Elena Garro: obra periodística

Patricia Rosas Lopátegui


No es una mera coincidencia que las primeras cinco colaboraciones de Elena Garro, giren alrededor de la condición de la mujer. Ella también vivía en carne propia la opresión, no sólo de su esposo, sino del medio cultural y social, en el que buscaba un lugar donde desarrollar su proyecto.A pesar del autoritarismo de Octavio Paz, la joven reportera defiende su independencia intelectual, y firma sus colaboraciones en 1941 en la revista Así, como Elena Garro.

Fotografia
Oliver Chanarin y Adams Broomberg

Con el propósito de desentrañar el papel de la mujer en 1941, Elena se busca y se refleja en el espejo de sus correligionarias. Entrevista, investiga y convive con algunas de ellas, para informar con veracidad. Su búsqueda no se limita a un grupo social, o a una raza privilegiada. La joven periodista de 24 años de edad indaga el alma femenina, desde diferentes estratos sociales y raciales, para construir un cuadro más completo, sobre la situación de la mujer en México en los años 40. Entrevista a una cantante de ópera Lolita González, perteneciente a la burguesía mexicana, a la pintora Frida Kahlo, a la actriz Isabella Corona y realiza simultáneamente un reportaje sobre la cárcel de mujeres menores de edad. Elena descubre que todas ellas, ricas o pobres, cultas o ignorantes, sufren la descalificación y la opresión por su condición femenina. En estas colaboraciones Elena afila su pluma y critica y ataca la doble moral y la hipocresía de la sociedad puritana mexicana.
               
La condición de las mujeres pobres en México, expuesta por Elena Garro, no ha cambiado. De norte a sur, de Chiapas a Chihuahua, las mujeres indígenas, las campesinas, continúan sufriendo, hoy en día, la misma situación racista y sexista. En el norte del país, la situación se recrudece, se transforma en el castillo del horror. Nos preguntamos, ¿qué diferencia hay entre estas niñas, que en 1941, vivían el infierno del Reformatorio, y transitaron de la inocencia a la prostitución, condenadas a la explotación, a morir de hambre, o a morir invadidas por enfermedades venéreas, con las jóvenes que en los albores del siglo XXI, trabajan en condiciones infrahumanas, víctimas del neocolonialismo?
        La realidad captada por Elena, hace sesenta años, sin cambios fundamentales en el sistema político, económico, social, cultural y educativo, sólo podía desembocar en la realidad insólita de las muertas de Ciudad Juárez. La condición de la mujer, lejos de mejorar, se ha enrarecido. La misoginia ha encontrado en México su habitat perfecto. Ahí, desde 1993, todas las instituciones participan de la misma perversidad masculina. Al rescatar estos reportajes de los años cuarenta, se confirma el continuum que existe, entre la situación marginal de la mujer hace más de medio siglo, y la recuperada por los reportajes sobre el fenómeno conocido como feminicidio en Ciudad Juárez. La realidad de Elena Garro es la misma, sólo que cada vez más descarnada.

MUJERES PERDIDAS
                                                                             
Por Elena Garro

Un grito -¡levántense!- y el sonido estridente de un silbato me despertaron. Me incorporé, como entre sueños; la luz de los focos daba una luz mortecina, de madrugada triste; hacía un frío intenso y el aire, húmedo y helado, se colaba libremente a través de las ventanas del dormitorio. Eran las cuatro de la mañana y afuera la oscuridad era completa. En silencio y medio adormiladas aún, con los ojos hinchados, las cabezas revueltas y las voces todavía contagiadas de la sombra del sueño, sesenta y siete muchachas tiritaban de frío, mientras tendían camas, trapeaban suelos o limpiaban el dormitorio, bajo la vigilancia de “mamá Aurelia”. Una se me acercó furtivamente y me dijo: “Te haría tu cama, güerita”. La reconocí: era Lola, la primera que me había dirigido la palabra la noche anterior; otra, me miraba amablemente desde su sitio: Piedad, que también había cruzado dos palabras conmigo cuando llegué al dormitorio. Yo estaba cohibida y torpe y no encontraba cómo tratarlas y acercarme.
        Cuando todo hubo quedado limpio, salimos al patio de deportes. Apuntaban ya las primeras luces de la mañana; el frío era tan intenso, que teníamos las manos entumecidas y las narices rojas. Mis compañeras saltaban y jugaban para entrar en calor; quise mezclarme a los grupos, pero Lola y Piedad, adustas, me hablaban continuamente y me tenían aislada de las demás. Piedad, alta y blanca, era agradable, con su voz suave y su cabello rizado; no tenía, por lo visto, amigas y nunca supe por qué estaba ahí; me llevaba silenciosa, de la mano, sin preguntarme ni decirme nada. Lola, por el contrario, era bajita y dominante; me daba consignas, me prohibía juntarme con las demás y las despedía con su voz ronca y áspera si se acercaban.
        Llegó la maestra de gimnasia y nos formaron. Entonces reparé en una muchacha que se había quedado sola, en un rincón del patio; tenía un pañuelo en la cabeza, que no lograba ocultar el cráneo rapado; permanecía hosca y erecta, con los brazos cruzados, solitaria. Durante todo el tiempo que duró la clase, me pregunté, vanamente, por qué estaría separada. Sorprendí varios cuchicheos en los que se aludía a la que me intrigaba; me decidí a romper el silencio y pregunté a Piedad:
        -¿Por qué está ahí? ¿Quién es?
        -Es María de la Luz... está castigada, porque golpeó a una celadora.
        -¿Y por qué la golpeó?
        Emma, gordita y de grandes ojos tristes, me dijo en voz baja y rápida:
        -Porque se llevaron a su...
        -Cállate,  -interrumpió Lola-,  a la güera no le importan los chismes. Sabes,  -me explicó-,  se peleó con una celadora; entonces la celadora la golpeó, después la raparon y la dejaron ahí parada, toda la noche, en castigo...
        No podíamos seguir hablando, la maestra de gimnasia nos miraba. Dábamos la clase desganadas y en medio de palabrotas que lanzaban las muchachas en voz muy baja. Cuando desfilamos en silencio para ir a tomar la ducha, pasé junto a María de la Luz, la castigada. Tenía la nariz morada por el frío y un gesto rígido y desafiante; me pareció que su delito no era tan grave y que el castigo era demasiado duro. Estaba humillada e impotente, expuesta a todas las miradas; su única defensa era el gesto desafiante y el silencio sombrío en que se aislaba. En ese momento no me pareció muy pedagógico corregir así a una adolescente, aun cuando ignoraba en realidad cuál era la falta cometida.

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Oliver Chanarin y Adams Broomberg

El baño

Una vez que estuvimos en el baño empezó una gran algazara. Las muchachas se desnudaban jubilosamente y se lanzaban a las regaderas de agua helada con un valor admirable.
        -¡Báñate, güera! -me decían. El agua nos caía como una puñalada; temí morir de una pulmonía. Ellas, familiarizadas, se paseaban desnudas y se vestían lentamente, sin temor al frío y sin ningún pudor; algunas se cruzaban miradas coquetas y provocativas. Empecé a notar algo raro en el ambiente; algo raro y flotante, vago, que yo no podía saber y que las obligaba a ser reservadas conmigo. Por un momento pensé preguntar. Pero, ¿qué preguntaría? ¿Cómo dar forma a lo que ni siquiera era un pensamiento, ni una sospecha, sino la sensación de algo repelente y prohibido? Además, Lola no me permitía ningún diálogo. Nos vestimos y salimos a un segundo patio, donde nos formaron para ir al comedor. Allí tuve tiempo para mirarlas con más alma; el júbilo del baño las había abandonado y charlaban en voz baja, disputando muchas veces. Me llamaron la atención unas pobres muchachas embarazadas, que se movían pesada, torpe y tristemente. ¡Dolorosa maternidad, en un Reformatorio! Había otras, metidas en costales, no sabría si grotescas o lastimosas. Quizás ambas cosas. Noté que en la fila más próxima una muchacha guapa y de mirada fuerte y despejada
me miraba fijamente. Lola se me acercó y me llamó aparte:
        -No te vayas a juntar con Manuela. Es una pelada y está prohibido hablarle.
        -¿Quién es Manuela?
        -Ésa que te está viendo.
        Aquel patio era el patio de las intrigas y llegué a tenerle antipatía. Era imposible que vivieran cuatrocientas mujeres en paz; se insultaban continuamente y se mantenían a raya unas a otras como de potencia a potencia. Todas aquellas disputas transcurrían en voz baja y de una manera solapada, pues las celadoras permanecían a distancia, vigilando. Cada vez que discutían dos, se formaban pequeños bandos, que participaban con gran ardor en la pelea y que, rápidamente, se subdividían hasta el infinito, porque cada quien se creía poseedora de una razón que, para el resto, era incomprensible. Cada intriga se ramificaba y producía las más inesperadas consecuencias y alcanzaba a las más distantes y ajenas. Lola era de las aguerridas y capitanas. Fuimos a desayunar. Mientras comíamos, yo seguía preocupada con María de la Luz, porque presentía que ella me podría dar la clave de muchas cosas. Quise hablar de ella con Enriqueta, mi compañera de mesa, pero fue imposible: a mi pregunta sólo contestó con una sonrisa y siguió comiendo.

El taller

A instancias de Lola, ingresé al Taller de Economía. Toda la mañana amasamos e hicimos buñuelos, bisquets, cacahuates garapiñados y otras pastas. Yo estaba junto a Lupe R., robusta, alegre y con un aire de asombro; comía pedazos de buñuelo y me daba otros. De pronto, con la boca llena, me dijo:
        -Ya sabemos que tú no quieres ser amiga de nadie, más que de Lola.
        -No es cierto. ¿Quién ha dicho eso?  -repuse, extrañada.
        -Lola... Ella misma, -me contestó tranquilamente, mientras tragaba el buñuelo.
        Ana, otra de las que estaban junto a mí, me preguntó:
        -Güera, ¿que tú te pintabas cuando andabas en la calle?
        -Claro, -le dije. Entonces todas me hablaron de sus “novios”; de sus “relajos” y me advirtieron que no me llevara con Lola.
        -Le gustan las nuevas. Primero las sube muy alto y luego las deja caer.
        No entendí al principio la intención que pusieron en su advertencia. Y agregaron:
        -Te va a enredar, güera. No te fíes.
        Yo entonces les dije:
        -Pues Lola me ha dicho lo mismo: que no me junte con ninguna y sobre todo con una que se llama Manuela.
        -¡Ay, qué ardida! -se dijeron entre ellas.
        Mientras espolvoreaba el azúcar sobre los buñuelos, sentía las miradas furibundas de Lola, que amasaba. Cuando salimos me interpeló:
        -¿No te advertí que no hablaras con ninguna?
        No recuerdo las palabras con que contesté, pero lo hice con violencia, fastidiada de aquel impertinente y necio dominio que quería ejercer. Calló, rencorosa, y después, cambiando de tono, ya casi confidencial, me preguntó de mi vida anterior. Fingí una historia más vulgar que patética y que, a pesar de mi escasa “erudición”, la satisfizo y hasta la conmovió. Me suplicó que a nadie le contara mis cosas y me dijo:
        -¡Ay, hermana! Pues yo a los catorce años me hice amiga de... (aquí el nombre de una actriz) y ella fue la que me lanzó a la “vida”. Todas las noches eran unos “cuetes” padres, hasta que mi tía me corrió de la casa. Entonces me fui al edificio Balmori; allí vivía con Antonio... Luego, ya sabes, estuve en una “casa” y de allí me agarraron y me trajeron acá.

Por la tarde

Fuimos a comer, rutinariamente. La mañana había sido tediosa e interminable. Después de comer salimos al segundo patio. Nos formaron para ir al taller de “overoles”. Estaba distraída y cansada, había mucho sol y casi no podía ver, cegada por el resplandor de una luz cruda y sofocante. Alguien me agarró de un brazo y me arrancó con fuerza de mi sitio.
        -¿Qué fue lo que te dijo Lola de mí?
        Era Manuela; me miraba furiosa y con aire de superioridad.
        -Nada, -contesté asustada. Y después, imitándolas:
        -¡Ay, qué argüende!
        -Ya hablaremos en el taller, -me dijo, amenazante. Y me llevó a mi sitio. Había logrado amedrentarme por un segundo; oí que decía:
        -Lo que es a esta güera sonsa, le saco todo.
        Casi toda la escuela vio aquella reprimenda. Yo estaba confusa e indefensa, sin saber qué actitud tomar. Pregunté a Lupe R. y a Ana:
        -¿Para qué le dijeron lo que les conté esta mañana?
        -Para que a esa Lola se le quite lo ardido y lo presumido. Ya vas a ver... -me dijeron.
        En el taller, Manuela se sentó juntó a mí. En lugar de insultarme como me temía, amablemente me preguntó:
        -Güera, ¿que a ti te gustaba el relajo?
        No le contesté, pero mi silencio fue como un asentimiento. Tenía cerca a dos o tres compañeras que la miraban con admiración. Me pareció que gozaba de inexplicables privilegios, pues no trabajaba en las máquinas y era la única, en toda la escuela, que se pintaba. ¿Era su carácter decidido lo que le daba tal seguridad? Me miró, despectiva y protectora:
        -Que te digan éstas por qué me odia Lola.
        Sus pistoleras, no encuentro otra palabra para designar a la agresiva y obediente corte o mesnada que la seguía, dijeron a coro:
        -Porque fue su amiga y la dejó.
        -Muchas veces le puse los ojos negros, -agregó, tranquila y segura.
        Quedé desconcertada. No quise continuar la conversación y la tarde transcurrió silenciosa y vacía. Al salir, Manuela me preguntó, con cierta ingenua impertinencia:
        -Oye, ¿realmente eres tan bruta o te haces?

        -No, no me hago. Así soy, -contesté rápida y humildemente. Y me desprendí del grupo. (...)        

 

 

Ciclo Literario.

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