Se gana la noche

 Armando Revueltas

 


 

Édouard Boubat

¿Cuánto vas a cobrar?
            El taxista –de mirada que se sesga al más mínimo parpadeo– balbuceó (desgano de por medio) dos o tres preguntas. Al pie del auto, la mujer, vieja, apenas señalando sus pertenencias, pocas, tan suyas como la necesidad de irse. Estuvo negociando así con uno, dos, tres, siete, más de una docena de taxis y nadie quería llevársela. Iba y venía ella del arroyo a sus cosas, el altero de huevos en conos, la bolsa de chiles verdes, un manojo grueso de cilantro reseco, en el suelo dos cajas con latas de atún y sardinas.

¿Cuánto vas a cobrar?, decía antes de cualquier cosa.
            Así estuvo los minutos. La hora. La calle igual que una madeja gruesa y embrollada al principio, fue espaciándose, cada vez más abandonada. Caravanas de camiones urbanos de este lado y del otro, en coches la prisa, la noche, su velo oscuro segado por lámpara votivas desaliñadas. Pocos al lado de ella, parando taxis también, y yéndose, pero la mujer con el rictus de no saber cuándo.
            Pasó un pobre diablo desconchado, su cargador jalándolo a todo correr. Lo paró. Él contestó que no, le dijo, «ya me entró la noche y allí donde dejo guardado al diablo me cierran rete temprano».
La vieja, metidas las manos en su mandil decolorado, poco más que de angustia, miraba en dirección de la avenida esperando, firme y esperando. Cada vez menos gente. El mercado que se vacía. Un hombre viejo con su triciclo casi hasta el tope pudo haberla atropellado, pero ella lo esquivó por instinto.
            !Fíjese, vieja!
            Ése grito qué había de herirla, si no lo había oído. Sus cosas apiladas no eran materia inerte, crecían alimentadas por su mirada de congoja. Los carros, los autos de menos a menos, sola la avenida, los puestos, las casetas cerrándose. Uno que otro taxi era esperanza muerta, después ni eso. La noche fue haciéndose cerril, imperiosa. La frialdad húmeda, un viento tenue, trayendo los pasos de la gente, desde allá lejos. La mujer empezó por sopesar. Alzaba una cosa, trataba de acomodar la otra. La complicación eran los huevos. De sus cabellos libró la cinta: las dos cajas de conservas las ató a los extremos y colgadas del cuello puso a los lados las bolsas de chile, el manojo de cilantro en la nuca, atorado en la cinta. Abrazó amorosa los conos apilados. Luego se fue yendo igual de igual al paso de una oruga.

Como si por alguna cosa que se le hubiera olvidado volteó una, dos veces. Eso se podría creer así, pero la vieja echó el vistazo para confirmar que nadie la estaba mirando. Y como fue, nadie.

 

 

 

 

Ciclo Literario.

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