Octubre y El coronel

Brenda Prieto


 

 

Al Dr. Avendaño

Leíamos El coronel, llovía. Era primero de octubre. Un súbito escalofrío me recorrió el cuerpo cuando recordé el entierro en aquella tarde lluviosa; los pobladores que llevaban el ataúd en sus hombros se detenían en cada esquina a esperar a las mujeres que salían de sus casas y se unían al sepelio. Las campanas doblaban; su sonido se extendía largamente y recorría las calles. Todo el pueblo estaba ahí y con sus flores en la mano hacían que pareciera, a lo lejos, un pueblo con veredas de color blanco.
Aquella mañana Alfonso, alumno de la secundaria, leía en voz alta apropiándose del dolor de los personajes, las frases le pesaban tanto que guardó silencio cuando sus ojos toparon con: “debe ser horrible ser enterrado en octubre”, quiso continuar, pero la clase terminó.
Salí de la escuela y caminé bajo la lluvia por esa calle inclinada que me conducía a casa; siempre había pasado por el mismo sitio, pero esa mañana parecía más desoladora, quizá el día gris, lluvioso y frío se me colaba hasta los huesos, y apesadumbrada di vuelta rápidamente por la esquina derecha, antes de que aquella inercia me condujera por donde siempre, topé de pronto con el Dr. Avendaño, quien amablemente me saludó: 
—¿Cómo sigue, maestra? El regreso a clase la tiene abrumada o es la lluvia.
— Es octubre, dije.
—Debe serlo, pues su frío es inconfundible. Sonrió, luego comenzó una plática sobre los cambios en el clima, quería hacerme olvidar las preocupaciones, pero, sin conseguirlo dijo: —Voy a casa de doña María, ella tiene un café muy bueno para quitar este frío, además le han llegado libros nuevos.
Sin ver alguna emoción en mi rostro, añadió:
 —Acompáñeme, quiero hablarle de Alfonso. ¿Lo ha notado decaído?
—Sí, afirmé presurosa.

Armando Salas Portugal

—Entonces, vamos, la lluvia es suave, pero si uno se detiene termina empapado— dijo mientras comenzaba a caminar.
Lo alcancé diciendo que la primera semana lo había notado algo triste, seguí hablando y sin darme cuenta bajé aquella calle inclinada y lluviosa de siempre, y algunas otras más, al doblar por la esquina, rumbo al municipio, otro ambiente se desarrollaba bajo el paisaje lluvioso, la gente regateaba las frutas y las legumbres. El olor de todo aquello hacía una combinación única; además las rosas, margaritas y nubes del puesto de doña Regina se veían frescas y con un color más brillante. El padre hablaba con el sacristán diciéndole algo de las veladoras. Las señoras iban con sus bolsas de ixtle y con el paraguas, casi al terminar la calle, en la tienda de don Alberto, un montón de gente regateando.
—Buenos días, maestra. ¡Qué gusto verla!
—Doctor, buen día. Sonreían doña Carmela y doña Ignacia, quienes comenzaron a cuchichear después que pasamos cerca de su panadería.
—Hace rato no la veíamos.
—Que les vaya bien—  dijeron con tono sarcástico.
Cuando llegamos a casa de doña María, ella esperaba impaciente al doctor.
—Buen día, ya tengo la revista que me encargó la semana pasada –dijo mientras la mostraba con su mano—, ha tenido usted suerte.
—Sí, hoy he tenido suerte doña María, mire a quién me encontré, dijo Avendaño.
La casa de doña Mari, como solían decirle algunos, estaba junto al lago, era impresionante; ella la había acondicionado como una biblioteca y se podían leer libros casi recien editados, mientras se recibía la brisa o se veía, desde alguno de los enormes ventanales, el lago.
—Maestra, desde hace meses tengo algo para usted. Poetas latinoamericanos, libro grueso de pasta dura, todavía con olor a tinta.
—Lo había olvidado. Sonreí. Miré al Doctor, quien correspondió la mirada.
Toda esa mañana estuvimos con doña María. El Doctor me enseñó el proyecto de una segunda planta para la biblioteca y la adquisición de más libros, para lo cual solicitarían apoyo a un artista plástico del lugar, quien estaba identificado con las causas a favor de la cultura; el proyecto involucraba también al agente municipal, al director de la escuela y a mí como encargada del proyecto; todo lo hacían para que abandonara aquel sentimiento de soledad.
Cuando doña Mari me dejó sola con Avendaño
 —¿Qué pasa con Alfonso?— pregunté.
El doctor contuvo el aliento, lo que indicaba una situación difícil que plantear, pero luego tomó la postura de médico y dio el diagnóstico con tranquilidad, sin alarmarme solicitó  mi ayuda para que el chico pudiera sobrellevar la situación.
Cáncer en la sangre. La enfermedad le resultó en los ocho meses que estuve ausente de la escuela, mientras la depresión por el fallecimiento de mis abuelos me tenía encerrada, viendo desde las ventanas de la casa la lluvia gris y fría. Su debilidad no se notaba por el tratamiento que Avendaño le pagaba en la ciudad. El doctor no perdía la esperanza, aunque las probabilidades eran pocas.
Luego de esa mañana, de regreso, compré en la plaza unos duraznos y unas manzanas, para acompañar mi lectura. Leí Poetas Latinoamericanos, una antología completa de autores contemporáneos mientras saboreaba, como en mucho tiempo no lo hacía, una manzana. Muy tarde, cuando terminaba de preparar la clase para el día siguiente, recibí la inesperada visita de Avendaño, la salud de Alfonso se había desmoronado rápidamente por la tarde y la madre estaba desesperada.
Caminamos de noche por el pueblo, bajo el intenso azul oscuro, las calles empedradas comenzaban a secarse de la lluvia, debido al viento frío que corría de norte a sur. Subimos la pendiente hasta llegar a la parte alta, donde el lago se convertía en un espejo y reflejaba la luna.
—Esta es la casa, dijo Avendaño. Luego todo el silencio del pueblo se escuchó detrás nuestro.  Tocó la puerta. Únicamente Alfonso y su madre vivían ahí.
—Pasen— dijo Sarita.
—¿Cómo sigue?, preguntó Avendaño.
—Igual doctor, dijo Sara un poco resignada.
Nos sentamos en la mesa mientras el café comenzó a hervir en una pequeña olla de barro.
Desde la mesa veíamos, al fondo del cuarto, a Alfonso, quien abrió los ojos repentinamente para pedir que le leyera El coronel, aunque el doctor insistió que debía descansar para poder tener fuerzas y viajar al día siguiente al hospital. Alfonso solicitó ansioso la lectura y tuve que comenzarla. Su madre y Avendaño guardaron silencio, a la orilla de la cama, cerca de una ventana desde donde se veía el lago y la luna reflejada, empecé la historia de El coronel; al término de cada página hacía una breve pausa para mirar a Alfonso, quien parecía hundirse lentamente en un octubre muy lluvioso, nublado y gris.
Faltaban cerca de dos horas para el amanecer, ni el doctor ni la madre habían perdido detalle de Alfonso, de su respiración, de sus escasos movimientos. Escuchando la lectura, poco a poco, cada palabra comenzó a pesarles, igual que había sucedido por la mañana con Alfonso; cuando llegué a “debe ser horrible ser enterrado en octubre” me detuve, comprendí por qué Alfonso esa mañana había tenido una larga pausa y por qué cada palabra le había dolido, traté de omitir esa parte, pero Alfonso la sabía bien, me pidió que no cambiara nada, que continuará porque quería saber el final.
El Doctor percibió la angustia que tenía debido al final del cuento y solicitó a Alfonso un momento para que pudiera continuar.
—Necesita un poco de agua maestra, venga conmigo, dijo Avendaño alejándome de la cama.
—El coronel muere al final, ¿verdad? ... La historia es triste, comentó casi murmurando.
Acerté con la cabeza mientras lo miraba. Entonces también en sus ojos, por un momento, pasó aquel destelló de angustia. Tomé el agua y regresé a la orilla de la cama.
—Faltan tres hojas, pero está por amanecer y el doctor quiere que duermas un rato; mañana, antes de partir al hospital te leeré el final—  trataba de tener una excusa para no continuar la lectura, pero él se negó y con su voz que había comenzado a opacarse me pidió que terminara.
Cambié aquella historia; el coronel sobrevivió a sus heridas y el final llegó con estas palabras: “Cuando has sabido vivir no importa si te entierran en octubre”. Alfonso abandonó aquel desasosiego y tuvo un rostro más tranquilo. Días después su cuerpo se ablandó palideciendo.

Esa lluviosa mañana el pueblo asistió al entierro, llevaban entre sus manos flores blancas, mientras las campanas doblaban largamente; por la tarde, unas aves blancas surcaron el cielo y luego dejó de llover.

 

Ciclo Literario.

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