Recorrido por la Islas Griegas

Marie Claire Figueroa


 

Mientras en las ciudades
  los filósofos no sean reyes
o mientras los que llamamos hoy reyes y soberanos no sean verdaderamente filósofos, no cesarán los males de la ciudad.
           Platón
           La República

 

            Con el texto a continuación, quiero compartir unos recuerdos, ofreciendo un viaje por la imaginación a los que sueñan con la tierra de Ulises, pero quienes, por razones pedestres, no pueden realizar su ambición; lo ofrezco también a los que sí tendrían la posibilidad, pero carecen de la chispa que enciende el deseo, para que los unos y los otros, de alguna manera, se transporten a las islas griegas y entrevean, aun por breves instantes, las riquezas de esta tierra lejana. Lejana, tal vez, a un extremo de Europa; sin embargo, fue la cuna del mundo occidental. Nuestro idioma mexicano, tan lleno de palabras indígenas y árabes, no contiene menos voces heredadas del griego: un régimen draconiano es duro y severo como lo eran las leyes del legislador ateniense Dracón: poner un evento “bajo la égida” de una alta personalidad, es honrarla de modo particular, alzándola al nivel de Zeus, ya que así se llamaba su propio escudo hecho con la piel de su nodriza, la cabra Amaltea; y cuando hablamos de una voz estentórea ¿sabemos que Homero relata en la Iliada que la voz del heraldo Esténtor retumbaba tan fuerte como la de cincuenta hombres?

Isla de Délos / Marie Claire Figueroa

            Así podríamos seguir hasta llenar volúmenes. Si la percepción mitológica subsiste en los países de occidente, allá, en Grecia, el paisaje no ha cambiado (excepto en las ciudades, por supuesto); el arquetipo permanece: colinas de pendientes suaves, olorosas con el orégano y el tomillo, cubiertas de espinos de los que surgen algunos encinos que amparan los borregos del sol de mediodía. Unos techos de tejas redondas entre la vid y el olivo cercados a veces por muretes de piedra en seco, el olor espeso a higuera quemada, o también, allá, en la línea del horizonte punteada con cipreses, el añil del mar, o el tul vaporoso de un monte. A estas imágenes clásicas de una Grecia clásica, agreguemos las cúpulas de las iglesias ortodoxas edificadas a partir del cisma del siglo XII, cuando el Patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, rehúso someterse a la autoridad del papa León XII, quien lo excomulgó; precisemos que el papa Pablo VI levantó la excomunión en 1966. Pero Grecia es múltiple como sus islas. También existen regiones montañosas cubiertas con castaños, en el norte, parecidas a paisajes forestales europeos, por ejemplo en la península calcídica, en Stagyra, cuna del filósofo Aristóteles.
            Los pueblos, silenciosos a la hora del calor, de la siesta, de la estridencia de las cigarras, despiertan cuando la luz se suaviza. Las tiendas abren sus puertas, las terrazas de las tabernas se llenan de parroquianos: los autóctonos charlan entre ellos, jugueteando a la par con su komboloi;  turistas se sientan a tomar un ouzo acompañado con un vaso de agua helada para diluirlo, mientras otros regatean el precio de una blusa o de un collar de plata.  Las calles zumban con un vaivén humano incesante, ruidoso, cálido. En las regiones turísticas, los griegos logran sobrevivir, algunos muy bien; en cuanto a los que moran a lo largo de los 15,000 kilómetros de costa, son pescadores, marineros o empleados de los astilleros. Pero cuántos viven en comarcas menos transitadas, en terreno pedregoso, de mezquital o de monte, en donde sólo prosperan las cabras y los borregos. La llanura no ocupa más que el 30% del territorio nacional y 45% de los griegos son campesinos: así que muchos emigran a países de Europa occidental o a la soñada Norteamérica. A estos últimos, los llaman los “bruklis”, deformación griega del barrio de Brooklyn. La mayor parte regresa al país, algunos se hacen mecenas: ofrecen una fuente al pueblo, otros van hasta construir escuelas, dispensarios, etc.
            El sentimiento nacional es muy fuerte, tanto más después de casi cuatro siglos de dominación otomana seguida por regímenes políticos anárquicos. Algunos todavía recuerdan las guerras llevadas por Alejandro Magno en el Oriente. Escuchemos a Jorge Seferis, premio Nóbel 1963, quien tradujo mejor que ninguno, la conciencia nacional:

 

           
                        …Hemos doblado muchos cabos, muchas islas, el mar
                        Que desemboca al otro mar, de las gaviotas y de las focas.
Mujeres en llanto a veces gemían
Y lloraban a sus hijos perdidos,
Otras, enfurecidas, reclamaban a Alejandro
Y a las victorias sepultadas en las honduras de Asia.
Hemos abordado riberas llenas de aromas nocturnos,
De cantos de pájaros, de manantiales que sobre las manos dejaban
El recuerdo de una gran felicidad.
Pero no tenían fin esos viajes.
El alma de los compañeros se confundió con los remos y los toletes,
Con la austera figura de proa,
La estela del timón,
El agua dispersando sus rostros.
Uno tras otro, los compañeros han muerto,
Los ojos encogidos, sus remos
Marcan en la playa, el lugar en donde descansan.

                        Actualmente, el país recobró cierto equilibrio, tanto político como económico. Su marina ocupa, oficialmente, el quinto rango a nivel mundial; sin embargo, nadie le puede pelear el primer lugar si se toma en cuenta todo lo que flota bajo pabellón de conveniencia (liberianos, panameños, chipriotas, etc.). Grecia dejó de formar parte de los parientes pobres el día de su entrada a la Comunidad Europea, junto con España y Portugal, el primero de enero de 1986.
            No podíamos penetrar en las islas sin bosquejar previamente este breve panorama de la Grecia contemporánea. Faltaron, sin embargo, unos rubros importantes, la historia entremezclada a menudo con la religión y, sobre todo, la historia del arte, temas que abordaremos al azar de nuestros paseos. De las mil cuatrocientos islas del mar Egeo y del mar de Creta, visitaremos apenas siete, completando el periplo con una visita obligada a la península de Bodrum, antigua Halicarnaso, en Turquía.

ISLA DE DÉLOS

            La más pequeña de las Cícladas, Délos, en el presente deshabitada, fue, en la Antigüedad, el centro muy activo de un culto a Apolo y Artemisa. En las civilizaciones primitivas, los mitos constituyen un elemento inseparable de su historia y de su religión. Con ellos, el hombre busca una explicación de los misterios que vive: los fenómenos naturales, la vida después de la muerte y las preguntas a las que, difícilmente, encuentra una respuesta, como la creación del mundo; en la Antigüedad, el intercambio de elementos culturales gracias al comercio, los viajes, las guerras, enriquecía la religión imperante, razón por la que vemos, por ejemplo, un templo a Isis, en medio de los dedicados a los dioses griegos. Las fuentes de la mitología griega nos llegaron gracias a varios textos y a la iconografía. En su Teogonía, Hesiodo de Beocia, probablemente contemporáneo de Homero, en el siglo VII a. C., cita la genealogía de los dioses y relata episodios que llevaron a la consolidación del poder de los doce del Olimpo. En otro de sus poemas, Los trabajos y los días, describe la creación de los hombres. Por otro lado, las ánforas y las esculturas representan los personajes más célebres de la mitología, con sus atributos. A veces, inscripciones con los nombres de los personajes acompañan las representaciones.
            El jefe de los dioses, Zeus, tenía una esposa —de hecho, su hermana— Hera, mujer celosa y vengativa, quien no perdonaba a su esposo sus innumerables infidelidades; perseguía y castigaba sin piedad a sus amantes. Para que una de ellas, Leto, pudiera dar a luz tranquilamente, Zeus le pidió al dios del mar, su hermano Poseidón, que transportara a su lugar actual una islita —primitivamente amarrada a Sicilia, luego oculta debajo de las olas—, y la volviera visible (∂ελος); de este modo Leto, con la ayuda de Atena y Afrodita, y auxiliándose de una palmera (que los griegos vuelven a plantar al morir la anterior), dio a luz a Apolo, dios del sol y Artemisa, diosa de la cacería.
Teseo fue a Délos con jóvenes de Creta después de matar al minotauro, y veneraron a Apolo con danzas alrededor de su altar. Desde el periodo micenio (1400 a.C.), existía un culto en la isla que se volvió un centro pan helénico político y religioso, comparable a los de Olimpia y Delfos. El Odisea se refiere a Délos como a un célebre centro religioso del pueblo Jónico. Cada cuatro años tenían lugar las fiestas delianas en honor a Apolo, Artemisa y Leto, con sacrificios, procesiones, danzas y concursos de música.
            Délos era la capital de una confederación de islas que terminó por ser sometida por los atenienses. En 426 a.C., éstos impusieron a la isla una purificación, ordenando el transporte de las tumbas a la isla vecina de Rinela; a partir de esa época, se prohibió nacer y morir en Délos. Poco a poco, la isla se volvió el principal centro comercial y político del Mediterráneo oriental y logró su independencia gracias a un desarrollo prodigioso. Atraía a los ricos comerciantes de los países vecinos, quienes se instalaron y construyeron barrios residenciales. La isla llegó a tener 25,000 habitantes. A partir de 166, recae bajo la dominación ateniense. En 88, Mitridatos la saquea, destruye los templos y los monumentos y extermina a 20,000 personas. Los piratas siguen la obra destructora hasta que no quedan  más que algunas habitaciones. Las primeras excavaciones organizadas serán llevadas por la Escuela Francesa de Atenas en 1872.
            Museo a cielo abierto, la isla es el testimonio de un mundo desaparecido. Sus únicos habitantes son los arqueólogos y los guardianes. Antes de la llegada de los turistas y después del ocaso, el silencio reina sobre las ruinas todavía majestuosas, recuerdo de un pasado festivo. Para no entrar en el detalle de una enumeración muy larga, podemos dividirlas en cuatro sectores distintos:

Isla Mykonos / Marie Claire Figueroa

Abajo, la Avenida de las Procesiones, ancha de 13 metros. Entre los hierbajos de las orillas, aproveché para cortar unas siemprevivas moradas que encontraron su lugar, a mi regreso al D.F., en una jarrita verde comprada en el norte de Grecia; hacía diez años que la pequeña ánfora, cubierta de caracteres griegos, estaba esperando las flores de su país de origen.
Las esculturas más bellas de Délos se encuentran en el museo arqueológico de Atenas, pero el pequeño museo de la isla abriga una colección muy interesante de objetos: kouros y korê (jóvenes y jovencitas), estatuas de la época arcaica (s. VII – s. I); una serie de jarras de barro; joyas y objetos de la vida cotidiana hallados en casas particulares; mosaicos y frescos (los únicos conservados de este periodo). Es de mencionar también una vitrina compuesta únicamente por toda clase de falos; no olvidemos que el falo era el símbolo de Dionisio. Una de las piezas del museo más notable es una estatua de mármol de Apolo atribuida a Praxiteles, en la que se puede apreciar el dios, apoyado a un árbol y pisando un montículo de escudos.
Para terminar, agreguemos que la isla de Délos fue incluida al Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1990.

ISLA DE MYKONOS

En contraste con Délos, la isla de Mykonos que abordamos en la tarde aparece como un lugar de descanso, de farniente, cuyos únicos pasatiempos son el deambular en los callejones sombreados por macizas casas encaladas, cubos redondeados de ventanas y puertas azules, o saborear el ouzo local en las terrazas que bordean el mar. Las lanchas chapotean al ras de los guijarros, las capillas de muros encalados y cúpula azul y los molinos, se dispersan en medio de escalinatas, callejones y placitas, atiborrados de turistas ávidos de objetos-recuerdo. Encima de todo, la claridad de un sol refulgente e inexorable; flecha estrellas a la superficie del mar que las mece, indiferente a su destello deslumbrador.
Mykonos es la isla turística por excelencia; sobre ella, no se necesitan grandes descripciones. Imagínense simplemente un pueblo de cubos azul y blanco, dorado por el sol y bañado por un mar plácido. Es todo, pero es mucho para los vacacionistas que vienen de regiones menos cálidas. Sin embargo, no crean que esté a la zaga de las demás islas en cuanto a cultura; se pueden visitar tres museos: el museo arqueológico, el del mar Egeo, y el museo folclórico. Por otra parte, la iglesia Panayia paraportiani, cerca de la puerta de la fortaleza, es un edificio bizantino asimétrico, obra maestra de arquitectura popular.

¡Ah! Se me olvidaba un detalle importante: si su cámara, de repente, indica el final de las tomas —signo de su entusiasmo al fotografiar las ruinas de la mañana— encontrará sin dificultad la tienda ideal para reponerle un chips nuevo…y más barato que en México. Otro detallito: Mykonos está conocida por sus tiendas de lujo, pieles, joyas y artesanía, ahora sí no precisamente muy baratas, sin embargo de un gusto muy, pero muy refinado.

 

Ciclo Literario.

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