La voluntad de Estrella

Lorenzo León


 

 

Fotografia
Edouard Boubat, 1950

 

Su cuerpo boca abajo en la cama.
El cabello ralo, desteñido, esconde un medio rostro, espeso en edades y vicio. La espalda tupida de lunares y lobreguez. Estrella da la vuelta y veo sus senos largos y débiles, su cintura de vientre suelto y la gran mata entrecana de su entrepierna. Basta meter mi cara en esa cicatriz abierta y esculpir el principio de sus jadeos. Ansiosa me pasa la jalea. Entonces grita obscenidades que desde niño conozco, palabras que salen suavemente entre la brisa de la ventana, sofocos y juraciones inmundas que nadan en el horizonte de este mar de junio, donde nació su figura buscando chico para esta tarde.
Ciertamente su lengua es terrosa y huele a sangre. Hurga con sus dedos punzantes en mi cabellera y voy a sus pezones rugosos. Estrella me tiene entre su palpitación, como un insecto tentacular, en su red de saliva me tiene, bajo la luz amarillo añejo me tiene Estrella.
Caigo como mi esperma hecho un fantasma en su laberinto de vacíos. Ya es una estrella apagada, una bruja cansada, un recinto derruido y antiguo. Me incorporo y veo sobre la cama su cuerpo completo, sus pies perfectos y su frente cruzada por llamas blancas.
—Tómalo de la bolsa, m’hijo— me dice, con su voz atravesada de pena, de gozo.
Saco la billetera y decentemente tomo el valor de mi tarde, me visto sin bañarme porque me estoy ahogando.
—Gracias, m’hijo...— me dice.

Entonces abre en mi pecho una verdad impronunciable y se me hincha la garganta. Y cruzo el umbral y luego el portón del hotel para correr hacia el muelle, ver los últimos destellos, el cielo naciendo a los palacios lejanos y oscuros.

    

 

 

Ciclo Literario.

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