Rosamel del valle

Anna Balakian
Traducción de Susana Wald


 

Nacido en 1901 en Curacaví, Chile, de ancestro mitad español, mitad indio americano, Rosamel llevaba una vida doble. Pasó la primera parte entre los jóvenes literatos de Santiago en lo años en que el surrealismo emergía en Europa. Habiendo perdido sus padres a la edad de diecisiete años, adquirió totalmente a solas un tremendo repertorio de lecturas que incluían filósofos europeos y poetas del siglo diecinueve, un fundamento acucioso en literatura clásica y un amplio conocimiento de la literatura de los Estados Unidos. Diariamente se mantuvo al tanto con las entonces emergentes literaturas de avanzada tanto en su país como en el extranjero. Fue amigo íntimo de sus compatriotas poetas Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Humberto Díaz Casanueva (quien, después de la muerte de Rosamel del Valle, durante el régimen de Allende se convirtiera en embajador de su país ante las Naciones Unidas). Al mismo tiempo Rosamel vivió tan en su propia carne y tan totalmente el clima remoto de los surrealistas de París que incluía sus listas de lecturas en las suyas propias, hasta el punto de leer sus favoritos idiosincráticos, tales como las Noches  de Edward Young, que yo sospecho leyó en la traducción francesa al mismo modo como lo hicieran Paul Eluard y André Breton. Siguió la pista de todas las publicaciones nuevas de los surrealistas y tradujo muchas de ellas al castellano, incluyendo Fata Morgana, el texto quizás más difícil de Breton, del punto de vista lingüístico.
Rosamel del Valle realizó sus primeros trabajos remunerados en la imprenta de La Ilustración  y como reportero para el diario La Nación. A pesar de que vivía de trabajos serviles logró lanzar sus propios periódicos de corta vida, tales como Ariel  en 1925 y Panorama  en 1926. Tomó el cargo de periodista social y literario y en 1945 trabajó para los servicios de Correos y Telégrafos; mientras tanto gozó la magia de las efervescencias diarias en reuniones de café con el estímulo de amigos y licores. 
No sólo fue autodidacta sino también se autodenominó como poeta.  Su nombre verdadero fue Moisés Gutiérrez. Creó su nombre de autor de Rosamel del Valle apropiándose el nombre de una amada de su juventud que se llamaba Rosa Amelia del Valle, una indicación temprana de las dos vidas paralelas que iba a vivir. Como Señor Gutiérrez pasó parte de su vida en Nueva York, como miembro del Secretariado de la Naciones Unidas, en el Departamento de Publicaciones, y como marido de Thérèse Dulac, la bella compañera de trabajo canadiense de habla francesa con quien se casó en 1948. 
En esos años en Nueva York, como el poeta Rosamel del Valle gozó el estar en la gran ciudad. A diferencia del exilio de norma del personal del cuerpo diplomático, se sintió parte de su ambiente extranjero, mezclándose con el grupo cosmopolita de las Naciones Unidas, pero buscando también conocer cada esquina de las cinco grandes secciones de la ciudad que pueden evocar grandes escritores americanos como Whitman, Poe, Henry James, Willa Cather, Washington Irving y Eugene O'Neill, todos los cuales parece haber leído muy en detalle y por quienes profesaba gran admiración. Ubicó sus senderos en lugares como Greenwich Village y escribió acerca de ellos en La Nación, La Hora  y La Crónica. Ejerció tres profesiones simultáneamente: además de su trabajo de nueve a cinco en la oficina de publicaciones de las Naciones Unidas, sirvió como reportero para diarios y periódicos hispanoamericanos, y levantándose todas las mañanas a las cinco escribió sin cesar —poesía, ensayo, cuentos— usando ese talento que hiciera que el resto de sus horas despierto brillaran en un clima mágico.
Nueva York convenía perfectamente a su personalidad; era para él el lugar en que uno podía ser una persona totalmente privada y al mismo tiempo comunicarse con gente y cosas. Seres ordinarios, lugares y eventos urbanos asumían un aura para él, lo atraían como por magnetismo creando secretos laberínticos; de hecho Nueva York funcionó para él como lo hiciera París para los surrealistas europeos. El peligro era metafísico y no estaba asociado por la escualidez de los sitios urbanos. El estar a veces solitario no tenía nada que ver con el estar solo, y no había inconsistencia entre amar Santiago, su ciudad natal, y estar encantado por Nueva York, un lugar para exploración infinita. No conozco un escritor de los Estados Unidos que haya dotado a Nueva York con magia como lo hiciera Rosamel del Valle en la poesía y prosa que escribió allí. Fue tan feliz en el departamento en la 209 de la Calle Sesenta y Seis que estuvo muy desilusionado cuando a la edad de sesenta años estuvo obligado a acogerse a su jubilación. En 1962 volvió con su esposa a Santiago de Chile donde compraron una casa, pero su jubilación en la compañía de sus viejos amigos fue de corta duración. Habiendo sufrido las muertes de su madre y varios de sus amigos en un período corto de tiempo, murió "en sus sueños" —como dijera Thérèse— en 1965, a la edad de sesenta y cuatro años.
Esto para dar un sentido de contorno biográfico a una vida que fue mucho más complicada en los que él llamara hechos,  faltando una mejor palabra —es decir, cosas, eventos, sucederes en la esfera interior de su conciencia  (el percatarse, tener conciencia, sentido del ser) que en nada de lo que le sucediere desde afuera.
Cuando leo sus ensayos, así como las obras que tradujo, tengo la sensación de que estuvo siempre más cerca del surrealismo que del realismo mágico. En uno de sus ensayos encuentra redundante el término "realismo mágico", porque, según dice, toda realidad es mágica si el espíritu que confronta tal realidad contiene un sentido del misterio y una lengua de fuego. Lo que él apoya en los surrealistas es su afinidad con los locos, su escrutinio del detalle de lo ordinario en el mundo concreto alrededor de ellos, el uso críptico del idioma que permite posibilidades de trasformación —o, como él lo dice en uno de sus ensayos, la posibilidad de cada fenómeno. El inventa sus propias definiciones especiales de palabras comunes como tornasol, que es una flor pero también se parece al arco iris —pero el fenómeno tornasol  es más que la flor o el arco iris; es una forma de metamorfosis en el cual el poder de la magia transforma la existencia. Luego está pozo, un lugar hueco en su caso tanto lleno como vacío, una fuente de creatividad y subterfugio que porta todas las contradicciones de la personalidad humana; hay también un pájaro que habla, y compañeros que, una no está segura, pueden existir o no —porque se deslían como lo sueños— y asfixia  que caracteriza un sentido de malestar general combinado con el regocijo que él siente en el impacto de un encuentro con ciertas personas, objetos y lugares, y particularmente con la semi-demente, semi-onírica figura de Eva. 

*Anna Balakian ha sido catedrática de Literaturas Comparadas en la Universidad de Nueva York.

 

 

 

MUERTE ARDIENTE
Rosamel del Valle

La ciudad no era ciudad, ni Septiembre era Septiembre
Sin tu paso debajo de las horas. Sin la guirnalda
Que tejieron los olvidos. Tal vez para ti.
Un día sin nombre, algo gastado por la luz.
Las imágenes crecen y se visten al par del susurro
De un árbol o de una planta. Del ruido adormecedor
Que precede a la amapola.
Eso es aparecer y partir. Abrir el aire, abrir el tiempo
Y salir. Nubes, apártense. Viento, retrocede. Hay que ir
En un paso armonioso de hora en hora. En una búsqueda
De las pausas tenues. En un encuentro
Con la luz replegada.

Era duro pensar. Era amargo coger los frutos.
Era horrible nacer y pasar. Era extraño el recuerdo
Del tiempo en descenso en una lejanía donde algunos soles
Cantaban; en una época de leves costumbres, de un azar inconmovible y tenso.  Y había que ver la orfandad de la frente y de las manos; el horrible trabajo de los ojos tras las penumbras.
Tal vez las raíces se negaban, tal vez la tierra
Optaba por no hablar. Los laberintos abrían las puertas
Para perderse siempre. Y la memoria
Regresaba constantemente de un país que era un ruido.

Oh la vibración de una tierra y de un cielo
En ti. Las cosas ardían junto a mí. Parecían
Tenerme dentro, ver lo que yo no veía,
Cantar lo que yo no cantaba.
¿Hay, pues, una aureola? Si, hay una aureola.
Hay una comarca coronada de auras y de olas.

Y no siempre la lejanía tiene esa lumbre que traen
A menudo los pájaros. Ni siempre el mar celebra
Sus bodas con el cielo. Tal vez sea lo que los ojos
Guardan en el fondo de sus baúles. O lo que la frente
Esconde para el viaje nocturno, para entrar y salir
De los extraños reinos custodiados.
He ahí la des que marcha en largas caravanas
Por desiertos hundidos. El hambre que raspa
El rocío de los dientes.

Mi cuerpo ceñido por lo que pensé de ti.
Mi corazón sentado a las puertas de las iglesias.
Con la mano ardiente en el aire.
Mi vida grabada en los vitrales por donde el órgano
Se arrebata detrás de ciertos ángeles, como mi oído
Se desgarra detrás de ciertos sueños. Y en mi propia cabeza
el tiempo con harapos, con el invierno luciente, con el olor
De dejarnos manjares. Y yo estoy allí. Y yo debo recordar
La época fastuosa, los alimentos dorados, las copas
Hirvientes. Las amplias salas con guirnaldas. Y en la pared
El singular augurio para la gloria del joven Daniel;
Debo, pues, coronarme, con ese reino. Coronarme con ese cielo
Donde no estás. Con esa tierra que no te da su boca.
Con esa entrada al infierno
Yo, el que reina en tu reino.

Y tú estás en un parque, al sur de la ciudad. Tú estás
En leve conversación con el ángel de la guarda.
En una vieja estampa de varios colores, donde el blanco
Se une al azul para ser cielo. Y donde el amarillo y el rojo
Son las llamas que me esperan. Tú harás un movimiento,
El movimiento del aire al mediodía. Tú dirás una palabra,
La palabra de quien mueve las cosas, de quien junta
La piedra y el polvo. Tú tocarás el laurel.
Que sobresale del infierno. Ahí
Mi amor se unirá a tu amor.

Sola, sola entre las ruinas donde tus muertos
Se trocaron con mis muertos. Sola, sola en una ciudad
Donde yo debía estar. Donde debían estar
Los huesos padres de mis huesos. Ahí, en un jardín
Abierto entre la niebla. Las plantas guardan semejanza con las lámparas y van de un lado a otro, a menudo sintiéndose extranjeras, rechazadas por un sol tardío, por un viento dorado,
por habitantes ciegos cuyas manos nadan alrededor de las horas
y cuyo corazón busca donde detenerse.
Bella y trocada. Bella y ardiente entre las amapolas
Y los alelíes. Viva y ardiente junto a la música del agua
Desbordada. Sola y ardiente.
Sentada
En mi umbral.

 

Letizia Battaglia

 

Ciclo Literario.

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