Más  allá del cuerpo denso

Lorenzo León Diez


 

Relatos de un peregrino ruso a su padre espiritual
Anónimo
Estaciones Clásico
1997

Gurdjieff, Anatomía de un mito
James Moore
Estaciones
1996

Estoy durmiendo, pero mi corazón vigila
Cantar de los Cantares

En una época imprecisa, pero que parece ser anterior a la libración de esclavos en Rusia que tuvo lugar en 1861, un peregrino de gran devoción de los que poblaban los caminos visitando iglesias, monasterios y conventos, escribió un libro que llegó a manos de un monje del Monte Athos, el famoso centro contemplativo de los cristianos ortodoxos. El abad del Monasterio de san Miguel, de Kazán, tuvo ocasión de obtener de este monje permiso para hacer una copia del manuscrito y de esta copia se imprimió la primera edición del libro en Kazán en 1884. La primera edición publicada en idioma extranjero se produjo en Berlín en 1926 y en 1928 se editó por primera vez en París, seguramente como consecuencia de la gran migración rusa hacia Europa que se vivió por esos años.

Este libro es una joya literaria y un invaluable mensaje espiritual dividido en cuatro relatos, que narra las experiencias de un hombre que revela las técnicas de meditación, contemplación y trance del cristianismo primitivo, así como las fuentes bibliográficas para alcanzarla.

Es una obra que sin pretender ser teológica ilumina aspectos de la vida espiritual cristiana que pocos eruditos alcanzaron y funda la iluminación en la asunción de una humildad liberadora que revalora aspectos poco conocidos de una religión oficializada y que en su crecimiento ostentoso ha abandonado los mensajes esenciales que libros, como éste anónimo, expone.

Se trata de una oración o un mantram, para decirlo según la budeidad,  que, por su parte, George Ivanovitch Gurdjieff (ver Ciclo 38) comprendió y difundió entre algunos de sus discípulos (“Hay cosas que no se dicen sino a los alumnos”) y que, junto con la lectura del libro del peregrino, nos presentan una arqueología espiritual que prestigia en Occidente la maltrecha tradición cristiana.

Grupo de monjes del monasterio de Kerzhensky / M.Dmitriev

Todo se basa en la epístola del apóstol san Pablo a los tesalonicenses que dice: “Orad sin cesar”. Es, en efecto, la oración espiritual ininterrumpida, la oración interior incesante, la oración creativa de la inteligencia, la divina plegaria interior permanente, la oración del corazón, la oración o la plegaria de Jesús. (Relatos de un peregrino RP)

El cristianismo esotérico y Gurdjieff 

Veamos qué nos dice Gurdjieff sobre el tema del libro que en este espacio reseñamos, pues él fue un portador del “cristianismo esotérico”, toda su vida buscó unir diversos fragmentos de la devoción cristiana. Sus precoses visitas a Echmiadzin y al monasterio de Senaine, cuando joven, presagiaron viajes más largos: la búsqueda del origen de la liturgia cristiana en Capodocia, el legado de Hesychasm en el Monte Athos, el vínculo con los esenios en Jerusalén y de las raíces gnósticas en Abisinia. (Gurdjieff, anatomía de un mito G)

La doctrina de la Plegaria de Jesús fue expuesta por Gurdjieff, cuando atendía en una vivienda gris de una callejuela lateral de la Estación Nikolaevsky,  a su primer discípulo occidental: el músico Paul Dukes. En su origen –le dijo- estaba destinada a ser un ejercicio devocional de respiración que se entonaba en una respiración única y pareja. Dukes describe que “comenzó a sonar en el cuarto una nota plena, suave y baja, un Sol por debajo del Do central, puro y seco amortiguado por las telas persas que cubrían las paredes. Todo el torso de Gurdjieff vibraba, induciendo en mí una especie de suave corriente eléctrica.”

El ejercicio implicaba una inesperada unidad psicosomática: cuerpo y alma, aspiración y espiración se complementaban; la plegaria estaba conectada con la digestión e incluso con la calidad y circulación de la sangre, de una atención pura por arterias y capilares hasta que fuera posible sentir un nuevo “cuerpo” hecho de luz y presencia. La atención (siempre el concepto-eje de la metodología de Gurdjieff)  debía movilizarse totalmente y dividirse en partes iguales entre tres elementos: las palabras, el sonido y la respiración. Cristo mismo –y “en un lugar desierto”- había enseñado a sus discípulos a orar así, y lo había hecho individualmente porque la práctica estaba “muy conectada con la manera en que un hombre respira y nunca dos personas respiran exactamente igual”. La verdadera meta de la plegaria no era pedir ni alabar sino afinarse con el Logos: “lo que podría llamarse la nota tónica del mundo”. Y dado que “cada octava es una réplica, en su propio nivel, de todas las demás, un hombre que resonara con esta nota primordial podía desarrollar su ser individual.

De esta manera, Gurdjieff decía a sus seguidores: “En Turquía, Grecia, Arabia y Armenia se pueden ver hombres sentados todo el día en un café con sus rosarios. A ustedes les puede parecer que son holgazanes pero lo que están haciendo con esas cuentas genera una fuerza interior que no pueden si siquiera imaginar”.

Vida interior y conocimiento místico 

Pues bien, en Relatos de un Peregrino Ruso estamos ante el origen mismo de la oración contemplativa cristianay que se aprendía transmitida por los staretz de la iglesia ortodoxa cristiana o bizantina y fundamentalmente en un libro que compilaba los textos de veinticinco monjes griegos: La Philokalia, ( Estaciones tiene una edición, y Ontro, sello de Piados, publicó en 1999 Místicos cristianos, que incluye algunos textos de esta obra de culto) que contiene explicaciones claras acerca de aquello que la Biblia mantiene en secreto, pero que sugiere en versos como éste, del Cantar de los Cantares (5,2): “Estoy durmiendo, pero mi corazón vigila”.

En la práctica rutinaria de los cristianos estas obras infunden los valores que exigen un conocimiento místico y no un mero aprendizaje escolar (RP). Es interesante notar, en todo momento, que el escritor de estos relatos no tiene nombre, no le pareció importante rubricar su libro por lo que esta ausencia de lo que hoy es referente de trascendencia individual (la fama o, diría Malcom Lowry “la diosa perra del éxito”) cobra una dimensión simbólica, pues entonces, como hoy, pocos son los que se ejercitan en la vida interior. Parece que no se interesan por la iluminación espiritual interior pero ¡todo gira alrededor de la vida interior y de una oración realizada con atención! (RP).

De esta manera, el peregrino deduce que distintos autores se basan en conceptos y especulaciones de la sabiduría natural y no en la experiencia activa; hablan de las particularidades de la plegaria y no de su naturaleza esencial. Porque la luz divina de la plegaria interior permanente no se alcanza a través de la sabiduría de este mundo, ni por un mero deseo exterior de conocimiento, sino que, por el contrario, se la encuentra en la pobreza de espíritu y en una experiencia activa en la simplicidad del corazón.

Cuenta el peregrino: Los santos padres dicen que la oración de Jesús es el Evangelio abreviado y la Philokalia abre los misterios de las Sagradas Escrituras. Esta es la disciplina que nos propone: La oración interior incesante de Jesús consiste en invocar ininterrumpida y continuamente el Divino nombre de Jesús, con los labios, en el espíritu y en el corazón, mientras se tiene una imagen mental de su presencia constante y se implora su Gracia, durante cualquier trabajo, siempre y en todo lugar, en todo momento y aun durante el sueño. El llamado consiste en las siguientes palabras: ¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí!

Escribe San Simeón el Nuevo Teólogo: “Siéntate, solo y en silencio, baja un poco la cabeza, cierra los ojos, exhala profundamente, e imagina que miras dentro de tu corazón; lleva tu mente, es decir, tus pensamientos, desde tu mente a tu corazón. Al exhalar, repite: ¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí!; lo dirás en voz baja, con los labios, o simplemente repítelo mentalmente. Trata e mantener apartado cualquier pensamiento. Ten calma y paciencia y repite con frecuencia este ejercicio”.

Y el peregrino lee también a Nicéforo: “Si después de esforzarte algún tiempo no consigues entrar en el “ámbito del corazón como te ha sido enseñado, haz lo que voy a decirte y, con ayuda de Dios, encontraras lo que buscas. La facultad de pronunciar palabras se halla en la garganta. Aparta todo otro pensamiento (si quieres puedes hacerlo) y permite que esta facultad se repita sin cesar. Haz el esfuerzo de pronunciarlo siempre. Si insistes en esto durante algún tiempo, sin duda tu corazón también se abrirá a la plegaria. Esto lo sabemos porque lo hemos experimentado”

El staretz le dice al peregrino: Aquí tienes el rosario; para empezar haz con él tres mil oraciones diarias: sentado, de pie, caminando, acostado. Sin apuro, en voz baja.

Más tarde le recomienda que repita la oración seis mil veces diarias. Luego, sin faltar, doce mil oraciones por día, hasta que un día, dice el peregrino, temprano por la mañana, la oración de Jesús me despertó. Mi lengua y mis labios pronunciaban las palabras sin mi intervención. Es como una máquina a cuya rueda se le da un impulso y sigue funcionando largo rato por sí misma. Pero para que la máquina siga en movimiento hay que lubricar la rueda y darle un nuevo impulso cada tanto.

Así, narra el peregrino que a menudo soñaba que estaba orando y, durante el día, cualquier persona con la que me encontraba me parecía tan amable y tan cercana como un familiar. Los pensamientos se fueron acallando por sí solos y ya no pensaba sino en la oración. Mi mente comenzó a oírla. Mi choza solitaria me parecía un palacio maravilloso. Todos se volvían bondadosos conmigo, me sentía amado. Hay días en que camino más de setenta kilómetros y ni me doy cuenta de que camino; lo único que siento es que estoy orando. Me siento como semiconsciente; nada me preocupa, nada me interesa, no reparo en los vanos asuntos del mundo. Todo esto es sensorial; un estado artificial, consecuencia natural de la repetición.

Reconoce el peregrino que todavía no ha alcanzado la oración espiritual incesante que obra por sí misma dentro del corazón, pero gracias a Dios entiendo claramente lo que significan las palabras del Apóstol: “ orad sin cesar”.

Sin embargo, poco después, con ayuda de las indicaciones de su staretz, que ya muerto y en sueños sigue instruyendo sus lecturas, el peregrino tuvo la sensación de que la oración por su propia acción había pasado de mis labios a mi corazón. Es decir, parecía como si mi corazón pronunciara las palabras de la oración en cada latido. Dejé de orar con los labios y me dediqué a escuchar atentamente lo que mi corazón decía.

En una ocasión, leyendo a Teolepto de Filadelfia que dice: “Cuando estés sentado a la mesa, da alimento a tu cuerpo, lectura a tus oídos y oración a tu mente”, se le hizo claro al peregrino el secreto de que mente y corazón no son la misma cosa y ambos son anteriores a la ciencia y sabiduría humana.

De esta manera, cuando cerraba los ojos miraba mentalmente dentro de mi corazón, con el deseo de encontrarlo en la parte izquierda de mi pecho y escuchaba atentamente sus latidos. Después de poco tiempo empecé a divisar el corazón y a notar dentro de él un movimiento. Más tarde, ya hacia entrar y salir de mi corazón la oración de Jesús, con el ritmo de la respiración, según las instrucciones de San Gregorio de Sinaí y las de Calixto e Ignacio. Es decir, al inhalar, mirando en espíritu dentro de mi corazón, decía, “Señor Jesucristo” y, al exhalar, decía, “ten piedad de mí”. Más tarde el peregrino aconsejaría a un anciano ciego que lo acompañó en su camino a Tobolsk: Trata de acomodar las palabras de la oración al ritmo de cada latido de tu corazón. Con el primer golpe, di o piensa “Señor”; con el segundo, “Jesucristo”, con el tercero “ten piedad”; con el cuarto “de mí”.

A veces mi inteligencia, que había sido tan torpe con anterioridad, se agudizaba tanto que comprendía y meditaba con facilidad sobre cosas que no me hubiera atrevido a pensar en otro tiempo. Además si escucho algo con atención o leo, la oración no de detiene y siento ambas cosas al mismo tiempo, como si estuviera constituido por dos personas, o como si hubiera dos almas en mi cuerpo.

El peregrino emana una fuerza que se hace perceptible para todos, una vez, viviendo como siempre en casullas derruidas cerca de iglesias, muchos de los que frecuentaban la capilla comenzaron a visitarme, ya no para que les leyera o aconsejara, sino para confiarme sus penas y hasta buscando ayuda para encontrar objetos perdidos o robados, era claro que algunos me tomaban por hechicero.

El libro aclara una situación importante en el tráfico de las técnicas contemplativas entre las religiones del mundo. Una vez un hombre le dice al peregrino: tu método se parece al de los fanáticos de la India y de Bokara, que se sientan y se desgarran en esfuerzos por conseguir una sensación d cosquilleo en el corazón. No obstante, aclara el peregrino que fueron los monjes de la india y Bokara los que tomaron de ellos (los cristianos ortodoxos) el “método del corazón” de la oración interior, y no al revés.

El relato del peregrino concluye en visualizaciones a distancia, así como traslados de cuerpos que trascienden las limitaciones del espacio: El anciano ciego que lo acompaña a Tolbosk, puede ver, a doce kilómetros de allí, que la iglesia arde y se derrumban las torres, cosa que el peregrino sorprendido comprueba a su llegada. O un niño que aprende la oración del corazón y al morir aparece en su ciudad originaria, a tres mil kilómetros de distancia. El peregrino se sentía estar flotando en el aire en vez de caminando y otras veces me introducía en mí mismo y veía claramente mis entrañas.

Como un fisiólogo de la conciencia, el peregrino deduce: El alma humana no está sujeta a lugar ni a materia.| Puede ver en la oscuridad y puede ver lo que está sucediendo a distancia del mismo modo que lo que está cercano. Solo que no desarrollamos esta capacidad de nuestra alma ni damos lugar a su poder espiritual. La aplastamos bajo el yugo de nuestro cuerpo denso o dejamos que se mezcle con pensamientos e ideas azarosas de nuestra mente ordinaria. Pero si nos concentramos dentro de nosotros mismos, si nos separamos de todo lo que nos rodea y refinamos nuestra mente haciéndola más sutil, el alma se manifiesta por sí misma y ejerce sus poderes. Por eso lo que ha sucedido –le dice al anciano ciego- está dentro del orden natural.

El peregrino decidió dejar constancia para la posteridad de lo que representaba una experiencia sagrada y, a través de él, la donación de un mensaje para sus congéneres de todos los tiempos. Lo hizo siguiendo fielmente el precepto del patriarca Calixto que escribió: “No deberíamos guardar en nuestra propia mente los pensamientos acerca de Dios ni aquello que se aprende en la vida contemplativa, ni el conocimiento de los medios para elevar el alma, sino que deberíamos escribir acerca de esto por amor y para uso de todos”.

Parece pertinente dos comentarios finales del formidable libro de Treya Killam Wilber y Ken Wilber (Gracia y coraje. Gaia, 1991).
En las grandes tradiciones  –dice Ken Wilber- el Espíritu no se encuentra ni en el Cielo ni en la Tierra sino en el Corazón. Desde este punto de vista, el Corazón ha sido considerado como el punto de integración o de unión entre los Cielos y la Tierra, el punto en el que la Tierra sustenta al Cielo y en el que el Cielo enaltece a la Tierra. Ni los Cielos ni la Tierra por sí mismos pueden capturar al Espíritu; sólo su justo equilibrio –que únicamente puede hallarse en el Corazón- abre la puerta secreta que conduce más allá de la muerte, la mortalidad y el sufrimiento.

Treya, por su parte, cita al padre Thomas Keating en su obra Mente abierta; corazón abierto la dimensión contemplativa de la oración: El esfuerzo diluye la disposición receptiva básica necesaria para el desarrollo de la oración contemplativa, una verdadera acción sin esfuerzo...es simplemente la actitud de esperar el Supremo Misterio. Ignoras lo que es pero, en la medida en que tu fe se purifica, tampoco quieres saber.

 

Ciclo Literario.

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