El trasunto de las sombras blancas

 


Oscar Heras

Una pintura que se crea al interior de la contemplación, en el tiempo en que los artistas buscan en lo fragmentario la unidad o el atisbo de la totalidad, podría parecer anacrónica. Incluso la forma detenida en la visión material o en el instante fotográfico que se desplaza en pos de alcances no figurativos o abstractos pierde prestigio o es adjetivada con el título menor de lo decorativo. Pero detengámonos. La obra de Oscar Heras no solamente nos invade como la niebla de un paisaje rocoso, ni como un aroma de pinos bajo la luz helada de una mañana, o nos abisma en el vértigo de una cañada que bosteza en el atardecer o una lluvia que desciende como una seda en el paisaje. Hay algo más que mueve los cielos retratados a través de una lente de sanguínea precisión: el ojo de una cámara que el artista no conduce fuera de su cuerpo. Su lápiz, sus tintas, su paleta son herramientas que revelan una sensibilidad casi desesperada, pues los paisajes de Oscar Heras son visiones suspendidas en la emoción trabajada atentamente por un observador de sí mismo. No, seguramente no podremos encontrar a este artista delante de sus modelos naturales,  atmosféricos y cósmicos. No los está viendo, de otra manera no nos transmitiría el asombro de los sueños. Aquí estamos ante una representación que no pasa por la copia, es evidente que existe una rebeldía ante la fidelidad. El color de Heras tiene la objetividad de una conciencia en expansión, por eso su correspondencia no está con las laderas, los senderos, las cumbres, sino con un tejido fundado en la quietud de quien cierra los ojos para ver.  Es un presente perpetuo posible solamente fuera de la invención del tiempo (y como sabemos el tiempo es una compra humana). Entonces se trata de una investigación formal que encuentra a sus hermanos en los linajes orientales, en la estancia monástica abierta en el zen-tido de lo único, de lo particular por más que su mirada abarque la mayor cantidad de luz, de sol, siempre todo habitará bajo la sombra de lo indecible, o mejor, lo in-mirable (¿o lo admirable?). Eso es: una mirada del silencio o desde el silencio. Se trata, pues, de una obra ejecutada desde una intimidad fundida con la exterioridad. Cada espacio continente de material pictórico es una acumulación de energía disuelta hasta llegar a las sombras blancas de sus tintas. Por esto las naturalezas de Oscar Heras concentran lo mismo que el hombre, ante la soledad manifiesta de un bosque, descubre: la paz del ser divinizado por el instante que combina la luz y su alma. (LL)

 

Ciclo Literario.

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