Sólo queda el desierto

Askari Mateos


 

Luego de exhibir en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO) en 1995, y de haber sido invitada por Francisco Toledo para trabajar en el Taller de Papel de San Agustín, Etla, en 2004, Irma Palacios (Iguala, Guerrero, 1943) regresa a Oaxaca para presentar en la Galería Quetzalli lo que bajo el título de La Cifra y el Signo, es un cumplido para quien fuera uno de sus más grandes apologistas y amigo, el dramaturgo y ensayista, Juan García Ponce (1932-2003).

Alguna vez García Ponce apuntó que la obra de Irma Palacios “no se ocupa de ofrecernos nada nuevo -en el sentido de que sus obras sean  sorpresivas o diferentes-, al contrario, nos coloca frente al puro y antiguo goce de la materialidad de la pintura, sobre este punto podríamos detenernos indefinidamente”.

Tiempo después, en 2002, en un homenaje que varios artistas le rindieron en vida al escritor en la Casa de Cultura Jesús Reyes Heroles, Palacios se propuso: “escribir un cuadro a su amigo”. Con trazos a manera de signos de caligrafía generó piezas muy distintas a aquellas llenas de color y materia que llevaron a la crítica a reconocerla como “la poeta de la tierra”. Ahora esos paisajes abstractos se han diluido y purificado en un proceso vital en el que “uno va siendo mucho más esencial”; sin saberlo, en este ejercicio encontró otra veta para crear y, al mismo tiempo, para honrar al fallecido escritor, autor de innumerables novelas, ensayos, obras de teatro y antologías.

De este mismo trabajo, la crítica de Teresa del Conde ha señalado que es un homenaje a la escritura, “conminándola  a una metamorfosis que tiene que ver con los ritmos, con las estructuras visuales del quehacer escrito,  con las incidencias de la luz sobre el papel. Lo ha hecho sin utilizar  el alfabeto romano, ni el griego, ni el cirílico. En realidad no  utiliza ninguno”. Y como en todo ejercicio creativo los procesos se van siguiendo unos a otros, en Irma Palacios eso ha sido una máxima en la que ya prevé que una vez que agote lo que mediante su obra le tiene que decir a García Ponce, desarrollará una serie de ideas  sobre el desierto. Esto también lo atisba del Conde cuando dice que a Palacios “la inspiran los cangis y ciertas escrituras muy antiguas,  casi arcaicas, como muy posiblemente la inspiran también las regiones remotas donde se originaron”, quizás los desiertos de la antigua Mesopotamia, el lugar a donde se dirige su obra.

Un nuevo diagnostico emerge cuando Irma Palacios dice: “voy en un proceso en donde me gustaría llegar a la nada, a no necesitar nada, pero decir mucho”. La intencionalidad nacida de la conciencia que introduce a la nada como discurso es acaso también, a fuerza de un conocimiento amplio del trabajo, un proceso en el que se asume y separa de él como parte de un devenir racional.

La Cifra y el Signo es una muestra en la que la mente elimina lo que el ojo registra, sólo sugerencias estéticas que se abren a la posibilidad, para que, como ella misma comentó: “sea el espectador el que las cierre, cada uno de ellos lo hará de acuerdo a su parecer (risas)…estoy loca”.

Lo interesante de una pintura es la posibilidad que ésta tiene de conmover, por eso la repetición de fórmulas y los discursos dados (el indigenismo, la Conquista, las tradiciones) son manifestaciones sin evolución. Consciente de ello Palacios afirma: “yo no puedo estacionarme en un cuadro que se vende y reproducirlo toda mi vida… trato de ser coherente y ser libre para experimentar”. Como Sísifo condenado a subir eternamente su piedra, así estamos los hombres, condenados a la libertad de construirnos a nosotros mismos a cada instante.

Y para hacer evidente la libertad creativa y dar seguimiento al curso de su obra, Irma Palacios se encamina, como ella asegura, a la nada: “voy hacia el desierto que es la nada, que no es cierto que es la nada, es otro mundo diferente…” Tal vez homologando lo que escribiera García Lorca: “Los laberintos que crea el tiempo se desvanecen. (Sólo queda el desierto)”.

 

Ciclo Literario.

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