Fantomas no ha Muerto

Alfredo Coello

 


Vaciar el contenido de la estupidez humana, desconectar la insípida soledad del dorado recuerdo a nuestra humanidad, reciclar la mierda y lanzarla al campo de las ideas: tarea de héroes. Tal vez los de Lágrimas y Risas y no los de Carlyle o el superman gringo, no. El héroe de la vida cotidiana. Es el juego que nos propone en su reciente libro de espermatozoides analógicos o liebres en el desierto de la memoria, Autómatas espermáticos de Luis Alberto Ayala Blanco publicado por la joven editorial Sexto Piso. El espejo ha declinado a su deseo de ser borgiano. En la arena primigenia se disuelve el inconsciente de nuestro junk man o la historia de la libertad, nunca en el sueño ni en su realidad.
     Es la hora del tiempo sin círculos o manecillas que lo contenga. El tiempo es una lata de cerveza  que Godot bebe en cualquier esquina de los arrabales ya sea en la Grecia antigua o moderna o en los banquetes de teporochos en Tepito. La realidad de este texto no existe en sí misma, ni para sí ni para el otro. La llaga surrealista de las palabras automáticas sembrada en los sueños de nuestra niñez humana ha descarnado todas las puertas de su existencia: Ciorán y Heidegger habitarían los personajes del “Llano en llamas”  mexicano sin abandonar sus pinzas esclerotizadas en los cuentos de Jís y Trino; el Santo y la Tetona Mendoza bien podrían aportar algo a la güeva existencial de la nada.

Salvador Dalí y Horst P. Horts

     O entonces, es Boggie el aceitoso quien reparte madrazos a diestra y siniestra a los pendejos que se la creen, los eruditos de la política y la poesía; son ellos el basurero de nuestra historia. Y aunque usted no lo crea  va a encontrarlo en este libro. Un simple refresco a la memoria de nuestra urbe periodística.
     La lectura entre líneas de este texto lúdico es la Isla de Seil de Julio Verne (de acuerdo con mi lectura) donde sólo puede la realidad o el sueño aparecer en ese rayo verde: un haz de luz que emite el sol sólo en el instante cuando desaparece en un horizonte absolutamente despejado. Nos invita a destapar de nuevo el insomnio de nuestros destiempos. Todo instante refleja el presente cuando desaparece y el texto de los autómatas espermáticos de la libertad, parece, entrañable, cruzar este rayo verde a los que pocos se acercan.
     El fantasma de la libertad ha clonado las astillas y triángulos de nuestra modernidad y ahora Osmadiar, personaje de su novela-ensayo, ensaya y busca el delirio narrativo de la existencia en la llave de su metafísica, o los güevos del héroe para vivir la vida que nos ha dejado ser. Su narración es playa sincera y cotidiana de tú y yo, lector. Un toque de flauta afinada en lo más despreciable y ameno de la humanidad, al mismo tiempo tocatta y fuga de un Bach desconocido a punto de naufragar en las delicias insospechadas de todas nuestras cloacas. “La vida no vale nada” diría el filoso, no-filósofo, de las cantinas: José Alfredo Jiménez.
     Cierto, escribir es un acto de voluntad gitano, arpegio en el olvido a sus cuerdas; noches de insomnio o letras pegadas a la pared en su lugar, gastadas de tanto despegarse, sangra cuando los guantes hablan y los gusanos suben y bajan en Escher o en el barquillo podrido de nieve derretida en la baba de su infancia, en los labios del gurú sin rienda en las minas de carbón. Cuando los gusanos marchan la enredadera de los libros leídos se pudre y desgaja sabiduría en la ignorancia. ¿En donde el viento no se da vuelta? Los que fracasan son los verdaderos hijos de Dios, dice Luis: “Los otros  ni siquiera tienen el privilegio de fracasar, se limitan a estar en el mundo. Los fracasados son aquellos que una vez que prueban el elixir divino... caen. Únicamente puede caer quien ya voló muy alto, de otra forma es imposible. El fracaso es un privilegio que sólo algunos consiguen saborear”. Escribir es fracaso en el intento por decirlo todo... a un tiempo.
     Osmadiar es el Zaratustra de Nietzsche o el Funámbulo de Jan Genet antes de cruzar la realidad, o después de entender que la ciudad no existe todos los días. Todos los días revuelven, o para ser más romántico “vomitan”, el cielo inalámbrico, el alambre y la tabla de salvación hacia el otro lado de la vida. Donde la pregunta es un negro cubierto de Jazz o de golpes por la policía de su no-ciudad. Los remisos de la izquierda son testigo y los griegos o los intelectuales de pacotilla no tienen chance. El filósofo es una reciprocidad de la ilusión después de que la Universidad fracasó; antes y después la continuidad es una ilusión en la discontinuidad de lo masacrado en las aulas de lo nunca nombrado.
     Cuando un corazón se desgaja, aunque sea de hoja de lata o cristal; la herida  sangra hasta la cicratiz en su ya deletreada esperanza y es palabra donde se quiebra la vocal “A” después de la iluminación... “Morir no es una opción. Proclo decía que la muerte no existe, es un simple efecto producido por nuestra desbordante imaginación.” La sombra reclama su puntuación o alguna voz que se reconozca en este desenlace cada vez que a Osmadiar se le ocurra nacer antes de morir, o al contrario; el juego abre posibilidades más allá del asco y la gentileza de la humanidad.
     A final de cuentas, el maquillaje de la literatura y la ciencia humana, es el distractor de la figura ecuánime a la que aspira, como una línea de coca, el horizonte de todos los deseos. La realidad textual de los espermas asmáticos o de los autómatas espermáticos radica en la soluble sobriedad de lo inhóspito de sus preguntas y respuestas nunca acabadas, pues, de otra forma sería imposible escribir para violar las normas de la muerte y suculencia de los cadáveres escondidos en una mala noche puñetera. Cabe la aclaración que el autor es un devoto de la puñeta y, tal vez debido a esto, su escritura no le debe nada a los del otro lado, es decir, a los sinvergüenzas de pulcra y sacramental verdad en los templos del saber académico y literario o en las cloacas cotidianas de la política.
     Así la “muerte de todas las mentes” podría ser sólo la jubilación de la vida, pero sin salario, ni prestaciones post-mortem ni derecho a cualquier exilio en el sentido de la vida. Inventemos entonces el lector imaginario de este texto y ornamento en cualquier hogar decente, dejemos que su “ontología del asco” haga imposible lo posible: esos momentos que hacen irrepetible la descomposición de la historia. Fantomas es un prodigio en esta especie de prestidigitación y en su momento o en su refugio, seguramente ha de estar leyendo este libro-homenaje al maestro Albert Caraco. Léanlo, pues, para que no les cuenten...  

 

 

Ciclo Literario.

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