Historia de mi otro yo

Alberto Vargas Iturbe


 

En la cabaña me sentí como rata fumigada, ya no pude aguantarme, solté la lengua diciéndole a Ruperto que estaba muy mal, que el tequila no me hacía ningún provecho y que funcionaba como un autómata. Subí a recostarme boca arriba para dormir mejor; me eché unos tragos de tequila y cerré los ojos; no vi oscuridad sino unas enormes estrellas con los colores del arco iris. Dos duendecillos golpearon mis dientes con un pequeño martillo; rápido me revisé, los tenía completos: ¡Maldita la cosa! ¿No estaré embrujado? Pero la verdad era que no creía en esas cosas, fue un maldito sueño. Salí, Ruperto dormitaba en la hamaca; me divertí mirando a un pájaro copetón de plumaje rojo con amarillo que jugueteaba volando de una ramita a otra, estuve mirándolo un largo rato, hizo que me separara del mundo. Cuando se cansó del juego se fue hasta que se perdió de mi mirada. Con unas varas empecé a tocar marchas militares de las que todavía recordaba, también las tarareé, así estuve un buen rato, como un verdadero demente, pero sin dejar de echarle tragos al tequila. Me cambié de ropa, andaba con el bigote largo y la barba ennegrecía mi rostro porque no me había afeitado durante días. Perdí la noción del tiempo, me puse muy contento, fui a la sombra del árbol donde jugaba el pájaro y pensé en lo solo que me sentía y en la idea de regresar al DE Corrí a decírselo a Ruperto; fue una sorpresa porque el acuerdo era que yo estuviera en toda la práctica, pero dijo que si lo deseaba estaba bien. En un baúl ya muy viejo empaqué todo lo que me pertenecía. Antes de partir fuimos a la fondita y pedimos pescado blanco, él comió con mucho apetito y bebió una cerveza, yo tomé tres, me supieron dulces; comí la mitad del platillo con un poco de asco. Salimos de la fonda y nos despedimos con un abrazo. El sol se estaba metiendo, caminé por la banqueta y escuché voces que decían:

Aquí somos muy pobres, deje sus maletas. Cada vez me insistían más; tiré el baúl y seguí mi camino a la terminal. Pregunté a la señorita a qué hora salía el camión a Pátzcuaro, compré un boleto y fui a lustrar mis botas nuevas que eran de pura paqueta de res; media hora más tarde abordé el camión. Era una carcacha, los rancheros subían con gallinas, guajolotes, puercos y chivitos. Uegué a Pátzcuaro a las ocho de la noche, me dirigí a paso ligero a la terminal del ADO; compré un boleto directo a México, pero el camión iba a salir una hora más tarde. Me senté en la banqueta, frente a la terminal; sin saber cómo, mi cabeza se transformó en la de un asno y los transeúntes que pasaban por ahí gritaban: ¡Usted es un burro! A toda la gente la veía extraña, eran como robots caminando firmemente sin voltear a ningún lado. Se acercaron tres jóvenes vestidos de conscriptos, llevaban unos palos como cachiporras, escuché que me decían: Este no es un general es un burro, y soltaban golpes en mi cabeza. Me hice bolita y resisti, aunque me habían sacado muchos chipotes. Todo parecía real, me dolió tanto la cabeza que al querer incorporarme quedé hermético, oriné los pantalones. Los jóvenes conscriptos se marcharon con gallardía dejándome moribundo. No supe cuánto duraron esos delirios, recordé que la charanda era buena para hacer dormir; fui a un estanquillo y compré una de a litro, le eché unos buenos jalones; recordé que tenía que regresar al J?F, fui a la terminal y mostré mi boleto, la señorita dijo que el camión ya había partido, di las gracias y me puse a caminar como lunático. Me daban un miedo terrible las pisadas de la gente. N o supe cómo llegué a la Alameda, no dejaba de tomar mi charanda, alucinando todos los labios de mis amigas, pintados, sin pintar, de mujeres blancas y morenas; estaba rodeado de labios que me besaban y succionaban mi miembro de asno, me sentia feliz. Ese panorama de labios lo interrumpieron tres judiciales panzones armados con metralletas; en un automóvil recorrimos toda la población, me trajeron a pura mentada de madre y no me bajaron de cochino y borracho. Me robaron el poco dinero que llevaba, al sacar mi cartera se dieron cuenta que era estudiante del DF, eso me ayudó un poco porque dejaron de golpearme. Me zambutieron en una casona vieja, en el interrogatorio se dieron cuenta que hablaban con un chiflado, porque hacían la pregunta y yo contestaba que era un asno y que mi cuerpo estaba hecho de cabezas nucleares y si no me soltaban iba a estallar de un momento a otro; eso les provocó risa; les hablé del peligro de la guerra nuclear, de los misiles al occidente de América.

 

Ciclo Literario.

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