La carta improbable

Gabriela Revueltas Valle

 


 

Mis labios amanecieron extraños, abandonados. Y necesito escribirte hoy, que es un día sin  fecha y estoy en el lugar necesario, en donde siempre pienso en ti, ese lugar mío es para saber de una entraña humana y violenta. Pero hoy, lo que hice, en el afán más atrevido de mi vida fue llevarme tu lente, ese con el que miras para dentro y para fuera, ese con el que miras canciones, olores y el pasado del mundo y ¿sabes para qué? Para guiarme en tus palabras, en ese lento recorrido desordenado que inicias en tus libros, para alcanzar la sensación adecuada, para alcanzar el aire que envuelve cada una de tus palabras. Quiero descifrarte. Por que cada página inicia un vuelco y levanta el siguiente, como una marea de dimensión oceánica y el cretino que lee, comienza a mirar adentro de sí y aunque no quiera, comienza a escuchar por primera vez los lamentos extraviados desde el inicio de los tiempos. Es una locura. Iniciaste en mí una religión.
     Tengo la portada de tu libro adornando el librero, es aquella foto donde se mira la perspicacia y la profunda calma de tu mirada, ahora eres mi virgen, la imagen que me dicta el decálogo más amargo y lastimoso del mundo, aquel donde se vuelve imperativo escuchar el caminar de una hormiga. Pero me canso y quiero disciplina, me caigo, leo un poco de tu corazón y puedo seguir, ahora todo está cambiando, es un amor indecente. Porque aspiro tu olor, el más profundo y vuelvo a tu mirada, creo que sólo el aire nos aleja, el vacío y el tiempo y la geografía nos acerca, no puedo ver nada sin ti.
     Sí, todo es como si una Santa hermosa e intocable, que vivió siempre como mortal, pudiera resplandecer gracias a su propia respiración, una muy lenta y muy tibia, como cuando escuchas en el pecho de alguien su aire, y sientes un brazo y sientes curiosidad por los pensamientos de tu presencia en su pecho. Hay muchas preguntas y nunca las contestas, es un abismo, Clarice, así es como puedo describirlo. Imagino que me siento envuelto por tu pecho y los dos estamos callados, con toda la oscuridad del cielo nocturno encima. No puedo con eso, sólo soy un pequeño hombre.
     Te quiero decir que en esta religión había placeres, desgracia, amor, mucha ternura, nada de arrogancias, desesperación pero también sosiego, y a todo eso yo estoy entregado. Cierto, creo que siempre escribiste como con ansia, con el ansia del ingrato que enferma por nada, de las ansias como un  estado en el que necesitas decir mucho y no puedes, que congela por adentro y por afuera, haces estupideces, dices y dices y nadie te puede entender, es por no tener al escucha íntimo y preciso. Un escucha que puede hacer grandes definiciones, grandes interrogantes, que debilita su claridad en atropellar su respiración y la quietud, la que se necesita para respetar el ritmo vital del mundo. Es devastador. Tú eres todo lo contrario, todo lo necesario, aquella actitud de quien mira a su hijo, a su bebé cuando duerme. Me hizo falta quietud, pero tú me devuelves ansia, necesito correr dentro de tu prosa, sin descansar. Porque el efecto entre tú y yo es extranjero, en lugar de leerte cada vez que tomo uno de tus libros, lo que ocurre en realidad es que tú me estas escuchando.
     Leí en esa metamorfosis que estoy seguro hiciste con la soledad, un gozo permanente, por que la  permanencia es más que un golpe radical, como el disparo de una pistola en la frente, el que contiene la violencia de la sorpresa y no tiene porqué producir cansancio. La fuerza para ti fue dada en el infierno, de aquella fuerza de la vida, que logré entender como el mismísimo infierno. Así me hiciste comprenderlo, me siento cada vez más huérfano.
El infierno es el tránsito por el amor y trato de avanzar en él agarrado de tu mano, con el peor de los terrores porque sé que no te interesa hacerme tuyo, tú eres una virgen y la pasión te ha marcado, te hizo entregar la vida, yo siempre quise hacerlo y la guerra me asustó, me obligó a esconderme y a reproducir mi debilidad. Me hiciste tanta falta, por eso quiero tu voz, tu manera de tratar a la literatura sin esquemas propios, el esquema para ti es pura sensación. Eso eres, la virgen que representa la pureza y la vocación  por las sensaciones en la dimensión de las palabras. Tu fuerza es una divinidad en sí misma, por eso hoy muero.
     Yo padezco como muchos otros la incapacidad para definir mis sentimientos, en cada libro tú haces un tratado delicado de los más humanos y más elementales, es una perfecta filosofía anarquista de los sentimientos, sus circunstancias y sus detalles, haces la perfecta descripción de las cosas que no se ven, que más trabajo cuesta entender y que más sofocan su expresión. Me haces la vida, la mía, por que yo mismo la desprecio si no te escucho. Pero es grandioso, también tuviste la osadía de definir el tiempo y de preocuparte por la magia de la luz de la luna sobre tu cuerpo, sobre la luz y tu deseo en el cuerpo. Eres para mí, a estas alturas, una voz imprescindible. No me dejes de llevar que seré ligero.
     Clarice, lograste describir la forma en la cual yo llevo la razón de mi vida: “vivo por una estrechez en el pecho: la propia vida”, y ni siquiera me haz conocido. Me indicaste lo que es la nostalgia: esa sensación de haber perdido algo, no sé dónde y no sé qué. Me explicaste mis propios terrores, porque “la condición no se cura, pero el miedo a la condición es curable”; la cura: cosa que jamás tocaré. Te das cuenta ahora: no valgo ni lo que sufro, vivo desesperanzas y quiero echarte la culpa a ti, mujer de cuerpo y alma, de soledad impetuosa, de opuestos perfectamente equilibrados, mira sólo estos: del amor el odio, de la sonrisa mi fatalidad, de la alegría la modestia, de lo provisional lo definitivo, de la esperanza lo violento.
     Las fuerzas que acostumbras iniciar son de aquel nivel de los instintos, de  una capa sobre de la cual nadie quiere decir nada, pero solo tú y tú Clarice tienes la clarividencia y la autoridad para hacernos ser los escuchados, no te da miedo. No tienes humildad, por eso no me puedo desprender de ti, de tus modos y siento, solamente siento. Me rebasas, por que mi necedad es llegar a la posesión, pero ese impulso siempre es el errado: ¿quien va aprehender un espíritu tan endiablado como el tuyo?
     Diste hasta el fin de tus días lo magnífico sobre el conocimiento que tienes de ti misma, me transmitiste la sensación de quien vive escindido, como todas las mujeres y todos los hombres, con una parte femenina y una masculina en sí. Una cruel y la otra necia, una con pretensiones y la otra disoluta; como te deseo en carne, como me urge toda tu piel, como seguir vivo sin poder aproximarme a ti, como quiero que me quieras. Así: dividida y libre, masculina y altisonante. Yo, Luis, juro que no descansaré por tu espíritu y consagraré mi fe, si es que vale la de un miserable, a tu pecho, a tus libros y a ti. Cuando leas estas líneas no sé si para mí este mundo tendrá un sentido, pues lo notable es haberte descubierto sin tu permiso y lo mejor es morirme en tus ojos.
     Te devuelvo tu lente: L. A. P.       

Nota:
Este texto de Gabriela Revueltas, pretende provenir del espíritu de Luis Álvarez Petreña, quien se dirige a  Clarice Lispector (1925-1977).

Max Aub editó un libro en el cual revela las cartas que Álvarez Petreña (nacido en 1897, y muerto en 1969) escribió por adoración a una mujer, y  que nunca fueron entregadas. En ellas desflora su  desesperanza y nos transmite una de las certezas de Clarice Lispector: la revelación constante del amor se encuentra siempre en la carencia.  

 

 

Ciclo Literario.

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