. Soriano tercamente insistió en seguir su propio y solitario camino en un ámbito propicio para el exilio interior de todos lo que no aclamasen a la Revolución triunfante.
A Soriano el movimiento social de 1910 a 1928 le pareció “una revuelta, una matazón espantosa a la que después le prendieron con alfileres el nombre de Revolución para justificarla. No creo que después de la revolución hubo un cambio en las ideas porque las de los mexicanos actuales son exactas a las de los criollos de hace cien años”. Por ende, su pintura se rebelaba a aplaudir un conjunto de procesos sociales que derivasen en la corrupción y el afincamiento de viejos vicios con sólo un cambio de reparto. Su padre había combatido al lado de los revolucionarios, su madre había seguido al frente a su marido, dos de sus hijas habían nacido entre batallas, pero los Rodríguez Soriano nunca disfrutaron de bonanza económica porque el jefe de la casa se negó a sacar ventaja de su relación con la “familia revolucionaria”. El único hijo de esta familia formada en la lucha no dudaba de que la sangre, los sufrimientos y los millones de muertos causados por ese período eran una desgracia indignante.
Juan Soriano, pese a que al principio de su carrera tuvo el apoyo de la dictatorial Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, rompió sin tardanza con el movimiento y nunca se interesó en retratar conflictos sociales. Dirigió su talento y su destreza como pintor a recrear un mundo íntimo, de mujeres fascinantes y niños cuya invulnerable inocencia colocaba en escenas desapacibles. Aunque fue calificado como perverso, acaso sus mejores obras son las de la etapa entre 1940 y 1950, en que llevó a un despliegue heterodoxo las mejores enseñanzas de la retratística figurativa.
Sus figuras pueden recordar a las de otros pintores de esa época, y traer a la memoria modelos divergentes: Rodríguez Lozano, Diego Rivera, Agustín Lazo, David Alfaro Siqueiros, Leonora Carrington, Federico Cantú. Pero los ambientes, las atmósferas en que esos personajes alientan son estrictamente de Soriano, y la intención que lo conduce a fijar un rostro y un cuerpo determinados es también exclusiva de sus aspiraciones estéticas: “Me deleitaban los pedazos de la cara de la gente, las pestañas, el arco de las cejas, y me intrigaba cómo dibujarlas […] Luego pensaba en cómo sería el tamaño del papel o de la tela y qué colores tendría que usar. Empezaba a colocar un volumen por acá, una luz por allá […] Hacía apuntes y para mí era un placer enorme”.

Juan Soriano /
Las hijas de Lot. 1945


En la década de 1950 Soriano experimentó una crisis creativa que lo llevó a un nuevo estilo, más personal, menos detallista pero acaso más vigoroso. Fue la época de la serie “Apolo y las musas”, en que cambió sus colores suntuosos y sus formas exquisitamente delineadas por un figuración sintética y una paleta menos abundante en colores pero más rica en calidez. Junto a las variaciones sobre el tema apolíneo se inscribe uno de sus cuadros más famosos, “La vuelta de Francia”, pintado en 1954, que trajo a la pintura mexicana un dinamismo y una capacidad de síntesis que hasta entonces sólo podía hallarse en las obras de Tamayo. Fue un aviso de que el arte se encaminaba por nuevos rumbos en México, y lo supieron aprovechar los artistas de la generación de la Ruptura, mientras los defensores de la escuela nacionalista recibían con repulsa la transformación del jalisciense.
Soriano se involucró también en la década de 1950 con el grupo “Poesía en Voz Alta”, primero como escenógrafo y finalmente como productor, director escénico y animador de una actividad teatral vanguardista en la que aportaron sus talentos Octavio Paz, Elena Garro, Juan José Arreola, Héctor Xavier, Leonora Carrington, Héctor Mendoza, Ofelia Guilmáin, Rita Macedo, Rosenda Monteros y otros destacados artistas. Los añejos insultos de “extranjerizantes y pederastas” que habían llovido sobre los Contemporáneos no tardaron en rehabilitarse para impugnar al espléndido grupo universitario que refrescó la escena y la literatura dramática mexicanas.
Todavía mayor polémica despertó Soriano en la década siguiente, con sus retratos de Lupe Marín. Había cobrado aversión a realizar retratos según las expectativas de la gente (que de todos modos nunca quedaba satisfecha con la versión de sí mismos que el pintor les presentaba) y optó por hacer esta nueva serie en total libertad: “Traté de captar ciertos gestos de Lupe, actitudes, maneras de ponerse un trapo, con lenguaje pictórico y con una fuerte conciencia de que lo que veía en ella eran relámpagos de vida. Todo iba a desaparecer. Frente a mí se erguía Lupe Marín, sus gestos, sus puños en el aire, su ceño fruncido, su pelo jalado sobre el cráneo, sus trajes, sus anécdotas, sus odios, sus fijaciones, su genio, su transitoriedad. Lupe lo percibió: –Me halaga mucho ser tu modelo, pero me da tristeza porque me ves como si estuviera muerta”.
Los retratos de Lupe Marín –esa figura del feminismo temprano en México– resultaron lo más cercano al expresionismo abstracto en la obra de Soriano, pero el pintor nunca se desligó del figurativismo. Sus posteriores creaciones, entre las décadas de 1970 y 1980, retornaron lentamente al dibujo tradicional, en una especie de vuelta al impresionismo, con colores delicados y matizados. Si se compara con los retratos de la década de 1940, con las audacias colorísticas de la década de 1950 y con el vigor de los retratos de Lupe Marín, la parte final de la pintura de Soriano resulta acaso la menos convincente, por su talante decorativo, pero conserva la maestría técnica desarrollada en medio siglo de oficio pictórico. 60 piezas de ese período fueron las que un inconforme Azcárraga toleró recibir a cambio de sus dos millones y medio de pesos.

Juan Soriano / Un soldado con
la hembra de caimán. 1989

Sin embargo, el impulso creativo de Soriano estaba lejos de haber llegado a su fin. Desde la década de 1950 había agregado a su producción la escultura en pequeño formato, y a veces soñaba con llevar alguno de sus diseños a dimensiones monumentales. Esa oportunidad le llegó inesperadamente en 1987 cuando el arquitecto Teodoro González de León lo invitó a culminar el parque “Garrido Caníbal”, en Villahermosa, con una reproducción en bronce a gran escala de su escultura Toro, emplazada frente a una laguna alimentada por el río Grijalva. A ese encargo siguieron otros de grandes arquitectos como Ricardo Legorreta, quien ordenó a Soriano La Paloma para el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, y Abraham Zabludowski, que eligió La Luna de Soriano para emplazarla a la entrada del Auditorio Nacional.
La escultura monumental de Soriano nuevamente estableció un hito para el arte en México, pues, como el propio artista señalaba, antes de esas piezas no era usual colocar esculturas ante los edificios públicos, a menos que se tratara de “un padre de la patria colado en bronce”. Sus piezas monumentales con temas animistas contribuyeron a cambiar los usos arquitectónicos en los que subsistía la rancia pauta del nacionalismo.
Para el momento en que Soriano alcanzaba ese reconocimiento a su producción escultórica, ya era un hombre asentado por la edad y la experiencia. De su turbulenta juventud, el jalisciense había transitado penosamente a la madurez, en constantes luchas contra la depresión. Había experimentado el enfriamiento paulatino de su relación amorosa con el exiliado español Diego de Mesa, cuya amistad conservó toda la vida, sin embargo. Y desde 1975 había entrado a la vida del pintor un compañero que resultó determinante: Marek Keller, un apuesto polaco que, a decir del artista, “es una mezcla natural y espontánea de ternura y eficacia. No sólo me ha dado afecto y estímulo, sino que, además pronto fue convirtiéndose de manera inteligente en promotor, organizador, manager, viendo mi falta absoluta de interés por esas cosas. En fin, Marek puso orden en mi vida”.
A Juan Soriano, que toda su vida se empeñó en hacer respetar sus preferencias sexuales y sentimentales, le hubiera causado risa que, al anunciar su muerte, la televisión presentase a Marek sólo como su “representante” o su “secretario particular”. La hipocresía que reprobó el jalisciense desde su adolescencia no estuvo lejos de su féretro, pero sus propios testimonios consignados por Elena Poniatowska en el libro Juan Soriano, niño de mil años, eliminan toda mojigatería o doblez con respecto a su vida amorosa y sexual.
En su juventud, Juan Soriano fue uno de esos “forajidos” de la cultura que acompañaron a los estetas de Contemporáneos en la instalación de nuevas maneras de pensar y actuar en México. En su madurez, el pintor y escultor fue saludado como uno de los pioneros del mejor arte contemporáneo mexicano. A los 86 años, el viejo niño de facciones caballunas e inquietud de pájaro ha cerrado sus ojos verdes al asombro, a la angustia y a la turbulencia. Como el toro de bronce que salió de sus manos para reposar junto a las aguas del río Grijalva, el artista ha alcanzado la perenne quietud, en una tumba que como, todas, se mantiene sin sosiego.

Jorge Pech Casanova (Mérida, Yucatán, 1966). Autor de los poemarios Roja Edad (Ediciones de la Gorgona, 1991), Noticias del vencido (La Tinta del Alcatraz, 1994) y Contra la lluvia insumisa (La Tinta del Alcatraz, 1999), así como de los volúmenes de ensayos La sabiduría de la emoción (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1998) y En tiempos de penuria (Editorial Almadía, 2005). En coautoría con Leonardo Pino Hernández ha publicado Artes plásticas de Oaxaca (Ayuntamiento de Oaxaca de Juárez, 2004).

 

Ciclo Literario.

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