El Origen de la Crónica

Joaquín Machado de Assis
Nota y traducción: Alfredo Coello


 

 

Joaquín Machado de Assis (1839-1908) es considerado un clásico de la literatura brasileña y universal. Fundador de la Academia de Lengua Brasileña, entre su obra novelista destaca  Memorias póstumas de Brás Cubas . Escritor, cronista, cuentista y un ciudadano comprometido con su país y su época. Harold Bloom lo considera “una especie de milagro, otra demostración de que el genio literario es independiente del tiempo y el lugar, la política y la religión, y todas las demás contextualizaciones  de las que se cree falsamente que determinan los dones humanos.”(Harold Bloom: Genios. Un mosaico de cien mentes creativas ejemplares.)
Ofrecemos como primicia a los lectores de Ciclo un adelanto del libro Cuentos y Crónicas de éste autor que publicará próximamente la editorial Sexto Piso y a la que agradecemos su autorización la entrega de este texto que data de 1887.

Eduardo Rubio

 

Existe un camino más o menos seguro de comenzar la crónica por una trivialidad. Simplemente decir: ¡Qué calor! ¡que desatado calor! Se dice esto, agitando las puntas del pañuelo, resoplando como un toro, o simplemente sacudiéndose el abrigo. Se escurre del calor a los fenómenos atmosféricos, se hacen algunas conjeturas acerca del sol y la luna, otras sobre la fiebre amarilla, se le dedica un suspiro a la ciudad de Petrópolis, y la glace est rompue; ha dado inicio la crónica.
Aunque, lector amigo, ese medio es todavía más viejo que las crónicas, las cuales apenas datan de Esdras. Antes de Esdras, antes de Moisés, antes de Abrahán, Isaac y Jacob, inclusive antes de Noé había calor y crónicas. En el paraíso es probable, se dice que el calor era mediano, lo que no comprueba lo contrario al hecho de que Adán andaba desnudo. Adán andaba desnudo  por dos razones, una capital y otra provincial. La primera es que no había sastres, no existían siquiera los casimires; la segunda es que, aún habiéndolos, Adán andaba suelto al azar. Digo que esta razón es provincial, porque nuestras provincias están en las circunstancias del primer hombre.
Cuando la fatal curiosidad de Eva le hizo perder el paraíso, acabó, con esa degradación, la ventaja de una temperatura igual y agradable. Nació el calor y el invierno; vinieron las nieves, los tifones, las secas, todo el cortejo de males, distribuidos en los doce meses del año.
No puedo decir con certeza en que año nació la crónica; sin embargo existe la probabilidad de creer que fue coetánea de las primeras dos vecinas. Estas vecinas, entre la cena y el almuerzo, se sentaban a la puerta, para desmenuzar los sucesos del día. Es muy probable que empezaran a quejarse del calor. Una decía que no podía comer o cenar, otra que tenía la camisa más ensopada que las hierbas que comiera. Pasar de las hierbas a las plantaciones del vecino próximo, y después a las vicisitudes amorosas de dicho vecino, y al resto, era la cosa más fácil, natural y posible del mundo. He aquí el origen de la crónica.
Que yo, sabedor o en la conjetura de tan alta prosapia, quiera repetir el medio por el cual las dos abuelas alcanzaron la crónica, es realmente cometer una trivialidad; y aún así, lector, sería difícil hablar de esta quincena sin concederle a la canícula el lugar de honra que le compete. Sería; aunque dispensaré ese medio casi tan viejo como el mundo, únicamente para decir que la verdad más incontestable que encontré bajo el sol, es que nadie se debe quejar, porque cada persona sea siempre más feliz que la otra.
No afirmo sin prueba.
Hace días fui a un cementerio, a un entierro, luego en la mañana, en un día ardiente como todos los infiernos y sus respectivas habitaciones. A mi alrededor escuchaba el estribillo general – ¡Qué calor! ¡qué sol! ¡Está para matar a cualquiera! ¡es para volverte loco!
¡Íbamos en carros! Nos bajamos a la puerta del cementerio y caminamos un largo trecho. El sol de las once de la mañana nos pegaba de frente, sin quitarnos los sombreros, abríamos los guarda sol y continuamos sudando  hasta el lugar donde debía verificarse el entierro. En este lugar nos topamos con seis u ocho hombres ocupados en abrir la tumba; estaban con la cabeza descubierta al levantar y hacer caer el pico y la pala. Nosotros enterramos al muerto, regresamos en los carros a nuestras casas o reparticiones. ¿Y ellos? Allá los encontramos, allá los dejamos, al sol, de cabeza descubierta, a trabajar a pico y pala. ¿Si el sol nos hacía mal, qué no les ocasionaría a aquellos pobres diablos, durante todas las horas calientes del día?
                                                                    

 

12/nov/1887

 

Ciclo Literario.

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