Humberto Díaz Casanueva

José Miguel Vicuña


 

 

Con la publicación de “El aventurero de Saba” (1926), a los 19 años de edad, Humberto Díaz Casanueva inició su gran aventura en la Poesía. Poeta riguroso, excepcionalmente  veraz y profundo, buscaba  “ahondar en el fugaz reflejo del ser, su retorno incesante”.

    Apasionadamente lúcido, a través de su búsqueda poética tenaz, consagrada y ávida, nos entrega una a una sus visiones, cumpliendo su noble trayectoria de escritor con  maravillosa continuidad, en medio de  sus estudios teóricos, de sus tareas diplomáticas, de su labor docente.

    “Por mis lados dormidos, siempre en pos de una claridad/  he descendido hasta mirarme frente a frente”, dice en “Vigilia por dentro” (1931).

   “Quiero ser mi propio testimonio, la realidad de mi signo/  _agrega_ mas  ¿qué pueblo inmenso galopa,  respira, sufre?  El pecho de raíz, turbado está con ajenas substancias”.

El poeta se ha enfrentado al diálogo tremendo entre el ser y la nada; a la lucha entre la vida y la muerte; a la oposición real del pensamiento con la existencia viva, colectiva, actual.  Quiere  ser santo o quiere no serlo.  El problema está planteado: busca ser, seguir sus propias leyes. “Desesperado apago en mí la aureola de los santos, quiero descubrir mis propias leyes”... Y de pronto dirá: “¿Acaso mío es el ser?  Disperso está el canto de su más armoniosa expiación.  Siento el corazón pesado, ciencia de santos he de aprender”.

    En “La estatua de sal” (1947), dice: “Yo no sé lo que soy... Yo soy otro sueño dentro de vuestro sueño y entonces/  otra mano sale de vosotros y hace a un lado dulcemente vuestras manos y toma al ángel por las alas... Yo os dejo en el cuerpo un incendio lejano. ¡Aceptad mis ritos! “

    Pero en “Blasfemo Coronado” (1940), en “Réquiem” (1945) y en “La hija vertiginosa” (1954), donde el poeta alcanza la plena madurez.   Ante el tránsito portentoso de la  muerte, el Hombre, que se halla solo y ciego frente al Universo, escudriña el hilo de su conocimiento, la luz que traspase su ser convulso, clama y reniega de los dioses inconmovibles, se incorpora invencido y desolado ante la madre yacente, y el padre llama a su hija Vertiginosa: “Ven, ven, óyeme la mano donde suena la punta de la flecha/  maravilloso ardor/   vida más cierta manifestada al tacto de mis llagas”.

    En “Réquiem”, canto elegíaco a la memoria de su madre, Humberto Díaz Casanueva alcanza un hondo clima, en que las recónditas emociones, el dolor, la ternura y la visión de lo ineluctable, invaden al ser desesperado sin derribarlo.  Un vendaval de reminiscencias y de remordimientos sutiles, de recuerdos jubilosos, angustiados, plenos, desolados, lo llevan a un alto plano de serenidad, transida de temblor, abriendo fuentes insospechadas de contemplación y de esperanzas.  Los sentimientos, las imágenes, los pensamientos enlazados en este gran poema, encerados en una atmósfera propia, sostenida y ascendente, constituyen una unidad de excelso lirismo y una de las más  notables elegías castellanas de nuestro tiempo.

 

 

Tentativa de soledad

Por mis lados dormidos, siempre en pos de una claridad
he descendido hasta mirarme frente a frente.
Escribo las tristezas con mi vieja flauta de sombras
Mientras en los vasos de vino bebo mis diversos rostros.
Sin llorar despojándome de tantos estigmas mortales
aguardo al alma que fugitiva viene de su pasado
buscando una frente dormida para descender hacia la noche.
Quiero estar solo en mi gran espectro, mis miradas desiertas;
mis cantos me duelen por no terminar en su propio delirio,
apenas reluzco en ellos, apenas voy escurriéndome
como el rocío baja de los ojos de las sombras.
Quiero ser mi propio testimonio, la realidad de mi signo,
mas, ¿qué pueblo inmenso galopa, respira, sufre?
El pecho de raíz turbado está con ajenas substancias.
Vacila esta vena que entra a mi frente desde el crepúsculo
tan vasta como el pasado de fuego de una estrella;
de luz me deja sus señales mas su conjuro no alcanza,
que esta frente asila también malignos nudos.
¡Ah! el alma vuelve a huir con los pies helados del espanto,
adentro mío con cilicio estoy para devolver al día.

Martine Franck

 

 

 

Ciclo Literario.

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