Teresa de Ahumada: Escritura y Santidad

Lorenzo León Diez


 

La vida de Santa Teresa de Jesús
Marcelle Auclair
Palabra
2001

 

Dios quiere queramos la verdad,
Nosotros queremos la mentira;
Quiere que queramos lo eterno,
Aca nos inclinamos a lo que se acaba;
Quiere queramos cosas grandes y subidas,
Aca queremos bajas y de tierra;
Querría quisiéramos sólo lo seguro,
Aca amamos lo dudoso.

T.J.

Para el maestro Don Francisco Cuevas Cancino

La historia de las monjas y frailes del Monte Carmelo en Europa se remonta al siglo XIII; anacoretas que se consideraban herederos directos del profeta Elías y que habían sido, durante siglos, aquellos Padres del Desierto vestidos de fibra de palmera trenzada a quienes una niña, nacida algunos siglos después, en el XVI español, deseaba imitar en su martirio.

Andres Serrano

     Estos monjes habían recibido de Alberto, Patriarca de Jerusalén, hacia el año 1200, una Regla y unas Constituciones, con las que fundaron, con protección de los cruzados, numerosos monasterios que fueron un semillero de santos que se distinguieron por su hosca austeridad. Sin embargo, la peste de 1348 terminó con todo aquello: los pocos monjes que sobrevivieron, compadecidos de ellos mismos, relajaron la observancia. Juzgaron que una humanidad debilitada como aquella no podría soportar sin peligro los rigores que se imponían sus antepasados, por lo que, en 1482, el Papa Eugenio IV mitigó la Regla primitiva.
     Pasarían 81 años para que, en 1563, una mujer llamada Teresa de Ahumada y de Cepeda, nacida en 1515 en Ávila, ciudad de cantos y santos, perteneciente a la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo del convento de la Encarnación, restaurara, con la fundación del convento de San José de Ávila, esa antigua disciplina monástica que fue llamada la reforma, y que era más bien una vuelta al pasado; y, con ello, al espíritu del cristianismo primitivo expresado con la sentencia de san Pablo: “orad sin cesar”.
     Esta reforma tiene lugar en una Europa desgarrada por las luchas entre católicos y luteranos, y bajo el reinado de Felipe II, un monarca que se disponía a edificar, para vivir allí en continúa meditación sobre la vanidad del mundo, el Monasterio del Escorial.
     Ciertamente, una época en la que la mística está de moda, a tiempo en que toda manifestación de carácter sobrenatural se había convertido en algo sospechoso en España y ardían las hogueras de la Inquisición. Por lo que la obra de Teresa de Jesús, nombre que le fue dado al ingresar en 1535 al convento de la Encarnación, fue una aventura tan riesgosa como las conquistas en América que emprendían sus numerosos hermanos, sobre todo considerando la orden de san Pablo: “callen las mujeres en la Iglesia de Dios”, es decir que “no prediquen en púlpito, ni lean en cátedras, ni impriman libros”.
Teresa, si bien en vida disfrutó el prestigio y la gloria de su fundación espiritual, también conoció el destierro (1576) y la amargura de ser declarada apóstata y descomulgada, durante los enfrentamientos entre las órdenes de mitigados y descalzos, cuando Fray Juan de la Cruz fue apresado y torturado por sus congéneres de religión, guerra que concluiría cuando La Ley de Dios, la Regla y las Constituciones , se adoptaron, por fin, en el Capítulo de Alcalá de Henares. Los Descalzos y las Descalzas fueron erigidos en provincia independiente por el Papa Gregorio VII, cuya Bula detallaba que 22 monasterios con 300 frailes y 200 monjas serían en adelante libres, ante Dios y ante los hombres, de quedar sometidos a una Regla austera, inmutable.
     Desde que salió de su monasterio original, habían pasado para Teresa 19 años y quedaban fundados 15 conventos, muchos de ellos ocupados bajo la sombra de la noche, con la madre Teresa encabezando, como una ladrona, a sus hijas, las carmelitas descalzas.

La muchedumbre de dulzuras

De mayo de 1948 a junio de 1950, en París, Marcelle Auclair, que desde los ocho años vivió en Chile donde se dio a conocer como escritora y periodista, escribió  La vida de Santa Teresa de Jesús, publicada por primera vez por Editions du Seuil.
     Se trata de una apasionante biografía que la impulsó, posteriormente, a traducir al francés la obra completa de la santa española.
     Lo destacable de su libro, aparte de ser discípula del gran biógrafo André Maurois, es que Auclair (por cierto, fundadora de la revista femenina Marie Claire) asume su erudita tarea desde una perspectiva que, sin dejar a un lado el rigor historiográfico, avanza en la gran abstracción que significa describir la generación de lo santo como manifestación no solamente del acto (en este caso la fundación de nuevos espacios concebidos como rigurosos laboratorios de cultura espiritual) sino como sustancia de la escritura; una escritura que, en el caso de santa Teresa de Jesús, en ese momento está lejos de ser comprendida dentro del canon artístico; muy distante, (el hecho de redactar cartas, testimonios, consejos, relaciones, poemas, cantos, narraciones de vivencias interiores) de aparecer ante la cultura como hoy en día conocemos su obra, donde lo místico es una nominación genérica aunque signifique también la revelación de estados de conciencia superiores que trascienden lo propiamente literario.
     Cuando recorremos los testimonios visuales en muros de iglesias, conventos y museos de Occidente, nos damos cuenta que lo santo es la identificación ornamental que sublima la invisibilidad que religa nuestra cultura en la tradición remontada a más de 2000 años: lo cristiano o la cristiandad. Obispos, doctores, fundadores de órdenes, vírgenes, mártires, apóstoles, peregrinos, anacoretas, cardenales, arzobispos, confesores, papas, diáconos, ermitaños,  evangelistas, penitentes. He aquí los personajes de una vasta iconografía sagrada donde predomina el anónimo, pero donde están: Giotto, Murillo, Donatello, Ribera, Zurbarán, Pierro della Francesca, Pisanello, Rubens, Carpaccio, el Greco, y decenas y decenas de artistas que son el sello de la cultura visual de lo invisible (Ver Juan Carmona Muela, Iconografía de los Santos, editorial Istmo. 2003), o sea el concreto registro de lo intangible donde la escritura de Santa Teresa de Jesús se inscribe.
     Teresa de Jesús ocupa uno de los lugares más avanzados en la cartografía de la conciencia (de su tiempo y el nuestro), para decirlo con los términos de Ken Wilber, cuyo mapeo nos va a servir para ubicar la naturaleza espiritual de la obra teresiana. Como parte de una tradición religiosa patriarcalista y sumamente agresiva al papel de las mujeres, la monja asume el acatamiento a la orden superior como determinación (concepto nodal de su ascesis) absoluta.
     Y es esta obediencia lo que motiva su escritura, pues Teresa de Jesús es obligada todo el tiempo a confesar verbalmente y por escrito sus experiencias interiores a confesores asignados y a grupos de clérigos. Uno de ellos, el padre Baltasar Álvarez, que había tomado por  su caso un interés extraordinario, tenía  su minúscula celda llena de todos los libros que los más santos teólogos habían escrito sobre la vida mística y sus manifestaciones –Santo Tomás incluido-. Y decía convencido: “Es menester que lea todo esto para entender a Teresa de Ahumada”.
     ¿Y qué es lo que inquieta a los dignatarios eclesiales de esta monja que vivió durante 27 años en el convento de la Encarnación? : las manifestaciones que ella llamó arrobamientos, éxtasis que son las señas corporales de una aventura interior que marcó para siempre y desde entonces el sendero de los cristianos.
     Su biógrafa, Marcelle Auclair relata con palabras de la santa y testimonios de quienes las presenciaron, estas experiencias milagrosas o sobrenaturales o paranormales y que son, finalmente, constancias de un alcance espiritual que muchos santos compartían en ese tiempo y que aparecen en la propia narración de su vida.
     Son placeres en donde “ni bien todo es  sensual, ni bien espiritual”, que Teresa califica como agonía que goza con el mayor deleite que se pueda decir, es una especie de glorioso desatino, un morir casi del todo a todas las cosas del mundo y estar gozando en Dios. Recordemos parte de su más célebre poema:

Vivo sin vivir en mí
Y tal alta vida espero
Que muero porque no muero

Edouard Boubat

     En su primer éxtasis, Teresa escucha a Cristo: “ ya no quiero que tengas conversaciones con hombres, sino con ángeles”. Habla de la dulzura de Jesús, pero también de su “espantosa grandeza”. Describe sus arrobamientos como “una pena grande sin dolor, sin saber de qué y sabrosísima.”
     Y tenían razón los recelosos frailes de desconfiar de las visiones y audiciones de Teresa, pero no tanto porque el dilema estuviese entre el Diablo o Dios, sino porque la experiencia de la monja trascendía el cuerpo sutil hacia el causal (para seguir el mapa wilberiano), y que significa la frontera entre el dominio del Dios Padre al Vacío o la Divinidad. Esto quiere decir que Santa Teresa era la persona más avanzada en lo espiritual en un sistema religioso monoteísta y que supone, con su expresión mística, la maduración del patriarcado.
     Por ello, en sus textos resuena la sabiduría oriental y son notables sus correspondencias con el budismo y el taoísmo. Sus metáforas de la embriaguez o la borrachera de Dios, así como las moradas, en número de siete, (todas las tradiciones orientales y occidentales coinciden en este número) de un castillo interior tienen el sustrato del cristianismo gnóstico y de la imagen oriental de la Nada.
     Para que se entienda, vamos a combinar dos citas, considerando que estamos hablando de un mapa constituido por un espectro de los conceptos de lo divino que incluye siete niveles:

  1. Uroboros   (Arcaico)
  2. El Diablo   (Mágico)
  3. La Gran Madre   (Mítico)
  4. El Héroe   (Mental)
  5. La Gran Diosa   (Sutil)
  6. Dios Padre   (Causal)
  7. Vacuidad/Divinidad   (Último)

 

 y que ahora nos debe bastar para distinguir en él el lugar de santa Teresa.

          La primera cita es de Jacob Boehme: “Quien lo encuentra (el nivel último de conciencia, comenta Wilber) descubre la Nada y a Todas las cosas. Pero, ¿cómo se encuentra la Nada? Quien la encuentra descubre un Abismo suprasensorial (el Vacío:  Wilber), que carece de sustrato en el que apoyarse y también descubre que no hay nada que se le parezca y que, por consiguiente, no hay cosa alguna que pueda compararse cabalmente a la Nada porque la Nada es más profunda que cualquier Cosa. Y, siendo Nada, está libre de Todas las Cosas y es sólo Bien y nadie puede expresar lo que es porque, al ser Nada, no existe nada con que compararla ni tampoco forma alguna de expresarla” (Ken Wilber. Después del Edén, Kairós. 1995).
     Y, en la segunda cita, volvemos a santa Teresa: En todas las señales en aquel no pensar nada se comprende un gran mundo, en el cual la contemplación perfecta comprende y tiene en sí todo cuanto hay que merezca ser querido; y como éste es sólo Dios, resta que en presencia suya todo lo demás es nada; y como tal no se ha de pensar en ello...Cierto y verdaderamente, en presencia de nuestro Dios y Señor todo lo criado es nada. Pues el anima que por amor unitivo en la contemplación quieta está ocupada en su Dios, bien se dirá con verdad que no debe pensar nada, pues en este pensar nada tiene cuanto que hay que pensar...”
     ¿A quién le dice estas cosas santa Teresa? En primer lugar, a sus confesores, entes muy específicos que tienen el mandato de, si fuese el caso, condenarla por pagana o blasfema. Luego, a sus hermanas e hijas, las monjas carmelitas descalzas. En ningún momento Teresa de Jesús está pensando, como lo haría un autor o un literato, en un público. No obstante, estamos presenciando la mayoría de edad del idioma español. Escribe Menéndez Pidal: Con Santa Teresa “el idioma alcanza su edad adulta, como lengua española en todo el país; la lengua hablada adquiere los caracteres fonéticos que hoy la distinguen; la lengua escrita produce la modalidad sin duda más hermosa que jamás se escribió en España”. (Escritores místicos españoles. José Gaos, Conaculta, Océano. 1999).
     Pero saltemos otra vez a la significancia esotérica de Santa Teresa, quien se encuentra en la cima de una intuición que evolutivamente –dice Wilber, al referirse al misticismo de Jacob Boehme  - “nunca terminó de arraigar oficialmente en occidente”. Y es notable “el hecho de que, en las religiones ortodoxas de Occidente, las esferas de lo divino y de lo humano nunca evolucionaron hasta el punto de llegar a fundirse”.
     Ciertamente, la reforma de santa Teresa fue un intento de instrucción similar al que se encuentra en los evangelios gnósticos, que dicen: “Abandona la búsqueda de Dios, de la creación y de otros temas similares. Búscale tomándote a ti mismo como punto de partida. Aprende de quien mora dentro de ti...conocerte a ti mismo es conocer a Dios” o “Jesús dijo: Yo no soy tu maestro porque tú ya has bebido y estás ebrio de la corriente burbujeante que te he dado a beber...Quien beba de mi boca será como Yo”. (K. Wilber, Después del Edén).
     Lo interesante es notar que la obra de estos escritores santos (José Gaos incluye dentro de la gran literatura mística a “cuatro generaciones convivientes, representadas por Fray Luis de Granada, maestro de todos; por Santa Teresa, la más original escritora; por Fray Luis de León [que editaba las obras de la santa y que fue condenado a cuatro años de presidio por haber traducido al castellano El Cantar de los Cantares –dato de Auclair--], y por San Juan de la Cruz), trascendió a la cultura occidental como literatura, pero ¿como práctica ascética o técnica de conocimiento interior, dónde la encontramos?
     Y es precisamente esto último lo que habría de destacar como legado espiritual de estos seres que en su tiempo y  en algún momento de su vida fueron confinados y torturados por el poder de la Iglesia que, a la postre, los santificará.  

El vuelo de los santos 

Un día, en la capilla de la Encarnación, después de haber comulgado, los fieles que llenaban el recinto vieron a santa Teresa de Jesús elevarse dos o tres palmos por encima del suelo. Ella se esforzaba por evitarlo y “como quien pelea con un jayán fuerte, quedaba después cansada”. Se asía con las dos manos a la reja del comulgatorio o se tendía en tierra, pero no le valía de  nada, pues sentía bajo los pies una fuerza que la elevaba con un “ímpetu tan acelerado y fuerte, que veís y sentís levantarse esta nube o esta águila caudalosa y cogeros con sus alas”.
     Leer a la santa siempre resultará una experiencia en el límite, pues aquí no está metaforizando un vuelo sino describiendo un acontecimiento material. Los testigos de estos fenómenos sobrenaturales no cesaban de hacer comentarios y Teresa permanecía varios días con una penetrante tristeza y una necesidad extrema de soledad. Soñaba con huir a un convento donde, como simple lega empleada de los más viles oficios, todos la olvidasen. Porque sus compañeras y quienes le rodeaban la acechaban a ver si la sorprendían en un nuevo éxtasis. Y así vieron que a veces su rostro resplandecía con un brillo que parecía atravesar las paredes. Al volver de sus arrobamientos –que ella se esforzaba en disimular pidiendo un vaso de agua o una medicina, pretextando un mareo o un ataque al corazón, sin darse cuenta que su rostro radiante la traicionaba-, le costaba mucho reanudar las pequeñeces de la vida ordinaria.
En otra ocasión,  un domingo de Ramos, al comulgar se vio arrebatada de tal suerte que no podía tragar la Sagrada Forma...al recobrar el conocimiento, su boca estaba llena de sangre –de sangre redentora- que la inundaba de gozo, pues el Señor le había dicho: “Hija, yo quiero que mi sangre te aproveche...Yo la derramé con muchos dolores gózala tú con tan grande deleite como ves; bien te pago el convite que me hacías este día”.
     Es notable que Marcelle Auclair, en todo momento fiel al espíritu de la santa, está tejiendo un relato de gran potencia porque no es ajena al hecho sobrenatural o milagroso, no lo duda;  escribe desde la fuerza misma de la creencia, por ello podrían pasar como ficción muchos pasajes de su libro que son, sin embargo, un testimonio tejido muy finamente desde lo filológico y lo anecdótico. Así, apunta que Beatriz Ocampo, que buscaba a la Madre Priora, los sorprendió (a santa Teresa y a san Juan de la Cruz) a los dos en éxtasis, sentados, sí, cada uno en su sitio, pero Fray Juan suspendido en el aire tocando casi el techo. Teresa escribe que juntos gozan “de la paz, de la soledad y del fruto deleitable del olvido de sí y de todas las cosas”.
De estos estados en lo que “todo es nada”,a veces vuelve Teresa frente al papel, antes blanco y ahora cubierto por su letra. Es el texto un resultado no intencional, Teresa suplica al señor hablar por ella, y asume que escribe por mandato.

Lily Sverner

     En Ciclo hemos glosado en varios números parte de la obra del científico mexicano Jacobo Grinberg-Zylberbaum por considerar sus explicaciones más que pertinentes para entender, al margen de lo propiamente esotérico, los fenómenos milagrosos. Reproducimos lo que señalamos en Ciclo No. 16 (La explicación de los milagros): El ser humano es capaz de ver auras, levitar, conocer en forma directa el pensamiento de los que lo rodean, ver a distancia y manejar (a través del pensamiento) la materia.
     Para ilustrar su teoría, que Grinberg llama Sintérgica (de las palabras síntesis y energía), partimos de su concepto Cuantums mínimos de espacio, que define “la mínima porción de espacio capaz de contener una máxima cantidad de información”. Un ejemplo de ello es el siguiente: si nosotros hacemos un aujerito con un alfiler en una hoja de papel y por allí observamos el cielo en una noche estrellada, a través de esa mínima perforación podremos abarcar una cantidad de espacios que se corresponden con una dimensión cósmica. Una concentración colosal de información en un algoritmo de gran poder sintérgico: la palabra bosque contiene todos los árboles, el término mesa contiene todas las mesas. Nuestro cerebro es un modelo del universo, de la misma manera que un cuantum mínimo de espacio (CME) contiene a todo el universo en un algoritmo energético. Este patrón actúa a un nivel atómico, molecular, neuronal, perceptual y social.
     Entre las complejas consecuencias que despliega la investigación de este científico, está el que ejercemos una acción palpable y directa sobre la marcha del mundo y otras consecuencias de la expansión de campos neuronales, y el sistema nervioso transforma a códigos neuronales la estructura energética del espacio. Para explicar el poder que se manifiesta en lo que la cultura reconoce como hombres sagrados o de conocimiento, vemos cómo la morfología de un campo neuronal proveniente de un cerebro de neurosintergía elevada es tal, que altera las características organizacionales del campo cuántico, dando lugar a una zona del espacio, independiente de la fuerza gravitatoria. (El espacio y la conciencia, Jacobo Grinberg Z, Trillas. 1981).
     En otros términos, esto podría ser la transverberación o transfixión del corazón de santa Teresa. Hablamos de una época, quizá como ninguna otra, donde se comparte un sueño social por alcanzar estados transpersonales (K.Wilber). Está abierto un horizonte para la conquista heroica (el Nuevo Mundo), para el martirio (la tierra de moros). Se comparte la imaginería de la caballería andante; los peregrinos, los ermitaños, los penitentes, los anacoretas, son figuras que captan la atención y el fervor. Toda España confundía lo religioso con lo maravilloso y las acciones desordenadas no eran incompatibles con una fe sincera.
     Santa Teresa encanta a todos, las familias pudientes se la disputan, es bienvenida a todas las cortes. Los confesores se sienten deslumbrados por el relato de sus visiones. Sus cartas y su autobiografía, Mi vida, son manuscritos de culto.

La escritura, obediencia y placer

Sin embargo, la monja no las tiene todas consigo. La andariega de Dios, la Madre Fundadora, es impelida por los dignatarios a resistir en lo posible al deleite sensible que experimentase en la oración. Y las voces de envidia crecen: ¿Acaso no es preferible limitarse a rezar como todo el mundo y a practicar virtudes que no deslumbran a nadie, en lugar de hacer tanto ruido como Teresa de Ahumada?
Hay quien ora así: Espero no morirme sin ver a esa monja acabar como merece: quemada por la Inquisición. El sueño divino, a la luz del ceremonial religioso, exuda su verdad en los calabozos secretos: una palabra, un gesto, bastaban para despertar sospechas y ser detenido; sin embargo, para justificarse, se necesitaban miles de palabras durante los procesos, que duraban años.
Y ante todo esto, ¿qué decía la monja?: “No entiendo esos miedos: ¡demonio! ¡demonio!, adonde podemos decir: ¡Dios! ¡Dios! Y hacerle temblar”.
     Y así, Teresa se ve obligada todo el tiempo a “declarar su alma” a los expertos, pero ninguno de ellos podía imaginar que aquellas frecuentes explicaciones de su vida espiritual, aquellos relatos de experiencias místicas, constituían una asombrosa gimnasia intelectual, un precioso ejercicio de precisión literaria, que la llevaron a formar un estilo literario tan lúcido y expresivo que ha llegado hasta nosotros por mérito propio, mientras que los nombres de quienes le mandaron escribir sólo los conocemos porque ella los dejo escritos.
     Es cierto que lamenta redactar los consejos que a diario iba dando, “porque con esto me estorbo de hilar”; que se reprueba diciendo que “mi estilo es tan pesado que aunque quiera temo que no dejaré de cansar y cansarme”. Ruega: “¿Cómo quieren que escriba? Háganlo los teólogos...Déjenme ya, por amor a Dios, hilar con mi rueca”. “Lo que falta –dice- (si algo falta) o es escribir o el hablar (que esto antes ordinariamente sobra) sino el callar y obrar”.
Teresa huye de las palabras inútiles. La soledad por el contrario, engendra silencio, el silencio la concentración, la concentración la fuerza interior.
     Sin embargo, no son sus confesores sus verdaderos interlocutores; podrían ser ellos, tan concretos e inquisidores, solamente los actores secundarios de una representación mayor, los forzosos espectadores de un diálogo de la santa con su Majestad: “El Señor sabe la confusión con que escribo mucho de lo que escribo” No, ellos no son los portadores del mandato: “No dejes de escribir los avisos que te doy, porque no se te olviden; pues quieres por escrito los de los hombres, ¿por qué piensas pierdes tiempo en escribir los que te doy?” Teresa, entonces, se rinde: “Doy por bien empleado el tiempo que ocupare en escribir y tratar con mi pensamiento tan divina materia, que no la merecía yo oír”.
     Ella hablará de las obras que escribe como de obligaciones que redoblan sus tareas, pero no se tiene tal vivacidad de expresión, no se pintan personajes con tan vivos colores, no se posee el don del equilibrio en cada frase, de las imágenes llenas de viveza, de la expresión que llega al alma, si no se es un escritor nato, y el escritor nato encuentra placer en escribir.
      Así, sus obras son la descripción más lúcida y minuciosa que se haya escrito nunca de los estados sobrenaturales, hecha con naturalísimo estilo y humildad.
     El Castillo interior o las Moradas, lo empezó a escribir Santa Teresa el 2 de junio de 1577 y lo terminó el 29 de noviembre. Empleó sólo tres meses para volcar en el papel, con escritura clara y sin tachaduras, “cuya rapidez igualaba a la de los escribanos”, uno de los tratados más luminosos sobre la oración que jamás se hayan escrito.
     Avancemos unos siglos para escuchar lo que dicen de ella dos eruditos del lenguaje literario de España: José Gaos: “Las Moradas puede considerarse la obra maestra de la mística universal pues explica los más abstractos procesos psicológicos, es un análisis de procesos psíquicos inexplorados y expresa lo inefable de la erótica mística”.
     Menéndez Pidal: “El principio renacentista, “escribo como hablo”, sigue imperando en santa Teresa, pero hondamente modificado, ya que en ella el sentimiento religioso la lleva a descartar toda selección de primor para sustituirla por un atento escuchar las internas inspiraciones de Dios...la curiosidad, primor o esmero no es deseable en general, es un peligro de vanidad...santa Teresa, obligada, por obediencia, a escribir, adopta, como garantía de humildad, el estilo descuidado. Su lenguaje más hablado que escrito, sino más sentido que hablado”.

La oración y la norma

Es importante en todo esto destacar que los manifiestos milagrosos de santa Teresa son consecuencia de una asunción íntima de humildad, amor y discreción. Incluso lo santo, como característico de la flagelación o la auto tortura, es criticado por Teresa, pues reconoce que no es ese el camino de la divinización, una deformación propia de lo cristiano.
     Después de su primera experiencia como monja en el convento de las agustinas de Nuestra Señora de Gracia, donde había ingresado a los 16 años, Teresa, por sus excesos penitenciales, enfermó gravemente y, a partir de entonces, siguió enferma toda su vida. Vomita todas las mañanas, no se le va el dolor de cabeza, tiene fiebre a veces, pero su vitalidad y energía son las de una persona sana.
Ya estando en el convento de la Encarnación, Teresa de Jesús se había entregado ardientemente a las maceraciones corporales, hasta el punto de salpicar las paredes de la celda con su sangre. Estas escenas son comunes a la práctica ascética.
     Se cuenta, por ejemplo, que san Juan de la Cruz, se alimentaba de pan duro con tanto deleite como si se tratara de faisanes y que añadía nuevos rigores a la regla primitiva. Un día en que, encontrándose enfermo y no pudiendo más de cansancio, rogó a Fray Antonio de Jesús que le autorizara a tomar su colación un poco antes de la hora, tuvo tales remordimientos por haber cedido así a las solicitudes de la carne que no se contentó con acusarse en el Capítulo, sino que, a la hora de la cena, se presentó en el refectorio con la espalda desnuda y las disciplinas en la mano; luego se postró de rodillas sobre un montón de tejas rotas y empezó a flagelarse hasta quedar tendido, exhausto de dolor y agotamiento, sobre el suelo enrojecido por su sangre.
¿Quién es el santo? : Ahí viene, una mancha de sombra a la luz que reverbera. Es Fray Pedro de Alcántara. Su sayal harapiento barre el polvo del sendero y el capuchón franciscano cubre sus ojos. Se impone penitencias durísimas y sólo vive de rodillas o de pie, para no dormirse. Desde hace cuarenta años, duerme una hora al día, y eso sentado, con la cabeza arrimada a un maderillo. Pasó tres años en un convento sin distinguir a sus hermanos más que por el tono de su voz, pues se había impuesto la mortificación de no alzar los ojos del suelo.

Andres Serrano

El camino salva, no echar raíces

La Edad Media –comenta Michel Maffesoli en Vagabundeos iniciáticos, Fondo de Cultura Económica. 2004- “se construyó esencialmente a partir de la mezcla, el movimiento, el dinamismo lúdico y efervescente”.
     Vivimos en la actualidad un rescate de aquellas iniciativas místicas. Autores como Maffesoli son cada vez más frecuentes, y al emprender “una especie de metafísica sociológica”, traen para nosotros el antiguo mensaje de estos santos, iniciados, nómadas (la propia santa Teresa lo era, pues se le conocía como andariega de Dios). Observa el ensayista que “el culto a los santos y las peregrinaciones que suscitaban, constituían una verdadera terapia del espacio o bien una terapia de la distancia: la partida como remedio”.
     Santa Teresa no es la excepción, sino la regla. Doña Catalina de Cardona a la edad de cuarenta años, huyó de la Corte para vivir en el desierto de la Roda con unas penitencias tan espantosas que sus silicios ensangrentados y las disciplinas que se daba durante horas con cadenas causaban tanta admiración como horror; Catalina de Balmaseda había crecido sin ver alma viviente, pero en lugar de hastiarse de la soledad, se acostumbró a ella hasta el punto de permanecer nueve meses encerrada en una cueva, hasta que logró entrar en el Carmelo; Mariano de Azara (Fray Ambrosio Mariano de San Benito) y Giovanni Narducci (Fray Juan de la Miseria), asesores del Rey, no contentos de vivir en el silencio y la soledad, practicaban penitencias y ayunos y vivían de su trabajo, sin mendigar; Y aquí está María de Jesús, ante quien Teresa misma se avergonzaba en su presencia “Hacíame tantas ventajas su servir al Señor, que yo había vergüenza”.
     Había nacido en Granada y, viuda muy joven, se consagró a Dios en un convento del Carmelo mitigado. Se salió antes de profesar, pues el Señor le había ordenado –el mismo mes y el mismo día que a Teresa- que fundara un monasterio conforme en todo con las antiguas tradiciones de clausura absoluta, rigor y penitencia. Vendió sus bienes, se vistió de sayal, y cosiendo a su justillo una bolsita con un poco de dinero, se encaminó, descalza, a Roma, donde el Papa Pío IV la vio avanzar hacia él, macilenta, agotada por el largo viaje, dejando, donde pisaba, una huella de sangre.
     Es el mito del caballero andante,  es “el retorno al valor del silencio. La no pertenencia a un lugar como condición esencial de la realización personal en la plenitud del todo. Es la vida errante, expresión de una relación diferente con los otros y con el mundo, menos ofensiva, más suave, algo lúdica y, claro, trágica, pues se apoya en la intuición de lo efímero de las cosas, de los seres y sus relaciones (Maffesoli)”
     ¿Por qué seducen estos personajes, ahora y siempre? Piensa Maffesoli que “la vida errante, el nomadismo, está inscrito en la estructura misma de la naturaleza humana, ya sea ésta individual o social” que “la necesaria dispersión, la fuga, están profundamente integrados en nuestra estructura”, que “la libertad del hombre errante no es la misma que la del individuo, economista de sí mismo y del mundo; es la libertad de la persona que busca de manera mística la experiencia del ser”; por ello, al verlos venir en el sendero, con su hábito de estameña, sucísimo y oliendo a santidad (Catalina de Cardona), todos se conmueven, pues (lo dice Adorno) “el hombre sedentario envidia la existencia de los nómadas”, porque “viviendo siempre como peregrino, constantemente marginado, experimentando y suscitando la aventura, el profeta se encuentra en las encrucijadas”(Maffesoli).
     Son, continúa, “éxotas, viajeros natos de mundos plurales que aceptan los múltiples sabores de lo que es, esencialmente, diverso” pues “sin dejar de ser un cuerpo ajeno a nuestra existencia, la aventura está sin embargo enlazada de alguna manera con el centro”; en efecto, “la vida errante nada tiene de individual”, se trata de “un vacío preindividual que fue forjado por una élite aristocrática o por minorías místicas que practicaron, bajo formas diversas, el desapego”, “viviendo una forma de eternidad, un presente siempre nuevo: todos los momentos son equivalentes, la existencia está íntegramente presente en cada uno de sus fragmentos, aún en el más minúsculo o en el más insignificante”; (“es alabar a Dios cocinar bien lo que él nos da”, la boca de Teresa “estaba plena de alegría” y mezclaba los dichos ingeniosos con pensamientos celestes. Su risa era tan contagiosa que cuando se echaba a reír en un convento toda la comunidad reía con ella.)
Así “los dos polos de quienes erigen la cultura es vivir y errar” pues “la insatisfacción, motor por excelencia de la vida errante, favorece la variación, que no es más que otra manera de hablar de la búsqueda” (Maffesoli).
     La glosa de la obra de Maffesoli, contextualiza conceptualmente lo que se vivía con gran intensidad en la mitad del siglo XVI español. Los galeones que zarpaban hacia ultramar, desde Sevilla, cuando regresaban cargados de oro y frutos exóticos y deliciosos, eran un tema siempre bien acogido. Desde el descubrimiento del Nuevo Mundo, los jóvenes preferían el espejismo de ultramar a los ojos de las mozas casaderas; sólo en la familia de los Cepeda y Ahumada siete hermanos, de siete, hombres espléndidos, buenos partidos, se habían ido a las Indias.
     Siguiendo con Maffesoli, decimos: el viaje de los que se van no es menos heroico del viaje de los que se quedan, “polos contradictorios: el hogar y la aventura”, (aunque Teresa, a diferencia de sus hermanos conquistadores había vivido la aventura más grande, porque no hay otra comparable a la aventura del alma).
Es la plenitud del “espíritu caballeresco, el amor a la aventura y la aventura mística, cuyo denominador común es una sensibilidad orientada hacia lo intemporal”, porque “el nomadismo es una suerte de ascetismo” y “es el peregrinar lo que salva, no el arraigo”, pues “al venir de todas partes y de ninguna, el nómada, contrariamente a lo establecido, se encuentra en camino con y hacia el otro, y a partir de ahí, con y hacia el Absoluto”, ya “el extranjero es el milagro de la novedad que puede con su aparición sacar a un individuo, a una sociedad entera, de su atascamiento”, por ello “la aventura es una ruptura, un desgarramiento, ingredientes necesarios para perfeccionar la realización personal. El término empleado para designar esta aventura, apoika, indica el alejamiento de casa”. “Es una necesidad que tiene el alma de realizarse, de desprenderse de lo que es demasiado familiar, de huir, de explorar nuevos orientes”, porque “lo que se busca es curar el alma a través de una vida errante: perderse para encontrarse”.
     Se trata de un peregrinar permanente. “Utilizando un término de San Agustín, una peregrinatio, es una experiencia de la distancia que termina en una experiencia interior”, pues “la existencia carece de valor si no se consume con intensidad, con exceso,” y es que hay “algo desenfrenado, potencialmente libertario, en lo que no se arraiga”, por eso lo podemos ver con las experiencias de santa Teresa, san Juan de la Cruz, Fray Pedro de Alcántara...
     “Errante real o errante onírico, el asceta jamás es recomendable para los clérigos responsables de administrar lo sagrado, como tampoco lo es para los espíritus sedentarios preocupados únicamente por la administración económica de una existencia material”.
      “Esta figura del rebelde puede ser, naturalmente, lo santo”. Sí, es un “peregrinar místico, en tanto que incita a no ser nada (“Todo es nada”), a perderse en una especie de nada sin ofrecer ninguna opinión particular sobre la gente o sobre los eventos” y “es precisamente bajo el yugo de las vicisitudes que nacen las más bellas obras de arte”, de esta manera (pues recordemos que santa Teresa y san Juan de la Cruz son escritores) podemos pensar que la obra de arte, en sentido estricto, no está excluida de esa dinámica.
      “Es un combate perpetuo contra el prójimo, contra la adversidad, contra el medio y hasta contra uno mismo. Esto es lo que le da su aspecto meteórico a la obra y la vida de aquellos seres excepcionales”.

Aflicción y Divinidad 

Pero retomemos. La aflicción, si bien está emparentada con la filosofía cristiana, en general, y en particular con la teresiana (“obrar, padecer, amar”), fue reprobada paulatinamente por Teresa, pues cuando había ambicionado la santidad y soñado con actos heroicos, Dios la había castigado por su presunción y ella había estado a punto de morir por sus excesos, se pregunta: ¿Acaso no podía uno salvarse sin tantos rigores? ¿Eran los azotes y el hambre los métodos para el abandono progresivo y difícil de los reflejos carnales?.
Teresa concibió desde joven el avance en su vida espiritual como un trabajo minucioso y preciso. Y el razonamiento de su infancia que dictaba que el martirio era, sin duda, el medio más barato de ganar el cielo, fue cediendo a una idea más evolucionada del trabajo interior. “Por una parte me llamaba Dios; por otra yo seguía al mundo. Parece que quería concentrar estos dos contrarios, tan enemigo uno del otro, como es vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos sensuales”.
     Porque su empeño de vencer el cuerpo rebelde, demasiado pesado para seguir los vuelos del alma, que tiraba de ella hacia abajo, pasó a consideraciones superiores, pues dominaba en España (cosa que vendría a cambiar la Inquisición) un fervor por las acciones desordenadas y las milagrerías: En las iglesias, los fieles rezan con los brazos en cruz, besan el suelo, se arrastran de rodillas hacia el altar mayor, se dan sonoros golpes de pecho, lanzan gritos invocando al Señor. Verdaderos devotos, falsos estigmatizados , éxtasis fingidos, recogimientos sinceros, fe ortodoxa, desviaciones heréticas...todo estaba entremezclado.
     En los conventos de su orden Teresa difunde una actitud menos estridente en relación a las penitencias. “Que soy amiga de apretar mucho en las virtudes, mas no en el rigor”. “Yo ninguna ganancia hallo en esta flaqueza corporal, que no es otra cosa”, Aconseja a una de sus hijas: “Entiende el daño que ha de hacer con vivir, y así tienta aquí de indiscretas penitencias para quitar la salud”.
     Ella sabe que decenas de monjas la siguen por caminos de oración e imitan sus virtudes. Ella se esfuerza en persuadirlas que el cielo se gana mediante la obediencia y el olvido de uno mismo, no por el deseo de gracias sobrenaturales.
     En la caridad carmelitiana son tres las virtudes: “la una es amor unas con otras: la otra, desasimiento de todo lo criado; la otra, verdadera humildad, que es la principal y las abraza a todas”. Para Teresa “la obediencia es el verdadero camino para sujetar la voluntad a la razón” y les pide a sus hermanas: “oración mental; y quien esta no pudiere, vocal”. Además, el trabajo, para Teresa, estaba en el mismo plano que la oración, lo que, en aquel tiempo, era algo revolucionario “pues son nuestras armas la santa pobreza”.
Para ella servir es también orar, una oración que divide en tres partes: 1° Representación imaginaria de los misterios que se quieren contemplar. 2° Consideración intelectual de esos mismos misterios. 3° Reposo amoroso y atento a Dios para recoger el fruto, lo cual abre a  la iluminación divina la puerta del entendimiento. Del conocimiento natural se pasa al sobrenatural cuando el alma se coloca en situación de reposo, amorosa y tranquilamente a la vez.

     Para Teresa amar es obrar tanto como contemplar, y la contemplación es la más poderosa palanca de la acción. Así lo probaría en una incansable fundación de conventos, acosada frecuentemente por sus similares, pues todo estaba constreñido a la disputa por las prebendas y las limosnas. El cambio que Teresa introdujo era, sin embargo, la prohibición de que sus monasterios dependieran de las rentas. No entendía estos establecimientos como un lugar de privilegio, ni de refugio para mujeres quedadas, sino como claros espejos, ardientes lámparas, teas encendidas y estrellas resplandecientes para alumbrar y ayudar a los que peregrinan en este mundo. (Lorenzo León Diez))

 

 

 

Ciclo Literario.

El URL de este documento es http://www.cicloliterario.com/ciclo44enero2006/teresadeahumada.html