El guardián de las metamorfosis *

Elías Canetti
Traducción: Marie Claire Figueroa


 

El oficio de poeta
Discurso de Munich, enero 1976
En La conscience des mots

 

            Entre las palabras que, durante algún tiempo, yacían aquí, extenuadas e impotentes; que se evitaban y ocultaban; por las que uno se volvía ridículo al usarlas; que se vaciaron hasta que, encogidas y repugnantes, llegaran a ser una advertencia, está la palabra “poeta”. El que se entregaba, a pesar de todo, a esta actividad, la cual subsistía como antaño, se autodenominaba “alguien que escribe”.
            Hubiera podido pensarse que se trataba de renunciar a una pretensión falsa, adquirir nuevos criterios, volverse más riguroso con respecto a sí mismo, y, en particular, evitar todo lo que lleva a éxitos no dignos. En realidad sucedió lo contrario: quienes, precisamente, criticaban sin piedad la palabra “poeta”, desarrollaron e intensificaron a sabiendas métodos para causar sensación. La opinión mezquina  de que toda literatura había muerto fue enunciada con palabras patéticas como una proclamación, impresa sobre valioso papel y discutida con una seriedad y una solemnidad tal como si se tratara de una elaboración intelectual compleja y ardua. Por supuesto este caso particular se ahogó pronto en su propio ridículo; pero otros también, quienes no eran tan estériles como para agotarse en proclamaciones, quienes componían libros amargos y talentosos, gozaron pronto de consideración por ser “alguien que escribe”; e hicieron entonces lo que los poetas solían hacer antaño; en lugar de callarse, reescribieron sin cesar el mismo libro. Por más incorregible y digna de muerte que les pareciera la humanidad, esta función le había quedado: la de aplaudirlos. Al que no sentía ningunas ganas de hacerlo, que estaba saturado por estas efusiones, siempre las mismas, se le reprobaba doblemente: como ser humano primero —esto es un hecho—  y luego como alguien que se rehusaba a reconocer, en la interminable rabia mortuoria del que escribía, la cosa última que tuviese precio todavía.

Fotografia
Grete Stern / En el andén. 1949

            Ustedes entenderán que para las manifestaciones de quienes se conforman con escribir, no tengo menos desconfianza que para quienes perseveran en llamarse con complacencia poetas. No veo diferencia entre ellos; se parecen como dos gotas de agua;  el crédito que adquirieron alguna vez les parece un derecho garantizado para siempre.
            Porque, en realidad, la situación hoy es ésta: nadie es poeta si no duda seriamente de su derecho a serlo. El que no ve el estado del mundo en el que vivimos difícilmente puede tener algo que decir de ello. Su situación de peligro, preocupación mayor de las religiones en épocas pasadas, desde ahora se encuentra aquí abajo. Su aniquilamiento, experimentado más de una vez, está fríamente considerado por los que no son poetas; algunos calculan sus probabilidades [de sobrevivir], hacen de aquello un oficio y, de este modo, engordan. Desde que hemos confiado nuestras profecías a máquinas, las profecías han perdido su valor. Entre más nos apartamos de nosotros mismos, más confiamos en instancias inertes, menos somos dueños de lo que nos pasa. Nuestro creciente poder sobre las cosas, animadas e inánimes, y en particular sobre nuestro semejante, se ha vuelto un contra-poder que no controlamos más que en apariencia. Habría cientos y miles de cosas que comentar; pero todo esto lo sabemos; esto es lo más extraño del asunto; se ha vuelto, en sus más mínimos detalles, una nota cotidiana, una funesta trivialidad. No esperen de mí que repita todo esto; para hoy me propuse otra cosa, más modesta.
            Tal vez valga la pena preguntarse, tomando esta situación en cuenta, con qué los poetas o los que hasta ahora tomábamos por tales, podrían volverse útiles. Porque, a pesar de todas las vejaciones que la palabra tuvo que padecer por culpa de ellos, le quedó algo de su calidad. Cualquier cosa que quiera ser la literatura, no está —ni tampoco la humanidad que se aferra todavía a ella—: no está muerta. ¿Cómo debería ser la vida del que la representa hoy y qué debería tener para ofrecer?
            De casualidad, hace poco di con esta nota de un autor anónimo, de quien no puedo citar el nombre por la sencilla razón que nadie lo conoce. Está fechada el 23 de agosto de 1939; era una semana antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial; declara:
            “No obstante, todo acabó. Si fuera realmente un poeta, debería impedir la guerra”.
            ¡Qué absurdo, decimos hoy cuando sabemos lo que ha sucedido desde entonces; qué presunción! ¿Qué hubiera podido impedir un individuo aislado; y por qué justamente un poeta? ¿Puede concebirse pretensión más alejada de la realidad? Y ¿qué distingue esta sentencia del énfasis de quienes, con sus sentencias, han conscientemente conducido a la guerra?
            La leí con irritación, la copié con una creciente irritación. Ahí está, pensé, encontré lo que más me repugna en esta palabra “poeta”: esta pretensión en profunda contradicción con todo lo que, en el mejor de los casos, sería susceptible de hacer un poeta; ejemplo de la jactancia que ha desprestigiado esta palabra y que provoca nuestra desconfianza tan pronto como un miembro de la cofradía se da golpes de pecho y se presenta con designios colosales.
            Sin embargo, en los días siguientes, me percaté con asombro que esta sentencia no me soltaba; que volvía sin cesar a mi mente, que la tomaba, la disecaba, la arrojaba y la retomaba; como si dependiera sólo de mí encontrarle un sentido. De por sí la manera en que empezaba era extraña: “No obstante todo acabó”; expresión de una derrota completa y sin esperanza, en un tiempo en que las victorias tenían que comenzar. En la medida en que todo estaba centrado en aquellas, ya formula la desolación del final y como si ésta fuera inevitable. Sin embargo, la sentencia propiamente dicha: “Si fuera realmente un poeta, debería impedir la guerra”, contiene, al mirarla de más cerca, lo contrario de la jactancia; a saber el reconocimiento de un fracaso total. Pero, hay algo más, expresa la confesión de una responsabilidad; y en este caso —es lo sorprendente— allí en donde menos se hablaría de responsabilidad, en el sentido usual del término.

            Aquí, alguien que indiscutiblemente piensa lo que dice, ya que lo dice en silencio, se vuelve contra sí mismo. No establece su pretensión: renuncia a ella. En su desesperación acerca de lo que debe pasar de ahora en adelante, se acusa él mismo, y no acusa a los promotores propiamente dichos, a quienes, sin duda alguna, conoce perfectamente; puesto que, si no los conociera, otra sería su idea del futuro. No queda más, pues, como fuente de la irritación inicial, que lo siguiente: su representación de lo que debería ser un poeta; y que se haya tomado por tal hasta el momento en el que, con el comienzo de la guerra, todo se derrumbara para él.
            Es precisamente esta pretensión irracional a una responsabilidad, lo que, aquí, me vuelve pensativo y me seduce. Habría que agregar también, a este respecto, que fue con las palabras, consciente y constantemente usadas y abusadas, que se llegó a esta situación de ineludibilidad de la guerra. Si, con palabras, pueden provocarse tantas cosas, ¿por qué las palabras no podrían impedirlas? No nos extrañemos si alguien que, más que otros, tiene trato con las palabras, confíe también más que otros en su efecto.

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Erwin Blumenfeld / Minotauro. 1936


            Un poeta —tal vez hayamos encontrado esto demasiado rápido— sería pues alguien que otorga un crédito particular a los vocablos; a quien le gusta tener trato con ellos, tanto y más, eventualmente, que con los seres; quien se entrega a los unos como a los otros —a los vocablos, sin embargo, con más confianza—; a quien le sucede también desatornillarlos de su asiento, para reinstalarlos con un aplomo tanto mayor; quien los cuestiona, los palpa, los acaricia, los rasguña, los cepilla, los pinta; para ser todavía capaz después de todas sus impertinencias íntimas, de hacerse pequeñito de nuevo ante ellos. Aun si muy a menudo aparece como un malhechor con relación a la palabra, es un malhechor por amor.
            Detrás de todas estas artimañas se encuentra algo de lo que él mismo no se percata siempre; algo débil la mayor parte del tiempo; pero también, a veces, de un poder desgarrador; a saber la voluntad de responder de todo lo que las palabras pueden aprehender; y de expiar él mismo las fallas.
            ¿Qué valor puede tener para los demás esta aceptación de una responsabilidad ficticia? ¿No estará privada de todo efecto por su carácter irreal? Lo que se impone libremente un ser, creo, es tomado por todos, aun por el más corto de entendimiento, más en serio que lo que le sucede por obligación. Y nunca está uno tan cerca de los acontecimientos, nunca nuestra influencia sobre ellos es tan fuerte como cuando se siente uno responsable de ellos.
            Si la palabra, para muchos, estaba reventada, es que relacionaban con ella una representación de simulación y de falta de seriedad; algo que se escabullía para no complicarse demasiado la tarea. Esta asociación de actitudes altaneras con la estética, en todos sus matices, no era susceptible de inspirar respeto justo antes de que entráramos en uno de los periodos más sombríos de la historia de la humanidad, periodo que esos poetas no supieron reconocer al momento que se abatía sobre ellos,; su falsa confianza, su desconocimiento de la realidad que buscaban tratar por el simple desprecio, negando cualquier lazo con ella, permaneciendo en su interior ajenos a todo lo que realmente sucedía —porque esto no podía leerse en el idioma usado por ellos—: puede perfectamente entenderse que ojos que veían con más dureza y precisión, se hayan apartado con horror, ante tanta obcecación.
            A esto puede oponerse que haya sentencias como las que originaron estas consideraciones. Mientras haya alguien —por supuesto hay más de uno— que asuma la responsabilidad de las palabras y reaccione de la manera más comprometida al constatar su total fracaso, tenemos el derecho de conservar un término que fue siempre empleado por los autores de las obras esenciales de la humanidad: de las obras sin las cuales no tendríamos siquiera conciencia de lo que constituye esta humanidad. Confrontados a estas obras que —aun de otro modo— son para nosotros tan necesarias como el pan cotidiano; nutridos y llevados por ellas; aun si no nos quedara nada más que esto; aun si no supiéramos qué tanto nos llevan; pero también, buscando en vano en nuestra época lo que podría compararse con ellas, no podemos tener más que esta actitud: con mucho rigor con respecto a nuestra época y, en particular, con respecto a nosotros mismos, concluir que hoy no hay poetas, pero desear con pasión que los haya.
            Esto parecería somero, y no tiene mucho valor a menos que tratemos de representarnos lo que debería ser hoy un poeta por sí mismo, para satisfacer esta exigencia.

            En primer lugar, es lo más importante, yo diría que es el guardián de las metamorfosis, y en un doble sentido. Por una parte, procurará asimilarse la herencia literaria de la humanidad, tan rica en metamorfosis.  Toda su riqueza, la conocemos apenas hoy, cuando ya están descifrados los escritos de casi todas las antiguas culturas. Todavía hasta el siglo pasado, los que se hubieran interesado en este aspecto específico y enigmático del ser humano, a saber el don de la metamorfosis, se habrían atenido a dos libros fundamentales de la Antigüedad: el uno, tardío: las Metamorfosis de Ovidio, colección casi sistemática de todas las metamorfosis míticas, “superiores”, antaño conocidas; el otro, antiguo, La Odisea, en el que se trata, en particular, de las metamorfosis azarosas de un ser, Ulises. Éstas culminan con su regreso como mendigo, la forma más humilde concebible; y la perfección del disfraz logrado allí no ha sido alcanzada, menos todavía superada, por ningún poeta ulterior. Sería ridículo subrayar la influencia de estos dos libros sobre las culturas europeas modernas, antes del Renacimiento, y más todavía a la postre. En el Ariosta y en Shakespeare y en otros más, innumerables, la huella de las Metamorfosis se transparenta y uno se equivocaría gravemente al creer que su influencia se agotó en la época moderna. A Ulises, lo encontramos hoy todavía: es el primer personaje de la literatura universal; se fundió en sus componentes centrales; y sería difícil citar más de cinco o seis personajes de una irradiación equivalente.
            Si es el primero y si ha estado presente siempre para nosotros, sin embargo, no es el más antiguo. Hace apenas un siglo, se descubrió el Gilgamesh mesopotámico y se reconoció su alcance. Esta epopeya empieza por la metamorfosis de Enkidu, quien vive en  estado salvaje entre las fieras, en un hombre de la ciudad y de la cultura; tema que nos suena mucho más todavía ahora que sabemos cosas concretas y precisas sobre los niños lobos. La obra, cuando Enkidu es arrebatado por la muerte a su amigo Gilgamesh, desemboca en un formidable careo con la muerte, el único que no deja al ser moderno con un amargo regusto de engaño. Quisiera citarme aquí como testigo de un proceso casi inverosímil: ninguna obra de la literatura, al pie de la letra, ha determinado mi vida de modo tan decisiva como esta epopeya que data de cuatro mil años y que, hace un siglo, nadie conocía. A los diez y siete años, me tropecé con ella; desde entonces no me ha soltado; he regresado al libro como a una Biblia; y, aparte de su efecto específico, me llenó de esperanza por lo que nos es desconocido todavía. Me es imposible considerar como cerrado el corpus de las cosas transmitidas que nos sirven de alimento; y aun si ninguna obra establecida por escrito, de igual alcance, volviera a surgir, queda todavía el depósito enorme de la tradición oral de los pueblos primitivos.                                                                         
            Porque allí no hay un término a lo que nos interesa aquí, las metamorfosis. Podría uno pasarse la vida concibiéndolas y ratificándolas; y no sería una vida mal empleada. Tribus, a veces de algunos centenares de miembros, nos han legado una riqueza que ciertamente no merecemos; porque fenecieron por nuestra culpa o siguen feneciendo bajo nuestros ojos distraídos. Sus experiencias míticas las han conservado hasta el final; y lo curioso es que no hay nada que venga de modo más oportuno para nosotros, que nos llene de tanta esperanza como, precisamente, estos poemas primitivos, incomparables, de seres que han sido rechazados, engañados y despojados por nosotros y quienes han perecido en la miseria y la amargura. Despreciados por nosotros a causa de su cultura material modesta, han sido ciega y despiadadamente exterminados; y nos han dejado una herencia intelectual inagotable. No podríamos estar bastante agradecidos a la ciencia por su rescate; su conservación, propiamente dicha, su resurrección en nuestra vida es asunto de los poetas.
            Los he calificado de guardianes de las metamorfosis; pero lo son todavía en otro sentido. En un mundo orientado hacia la hazaña y la especialización; que no ve más que las cimas, hacia las que tiende uno en una especie de limitación lineal; que aplica todas sus fuerzas a la fría soledad de las cimas; que desprecia no obstante y borra lo que se encuentra al lado, lo múltiple —aun lo real—, que no acude a la cima; en un mundo que prohíbe cada vez más la metamorfosis, porque se opone a la única meta de la producción; un mundo que incrementa desconsideramente los medios de su autodestrucción y, al mismo tiempo, trata de sofocar las cualidades humanas adquiridas con anterioridad, que pudieran existir todavía y contrariarlo; en tal mundo, que se calificaría de totalmente obnubilado, parece esencial que algunos continúen, a pesar de todo, ejerciendo este don de la metamorfosis.

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Gerald Bybee / La mano de Natasha. 1994

            He aquí, a mi manera de pensar, la tarea propiamente dicha de los poetas. Gracias a un don antaño general, ahora condenado a atrofiarse, pero indispensable de conservar por todos los medios, deberían mantener abiertos los accesos entre los seres. Deberían poder volverse cualquiera, el más ínfimo, el más ingenuo, aun el más impotente. Su antojo de experiencia ajena, desde adentro, no debería jamás ser determinado por las metas inherentes a nuestra vida normal, oficial, por así decirlo; sería necesario que fuera libre de cualquier intención de éxito o de crédito; una pasión en sí, la de la metamorfosis. Sería necesario, para esto, un oído siempre abierto; pero esto no bastaría, porque la gran mayoría de los seres, hoy, ya no disponen mucho de la palabra, se expresan con las oraciones estereotipadas de los periódicos y de los medios oficiales y, sin ser realmente la misma cosa, dicen cada vez más la misma cosa. Solamente por la metamorfosis en el sentido extremo en el que está usada aquí la palabra, lograría uno sentir lo que un ser es detrás de sus palabras; no podría asirse de otro modo la consistencia real de lo vivo que hay allí. Es un proceso misterioso del que todavía no se ha estudiado mucho la naturaleza; y, sin embargo,  es el único verdadero acceso al prójimo. Se ha tratado de designar este proceso de diferentes maneras; se habla así de intuición o de empatía; por razones que no puedo exponer ahora,  prefiero la palabra más exigente de “metamorfosis”. Pero cualquiera que sea el nombre que se le dé, nadie se atrevería a poner en duda seriamente que se trata aquí de algo real y muy valioso. En su práctica permanente, en la experiencia avasalladora de seres de toda clase, cualesquiera que sean, pero en particular los menos considerados; en esta práctica incesante, que no estaría atrofiada ni paralizada por ningún sistema, yo vería el oficio propiamente dicho del poeta. Es concebible, es aun probable, que sólo parte de esta experiencia pase a su obra. En cuanto al juicio que se emitirá sobre ella, esto atañe de nuevo al mundo de las hazañas y de las cimas; hoy no nos puede interesar; lo que nos ocupa es aprehender lo que sería un poeta si hubiera uno; no aprehender lo que deja detrás de él.
            Si  hago aquí totalmente caso omiso de lo que se considera como el éxito; es más, si desconfío de él, es en relación con un peligro que cada uno conoce personalmente. La intención del éxito, tanto como el éxito mismo, tienen un efectomenguante. El que está consciente de la meta experimenta como un lastre en su camino, la mayor parte de las cosas que no sirven para obtenerla. Lo arroja para estar más ligero; no le preocupa el hecho que tal vez se trate de lo mejor de él mismo; lo que le importa es sólo el punto que alcanza; de punto en punto se lanza más arriba y calcula en metros. La posición es todo; está determinada por lo de afuera; él no la crea; de ninguna manera participa en su establecimiento. La ve y tiende hacia ella; y por más útil y necesario que sea semejante esfuerzo en muchos dominios de la vida, para el poeta, tal como lo veríamos, este esfuerzo sería destructor.
            Porque aquél debe, en primer lugar, crear en él siempre más espacio. Espacio para el saber que adquiere sin visible propósito; y espacio para los seres de los que tiene experiencia y que acoge por metamorfosis. Si se trata del saber, puede adquirirlo sólo por procedimientos honestos y francos, los que regulan la edificación interior de todo ramo del saber. Pero en la selección de estos ramos del saber, que pueden apartarse mucho uno del otro, se orientará no por una norma consciente, sino por un hambre inexplicable. Puesto que al mismo tiempo se abre a los más diversos seres y que los comprende de una de las maneras más antiguas, pre científica, es decir por metamorfosis; puesto que se encuentra así en un movimiento interior permanente, que no tiene derecho de debilitar, al que no tiene derecho de poner un término —porque no colecciona a los seres, no los guarda tranquilamente: va a su encuentro y los acoge sólo vivos—, puesto que recibe de ellos choques violentos, es perfectamente posible que si se dedica de repente a un nuevo ramo del saber, esté determinado también por esos encuentros.
            Estoy consciente de la extrañeza de esta exigencia; no puede más que incitar a la contradicción. Es, diríamos, como si pretendiera contener un caos de contrarios antagonistas. A esta objeción, de peso, tendría poca cosa que oponer en un primer tiempo. Es cuando carga un caos dentro de sí mismo que está lo más cercano del mundo; sin embargo siente —éste era nuestro punto de partida— que es responsable de este caos; no lo aprueba; no se siente allí a sus anchas; no tiene un sentimiento de grandeza porque tiene en él espacio para tantas cosas contrarias y heterogéneas; odia el caos, no abandona la esperanza de dominarlo para los demás y para él.
            Si quiere tener algo que decir sobre este mundo, que tenga algún valor, no puede apartarse de él ni evitarlo. Es en calidad de caos, lo que es el mundo más que nunca, a pesar de todas las metas y planificaciones, puesto que se adelanta con una velocidad creciente hacia su autodestrucción, en calidad de caos pues, y no aplanado y pulido ad usum delphini —es decir los lectores— debe llevarlo adentro de él, impugnarlo y oponerle la impetuosidad de su esperanza.
            ¿Qué puede ser esta esperanza; y por qué sólo tiene valor si se nutre de las metamorfosis, antiguas —que se ha asimilado por los estímulos de sus lecturas— y contemporáneas, que se asimila por su apertura al mundo en su alrededor?

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Eileen Agar. 1936

            En primer lugar, hay aquí el poder de los personajes quienes lo tienen ocupado, quienes no sueltan el espacio que pudieron invertir en él. Reaccionan a través de él, como si fuera constituido por ellos. Son su mayoría, articulada y consciente; son, en la medida en que viven en él, su resistencia contra la muerte. En efecto, una de las propiedades, aun de los mitos que se transmiten por la vía oral, es que es necesario repetirlos. Su vida depende de su determinación; les es dado no modificarse. Sólo es posible encontrar en cada caso particular lo que constituye la vitalidad del mito; y tal vez no se ha prestado la suficiente atención a esto, por qué deben transmitirse. Podría describirse perfectamente lo que se siente cuando se encuentra a uno por primera vez. Sin embargo no esperen de mí esta descripción hoy; porque ha de ser completa si no carece de valor. Mencionaré sólo esto: el sentimiento de certidumbre inquebrantable: fue así y no de otro modo; sólo así podía ser, no de otro modo. Cualquier cosa que se aprenda en el mito; por más inverosímil que esto pareciera en otro contexto, está fuera de duda aquí, posee aquí una forma única  que no puede falsearse.
            De esta reserva de certidumbre, de la que nos ha llegado mucho, se ha abusado para los préstamos más aberrantes. Ya conocemos de sobra el abuso político que se ha hecho: deformados, diluidos, aun despedazados, estos préstamos inferiores son todavía susceptibles de engañar durante unos años, hasta que estallen. De otra clase son los préstamos de la ciencia; no citaré más que un ejemplo, clamoroso; cualquier cosa que se piense, por otra parte, del tenor en verdad del psicoanálisis, éste extrae una buena parte de su fuerza de la palabra “Edipo”; y la crítica seria, la que ahora se está instaurando, busca alcanzarlo precisamente en esta palabra.
            Por estos abusos de toda clase perpetrados en contra de los mitos, se explica la pérdida de favor hacia ellos, que caracteriza nuestra época. Se resienten como mentiras, porque se conocen sólo sus préstamos; y se arrojan con todo y préstamos. Las metamorfosis que proponen parecen simplemente inverosímiles. En cuanto a sus milagros, sólo se reconocen los que han sido comprobados por inventos; sin pensar que debemos cada uno de ellos a su prototipo en el mito.
            No obstante, lo que constituye lo propio de los mitos, independientemente de todos sus contenidos específicos individuales, es la metamorfosis practicada en ellos. Por ella se creó el ser humano. Por ella él se adueñó del mundo; por ella participa en él; y, de que deba su poder a la metamorfosis, nos damos perfectamente cuenta; sin embargo, le debe más todavía: le debe su compasión.
            No temo emplear una palabra que parecerá inadecuada a los usuarios de la mente: palabra relegada al campo de las religiones —esto también forma parte de la especialización—, allá puede nombrarse y administrarse. Pero de las decisiones objetivas de nuestra vida cotidiana, cada vez más determinadas técnicamente, se le aparta.
            Dije que sólo puede ser poeta el que siente responsabilidad; aunque, en todo caso, no haga apenas más que los otros para convertirla en actos. Es una responsabilidad por la vida que se destruye; y no debe uno tener vergüenza  de decir que esta responsabilidad se nutre de la compasión. Carece de valor si se proclama como un sentimiento indeterminado y general. Esto exige la metamorfosis concreta en cada cosa individual que vive y está aquí. Gracias al mito, a las literaturas tradicionales, aprende y practica la metamorfosis. No es nada si no la aplica, sin cesar, al mundo que lo rodea.  La vida multiforme que transcurre en él, que permanece sensorialmente distinta en cada una de sus manifestaciones, no la reduce a un simple concepto; pero le da la fuerza de oponerse a la muerte, y así se vuelve algo general.
            No podría ser asunto del poeta la entrega de la humanidad a la muerte. Con gran perturbación, él, quien no se cierra a nadie, aprenderá el poder creciente de la muerte en muchos. Aun si esto aparece como empresa vana a todo el mundo, buscará quebrantarla; y jamás, en ninguna circunstancia, capitulará. Será su orgullo el de resistir a los mensajeros de la nada, quienes se vuelven cada vez más numerosos en la literatura; y combatirlos con medios diferentes de los suyos. Vivirá de acuerdo con una ley que es suya, pero no hecha a su medida; la que declara:
            No se arrojará a nadie a la nada, aunque fuese allá de buen grado. Se buscará la nada sólo para encontrar la salida; y para cada uno se señalará la salida. Se tendrá paciencia tanto en la pena como en la desesperación, para aprender cómo se saca al prójimo de aquello; no por desprecio de la felicidad debida a las criaturas, a pesar de que se desfiguran y se desgarran entre ellas.

* Título de la redacción

 

Ciclo Literario.

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