La traducción como pasión secreta

Ludwig Zeller


 

Tras muchos años de frecuentar libros y escribir y limar poesía uno se pregunta a veces cuál es la razón que mueve a tantos escritores a gastar años de su vida trasvasijando los tesoros de una lengua y rehaciéndolos en un nuevo molde que es la otra. No tenemos respuesta, pero aventuramos esta interrogante más allá de la traducción misma, tema admirablemente analizado por H. A. Murena en su libro La metáfora y lo sagrado. Dice así:
"¿A qué traducción nos referimos?  A la que cumple al verter las palabras de una lengua a otra? Sin embargo, cuando saludo, repruebo, acaricio, rezo, también traduzco estados de ánimo. Si comercio, traduzco bienes en otros. Si enfermo, traduzco en síntomas psicofísicos un desorden hasta entonces no notado. Existir, todo lo existente, es traducción.
Traducir: trans-ducere, lleva más allá. Llevar algo más allá de sí. Convertir una cosa en otra. Pero convertirla a fin de que sea más plenamente lo que era, es. Se traduce un libro de un idioma a otro y para quien ignoraba el idioma original, el libro, siendo el mismo, sólo ahora pasa a existir de verdad. Cuando convertimos papel moneda en oro, la riqueza potencial alcanza de tal suerte una existencia más real. El oro, a su vez, puede cobrar un grado superior de intensidad si lo cambiamos por algo que ansiábamos vivamente. Pero su valor es capaz de crecer todavía si, por ejemplo, decidimos que donar a otro eso que ansiábamos nos depara mayor felicidad. Y así la posibilidad y la realidad de traducir son, en cualquier orden infinitas. Jamás existirá la versión definitiva de un libro a ningún idioma. Nunca se terminó, se terminará de traducir libro alguno."

Fotografia
William Garnett

Si me he extendido en la cita de H. A. Murena, es porque resulta difícil agregar un pensamiento más certero a lo que este  poeta y ensayista argentino ha escrito, y es una lástima que este texto no sea una especie de libro de cabecera de los traductores.
Estas y otras interrogantes volvieron a mí tras revisar un viejo cuaderno de traducciones que me regalara hace años el fallecido poeta Aldo Torres. Nos conocimos en el Ministerio de Educación de Chile, donde yo trabajaba y donde él venía casi a diario para charlar y discutir respecto a los tópicos que le apasionaban. Quizás esto fue más plausible en razón de que tanto Teva Bronstein, su mujer, como Wera Klose, la compañera con quien yo vivía, trabajaban diariamente en traducción. Fue entonces que revisamos una y otra vez estos cuadernos, a principios y mediados de los años cincuenta; en más de una oportunidad Aldo me trajo como un presente la versión al castellano de un poema sobre el que habíamos discutido. Fue así como pude conocer más detenidamente la obra de Edith Sitwell, T. S. Eliot y otros poetas que él admiraba.
Teva Bronstein había traducido ya entonces El libro de Monel de Marcel Schwob, así como una biografía de E. T. A. Hoffmann. Wera, mi primera esposa, por su parte, me había embarcado con su entusiasmo contagioso para colaborar en la traducción al castellano de los románticos alemanes: Hölderlin, Novalis, Kleist, etc. En este trato casi diario, muchas veces nuestras conversaciones con Aldo recayeron sobre traducciones a uno u otro idioma, y todo el fenómeno que esto implica. Recuerdo algunos aspectos que nos llamaron entonces la atención. Por ejemplo, la enorme influencia que ejerció sobre los poetas latinoamericanos de la época la traducción realizada por Augusto D'Halmar de los poemas de Lubicz Milosz, en 1922. (¿No recitaba de memoria estos textos, con voz casi litúrgica, Pablo Neruda?) ¿Y la traducción de las Elegías de Duino de Rainer María Rilke realizada por el poeta Humberto Díaz Casanueva que jamás ha sido publicada, o la versión excepcional de Rosamel del Valle de Fata Morgana de André Breton, o El hombre aproximativo de Tristan Tzara? Todas estas obras por vez primera vertidas al español, y esto hace cincuenta años o más, cuando en España sólo se publicaban textos aprobados por la censura. Pero la suerte de cualquier obra literaria es insospechada, frágil y dependiente del ambiente en que es gestada. Así la traducción que tengo entre mis manos de gran parte de los poemas de T. S. Eliot, realizada por el poeta chileno Aldo Torres, durante los años que viviera en la ciudad de Concepción.
Cuando este amigo tan querido decidió viajar a España, huyendo de un destino verdaderamente trágico —que sería razón de otra nota—, me regaló muchos de sus libros y este cuaderno de traducciones de Eliot. Él tenía una copia dactilográfica y pensaba que eventualmente se podrían publicar estas versiones en España. Sin embargo, en cartas posteriores, me contó que el ambiente español puede ser bastante cerrado hacia lo latinoamericano y que le resultaba dificultoso poder incorporarse al medio literario. Aldo era una persona de convicciones, cuya rectitud le impedía participar de juegos diplomáticos o políticos en su relación con los demás. Ni las versiones de James Joyce, Edith Sitwell, ni las de T. S. Eliot llegaron a la imprenta.
Han pasado algo más de cuarenta años desde la muerte de este compañero, nacido en 1910, en Pitrufquén. En el año 1988 se cumplió el centenario del nacimiento de T. S. Eliot, que él tanto admiraba. He revisado el viejo cuaderno y lo he dictado a la máquina. Su trabajo no desmerece en absoluto de otros, publicados posteriormente, como la edición de Cuatro cuartetos, en versión de Vicente Gaos, Adonais, 1951. España, o poesías reunidas presentadas por José María Valverde, en Alianza 3, Madrid 1973. Hay que agregar a esta lista las versiones de Cuatro cuartetos, realizada por José Emilio Pacheco y publicadas en años recientes. En Chile la versión de Miércoles de ceniza, fue realizada por Jorge Eliot García y publicada por el semanario Pro-Arte que dirigía Enrique Bello. Existe además el libro Los hombres huecos, y otros textos, en traducción de Flavián Levine. Pero toda mención de traducciones de Eliot al español tendría que iniciarse con la admirable versión de Tierra baldía hecha por Angel Flores en 1930 y publicada y reeditada en múltiples antologías de poesía inglesa o norteamericana. Es de notar que Tierra baldía está publicada en 1922, cerca de diez años antes de que Neruda editara el primer volumen de Residencia en la tierra. El poeta chileno conocía indudablemente este texto inglés y es curioso que nunca se haya realizado una concordancia entre Tierra baldía y su visión oscura del mundo y la elaboración de un nuevo estilo en Residencias.

Aldo Torres solía anotar incluso las fechas en que realizaba las traducciones, y este cuaderno abarca desde finales de 1948 hasta principios del año 1949. Quizás la mejor forma de rendir homenaje al poeta que ha cambiado tantos aspectos de la poesía inglesa y cuya influencia es tan decisiva en áreas que exceden su propio idioma, sea la publicación de estas traducciones hechas hace más de cincuenta años en la sureña ciudad de Concepción. La versión está transcrita textualmente; sólo he modificado lo que era un obvio error de escritura. Nadie sabe hasta dónde el eco de una obra puede llegar, y quizás estos textos encuentren finalmente al lector al que han estado destinados. No en balde Eliot mismo notaba. "En mi principio está mi fin, en mi fin está mi principio." Fueron las líneas escogidas para ser grabadas en la lápida de su tumba, con un humilde ruego de oración por su alma, la de uno de los mayores poetas en lengua inglesa.

    

T. S. Eliot

Viaje de los magos

London Times, 1958 / T.S. Eliot

“Un frío regreso fue aquél,
en verdad el peor tiempo del año
para un viaje, y qué largo viaje:
los caminos hondos y el aire cortante,
la exacta desolación del invierno.”
Y los camellos desollados, hinchadas las patas, refractarios,
Yacían echados en la nieve en fusión.
Por momentos sentíamos nostalgia
de los palacios estivales sobre las colinas, de las terrazas,
y las sedosas jóvenes sirviendo sorbetes.
Luego los camelleros maldiciendo y gruñendo
y huyendo, queriendo su licor y mujeres,
y las hogueras nocturnas apagándose, y la falta de refugios,
y las ciudades hostiles y los pueblos enemigos
y las aldeas sucias y cobrando altos precios:
un tiempo difícil fue aquél.
Al fin preferimos viajar toda la noche,
durmiendo a pestañadas,
con las voces cantando en nuestros oídos, diciendo
que todo era locura.
Al alba descendimos a un valle templado,
húmedo, debajo del nivel de la nieve, oliente a vegetación;
con un corriente arroyo en una aceña golpeando la oscuridad,
y tres árboles contra el bajo cielo,
y un viejo caballo blanco en fuga al galope por el prado.
Después llegamos a una taberna con hojas de parra en el dintel,
al través de una puerta abierta seis manos a los dados juegan         
            piezas de plata,
y los pies patean los odres vacíos de vino.
No nos dieron noticia, y así es que continuamos
y arribamos al atardecer, ni un instante antes de tiempo
encontrando el lugar por así decir satisfactorio.

Todo esto sucedió hace largo tiempo, yo lo recuerdo,
y lo haría otra vez, pero estableced
esto: ¿Nos guiaba ese camino hacia
Nacimiento o Muerte? Hubo un nacimiento, ciertamente,
Teníamos evidencias y ninguna duda. Yo había visto nacimiento y muerte,
pero había creído que eran diferentes; aquél Nacimiento fue
dura y amarga agonía con nosotros, como la Muerte, nuestra muerte.
Regresamos a nuestras tierras, a estos Reinos
pero sin más tranquilidad aquí, en la antigua dispensación,
con un pueblo extranjero que estrangula a sus dioses.
Yo estaría feliz con otra muerte.

 

Ciclo Literario.

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