La sed torturadora

Ludwig Zeller

 


 

Enrique Molina nació en el año 1910, en Buenos Aires.  Sus primeros años transcurrieron en estancias y lugares de la Provincia de Buenos Aires, Corrientes y otros lugares donde el horizonte parece infinito y pone al niño y adolescente frente a elementos terrestres que lo marcarán para el resto de su vida.  Cuando tiene nueve años, su familia se instala en Misiones, primero en San José, y luego en Apóstoles, junto a las ruinas jesuitas.  Ya  adolescente se trasladó a Necochea, junto al mar, y es allí quizás, donde se despierta su vocación viajera.  En los años siguientes estudió leyes en la Capital, pero solía sonreír  cuando se le recordaban estos títulos, ya que no ejerció jamás esa profesión.  Ha navegado en cambio por todos los mares de este mundo y el trópico y el ambiente de los puertos aparece en sus  poemas, adquiriendo ese ritmo ceremonial de las mareas.

     Su obra, que abarca más de una docena de títulos, celebra la naturaleza tropical y el amor de la mujer sensual, carnal y a veces despiadada y devoradora. Dirigió la revista A partir de cero,  y participó con los integrantes del Grupo Surrealista Argentino.  Precisamente uno de sus más bellos libros, Amantes antípodas,  está dedicado a su amigo Aldo Pellegrini, promotor de este movimiento.  Pero Molina es demasiado apasionado para pertenecer a grupo alguno. Sus viajes y estancias en diferentes países de América: Perú, Chile, Bolivia y las costas del Caribe, comunican a su poesía una exaltación dionisíaca de las potencias vitales el ser, su desenfrenado ímpetu del goce, de pasión ardiendo al rojo vivo, que la hacen única en el horizonte poético del idioma castellano.

     Ha recibido varios premios y menciones en su país y en el extranjero, porque en verdad su obra es un despliegue verbal del que no hay otro semejante en América.  El deseo, esa sed torturadora, atenaza sus mejores poemas.  Los trabajos del amor y su metamorfosis en palabras hacen de Enrique Molina (El Incierto), un mago absolutamente necesario en nuestra literatura, ese espejo ardiente de la vida.

     Leerlo refresca nuestra idea de libertad, de apasionado amor a los seres y al entorno que los rodea, el mar, las tierras cubiertas de bananos, las planicies verdes donde cae la lluvia.

     Para nosotros, sus amigos, está más vivo que nunca. Celebremos ahora al Poeta que como ninguno ha sabido exaltar la vida en sus detalles ínfimos, eterno.

 

ENRIQUE MOLINA.

 

ALTA MAREA

 

Cuando un hombre y una mujer que se han amado
se separan
se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del
      orgullo
la errónea maravilla de sus noches de amor
las constelaciones pasionales
los arrebatos de su indómito viaje sus risas a través
      de las piedras sus plegarias y cóleras
sus dramas de secretas injurias enterradas
sus maquinaciones perversas las cacerías y disputas
el oscuro relámpago humano que aprisionó un instante
     el furor de sus cuerpos con el lazo fulmíneo de
     las antípodas
los lechos a la deriva en el oleaje de gasa de los sueños
la mirada de pulpo de la memoria
los estremecimientos de una vieja leyenda cubierta de
     pronto con la palidez de la tristeza y todos los gestos del abandono
dos o tres libros y una camisa en una maleta
llueve y el tren desliza un espejo frenético por los
     rieles de la tormenta
el hotel da al mar
tanto sitio ilusorio tanto lugar de no llegar nunca
tanto trajín de gentes circulando con objetos inútiles
     o enfundadas en ropas polvorientas
pasan cementerios de pájaros
cabezas  actitudes montañas alcoholes y contrabandos
      informes
cada noche cuando te desvestías
la sombra de tu cuerpo desnudo crecía sobre los muros
      hasta el techo

los enormes roperos crujían en las habitaciones inundadas
puertas desconocidas rostros vírgenes
los desastres imprecisos los deslumbramientos de la aventura
siempre a punto de partir
siempre esperando el desenlace
la cabeza sobre el tajo
el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo

Y ese reguero de sangre
un continente sumergido en cuya boca aún hierve la
      espuma de los días indefensos bajo el soplo del sol
el nudo de los cuerpos constelados por un fulgor de
      lentejuelas insaciables

esos labios besados en otro país en otra raza en otro
      planeta en otro cielo en otro infierno
regresaba en un barco
una ciudad se aproximaba a la borda con su peso de
      sal como un enorme galápago
todavía las alucinaciones del puente y el sufrimiento
      del trabajo marítimo con el desplomado trono de
       las olas y el árbol de la hélice que pasaba justamente
       bajo mi cucheta
este es el mundo desmedido el mundo sin reemplazo
       el mundo desesperado como una fiesta en su huracán
       de estrellas
pero no hay piedad para mí
ni el sol ni el mar ni la loca pocilga de los puertos
ni la sabiduría de la noche a la que oigo cantar por
      la boca de las aguas y de los campos con las violencias
      de este planeta que nos pertenece y se nos escapa
entonces tú estabas al final
esperando en el muelle mientras el viento me devolvía
       a tus brazos como un pájaro
en la proa lanzaron el cordel con la bola de plomo
       en la punta y el cabo de Manila fue recogido
todo termina
los viajes y el amor
nada termina
ni viajes ni amor ni olvido ni avidez
todo despierta nuevamente con la tensión mortal de
      la bestia que acecha en el sol de su instinto
todo vuelve a su crimen como un alma encadenada a
      su dicha y a sus muertos
todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa
unos labios lavados por el diluvio
y queda atrás
el halo de la lámpara el dormitorio arrasado por la
       vehemencia del verano y el remolino de las hojas
       sobre las sábanas vacías
y una vez más una zarpa de fuego se apoya en el corazón
       de su presa
en este Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones
donde la furia y la pasión se mezclan al polen del Paraíso
y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de sed
intacta y sin raíces
cuando un hombre y una mujer se han amado
se separan.

Édouard Boubat

 

 

Ciclo Literario.

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