Turner: Periodista de México

HACIA LOS CIEN AÑOS DE MÉXICO BÁRBARO

Lorenzo León Diez

 


 

John Kenneth Turner
Periodista de México
Eugenia Meyer
UNAM – ERA
2005

Estamos a solamente dos años de que se cumplan cien de la escritura de una de las obras más trascendentes inspiradas en la realidad histórica de México que desembocaría en la primera revolución social del siglo XX. Nos referimos a México Bárbaro  ( 1908),de John Kenneth Turner (1878-1948), un periodista tan apasionado como John Reed (1887-1920 ), ambos originarios de Portland en el estado de Oregon, Estados Unidos y cuyas investigaciones, entrevistas y vivencias al lado de los revolucionarios y el pueblo mexicanos, difundieron internacionalmente la convulsión de una sociedad, y decidieron a ellos mismos a luchar al lado de una causa que marcó el destino de nuestro país.

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John Kenneth Turner. 1920

     La primera vez que Kenneth Turner entró a México fue dos años antes del estallido de la revolución, en agosto 1908. A finales de ese año, de regreso a Los Ángeles, California, empezó a redactar su primer artículo que concluye en diciembre y lo presenta a los editores de The American Magazine, quienes muestran interés pero insisten en que debe volver a México y completar su información, pues le hace falta mayor profundidad. Así, pocos meses después, apenas iniciado el año de 1909, retorna al “escenario del crimen”. En ese momento el intrépido periodista aún no cumplía treinta años y al menos los siguientes veinte los dedicaría totalmente a México y su lucha a favor de los desamparados, frente a los intereses de un vecino ambicioso, ávido de comerse al mundo de un bocado.
     De esta manera podemos ubicar esta fecha, diciembre de 1908, como el origen de un centenario que se cumplirá muy pronto y que debía ser motivo de reflexión y agradecimiento de nuestra cultura política a un hombre que asumiera como propia la causa mexicana y cuyo nombre debería ser agregado al de los periodistas revolucionarios de la época, como Ricardo  y Enrique Flores Magón, Librado Rivera, Manuel Sarabia, Antonio Villareal, Práxedis Guerrero y Lázaro Gutiérrez de Lara.
     Sin embargo, de manera inexplicable, la obra periodística de Jonh Kenneth Turner ha tardado mucho en ser difundida entre nosotros. México Bárbaro se imprimió primero en Inglaterra, bajo el sello editorial de Cassell and Company, a fines de 1910 y fue publicado en Estados Unidos en febrero de 1911 por C. H. Kerr, Chicago, apenas tres meses después del levantamiento maderista.
     Lo que sorprende es que el público mexicano no conocería una versión en español de Barbarous México sino hasta cuarenta y siete años después de su publicación original en inglés. Sin crédito del traductor, el volumen lo editó en 1955 la revista Problemas Agrícolas e Industriales de México, que dirigía Manuel Marcué Pardiñas. Eugenia Meyer señala que aún hoy resulta incomprensible por qué un libro clave para entender una etapa decisiva en la historia de México y Estados Unidos se mantuvo inaccesible por tanto tiempo para la sociedad mexicana, pues Turner, sin discusión, ofreció una visión de conjunto de lo que era México justo antes de la Revolución.
     Después de esta publicación de México Bárbaro, pasarían casi diez años hasta que el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana (INJM) lo reimprimiera en 1964. Y es en 2005 cuando podemos decir, con el libro de Meyer, que los lectores de habla hispana tenemos acceso a la mayoría de los textos, ensayos y artículos periodísticos de Turner sobre México.

Entre historiadores te veas

La opinión que México Bárbaro le mereció al historiador Daniel Cosío Villegas –opinión reproducida y comentada  por Meyer-- puede explicar este “ninguneo” característico de nuestros hombres de letras para sus congéneres; una actitud mezquina que Octavio Paz reclamó tanto, a tiempo que él mismo la ejercía a plenitud.

     Lo que el autor de la monumental Historia moderna y contemporánea de México (diez tomos), pensaba de Kenneth Turner, lo escribió con motivo de la publicación de México Bárbaro en la revista mencionada, pues los editores pidieron a algunos intelectuales textos de interpretación. Escribió el historiador: “La verdad de las cosas es que no vale la pena leer tantas veces el México Bárbaro y quizá ni una siquiera si tiene uno todavía muchas cosas que leer antes de expirar.
(Antes señaló haberlo leído tres veces: la primera “de prisa y con un conocimiento defectuosísimo del inglés”; la segunda, cuando se avocó a hacer una revisión de la “literatura secundaria del porfiriato”, y la última tuvo por objeto preparar sus comentarios para la edición en español).
     La denostación de Cosío sobre Turner es radical: El México bárbaro es un panfleto político destinado no a juzgar, sino a desacreditar a Porfirio Díaz, y si ése es el propósito no parece que deba haber arma prohibida alguna.
     Es interesante notar que 60 años después de escrito el libro, un historiador mexicano comparta la misma opinión que los detractores de Turner difundieron en su tiempo en la prensa mexicana y norteamericana. Eugenia Meyer se indigna de críticas tan superficiales y comentarios tan torpes, pues los escritos de Turner, tal vez por la naturaleza de su oficio periodístico y la causa socialista que siempre defendió, están saturados de pasión y de compromiso ideológico, pero también son un documento invaluable que debemos a la oportunidad y la ventaja de su posición como testigo de las circunstancias que determinaron la década más tormentosa de la historia de México.

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Juan Sarabia

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Periodistas revolucionarios
Archivo Casasola
Antonio Villarreal

     Cosío Villegas manifiesta que había acabado por “dudar si realmente existió el señor Turner, pues pudo haber sido un mexicano expatriado del Partido Liberal, lo cual se confirma por la ignorancia que revela de la historia de México y no digamos ya de la de Estados Unidos”. Y agrega: Nada hay profundo en el México bárbaro y poco inteligente, pero algo inteligente se encuentra.
     A Eugenia Meyer se le agradece su apasionamiento y defensa de la obra de Turner, pues nos da la oportunidad de contemplar la manera en que la interpretación de los hechos históricos y sus personajes sufre distorsiones y negaciones tan absurdas, como llamar literatura secundaria a textos que fueron determinantes para el consenso de la causa revolucionaria mexicana, y sobre todo escritos al interior del país más agresivo del orbe.
      Por ello, no deja de sorprenderle a Meyer que Daniel Cosío con todo el aparato heurístico que puso a su disposición el Banco de México, al que el historiador tuvo libre acceso durante muchos años para preparar su obra magna, no haya solicitado una investigación ya no digamos minuciosa, sino esencial, sobre John Turner, antes de aventurarse a comentarios tan torpes; y apreciaciones del historiador como ésta: No vale nada como libro de ciencia, libro en el cual se vea el estudio y a la reflexión tras la verdad; libro que aclare misterios, que descubra y compruebe hechos; que valore juicios y ensamble explicaciones.
     Siendo un asunto serio este debate que incumbe a la ética del historiador, Meyer abunda: Si la obra es menor, si la identidad del autor es dudosa, ¿cuáles fueron los motivos que llevaron a Cosío a enmendarle la plana  luego de haber aceptado colaborar en este número, digamos “conmemorativo”, de Jonh Turner?
     Creemos –prosigue Meyer- que aquí se descubre el gato encerrado, es decir, lo incómodo que le resultaba considerar estos textos de denuncia del porfiriato que él, por otra parte y ciertamente sin demérito alguno, estaba “descubriendo” para los mexicanos.
     Consideraciones importantes sobre un vacío (el período intelectual de Estados Unidos en el ciclo revolucionario de México), que viene a llenar el libro de Eugenia Meyer, nos da la oportunidad a los interesados para reflexionar sobre las relaciones entre periodismo, política e historia, pues libros como el de Turner contribuyeron a atizar el fuego de los inconformes y los rebeldes, precipitando así la caída de la dictadura.
En una fotografía que le obsequió el presidente Francisco I. Madero, al final de la entrevista que le concedió el 27 de enero de 1913, éste le escribió: “Al señor John Kenneth Turner, eminente escritor norteamericano y abnegado defensor del proletariado mexicano”, prueba irrefutable de la importancia que su obra escrita reportaba a la acción revolucionaria.
     Además, recuérdese que estamos en pleno apogeo de las ideas marxistas y la organización comunista, por eso no es excepcional que muchos escritores y periodistas fuesen militantes, como Jonh Reed,  e incluso traficantes de armas para surtir a los revolucionarios, como lo planeaba desde Los Ángeles el grupo de los Flores Magón en la fracasada expedición a Baja California en 1911, en la que John Turner recibe la encomienda de conseguir las armas. Fue entonces cuando el gobierno de Porfirio Díaz solicitó a Washington que lo arrestara.
     No obstante su compromiso político, pues incluso fue considerado como un socialista doctrinario, Turner mantenía el propósito y la intención fundamental de sus escritos casi como una misión que debía cumplir a toda costa, sin abandonar jamás sus principios como socialista y como profesional del periodismo. Pensaba que si escribía sobre la situación política de México con llaneza y ética profesional, y sobre todo sin ánimo injerencista, tendría un mayor número de lectores, incluso entre aquellos liberales estadounidenses a quienes no les hacía mucha gracia el incipiente movimiento socialista de su país.

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Praxedis Guerrero

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Enrique Flores Magón

Vida y periodismo

El padre de John  KennethTurner era editor del diario el Oregonian, así que desde niño Turner conoció el olor de las tintas y el acompasado ruido de los rodillos sobre las planchas de metal. Muy pronto, a los 17 años, empezó a publicar artículos semanales en el Stockton Saturday Nigth y después fue editor de deportes del Portland Journal. A los 18 años editó el Fresno Daily Democrat y más tarde pasó al Fresno Republican.
     Al asistir como estudiante especial a la Universidad de California en Berkeley conoció a Ethel E. Duffy y en 1905, ella de 20 años y él de 26, se casaron y fueron a radicar a San Francisco.
     Debido a un terremoto, la pareja se mudó a Los Ángeles donde Turner empezó a trabajar en Los Angeles Herald, como periodista independiente. Y colaboraría en la fundación de Los Angeles Weekly Socialist, hasta que consiguió un puesto de reportero en Los Angeles Express, el diario que en 1908 lo envió a entrevistar a los prisioneros políticos mexicanos Ricardo Flores Magón, Librado Rivera y Antonio I. Villarreal, que estaban en la cárcel del condado de Los Ángeles.
     A la publicación de su artículo sobre los mexicanos presos, dos meses más tarde, fueron liberados y de inmediato reiniciaron su lucha, con la edición del diario Regeneración.

     Es a partir de su amistad con los periodistas mexicanos en el exilio que Turner decide viajar a México, con el apoyo de “Socialist Labor Party”, al que se había inscrito en 1907. Esta organización, fundada en 1877, contaba con casi 7 mil adherentes, la mayoría de los cuales eran trabajadores inmigrantes.
     Turner, al igual que Jack London y John Reed, dirigió su mirada hacia México porque precisamente las circunstancias y la coyuntura histórica en la que se hallaba inserto nuestro país le permitían continuar desde otras trincheras con su tarea ideológica y su compromiso social. Quizá fueron ellos los primeros estadounidenses que rechazaron el estereotipo racista construido en torno a los mexicanos, convirtiéndose en agentes activos del cambio y no en meros instrumentos pasivos durante el proceso revolucionario que cambiaria el curso de nuestro país.
     En este primer viaje lo ayudó el abogado Lázaro Gutierrez de Lara, que ya había dirigido el diario Revolución en Los Ángeles y se ofreció como su guía e intérprete.
    Haciéndose pasar como inversionista conoce la cruenta realidad de la esclavitud en las haciendas henequeneras de Yucatán; en Valle Nacional, Oaxaca y el exterminio de los indios yaquis de Sonora.

Crónica de la matanza

México Bárbaro es comparado con dos obras señeras en la denuncia social: la que realizó George Kennan en Rusia durante el ocaso del zarismo, y la célebre novela de Harriet Beecher Stowe, La cabaña del tío Tom.

     Cuando  leemos hoy el reportaje de Turner nos percatamos, como bien lo señala Eugenia Meyer, que su objetivo era indagar y sustentar sus argumentos, antes que denunciar. Turner mantenía el propósito y la intención fundamental de sus escritos casi como una misión que debía cumplir a toda costa, sin abandonar jamás sus principios como socialista y como profesional del periodismo.
     Jonh Turner describe un panorama de 750 mil esclavos, 5 millones de peones, 150 mil trabajadores de minas y fundiciones, 30 mil operarios de fábricas de algodón, 250 mil sirvientes domésticos, 40 mil soldados, 2 mil policías en la ciudad de México, en condiciones de extrema opresión y explotación. Narra las matanzas de Río Blanco, Veracruz;  Cananea, en Chihuahua y Juchitán, en Oaxaca, entre otras atrocidades que inundan de sangre e indignación al pueblo. Y da testimonio de las alianzas entre los gobernantes porfiristas, los dueños de las haciendas y las fábricas y el capital norteamericano, que se calculaba de 900 millones de dólares.

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Ricardo Flores Magón

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Librado Rivera

     Turner describe la vida de los esclavos, cuyos cadáveres eran tantos que para ahorrarse los entierros eran echados a los caimanes. Realmente es una narración alucinante de horror más atroz que los ecos del medioevo.
     Para continuar sus investigaciones, Turner regresó a nuestro país a finales de enero de 1909, acompañado de su esposa Ethel, que había participado en la publicación de la revista The Border, en Tucson Arizona, la cual denunció las difíciles condiciones políticas de México, al mismo tiempo que Manuel Sarabia editaba en español El Defensor del Pueblo, cuyas prensas fueron destruidas.
     Turner venía ahora como cronista deportivo del Mexican Herald, que le serviría como coartada en tanto dedicaba la mayor parte de su tiempo a atestiguar con libertad el acontecer cotidiano del país.
     Como resultado de esto, sus primeros tres artículos fueron publicados en The American Magazine que, fundada en 1906, ya para 1909 tenía una circulación mensual nada despreciable de 300 mil ejemplares. Además, sus textos fueron reproducidos en The New York Sun, The Rochester Times y The Milwaukee Journal, así como en algunos periódicos londinenses. Las reacciones no se hicieron esperar: los socialistas estadounidenses e ingleses expresaron su entusiasmo y su adhesión a la causa revolucionaria mexicana.
    Sin embargo, en enero de 1910, luego de ser publicado el tercer artículo de la serie, la política editorial de The American Magazine cambió de manera drástica. Alguien tomó cartas en el asunto y amedrentó a los editores, que se vieron obligados a recular.
     Sobre las reacciones en México, pues los interesados lograron allegarse algunos ejemplares y los distribuyeron con eficacia, Meyer cita lo dicho por El Imparcial, órgano oficial del porfirismo, en su edición del 1 de abril de 1910: “También nosotros podríamos escribir un Estados Unidos bárbaro que empalidecería las páginas de Mr. Turner”.
     Cerrado su camino, Turner se da a la tarea de buscar otro editor y logra publicar parte de sus escritos en la International Socialist Review y en el Pacific Monthly, hasta que al fin encontró la que sería su casa editorial permanente: el semanario Appeal to Reason, que sería la tribuna de las voces socialistas hasta 1917, con 350 mil suscriptores. Los trabajos de Turner hicieron subir el tiraje de este semanario hasta llegar a los 530 mil ejemplares. Los periódicos conservadores lo consideraban el vocero de los gritones, soplones y traidores. Solía decirse que el Appeal era la guarida de los revoltosos y el refugio de los líderes obreros y los exiliados políticos.

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Jesús Flores Magón

     Una vez publicado México Bárbaro por el editor Kerr de Chicago, se calcula que tuvo varios millones de lectores, y Turner continuó escribiendo sobre México. Entre febrero y marzo de 1910 se internó en el norte del país y en diciembre de 1912 regresó a la ciudad de México, donde a los pocos meses, en febrero de 1913, durante los acontecimientos de la Decena Trágica, fue apresado y estuvo a punto de ser fusilado. En la primavera de 1915 volvió  para hacer una serie de reportajes en Veracruz y Tampico, y en agosto de ese mismo año logró entrevistar al Presidente Venustiano Carranza, con quien Turner no solamente se mostró proclive sino que empezó a colaborar con la causa constitucionalista, oponiendo la doctrina Carranza a la Monroe. En el invierno de 1916 regresó a México y viajó por última vez a nuestro país en 1921, luego del ascenso de Álvaro Obregón al poder.

La decepción y los bienes raíces

Turner publicó otro libro muy exitoso, Shall it Be Again?, en 1922 donde sostiene que la democracia no es una realidad en Estados Unidos, sino una oligarquía financiera, a la cual sirve el presidente en forma voluntaria, aunque aparente renuencia. En 1941 publicó su último ensayo titulado Challenge to Karl Marx, donde se abocó a la tarea de enjuiciar la teoría marxista, el más teórico y menos periodístico de los que escribió.
     Turner vivía refugiado en Carmel, donde tiempo atrás él y Ethel construyeron su casa, conviviendo con artistas y escritores como Jack London y Sinclair Lewis. Ella se había ido, después del divorcio, y él empezó a vivir con la escritora Adriana Spadoni. El desencanto de Turner frente al nuevo orden que surgió en el período de entreguerras lo retiró de manera gradual de la causa revolucionaria que con tanto fervor y convicción defendiera. “John era una persona muy digna en esos años. Uno no se atrevía a bromear o actuar tontamente con él” Evocaría Ethel sobre esos años.

     Para sobrevivir, como una cruel jugarreta del destino, este luchador socialista, defensor incondicional de los principios democráticos, de la soberanía de los pueblos y de su autodeterminación, acabaría sus días en 1948 como vendedor de bienes raíces en la población de Carmel, California.

 

Ciclo Literario.

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