El asombro interrogante

Rubén Gonzáles Argüelles

 


 

Uno de los principios de la sabiduría humana –asevera Pedro Laín- es el asombro interrogante. Este consiste en la capacidad de vivir en una conmoción espiritual, en inquirir el principio, el sentido, el fin y el final de la existencia humana. Ser hombre es vivir en un asombro inquisitivo, primero desde mi misma existencia y después desde mi coordenada, la creación. El no hacerlo –aduce Antonio Machado- es una forma de personificar en sí mismo la estupidez. Son múltiples las formas de vivir en una conmoción espiritual, y un solo imperativo: hacerlo, a saber, ir aumentando cualitativamente la riqueza de ser y conocer el misterio de ser hombre. Por ahora nos centraremos sólo en el quehacer  de la existencia humana en su realidad como primeridad.

Fotografia
Lola Álvarez Bravo. 1946

La primacía en el devenir del hombre consiste en hacerse persona. No olvidemos la riqueza semántica y humanística de los vocablos hombre y persona. Recordemos la advertencia que Dante Alighieri  nos hace a los que queremos extender nuestra memoria, fortalecer nuestra imaginación, dar forma y sopesar nuestro ingenio: no da ciencia haber oído sin retener después. Retengamos de modo sucinto el vigor de las palabras que pronunciamos continuamente, quizá sin la secreta elegancia de su contenido.
            La raíz y la sustancia humanística del vocablo hombre nos impele a pensar en nuestro origen y condición de Tierra y de Espíritu. El maestro Fray Luis de León comentando el texto sagrado del Génesis –en el apartado de la creación del Universo- pincela en su prosa: Dios le figuró al hombre como Él, imprimiéndole su saber, su amor y su libertad, pero todo esto a modo de germen. El género humano permanece longincuo de los demás seres del universo por ser en sí entidad perfectiva. Para el humanista don Miguel de Unamuno la primeridad vital en el advenir del hombre es llegar a ser todo un hombre. Hombre puro es lo que hay que ser, no sobre-hombre.
Sebastián de Covarrubias en el Tesoro de la Lengua Castellana o Española, circunscribe: persona es lo que uno “hace” por sí mismo. Don Julián Marías, conocedor de asuntos humanos señala: persona es poder ser más, y apostilla su idea, pero desde su intimidad. Acudamos a la lectura del Quijote y veremos cómo Sancho, del linaje de los Panza, en los sucesos acaecidos con su amo, se iba transmutando en un ínclito y hasta desconocido Sancho, advirtiéndolo su esposa, Teresa Panza, cuando le decía “después que os hicisteis miembro de caballero andante habláis de tan rodeada manera que no hay quien os entienda”. Sancho es espécimen de cómo el hombre, aunque no sepa leer, puede medrar cualitativamente en su persona.
            La existencia del hombre consiste en hacerse persona. Fray Juan de los Ángeles, en su pensamiento teológico, sustenta que el hombre fue obra no acabada; comenzóla Dios y no la dio la última mano. El hombre es constitutivamente, desde su origen, puro proceso; de ahí la necesidad de su Hacedor  y del trabajo estrictamente personal para llevarse a sí mismo a su perfección. La persona, por inhesión, busca la trascendencia, tiende a su Raíz y por condición propende a imponerse un cierto espacio de ascesis personal para lograr acabar su Ser.
            La primeridad en el obrar del hombre es vivir en composición de sí mismo. Pero ¿por qué en composición de sí? Porque es condición del ser humano ser cuerpo-espíritu, espíritu-cuerpo. De él no procede tal orden, sino del Dios Hombre. Esta duplicidad es constitución biológica-ontológica del hombre, con la que él está instalado en el mundo y convive con sus dos modos, irreductible e inseparable de la esencial condición humana –J. Marías-. Mi corporeidad es espiritual, en mi piel se advierte mi virtud o pobreza espiritual –Cervantes-.
            La persona es unidad de cuerpo-espíritu. Él (Dios) es esencialmente uno y esta unidad antecede y domina ontológicamente la pluralidad real e irreductible que existe en la estructura del hombre. La raíz de este fundamento es el Misterio de la Trinidad. Vivir en composición de sí mismo es tender desde la pluralidad hacia la unidad, desde nuestra corporeidad hacia nuestro espíritu y desde nuestro espíritu hacia nuestro cuerpo, buscando siempre la unidad en nuestro ser. Podemos pensar qué oquedad estructural vive una persona cuando sólo se preocupa de la forma y limpieza de su cuerpo, de su vestido, de sus cosas materiales; sólo busca tener oficios de autoridad en lo civil o en lo religioso, y su espíritu ni se atisba en su existir.
            Vivo en mí una emoción consistente al recordar personas que en mi vida van dejando su impronta personal a través de su vivir o de su pensamiento; el testimonio de buscar en su vida la armonía en sí misma, padeciendo la desarmonía, logrando al mismo tiempo la unidad. Pienso así en fray Luis de León, santa Teresa de Jesús, Cervantes, Juan Rulfo y muchos más que siguen cincelando mi ser.

Lo primario en el hombre es hacerse persona. Es un trabajo exclusivo e inclusivo de él. Lo primero, porque sólo él debe hacerlo, nadie puede vivir por él; inclusivo, porque también cuenta con su circunstancia. El bregar –en virtud- consiste en producir luz en sí mismo y hacerlo en tiempo oportuno –Fray Luis de León-. Pienso que para realizar este imperativo humanístico hay que buscar también personas, pensamientos, espacios hechos de beldad y después de encontrarlos hay que internarlos en nuestro ser. Trabajar en este espacio humanístico –la educación- es nuestra primeridad en nuestro quehacer personal. Imperativo es hacerlo, gozo es vivirlo, ¿por qué entonces fácilmente renunciamos a realizar lo que es primario en nuestra existencia?.            

 

 

Rubén Gonzáles Argüelles 2006

Ciclo Literario.

El URL de este documento es http://www.cicloliterario.com/ciclo46Marzo2006/elasombro.html