Juan de Yepes y el balbucear incógnito

Roberto Abuín González

 


 

Olvido de lo criado;
Memoria del criador;
Atención a lo interior;
Y estarse amando al Amado
San Juan de la Cruz

 

San Juan de la Cruz ha sido (dentro de la óptica hispana de la realidad mística) uno de los exponentes más esclarecidos en la construcción de un código preciso de integración de la otredad de lo real (aquello radicalmente Otro) mediante un sencillo y sutil, hermoso y precioso, refinado y generativo modo verbal ahincado en el verso como forma más excelsa de conocimiento y sensibilización de ese incógnito desconocido que es el Dios Escondido, al que San Juan de la Cruz una y otra vez intentó llegar sin saber cómo y sin saber de qué modo.

Intentaré pues en este texto acercarme curvadamente a la realidad de su verso pero no como un estudioso que intentase comprender el qué de su decir, sino como un profundizador que (inmersivo) desnuda su vínculo verbal con la deidad que mana a través de la Palabra y empieza a deshacerse como un misterioso Yo que (resurgente) emana a través de la palabra curva de un San Juan de la Cruz, integrado como cuerpo pero no como rostro. Integrar por lo tanto la realidad del verso de Juan de Yepes (nombre original de San Juan de la Cruz) mediante el uso desmedido de su radicalidad interactiva, de esa radicalidad interactiva que todo verbo porta cuando incógnitamente intenta comprender ese algo desconocido que se muestra (como Amante) en la noche oscura donde mi lazo virgen busca entregarse completamente a la completud de la santidad que todo inunda.

No hablaré pues de San Juan de la Cruz sino desde San Juan de la Cruz.

San Juan de la Cruz y el Rostro de la eternidad

No haré un ídolo sobre el rostro formativo de ése hombre que fue Juan de Yepes. No haré un cuerpo desde el que invadir el esperma formativo de su pensamiento textual en busca de la ingravidez perpetua de lo desconocido. Me entrecruzaré en su cuerpo y de ése modo naceré desde lo permanente de su pensar, de su palabra integrada en lo abisal.

E inquiero: ¿Qué huele mi ser cuando en esa gramática escucha el canto nocturno del aquejado de amor? ¿qué respiro yo cuando en la maraña del texto rajo la palabra y adentro mi sangre en el discurso que se hace carne viva y palpitante? ¿qué veo, yo escribiente, a través de la palabra de San Juan de la Cruz?

Y algo se desdobla en mí. Algo que ha sido parte integrante de mi cuerpo vital y ahora ya no es. Sólo llega a mí (hacia aquel que esto lee) el recuerdo de ser yo la Esposa que busca desesperada a su Amado, escapado en las lenguas de la naturaleza en esa noche en que el territorio me yaga, doliente, el cuerpo virginal de mí que espero ciervo en el interior de la maleza, donde yo (la Esposa, el alma que escucha insomne el sonido gorgojeante de mi Amado) espero insistente y desesperada el encuentro unificador, la consumación orgiástica, la integración de lo desconocido en mí, en mi alto y febril interioridad anhelante de él, Amor y Amado.

Eduardo Rubio

Sin embargo es preciso que sea su palabra (conocida sólo en su curvatura escrita) la que nos hable: hacer respirar en nuestro cuerpo su palabra indivisible, menstruada, fértil y rota al mismo tiempo. Hay algo en la noche, es cierto (me lo recordaba también mi visabuela una y otra vez), que es misterio e indefinible algo que mueve las cosas. Hay algo en la noche y permanece oculto. Algo hay que está acechando a la Esposa, a la que se entrega dificultosa de su origen al inicio donde palpita la fuerza de lo desconocido. Hay algo en la noche y habla un lenguaje, expresa un sentido. Sin embargo es complejo aproximarse a eso, es difícil definirlo sino por aproximaciones imprecisas a/desde lo informe, lo aún no formado, lo que carece de Rostro. Hay algo en la noche y lo rastreamos a través de la Huella, la Huella de su Decir. Como recuerda Emmanuel Lévinas en su libro La Ética del Infinito: hay otro que aguarda constante en lo que de noche tiene el ser; hay algo y la ética de su encuentro debe ser comedida como un cuidado constante hacia lo que no tiene rostro pero busca formarse como tal en nuestro lenguaje. Lo que informe se aparece como extraños pasajes donde el alma escucha llegar algo que por intenso no despierta sino que adormece, que por misterioso no enseña sino que hace olvidar. La palabra de San Juan de la Cruz, abismada en los éxtasis que lo desdoblan permanente muerte nocturna y sagrada, siempre está en la demasía formada sin ser algo pero siendo un sereno y suave compás que nada dice, que nada tiene por decir, pues su lengua no común sólo escucha, sólo respira la noche.

Habitualmente entendemos que la palabra que un hombre traza en su espesura dialógica hacia otro (como intento de comunicación o de intensificación de su experiencia) es una forma definida y compactada de una comunicación que se dirige directamente hacia algo: tendemos a creer que todo retículo organizado de sentido en el mundo se declara estrictamente según unas reglas de carácter muy definitorias. Creemos que la escritura, como muerte somática de la experiencia, debe reticular lo que de enigma contiene el transcurrir del tiempo, por eso logorreicamente nos esforzamos en contemplar en toda su expresión la contextura hilvanada de lo real como cuerpos que de un modo u otro repercuten sobre la experiencia de otro como corpúsculo digestivo, como alimento, como carne devorable. Concebimos, desde la falaz herida crística, que todo cuanto deviene debe ser entendido como un alimento, como un sacrificio depredable, como algo que (por jugosidad gástrica) devuelve hacia uno un sentido que expresa algo muy concreto: una dirección, una senda, un por qué, un orificio, un hueco.

La Palabra en su contextura occidental se ha hecho una pérdida permanente del sentido en detrimento de la constante reescritura de la posición en la que uno está. La coordenada como centro de una experiencia se define constantemente como un eje axial que devuelve la misma coordenada de nuestro ser. Olvidamos, según la esencia misma de la escritura, el acto destructor que ella misma conlleva, creyendo que ésta contiene toda lógica y todo compacto sentido de realidad. Olvidamos, como anunció el pensador alemán Martin Heidegger, la esencia dialógica de la Palabra que, en un movimiento intersticial profundo, provoca vértigo y constante duda sobre todo lo que es.

¿Es eso lo que la escritura hace originariamente o bien la escritura es, tal y como los llamados místicos entienden, un canal transductivo de una realidad que por incomprensible debe ser aprehendido (como enredada) en una muerte sobre la que ser en definición el tiempo de ese otro misterio que uno mismo encubre cuando pretende encontrar a Dios (misterio inefable: Deus Absconditus)?

San Juan de la Cruz, original en su aproximación, encuentra que no existe ningún referente de aproximación a lo real de esa otredad permanente que es lo divino (movimiento formativo de lo escondido de lo que llamamos realidad) sino mediante una curvatura que la Palabra busca despiadadamente en la noche del alma en que todos los sentidos acallados escuchan el gorgojear permanente de una fuente que, fría y oculta en la maleza, dice -en gramáticas desconcertantes- los recorridos que el Amado sigue por los caminos misteriosos de esas ínsulas extrañas por donde la Esposa, coribante o ménade, se pierde en pos de esa consumación perpetua en un origen del que (más allá del arca de Noé) se perdió la esencia comunal de la experiencia vital del ser.

San Juan de la Cruz es a mi modo de ver la culminación de un esfuerzo hispanoparlante por encontrar en la serenidad del verbo el modo acertado de expresar ese balbucear no diciente que mana cuando el hombre encuentra en su sueño ese escondido modo que no es modo porque es otro modo, cuando el hombre encuentra que está incompleto porque lo que falta es la experiencia de la ruptura de su palabra hacia la consumación de otra palabra que no está encarnada sino que queda por encarnar.

La expresión de lo conocido se cierra siempre sobre lo que es incógnito, fuente necesaria de todo lo que de un modo integrador deriva Palabra futura que aún no llegó. En cada una de las formas de ella (enigmática), lo eterno se hace rostro y canta.

 El Escribir y la Senda

Recuerdo una experiencia que viví en el Monasterio de Oseira (en Galicia, mi tierra natal, al noroeste de España) una tarde otoñal en que, conviviendo con los monjes cistercienses, mientras la calidez de esa majestuosa estación de tránsito declinaba sobre las arquivoltas del claustro de piedra, sentí (al término de un oficio de rezo y oración en una de las capillas del monasterio) que algo cedía en mi interior. Cedió algo compacto, como una piedra que obturase endiabladamente mi profundidad y centro. Era recién llegado al monasterio y me costaba adaptarme aún a ese modo tan estricto de vida, sin embargo (en el devenir disciplinado del tiempo) algo cesó sin yo esperarlo: cesó en el interior aproximado de mi corazón como una compuerta que hacía nacer algo que, agua viva, expandía mi dicha (gran dicha de ser en simpleza diaria) al abismal y hermoso jardín en que la vida dase como flores nacientes en un jardín que un jardinero desconocido riega y cuida delicadamente como Amante absoluto y total. Todo mi rostro se llenó de un color rojizo y suave que reflejó incógnitamente el suave aroma de la tarde y mi centro pulsante, latiente como una fuente, me decía en otra voz que lo secreto del alma era sintéticamente simple y que todo deambular en la periferia era sólo la búsqueda de un lenguaje desde el que permitir acceder a ese Otro Absoluto en algún ritmo frecuencial que no rompa nuestra experiencia vital sino que se acomode total, haciéndose feliz y fértil.

Ese día en Oseira nació desde mi centro otra voz que no era la mía y que no respondía al compendio constante de (los) sentidos discursivos que me habían acompañado hasta ese momento, sino que era una voz que no decía porque estaba diciendo sin decir, porque experienciaba sin experienciar lo que acaecía simple y llano en el mundo. Y sin embargo todo estaba preñado de un enigma complejo y oscuro que no portaba secreto sino misterio y escondite perpetuo, acertijo y desnudez constante.

La Palabra, pensé ése día, es algo que no está necesariamente definido por totalidad sino por aproximación constante a algo que, indefiniblemente, rasga nuestra vestidura hacia un Encuentro desnudo con algo que (esperándonos desde detrás de las viandas del juego que jugamos) permanece escondido sin rostro, aunque todo rostro es su rostro.

No defino de ningún modo la Escritura, es imposible. No defino la Santidad, es fútil. Sí podemos describir, sin embargo, la realidad que antecede la experiencia extática en la que el poeta o el místico entran cuando dejan de caminar el sendero de la luz visible y cotidiana y se embarcan a la noche oscura del alma en la que Él (Amado que nos ama a  nuestra permanente fémina, escondida entre la incoformista necedad de reconocimiento ante alguien) escucha nuestros pasos como si estuviese Él delante, aunque sabemos que está detrás, que siempre está detrás esperando el movimiento continuo y seguido de nuestro impulso hacia un nuevo descubrimiento. Ese descubrimiento que, ascendente como la subida al monte Carmelo de la que nos habla San Juan de la Cruz, nos propulsa a encontrar otra vez el Grial que escondido permanece oculto en algún recodo del camino que necesariamente debemos andar. Porque el secreto no está al final de los pasos que llevan al Monte Carmelo sino en el mismo proceso que lo hace llegar a ser como ascenso y peregrinación. No está la verdad de la peregrinación a Juquila o Santiago de Compostela en el hecho de llegar a ese centro sagrado sino en hacer que el camino sea la manifestación epifánica de lo sagrado, como trazo indeleble de lo otro.

Porque la Escritura será el Camino y la Santidad el Encuentro que es acontecimiento significador de ése mismo Camino. ¿Qué hacer entonces sino dejarse llevar, como me recomendaba el abad del monasterio de Oseira, en la trayectoria definida de la Palabra que uno trae sintética y desconocida en el  fondo de uno mismo? Dejar que sea Dios el que mi senda guíe, el que mi trazo haga proyectarse hacia lo infinito.

Eduardo Rubio

 ¿Dónde está la Noche de los Sentidos?

Despojándose de los sentidos que se ocultan tras las sombras permanece un secreto que (desconocido para los que solo observan el transcurrir de las horas) nos devuelve a una condición antigua en la que nada permanece y en la que nada es conocido. De ese modo, sin desear permanecer en nada, sin desear que la palabra sea transcrita a texto definido y total, absoluto  y completo, algo se mueve inexplicablemente desde lo aparentemente quieto. Y desde esa quietud una dinámica crea un nuevo territorio de experiencia. Lugar donde es posible la realidad del sueño. Ese lugar, extraño para nuestro cogitar cartesiano y dual, es la región transparente del sentido nocturno extasiado en el no-saber-sabiendo de toda ciencia que se autotrasciende como ser.

La cuestión es la siguiente: si nada es conocido en el origen de nuestra senda (nada hay donde definir un nombre que es principio de algo) ¿qué puede un hombre hacer para conocer algo que deviene en lo real? ¿qué podemos escribir, qué podemos hacer acaso para llegar a la realización de nuestra senda? ¿se involucra de algún modo lo santo (lo que Rudolf Otto en Lo Santo define como Mysterium Tremendum) con esa particular visión de lo común y habitual que en el trazo alfabético se erige como poema, pensamiento articulado, sentido expresable, gesto?

No olvidemos que la búsqueda de San Juan de la Cruz, al igual de Teresa de Jesús o Fray Luis de León, consiste en desvelar el vínculo cerrado (por corrupción y desnivel entre lo divino y lo humano) con Dios, para empezar (como niños balbuceantes) a rememorar ese otro lenguaje perdido en el pecado y en el atroz conformismo de nuestro discurso, de nuestro fontanar cerrado y privatizador.

Pensar que lo que hemos definido como absoluto de un conocimiento es lo absoluto, es tan necio como creer que la realidad es lo definido de lo que está por definir. Pensar que lo que se escucha es lo mismo que lo escuchado es confundir el todo con la nada.

El alma, dice San Juan de la Cruz, puede ser activa o pasiva. De igual modo, el intelecto puede ser agente o paciente. La conexión entre alma e intelecto es pensamiento: su lenguaje interior, su grafía emotiva. El pensamiento como esencia de lo santo o, por lo menos, la esencialidad fulgurante de su manifestación en una realidad. Así, el pensamiento del que hace un movimiento hacia la otredad sin ser consciente de que cada paso dado en el camino es (y debe ser) un sosiego constante que reflexiona sobre lo desconocido, no hará sino encumbrarse hacia la nada vacua en la que la retórica y el vacío encuentran la sembradura perfecta del maleficio del lenguaje. Cosa trágica para los que con ansia y desespero procuran encontrar el conocer de lo que permanece oculto y velado. Primer indicio debería ser, en nuestra búsqueda de la noche de los sentidos, procurar establecer el vínculo de lo que el alma y el intelecto -en su devenir impermanente- gestan hacia lo real como cuerpo de sentidos agentes, movibles, en cambio, en permanente crítica hacia sí mismos. Lo santo, aún no habiendo definición que lo sostenga sino por vivencialidad, no existirá si no existe antes una autocrítica de la condición natural de ser ente concreto, finalizado, definido. San Juan de la Cruz no sería tal si en un momento de su experiencia vital no rompiese el nombre que lo llamó “Juan de Yepes” para encontrar en el balbuceo de su inicial lenguaje el permanente fontanar de sí como otro, en el que la deidad amante llega por encima de las palabras a clamar un silencio sordo donde mi ser (esposa enfebrecida) descubre el cuerpo virginal de sí.

No hay recetas en el lenguaje que se pretende desconocedor de sí mismo, pero sí hay tendencias en ese lenguaje. No podemos definir qué debe el alma hacer para entrar en un estado de actividad sin embargo sí se pueden definir las órbitas en las que un verdadero conocimiento de lo santo habrá de desnudarse de la ridícula ociosidad del lenguaje verboso y autonegador empezando a gestarse ese otro sonido intrigantemente hermoso que sucumbe al alma enferma de conocimiento y ascesis en un estado otro de realidad en que, acrecentados los sentidos por esa fuente gorgojeante que no cesa, nace un movimiento nuevo que empieza a hacer crecer una cosa que, como niño en el interior del ser, fulgura esperando que la Palabra lo complete hacia lo exterior y duradero de la experiencia consciente del hombre mortal.

La realidad de un acrecentar la santidad (desvelarse en el autotrazarse enigmático de lo real como sacrificio) implica un hacerse riesgo permanente hacia lo desconocido: hacerse Cristo encarnado, hacerse el verbo mismo que en la carne se nutre, llagar la palabra y entrar en su misma interioridad. Como bien indica la Segunda Encíclica Vaticana, el misterio del hombre se esclarece a la luz del misterio del verbo encarnado. Tal fulgurante verdad solo puede ser manifiesta cuando el hombre, en su aplastante retórica exterior, deja esa fútil armamentística verbal para empezar el sabio camino de la kénosis (la pobreza exterior que culmina en acto total de comunión imperecedera con la otredad de la deidad) que, en desnuda presencia ante lo oculto de lo interactivo diariamente, se hace omniforme gorgojear de sentidos que hacen sucumbir al enano maldito que encumbra nuestra sombra, consiguiendo que ese niño que abismado se escondía empiece a nacer al nuevo movimiento de la vida, haciéndose desconocido (constantemente) ante todo lo ajeno, para -desde ese desconocimiento- reconocerse otra vez como portador de un Lenguaje que no es uno ni es mío sino que es Lenguaje origen, lengua primitiva que el Dios dice cuando nada permanece, cuando nada es.

El Lenguaje que no es Palabra sino Silencio empieza a manar cuando uno deja de escribirse y empieza a dejar escribir a Eso que incógnito mueve la naturaleza en su constante y desconocido florecer verbal y experiencial.

 “Decir el Enigma es callarlo para siempre”

Me encuentro al final de este texto como al inicio (tras intentar allegarme a lo santo de lo escrito, a la santidad de lo que se escribe, más allá de San Juan de la Cruz). Me encuentro como enfundado en el ouroboros eterno donde se esconde el huevo azul del conocimiento, encerrado en el lenguaje y sin conocer esa ínsula donde el pensamiento deja de ser algo y comienza a ser otro que no es ya algo sino cierre constante del sentido conceptualizable, parálisis absoluta de la razón delimitadora, inicio de la emergencia radical de lo instanciable más allá de todo control. Empiezo quizás, sin embargo y en toda duda instalado, a observar impermanente el transcurrir de Eso (lo que ya ni Dios llamo), moviéndose en los cerros distantes, entre las aguas de mis sueños: ábrense puertas más allá de esto escrito, más allá de cualquier palabra que pueda ser definida y transcrita firmemente.

Sin embargo el gusano que cierra el fontanar (el gusano al que alude permanentemente San Agustín) me inquiere: ¿He dicho algo que valiese la pena decir? ¿me he aproximado en algo a la experiencia sagrada del texto? ¿he encontrado en mi ruptura interior algo que la palabra (al igual que las transmutaciones verbales de Maurice Blanchot) desnude el ridículo orden del verbo enunciable? ¿he hecho algo en este texto que me aproxime a la santidad? ¿o más bien he deshecho la santidad para que el texto sea flujo de una fuerza en la que la explicación de lo santo se haga explicación de sí mismo? Sin respuesta al gusano atroz, la palabra se rompe y dice: -“ahora no, sigo siendo”.

caso la palabra que he intentado aquí no sea sino la misma balbuceante experiencia que me hiere (innombrable) en esta noche en que este texto aflora como un hecho o un sobresalirse de sí mismo hacia un cierre que intentase cerrar la herida de una palabra que no es conocida porque no respira y no piensa. Quizás en la noche (donde el sentido se calma) venga a mí la posesión del órgano excelso del agua viva y transparente del centro y dichosamente “en secreto que nadie me veía / ni yo miraba cosa, / sin otra luz y guía, / sino la que en el corazón ardía”.

 

 

Ciclo Literario.

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