Hielolandia

Eliot Weinberger
Nota y traducción : Susana Wald

 


 

Autor de Estados Unidos de América, ensayista, antologador de poesía estadounidense, y traductor de poesía china e hispanoamericana. La edición de Weinberger de la Selección de textos de Jorge Luis Borges recibió el premio del Círculo de Críticos de Libros. En 1992 ganó el Premio del PEN/Kolovakos por su trabajo como promotor de la literatura hispana en los Estados Unidos, y en 2000 Weinberger fue el primer autor literario estadounidense en ganar el Águila Azteca de México. 

Península de Snaefellsness.
Islandia ha creado la más perfecta sociedad que hay en la Tierra, una sociedad de la que nada puede aprender el resto del mundo. Esto, porque la improbable Utopía es un feliz accidente de una historia y una geografía que no puede duplicarse, o incluso imitarse en otros lugares.
A excepción de los del Pacífico Sur, no existen grupos étnicos tan pequeños como esta nación enteramente independiente. Existen sólo 268,000 islandeses, de los cuales 150,000 viven en y alrededor de Reykjavík, su capital. La segunda ciudad en población, Akureyi, es famosa por su vida artística y nocturna —la Barcelona de Islandia—, y tiene 14,000 habitantes. En el resto del país hay poca gente, y el desierto de volcanes sin árboles, con cataratas, extrañas formaciones rocosas, campos de lava humeantes, géiseres, glaciares y icebergs se parece al fin de la tierra, como si uno fuera a estar cruzando el Tibet para llegar de repente al mar.

Fotografia
Ansel Adams / Dunas


Casi todas las carreteras tienen escaso tráfico y carecen de pavimento, y sin embargo este es un moderno país escandinavo donde todo funciona bien, y donde el estado protege a sus ciudadanos desde la cuna hasta la tumba. No hay desempleo, no existe la pobreza ni la riqueza ostentosa; la educación es para todos. El consumo y producción per cápita de libros es de lejos el más alto del globo. Los islandeses viven más años que casi cualquier otro pueblo. No hay contaminación: todo el país está calefaccionado geotermalmente.
No hay violencia: no hay ejército, armas, hay poco crimen. Los presos, con excepción de los más peligrosos, llegan a pasar las fiestas en sus casas; los niños pequeños caminan solos en la ciudad. Durante los últimos mil años las mujeres de Islandia han gozado de derechos que durante mucho tiempo no podían imaginarse en otros lugares, tales como el poder divorciarse y quedarse con la mitad de los bienes. Fue la primera nación que tuvo una presidenta mujer,  es el único país en que hay un partido político enteramente formado por mujeres, que tiene curules en el Parlamento. Los islandeses son los que inventaron la idea del Parlamento.
De modo increíble, esta es una sociedad capitalista de consumo en que no hay exceso. Lo tienen todo, pero sólo dos de cada cosa. Viven sin el frenesí del bombardeo de marcas que compiten, las exigencias de la experiencia del consumidor, y el temor que lo acompaña de que uno haya escogido mal. Sólo una fracción de la población se dedica ahora a la producción de los principales productos de exportación: el pescado y la lana. El resto del diminuto cuerpo laboral debe llenar todos los roles de una sociedad moderna: embajador, plomero, anestesiólogo, programador, chelista, policía. Existe una estación de televisión, un director de cine famoso, un novelista Premio Nobel, una estrella internacional del rock. En Islandia la vida es completamente moderna, pero la escala social es tribal.
Al modo de una tribu, es una sociedad enraizada en lo arcaico. Los islandeses pueden ser el único pueblo en el mundo que puede hablar fluidamente con sus ancestros de hace mil años atrás: el islandés es un idioma que ha permanecido idéntico desde que se desprendió del nórdico, y su alfabeto retiene dos letras rúnicas que nadie más usa. Por ley los islandeses tienen que tener nombres tradicionales, y siguen un sistema tradicional de usar el nombre más el nombre del padre o la madre con el sufijo de “hijo de” o “hija de.” El libro de teléfonos da la lista de la gente usando sus nombres y son todos iguales: Johann Magnusson, Magnus Jóhannson, Greta Johansdottir. Pueden diferenciarse unos de otros porque se conocen. Los islandeses son autoreferentes. En el siglo XIII produjeron una vasta cantidad de literatura, diferente de cualquiera de Europa, que es una meticulosa descripción de ellos mismos. Estas son las sagas: los relatos, no de héroes o dioses, sino de gente ordinaria: los asentados mismos que vinieron a la tierra deshabitada doscientos años antes. Hay docenas de sagas, todas entrelazadas: los cuentos se relatan desde distintos puntos de vista; una persona mencionada de paso en una saga se convierte en el protagonista de otra. Es una enorme “comedia humana” de amor, codicia, ira, lujuria, matrimonios y arreglos de propiedad, viajes, venganzas, funerales y festivales, reuniones, raptos, sueños proféticos y extrañas coincidencias, peces y borregos. Casi todos los islandeses son descendientes de estas personas, y conocen los relatos, y de lo que sucedió desde entonces.
Uno viaja en Islandia con La clave del viajero en la mano, una extraordinaria guía que sigue cada camino del país paso a paso, como si uno estuviera caminando con el Archivo de Recuerdos. Islandia tiene pocos edificios, museos o monumentos notables. Lo que hay son colinas y ríos y rocas, y cada uno tiene una historia que la guía rememora. Aquí hubo un puente de piedra que se desplomó después que la cruzó un condenado por asesinato, probando así su inocencia. Aquí vivió un niño cuyos poderes mágicos eran tales que podía marchitar el pasto. Aquí un hombre se murió congelado en una tormenta de nieve, sin darse cuenta de que se hallaba a un par de metros de su casa. Se dice que en alguna parte de esta colina se han ocultado dos arcones con monedas de plata. En esta fuente termal hervía su carne un famoso cuatrero. Aquí se enterró un hombre porque los caballos que llevaban su féretro no querían dar un paso más. Aquí un hombre robó más borregos de los que necesitaba y fue muerto por un niño de doce años. Este lugar no quiso dar albergue a una mujer embarazada que estaba de viaje, y en la misma noche un derrumbe de tierra lo sepultó para siempre. Algunos han visto un hombre andar en este acantilado con su cabeza bajo el brazo. Aquí estaba el hogar de un clérigo que tuvo fama mundial porque desarrolló la medicina del aceite de hígado de bacalao, y que también era conocido por haber raptado a su novia. Aquí vivió un popular cartero del siglo XVIII.
¿Qué otra sociedad habita tan plenamente el paisaje en que vive? ¿En qué otro lugar guarda así sus recuerdos la clase media?
Sir Richard Burton, después de visitar lo trópicos y los desiertos, se horrorizó ante este paisaje. William Morris aprendió el islandés y tradujo algunas sagas, pero prefirió lo que había leído y no lo que vio en sus dos visitas. Jules Verne nunca vino, pero colocó la entrada al centro de la Tierra en el volcán Snaefellsjökull. Trollope vino, tarde en su vida, y escribió un relato alegre de inmensas comilonas y bellas mujeres, pero estuvo escandalizado por no encontrar ningún banco. Aquí el joven Auden, justo antes de irse a la guerra civil española, escribió su más extraño libro.
Los islandeses cocinan su pan poniéndolo en la tierra: y prefieren comer su carne de tiburón levemente podrido. En Islandia no se conoce el uso de los pesticidas. Casi todas la mujeres tienen su primer hijo antes de casarse. No se permiten perros en la capital. Los ojos de los habitantes son del azul exacto de un iceberg. Creen que hay Gente Oculta. A sus caballos les crece un largo pelaje en el invierno, y duermen tendidos. Nunca he visto tantas especies de musgo.
1999

 

 

Ciclo Literario.

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