Miradas a un sol carbonizado

Sara Rousel

 


 

HOMBRE RADIANTE DE ALEGRÍA, 1968

Aquí comenzamos a percibir las teorías explosivas de los colores de Tamayo. Utilizaba toda clase de instrumentos de trabajo para producir texturas diferentes y explotar al máximo la riqueza de la materia pictórica. Las yuxtaposiciones de texturas y tonalidades le otorgan al cuadro una calidad de gran sensualidad y al mismo tiempo una composición equilibrada. La factura, es decir, cómo pinta, cómo aplica el óleo, muestra un conocimiento exquisito de las técnicas.

El hombre, siempre por al centro del cuadro, disfruta, espera, sueña, imagina ante una mesa en un lugar fantástico y desconocido. Una fascinante energía emana del rostro del personaje anónimo que, con una enorme sonrisa, reminiscente de los ídolos prehispánicos, parece anticipar un gozoso encuentro. Parece evocar una imagen misteriosa que se eleva en una nube de humo, una extensión de él mismo o quizás un reflejo de los sentidos y emociones que la obra exalta.

No es usual ver una buena colección de obras de Rufino Tamayo en su tierra natal, Oaxaca. La última gran exposición de este artista fundamental del siglo XX se presentó en la capital oaxaqueña en 1999, con motivo del centenario de su natalicio, en los tres espacios museísticos más importantes de entonces: el Museo de Santo Domingo, el Museo de Arte Contemporáneo y el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca.

La académica estadounidense Sara Rouse ofrece aquí un sucinto recorrido por las obras que, gracias al Museo de Arte Moderno de México, se exhiben en Oaxaca hasta el 10 de enero, luego de presentarse en Tampico. El próximo año el MAM expondrá esta misma colección en la ciudad de Xalapa. Pero es en Oaxaca donde este acervo ha despertado un especial interés, por el vínculo tan problemático del artista con su tierra. Finalmente, como escribió Octavio Paz, la pintura de Tamayo es siempre luz, inclusive cuando retrata la noche. Y Oaxaca, la tierra de la que este artista salió para volver muchas veces a lidiar con la incomprensión de sus paisanos, es también sol carbonizado.

Desde entonces no se había presentado una colección importante de este pintor en su tierra nativa. El Museo de los Pintores Oaxaqueños, para celebrar su primer año de existencia, inauguró el 14 de octubre tres importantes muestras: La Colección Rufino Tamayo del Museo de Arte Moderno de México, con 18 óleos y dos obras al pastel que abarcan la etapa de 1930 a 1970; los grabados de la colección “José F. Gómez” del Instituto de Artes

Gráficas de Oaxaca, que comprende 40 impresos en mixografía, litografía, xilografía y aguafuerte de Tamayo, más tres libros de artista ilustrados por él: el poema Aztlán, el Apocalipsis de San Juan y el poema Aire mexicano, de Benjamín Peret. Finalmente, una selección de retratos fotográficos de Rogelio Cuéllar titulada Estudio Tamayo, en los que el pintor aparece en su taller de la ciudad de México hacia la década de 1980.

El homenaje que estas tres exposiciones representan es importante, pero no subsanan el olvido agraviante en que las autoridades oaxaqueñas han tenido a su máximo artista. ¿Cuándo podrá contar la ciudad en que el pintor vio la luz con una colección mínima de sus obras? No hay que olvidar que Rufino Tamayo, antes de fallecer en 1991, obsequió a sus coterráneos el hermoso Museo de Arte Prehispánico que lleva su nombre, con una notable colección de piezas arqueológicas. También creó en la capital oaxaqueña un asilo para personas de la tercera edad, el cual funge hasta hoy como un modelo en su tipo.


¿Sería mucho pedir a los gobernantes oaxaqueños, ahora que están obsesionados por acumular dinero para campañas políticas, que recordaran todo lo que Tamayo hizo y hace por el buen nombre de Oaxaca?

Antes de que los costos de la obra tamayesca, de por sí enormes, alcancen cotas exorbitantes, sería bueno que los oaxaqueños colaborasen para lograr el arraigo definitivo de algunas obras originales del más original de sus creadores. Hasta el momento, el único que parece haber comprendido esa oportunidad es el pintor Francisco Toledo, quien adquirió las 40 obras gráficas, más un óleo, que forman parte del acervo del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca.


1. HOMBRE, 1971

Este cuadro es uno de la última etapa de la colección, pintado en 1971, durante un período rico de la producción de Tamayo. Como para muchos de sus contemporáneos, el arte era para Tamayo una manera de expresar sensaciones y cambios en el mundo. Los progresos recientes en tecnología del espacio incitaron a artistas para externar su inquietud por quiénes somos y qué vamos a ser. Este hombre mecanizado representa una deshumanización del ser.

Los personajes de esta etapa alcanzan un grado mayor de transfiguración y distancia. Aquí esta un hombre hasta los últimos reductos de su esencia. Con base en unos cuantos elementos, Tamayo muestra la deshumanización que vivó el ser humano durante el convulsionado siglo XX. El producto final de esta formación es una puerta que se abre al futuro para revelar el hombre-robot. Un símbolo perfecto para el interés de Tamayo en la enajenación, el hombre disociado de la naturaleza, de su propia clase y de sí mismo.



2. EL LÍDER, 1973

Dos años después de su retrato del hombre como autómata, Tamayo representó a los políticos mexicanos con cierto sarcasmo. La pintura de Tamayo es intemporal porque no refleja la cólera y reacciones en un momento determinado de la historia, pero su profundidad e inquietud constante lo hizo interesarse por las realidades de nuestro tiempo. No retrató a alguna persona específica en este cuadro, pero manifiesta una reflexión sobre el comportamiento de los políticos. El hombre en el podium está pintado con blanco, como personificara  pureza e inocencia. Se coloca sobre la oscuridad y con la ayuda de muchos micrófonos, le aseguran que su mensaje no será perdido. La masa uniforme de subalternos se somete a la obediencia del autócrata. El signo de la paz, multiplicado, promueve una interpretación irónica.

Estructuralmente, el líder demuestra un énfasis en la línea incisiva y el contorno, así como el uso de la luz y el sombreado que no se ve a menudo en los cuadros de Tamayo de esta etapa. El claroscuro continúa el mensaje que el líder lleva a las masas en la oscuridad.

PAISAJE SERRANO, 1961

En este paisaje Tamayo usó una paleta de
colores de la tierra oaxaqueña: cafés, marrones,
negros, y algo de azul y verde. En la composición
podemos ver la influencia del expresionismo
abstracto; se aleja de lo figurativo, creando un
estilo individual de expresión a través de las
texturas, el color, las líneas y las formas. El
cuadro se siente como un paisaje serrano, pero
no parece específicamente de esa región. Su
textura es áspera, como tierra, y las formas son
orgánicas. Líneas blancas cortan de través los
cuadrados de colores oscuros, como si fueran un
río serpenteando a través un paisaje. El horror
a los espacios abiertos ha sido conjurado con la
interpretación natural de la tierra y sus montañas.

 

 

Ciclo Literario.

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