De la edad media europea al estado planetario

Lorenzo León


 

La hispanidad, fiesta y rito.
Leonardo da Jandra
Plaza y Janés
2005

 

Leonardo da Jandra es un autor peculiar en el panorama de quienes leen y escriben en México.
  Su particularidad estriba en la densidad de sus intereses artísticos y reflexivos, esta aparente oposición entre creación y pensamiento; o sea, un novelista y cuentista que es, a su vez, filósofo y ensayista, une en el corpus de su obra vertientes que dialogan, no pocas veces se enfrentan, y conjugan más que la paciana pasión crítica, la dajandriana pasión irreverente y la exuberancia donde habitan personajes que ya son memorables para la literatura mexicana en la pródiga cantidad de sus narraciones que otorgan a Oaxaca, señaladamente a la región de la costa, un espacio luminoso --para decirlo con un término caro para el autor-- en la geografía imaginaria de nuestro país.
     Comentar un libro podría quedarse en el punto del protocolo. Porque se trata de reseñar una cantidad abrumadora de información y visiones que abarcan varios siglos e identidades, desde las sociedades agrícolas europeas, el medioevo español y su convivencia centenaria con los musulmanes (del año 711 en que los árabes invaden la península ibérica, al 1492 cuando los cristianos los expulsan junto con los judíos), al Estado imperial, la conquista de México, las sociedades prehispánicas, la Colonia, la Independencia, La Reforma, la Revolución Mexicana y la conflictiva vividura fronteriza, concepto que da Jandra toma de Américo Castro  y con el que permea su visión sobre las identidades, entre los mexicanos e hispanos y los angloamericanos.
     De esta manera, el arco que dibuja Leonardo da Jandra es más que espectacular y nos impone –amigablemente, creo-- a sus comentaristas, una tarea más que riesgosa, pues siendo el ensayo, por definición, un género literario que más que atar (acertijos, intuiciones, visiones, opiniones, informaciones, criterios) desata certezas, afirmaciones, negaciones, dogmas, estatutos, y demás aseveraciones que son propias de los tratados; la reseña, pues, que se intente de un libro como la Hispanidad  tiene la limitación del balbuceo.

     Sin embargo, vamos a intentar bosquejar una invitación a la lectura de este libro complejo y polémico, que tiene el estilo heroico de la oralidad, sin descuidar el rigor del método, pues da Jandra es, antes que nada, un metodólogo, alguien adiestrado en el manejo, la clasificación, la calificación y la conjugación de los argumentos. Sin duda, Leonardo es un erudito, pero no un eruditizante, y aquí entramos ya en el sistema adjetival dajandriano o lo que llama la fluidez de las confrontaciones donde se diferencia siempre la virtud del vicio, el bien del mal, lo sagrado de lo profano, lo superador de lo inferiorizador, lo civilizatorio de lo bárbaro, el luteranismo de la cristiandad, la tolerancia del fundamentalismo, lo temporal de lo permanente, lo identitario de lo global, lo cotidiano de lo festivo, la producción del derroche, la trascendencia de la instantaneidad, la pureza de la impureza , el cosmos del caos, la quietud del orden, la continuidad de la discontinuidad,  lo humano de lo divino, el arte de la ciencia, la fiesta del ahorro, el rito de la eficacia.
     En el centro de esta especie de manifiesto que es su libro, está el concepto de nucleohistoria, a manera de agradecido homenaje a Unamuno y Américo Castro. ¿Qué es la nucleohistoria? Son los mitos y ritos, arte y tradición, sacralidad y fiesta de los pueblos, lo que construye la noción de identidad,   eje referencial, precisamente, del estudio de da Jandra pues esto es lo que define –dice- el ser más duradero y profundo de la Hispanidad, en cuyo corazón el autor sitúa a México.

    

Alejandro Gómez de Tuddo

    

     Así, da Jandra anuncia desde el principio que se moverá en su intensa disquisición entre dos límites metódicos: identidad y crítica.
     Hay una frase del filósofo Peter Sloterdijk que queda a la medida  para el caso de escritores como Leonardo. Dice el alemán: hasta ahora me ha parecido que los grandes pensadores al final se quedan vitalmente secos, mientras que los grandes vitalistas, en cambio, derraman pensamientos a chorros.
     Y esta es una definición que ni mandada a hacer para describir La hispanidad, fiesta y rito, pues aquí da Jandra se ha montado en una tribuna imaginaria que contempla el mosaico de  las partes para enunciar la totalidad o el todo y ofrecer un diagnóstico temperamental, comprometido; hay quien ha dicho que incluso militante, de la hispanidad como proyecto fundamentador del Estado planetario, basado, a su vez en la conciencia identitaria.
     Entre lo sagrado y lo profano el único puente posible sigue llamándose arte, nos dice da Jandra, y donde no hay arte ni religión, no hay rito.   Le interesa definir lo que de festivo hay en el alma hispana, aunque la historia de Occidente, que incluye a toda la Hispanidad, es la escenificación más acabada del triunfo del tiempo productivo sobre el tiempo festivo, pues la fiesta es el anhelo de transgresión que late en el corazón del pueblo, latir instintivo y gregario que busca la igualdad en el goce del grito y el atropello.
     Y  es en esta excesividad en la que el autor no teme, en su revisión de España, caer, e incluso regodearse, pues la Hispanidad es una combinación excesiva de sacralidad y vida.
     En este libro, da Jandra teje afiebradamente la complejidad identitaria de la que es ejemplo él mismo. Entendemos que trata de dimensionar lo que identifica a la diversidad de personalidades de este arco que tiende y que incluye, por ejemplo, a un hispano visigodo, un hispano árabe, un hispano catalán y un hispano mexicano. Leonardo busca el perfil identitario del verdadero ser español, pero también del verdadero ser mexicano. En el primero, siempre reseñando a lo que llama sondeadores del carácter hispano, identifica los defectos: la envidia, la soberbia, el misioneísmo y la aristofobía, entre el cuadro de puras negaciones.
     Da Jandra somete a la españolidad a una crítica sin piedad, de otra forma no serían destacables sus virtudes, como afirmar, por ejemplo que no sería justo culpar a las órdenes religiosas de la parte más negra del tradicionalismo hispánico si no afirmásemos con el mismo énfasis que en ellas residió y aún reside lo mejor de la sacralidad hispana. Por eso su libro es, en esta parte, una loa a la grandeza española, y más a su pasión mística que a su pasión conquistadora, que aquí bien ilustra el autor con las llameantes personalidades de san Juan de la Cruz y santa Teresa de Ávila, en el centro de la nucleohistoria hispánica.
     Nucleohistoria es, pues, la intimidad de los pueblos. Si lo vemos más de cerca, son las esencias que se manifiestan por revelación. Por eso, ensayos como el de da Jandra no lo podría escribir un historiador o un sociólogo, tampoco un antropólogo o un filósofo profesional, sino, precisamente, un novelista, que ya habiendo seguido esta evolución desde el origen señala con la seguridad de su “vividura”: la lengua española y la religión católica tienen un nuevo centro: México, donde tiene lugar –dice- tal vez la revolución más festiva y ritual del siglo XX.
     da Jandra elabora aquí su propia ruta en el laberinto de las soledades descrito por Samuel Ramos, Octavio Paz y Guillermo Bonfil Batalla, en sus respectivos y célebres libros sobre la identidad mexicana. A los tres los fundamenta –dice- una dialéctica negativa.
     De esta manera puntualiza que, según Ramos si España para convertirse en el centro de la cristiandad había tenido que negar a judíos y árabes, México para ser cabalmente moderno necesitaba deshacerse del complejo de inferioridad heredado de indígenas y conquistadores.
     Por su parte Paz, lo mismo que Samuel Ramos, nos muestra más lo que los mexicanos no quieren ser que lo que son o desean ser.
     La visión de El Laberinto de la Soledad se dio en plena agonía de la cosmovisión patriarcalista, por ello da Jandra considera absurdo continuar defendiendo la tesis de traición de la Malinche como causa de nuestra inferioridad y soledad, pues ni la Malinche traicionó a los aztecas –pues eran sus enemigos naturales- ni el mexicano se siente ya (si es que algún día se sintió) inferior y solitario.
     Por su parte, el libro de Bonfil Batalla repite esa dialéctica de la negación y hace de la irreconciabilidad el eje del dilema: a partir de la Conquista la historia de México es un enfrentamiento permanente entre los que han impuesto el modelo occidental y los que permanecen arraigados a una forma de vida mesoamericana.
     Si del lado de España da Jandra sigue la huella, para luego continuar solo el camino de los grandes sondeadores del carácter hispano, como Ortega y Gasset, Américo Castro y Unamuno; del lado de México, lo ha hecho, en La hispanidad, fiesta y rito, pero también en otros libros, con Ángel María Garibay, Miguel León Portilla y Alfredo López Austin. Leonardo es un gran recreador de estas obras tan fundamentales para la cultura mexicana, y en su novela Entrecruzamientos rinde homenaje vivencial a estas visiones cuya ausencia significaría un hueco o un vacío en nuestra conciencia identitaria.
     Y ya en México, da Jandra va a recorrer a grandes pasos los momentos históricos cruciales del nuevo ser hispano: Solamente extraeré una frase de cada momento, como quien mete la mano en una tómbola:
     La conquista: la milicia de la espada tiene el mérito que al mismo tiempo que destruía una de las religiones más bárbaras, hacia posible la consolidación del más grande imperio de la Cristiandad militante.
     La colonia: Fuera de la religiosidad y el arte poco hay de rescatable en la Colonia. (...) sólo en la poesía, la crónica y la arquitectura encontramos pequeñas parcelas de cultivo sublime.
     En cuanto a la Independencia, si bien no existe ni en Hidalgo ni en Morelos, ese rechazo a lo hispano y mesoamericano, no hubo claridad ni grandeza conceptual en los hombres de la independencia mexicana. Todo en el horizonte independentista es llanura, una polvareda masiva de negaciones que trae al frente, como única positividad incuestionable, el símbolo de la identidad mestiza: el estandarte de la Sagrada Madre.
     De la Reforma: El carácter negador de la Reforma se ha venido solapando durante décadas. No se quiere reconocer que el torrente de sangre que exigió la Revolución pocos años más tarde, se podría haber evitado si en la Constitución de 1857 no se hubiera dado un golpe mortal a las dos formas nucleadoras de la identidad mexicana: la comunidad religiosa y la comunidad indígena. Sin embargo, la separación Iglesia- Estado y la consiguiente libertad de cultos, fue un acto de grandeza política y visión histórica, pues cada vez que la religión se funde con la política, no es el poder el que se purifica sino la religión la que se hace profana.
     De la Revolución Mexicana: El verdadero mérito de la Revolución mexicana consistió en que tomó el tiempo justo para recuperar la autenticidad del pasado indígena y regresar al presente para fundir lo rural y urbano en un abrazo fecundante.
     Y de todo esto da Jandra saca una conclusión: La Colonia, la Independencia, la Reforma y la Revolución (por no ir más allá e incluir al cardenismo y neozapatismo) fueron forjadas con la sangre sacrificial del indígena.
     Para da Jandra, México representa ya de manera irreversible el presente histórico de la Hispanidad y la mayoría de los nuevos líderes del indigenismo sabe muy bien que el presente autonómico de España es el futuro inmediato de México.
     Para terminar, Leonardo ingresa al territorio que llama Mexamérica, o sea, el sur de los Estados Unidos, donde el autor piensa que entre todas las culturas de origen hispánico, la mexamericana es la mayor aportadora de identidad. Aquí, da Jandra actualiza la discusión del pelado de Ramos y el pachuco de Paz con la nueva vividura chicana. Dice: en cuanto el mexicano cruza la frontera desaparece al instante lo español y el pasado indígena se apodera de la vividura identitaria. Y así describe una cadena hilarante de negaciones: el mexicano y el chicano niegan al español; el chicano es negado por el mexicano y los demás hispanos; y el español ignora a mexicanos y chicanos y niega a los norteamericanos, que a su vez los niega a todos.

Sin embargo, aquí está el futuro promisorio: la prodigalidad de la vividura hispana frente al austero utilitarismo anglo, convivencia conflictiva  en el seno del incipiente Estado planetario, noción ésta con la que da Jandra concluye su disertación, no sin un tinte de los estilos proféticos. Escribe: por propia voluntad las naciones se fusionarán en regiones y las regiones en un solo Estado mundial. Con un solo idioma, una sola religión, una sola filosofía y la misma economía. Pero estamos aún a mitad de camino entre aquella ritualidad bárbara que ofrendaba corazones y la adoración sublime en que se convertirá la ritualidad del Estado planetario. (Lorenzo León)      

 

 

Ciclo Literario.

El URL de este documento es http://www.cicloliterario.com/ciclo44enero2006/delaedadmedia.html