Isla de Patmos

Marie Claire Figueroa


 

Y los siete ángeles con su trompeta se prepararon para tocar.
…Y el primero tocó la trompeta. Y en seguida cayó granizo y fuego mezclado con sangre que fueron lanzados sobre la tierra; y la tercera parte de la tierra ardió y la tercera parte de los árboles ardió y toda yerba verde ardió.

…Y el segundo ángel tocó la trompeta. Y una como gran montaña abrasada fue arrojada sobre el mar; y la tercera parte del mar se convirtió en sangre y murió la tercera parte de las criaturas marinas que allí vivían y quedó destruida la tercera parte de los navíos.

…Y el tercer ángel tocó la trompeta. Y cayó del cielo una estrella grande ardiendo como una antorcha, la cual fue a caer sobre la tercera parte de los ríos y de los manantiales. El nombre de esta estrella es Ajenjo, y muchos de los hombres murieron a causa de las aguas vueltas amargas.

…Y el cuarto ángel tocó la trompeta y fueron golpeadas la tercera parte del sol, la tercera parte de la luna y la tercera parte de las estrellas, de tal modo que el día perdió la tercera parte de su claridad y la noche igualmente.

…Y el quinto ángel tocó la trompeta y vi una estrella que cayó del cielo a la tierra. Se le dio la llave del pozo del abismo, y luego abrió el pozo del abismo y de allí subió una humareda como la de una gran hoguera y el sol y el aire se oscurecieron con el humo del pozo.

…Y el sexto ángel tocó la trompeta… así quedaron sueltos los cuatro ángeles que estaban listos para la hora, día, mes y año para que diesen muerte a una tercera parte de los hombres… Y allí en la visión, vi a los caballos y a sus jinetes: traían corazas de color de fuego, jacinto y azufre.

…Y el séptimo ángel tocó la trompeta y resonaron en el cielo fuertes voces que decían: “Ha comenzado el reino del mundo de nuestro Señor y su Cristo: y reinará por los siglos de los siglos…”

Marie Lorraine Figueroa / Castillo de los caballeros
de San Juan, península de Borum, Turquía

No se sabe a ciencia cierta si el autor del Apocalipsis, de nombre Juan, exiliado a causa de su fe en la isla de Patmos, fue Juan el Apóstol  —el autor del cuarto evangelio— o algún otro místico del mismo nombre. Lo único comprobado es que el texto sagrado fue escrito en la isla de Patmos por un hombre llamado Juan, como él mismo lo indica en el noveno versículo del primer capítulo: “Yo, Juan, hermano vuestro y compañero en la tribulación, en el reino y la constancia, en Jesús. Me encontraba en la isla de Patmos, a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús. Fui arrebatado en éxtasis, el día del Señor, y oí a mis espaldas una voz atronadora, como de trompeta, la cual me dijo: ‘Escribe en un libro lo que vas a ver, y mándalo a las siete iglesias, a Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea…’”
            Por este acontecimiento histórico, Patmos se ha vuelto un lugar sagrado del cristianismo. Del pequeño puerto de Skala, se sube por una carretera de dos kilómetros, a pie, en burro o en taxi. Los monjes, quienes lo resguardan, lo encerraron en el corazón de un monasterio sin elegancia exterior pero cuya parte interior hecha de descolgamientos, cúpulas y escalinatas blancas franjeadas de bugambilias, es hermosa. La construcción domina el mar, las rocas en múltiples niveles y las islas vecinas. El conjunto baña en esta luminosidad propia de un cielo con una perfecta serenidad. Éste era el panorama que se extendía ante los ojos de san Juan desde la gruta en donde se ve todavía un hueco, una especie de nicho en el que descansaba la cabeza para dormir; en otro, dice la leyenda, apoyaba el codo; y sobre el púlpito rocoso, escribía las palabras que Dios, en el año 95 de nuestra era, le dictaba. La gruta es sobria; cerca de la entrada, tres bloques de piedra se ensamblan en clave de bóveda; los objetos religiosos que suelen atiborrar esta clase de sitio, afortunadamente brillan por su ausencia. Sólo antiguos íconos, arcones esculpidos, esmaltes, orfebrería… En la biblioteca nos demoramos para admirar la extraordinaria colección de manuscritos, en particular el valiosísimo evangelio según san Marcos, con letras de oro y plata, sobre un pergamino púrpura.
            En la parte superior del monasterio, el Catolicón, se pueden apreciar frescos relativamente bien conservados que representan barcos y hombres a la mar, peces, etc. Una puerta de madera, labrada de manera exquisita, da acceso a una pequeña capilla.
            La isla, que forma parte del Dodecaneso, tiene 34 kilómetros cuadrados y 2,600 habitantes. De acuerdo con la leyenda, Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra, llegó a Patmos después de haber asesinado a su madre, para huir de las Erinias. Los romanos usaron la isla como lugar de destierro, razón de la llegada de san Juan. Del siglo V al VII, Patmos fue un célebre lugar de peregrinación de la cristiandad. En el siglo XI, el emperador Alexis Comneno donó la isla al monje Cristodulos Letrinos, quien construyó el monasterio fortificado en el lugar de un templo dedicado a Artemisa. La gruta se encuentra en el basamento. Desde 1088, el emperador Alexis había colocado la isla bajo la autoridad del monasterio. Los habitantes, quienes padecían las invasiones de los piratas (amenazados de excomunión por el papa Pío II después de la caída de Constantinopla), construyeron sus casas alrededor, algunas muy cerca de los muros.
            En el siglo XVI, ricos comerciantes y navegantes edificaron en la isla casas de piedra, mármol y madera, labrados por expertos artesanos. Sin embargo los tiempos venturosos no duraron y Patmos empezó a despoblarse. Hoy los habitantes viven recogidos sobre ellos mismos al lado de celebridades que han comprado casas. A pesar de los numerosos cruceros que abordan el puerto sin cesar, la isla es calmada y los turistas discretos; pocas tiendas de souvenirs, con objetos generalmente de buen gusto y a precios razonables. 
            Ningún ruido de carro interrumpe el flujo de los pensamientos; los callejones serpentean alrededor de los muros del monasterio-fortaleza; disfruta uno infinitamente las sorpresas descubiertas al azar de los recodos: puertas y ventanas azules, adornadas con macetas de geranios, gatos, gatos y gatos, unos hieráticos, ensimismados en su pensar como nosotras, otros aletargados en la sombra; diminutos campanarios rematan unos techos, cúpulas de tejas redondas de múltiples capillas con jardines miniatura se dispersan entre las casitas y casonas. Los pasos retumban sobre las piedras, únicos sonidos en medio del silencio. Estamos muy lejos del bullicio de Mykonos.
Patmos seduce, no sólo a los místicos, sino también a todos los que buscan un refugio en la frescura, la paz y el misterio para meditar sobre lo maravilloso de un pueblo que se descubre no muy diferente de lo que fue hace siglos.
Isla de Kos
          Según la leyenda, Asclepio, dios griego de la medicina (Esculapio en Roma),  fue hijo de Apolo y de Coronis quien lo dio a luz en Epidauro y lo dejó abandonado; recogido por un pastor, fue puesto bajo la égida del centauro Quirón quien lo adiestró en el arte de curar enfermedades. Fueron famosos su templo en Epidauro y el santuario de Kos.

          En el siglo IV a. C., Kos se volvió famosa gracias a su Aesclepeion, gran centro terapéutico de la Antigüedad. En esa época, los asclepeia eran verdaderos hospitales en los que sacerdotes/médicos renombrados daban consultas en forma de oráculos inspirados en sus sueños y en los de los enfermos. Los edificios están repartidos en cuatro terrazas unidas por una majestuosa escalera de mármol. El más importante es el templo dórico de Asclepios. A nivel de la primera terraza se encontraban la Escuela de Medicina y el Museo de Anatomía; en el segundo nivel, una gran plaza central bordeada de plátanos , y los termas. Los enfermos y sus acompañantes pasaban la noche en la parte inferior; rezaban y sacrificaban gallos. Arriba de las escaleras se yerguen las blancas columnas del templo de Apolo y el altar monumental de Asclepios cuyo atributo, la serpiente, era símbolo de la prudencia.
          Famosa también la ciudad de Kos por ser la cuna de Hipócrates, padre de la medicina, cuya ética médica, especie de código de honor, está al origen del juramento que tiene su nombre. Se distinguió principalmente en el diagnóstico y la descripción de los síntomas morbosos y se le atribuyen 87 tratados que constituyen el Corpus Hipocráticum. Denunció la impiedad y el charlatanismo de los brujos de los que parodiaba los diagnósticos con ironía. Se dice que enseñaba a la sombra de un plátano que él había plantado. El árbol imponente que vimos tiene por lo menos 500 años, pero de ninguna manera puede ser el del médico griego; a todas luces, se vuelve a plantar como la palmera de Leto en la isla de Délos.

Marie Lorraine Figueroa / Kos.

          Fundada en 366, la ciudad de Kos era, según el geógrafo e historiador Estrabon, la ciudad costera más bella del mundo. Hoy tulipanes y palmeras adornan sus avenidas y resaltan las mezquitas de altos alminares entre casas italianas y ruinas. Kos es una ciudad alegre y risueña. El barrio greco-romano está delimitado por dos vías romanas, el cardo y el decumanus. Se ven los restos de una palestra, de termas y de casas decoradas con frescos.  Un hermoso mosaico orna el suelo de la Casa de Europa; representa a Zeus transformado en toro. La Casa Romana fue descubierta por un arqueólogo italiano en 1933, año de un fuerte terremoto que hizo aparecer también las ruinas de un templo de Afrodita, de uno de Hércules así como un ágora del siglo IV en el barrio medieval del puerto. El barrio musulmán Kermede, en donde viven musulmanes de origen turco, conserva su fisonomía propia con sus casas de madera típicas.
          Una magnífica estatua de Hipócrates es la joya del museo arqueológico en donde  tomaron lugar centenares de esculturas descubiertas en las ruinas. En la actualidad, nadie se sorprende si aparecen restos de templos y de casas antiguas cuando se excava para construir. Nadie se sorprende, pero el que compra un terreno para edificar su hogar prefiere que no se presente el caso por el riesgo de verse expropiado por el Gobierno. Finalmente,  es importante señalar que muy pronto los griegos establecieron reglamentos para un saneamiento apropiado de la ciudad.
Peninsula de Bodrum

          Después de esa mañana bien cargada, nos esperaba un paseo en Turquía, frente a la isla de Kos, en la península de Bodrum. La antigua Halicarnaso, ciudad griega de Asia Menor, en la región de Caria, fue fundada por los Dorios; cayó en el poder de Persia y, en el siglo IV a. C., se convirtió en la capital de Caria. En ella, la reina Artemisa II erigió, hacia 350, como tumba para su esposo Mausolo, el famoso monumento llamado Mausoleo. Alejandro Magno destruyó la ciudad en 334. El Mausoleo de Halicarnaso forma parte de las siete grandes obras de arquitectura y escultura que los antiguos consideraban como síntesis de la belleza. Se supone que en el centro de un basamento de unos 22 metros con columnas jónicas (nueve por once) se elevaba, sostenida por 36 columnas, una pirámide de 24 escalones, en cuya cima se erguía una cuadriga conducida por las figuras de Artemisa y Mausolo. El mausoleo fue destruido probablemente por un terremoto entre los siglos XII y XIV. Los Caballeros de Rhodas utilizaron sus materiales para levantar la fortaleza de San Pedro; otros restos del monumento se conservan hoy en el Museo Británico; en el lugar del mausoleo, pueden apreciarse todavía gran número de piedras, columnas y esculturas.
          La imponente fortaleza de los caballeros (en el puerto, del lado derecho) fue construida en el siglo XIV; una segunda muralla se levantó en el siglo XVI para protegerse de los turcos. La orden de san Juan se ocupaba de curar a los enfermos, pero además, sus miembros eran excelentes soldados. Las torres del castillo pertenecían a varios países ya que, como lo veremos al estudiar lo referente a los caballeros cuando abordemos la isla de Rhodas, éstos venían de diversos países de Europa. Nos tocó visitar la torre de Inglaterra austera y grandiosa, con sus banderas, armaduras, muebles antiguos…
          Adentro del recinto de la fortaleza, el Museo del mar, entre otras cosas,  ostenta la restitución de un barco hundido, con un conjunto de ánforas en la cala utilizadas para el transporte del aceite, vino, granos, etc. Bajo un amplio tejaban,  un pequeño museo al aire libre, en la entrada del castillo, exhibe ánforas de todos tamaños y formas; allí están al lado del horno de barro en donde se cocían. La base de las ánforas primitivas se terminaba en pico, por lo que se tenían que enterrar en la arena.

A la salida de la visita, no pudimos resistir a la tentación de curiosear en el mercado y comprar algunas chucherías entre miles expuestas para atraer al chalán: pulseras y collares recubiertos de ojos, ojos, y ojos contra el mal agüero, objetos multicolores de vidrio soplado, otros de cuero, de tela, babuchas, esponjas naturales, conchas, corales, etc. Luego, la ineludible cerveza ¿turca, griega?, no me acuerdo, frente a la marina, a decenas de barquitos y barcotes de recreo, enarbolando pabellones de diversas nacionalidades entre los que destacaban el cuerno y la estrella. Regresamos al barco con la nostalgia de un país que nos había dado un sabor anticipado lo suficientemente fuerte para desear llegar, en otra ocasión, hasta Estambul.            

           

 

           

 

 

Ciclo Literario.

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