El ascensor

Edwin Cifuentes

 


 

Este ascensor es como un ser viviente, casi siempre amigo, a  veces extraño, a veces enemigo. Todas las noches, después  de las once, duerme, con excepción de uno que otro sábado que desvelado sube a algún inquilino de los pocos jóvenes que hay hasta su departamento del sexto piso. Invariablemente, menos el domingo, comienza a zumbar temprano, y termina, invariablemente también, a las once de la noche. Yo conozco su vida porque vivo en el último piso, hasta donde él llega y de donde él regresa. Su zumbido termina junto a mi cama, apenas separada de él por una pared delgada y un corredor estrecho vestido con una alfombra roja que desciende serpenteante hasta la planta baja. Cuando estoy en la cama puedo decir exactamente hasta que piso sube, si regresa, o si después de cerrar su chirriante reja  sigue a uno superior. Oigo todas sus paradas, todos sus arranques y todos sus traquidos de ascensor cansado y viejo. Muy rara vez viene al séptimo piso y si lo hace, es todo un acontecimiento, porque de no ser por mi único vecino, un viejo a quien nadie escribe, que casi nunca sale y quien nadie visita, indudablemente viene por mí. Cuando lo hace, mi buen amigo trae al factor, como le dicen en París al cartero, quien me entrega una carta llena de cariño y recursos para vivir. Pero este mes no ha venido. El mes pasado vino en los primeros días y hoy ya estamos a últimos y no se asoma. Si será que me han olvidado, que se perdió la carta o algo peor.

Louis Stettner

Le oigo que comienza a zumbar, temprano, cuando el joven del sexto piso y los otros jóvenes del edificio, se van a estudiar o trabajar, y poco después - cansancio y sueño por mis largas horas de trabajo nocturno - se comienza a burlar de mí. Es la hora del correo. De piso en piso viene subiendo con paradas iguales - unos cuantos segundos en cada una - en cada piso, y su zumbido metiéndose por las patas de la cama, se me comienza a entrar por los dedos de los pies, como cosquillas. Visualizo claramente a la conserje, una vieja amable y desgarbada, que con su nieto de seis años mete las cartas todos los días bajo las puertas. Ella sostiene abierta la puerta plegadiza del ascensor y el nietecito, como un corderito, salta y corre del otro lado del corredorcito a dejar su ración de cartas. Cuando el ascensor viene por el segundo piso el zumbido lo siento en los tobillos. Es una vibración hasta cierto punto monótona, pero acompañada de los traquidos parece que me quebrara los huesos. Al llegar al tercer piso el zumbido se me sube a las rodillas. Cuando llega al cuarto, está exactamente a mitad de su trayecto. El zumbido entonces se me sube a la cadera y allí se me estaciona. Es que en ese piso vive un hombre que recibe muchas cartas, pero no bajo la puerta sino de manos de la conserje. Es locuaz como un factor, parece un escritor, y sospecho que le cuenta historias al nietecito; y quién sabe si no jueguen al lobo y al cordero. Por eso se tarda tanto el ascensor en el cuarto piso. Cuando por fin oigo otra vez el chirrido del abrirse y cerrarse la puerta plegadiza, a veces bruscamente el sonido se intensifica. Hay como un arrancón de tranvía y yo siento que las rodillas se me bajan a los pies. Es que el ascensor se ha burlado de mí nuevamente: no hay cartas para ningún piso más allá del cuarto y está regresando de un tirón. No obstante, los primeros pisos se quedan a veces sin correspondencia. A veces, ellos son menos infortunados porque es solamente a veces. Cuando esto sucede, lo deduzco por el tiempo que dura el zumbido sin parar, y por el cosquilleo en los tobillos si es en el segundo, o en las rodillas si es el tercero el que se queda huérfano de noticias.

La vida de los hombres - pensaba antes - está hecha de probabilidades, y sin embargo, hay individuos como el del cuarto piso a quienes los humanos no le fallan jamás. Pero eso lo pensaba hasta hace pocos días, porque ayer el zumbido se me subió al estómago inesperadamente: no paró en el cuarto piso. Creí haberme equivocado, pero no, allí estaba el ascensor cada vez más cercano. Si hasta creía discernir lo que hablaban la conserje y su nietecito mientras subían. Ahora el cimbronazo especial del quinto piso, el primer chirrido de la reja, el segundo, esa sensación de vacío en el estómago y el murmullo vibrante, ya no zumbido, del acostumbrado final en el sexto piso. ¿Pero, y si continuara hasta aquí? ¿Y si le pidiera a mi corazón lo de esperar contra toda esperanza?

Metido en el túnel de tantos días de espera, casi inmediatamente lo oigo irse con su burla de todos los días: un adioooooooosss cada vez más lejano, hasta darse un sentón en el último piso, para mí, la planta baja. Fastidiado, como todas las mañanas por tan pocas horas de sueño, me levanto, salgo y me pierdo entre las calles de París intencionalmente, sin saber a dónde voy.

Por fin, un día al último piso. Casi enfermo de tantas vibraciones en el cuerpo, terminé por hacerme el desentendido. Lo oía, sin embargo, pero como en sueños. Me hacía el que estaba soñando con un ascensor que subía, que paraba, que subía, que traqueteaba, que subía, que chirreaba, que subía, que zumbaba, que  subía, que vibraba... Y de pronto, la vibración galopante, atropellante, se me instaló en el corazón. Me resonó por toda la caja toráxica, se me hizo un nudo en el estómago y me golpeó como un gong en las orejas. No había duda que el ascensor venía para el séptimo. No había duda que era una carta para mí. ¡Por fin! ¡Por fin llegó! Salté de la cama como un lobo hambriento de selva y panorama y entreabrí la puerta a tiempo que el nietecito, como un cordero, saltaba del ascensor hacia el otro extremo de corredor y metía una carta bajo la puerta del vecino. La conserje se había quedado sosteniendo con la espalda la puerta plegadiza y me miraba sonriendo con amabilidad, mientras su nietecito entraba al ascensor y me decía adiós agitando su manecita vacía.

Carta para el señor Reinaldo - me dijo ella como disculpándose mientras el ascensor comenzaba a irse - parece que le resultó un pariente lejano en un pueblo remoto de Baja California, en México.

Y mientras sus últimas palabras me llegaban como de alguien que se va al abismo, oigo al ascensor que se despide burlonamente de mí con su adióooooooooosss siniestro.

 

 

Ciclo Literario.

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