El Pornócrata

Ana Luisa Calvillo.


 

Al escritor Alberto Vargas Iturbe se le conoce en Ciudad Nezahualcóyotl como El Pornócrata. Es un hombre de cincuenta y dos años de edad que suele resumir su vida con un inquietante recuento numérico: tuvo relaciones sexuales con más de cuatrocientas mujeres, se enfermó de gonorrea en doce ocasiones, se dedicó al negocio de las tiendas misceláneas y las llevó a la quiebra cinco veces. Nacido en Jungapeo, Michoacán, en 1953, Beto Vargas reside en Neza desde los veinte años. Es autor de los cuentos y novelas El sexo me da Neza, Una temporada en San Miguel Teotongo, Historias lujuriosas, Miscelánea Los Tarascos,  así como del poemario Vuelta a la prosa campesina, escrito de golpe, tipo catarsis, cuando le dijeron que podía tener Sida.
            “Cuidé cabras desde los siete años. En el patio de la casa siempre había burros, caballos, borregos, gallinas, pero jamás pensé en tirarme a una cabra. Veía cuando andaban en brama y cuando parían. Lo que sí me puso erecto fueron las yeguas: están buenísimas de las nalgas. Pero no les llegué. Me acuerdo que de niño me la empezaba a puñetear y se me subió un gusanillo en la cabeza del pene. Me erotizó mucho. Era de esos gusanitos que se convierten en mariposas.
            “Mi mamá era una campesina muy fuerte que nos sacó adelante. Aprendió a leer y escribir hasta los setenta años. Una vez me saqué el miembro bien parado y se los enseñé a unas niñas. Ellas decían bien emocionadas ‘¡mira, mana, mira!’ En eso pasó mi mamá. ¡Uta, se me bajó! Pensé que me iba a pegar pero no me dijo nada. Yo ya empezaba a tener erecciones muy cabronas… Mi papá fue mujeriego. Nos aconsejaba de niños que, cuando nos metiéramos con una mujer, a nadie le contáramos; que guardáramos el secreto, si era posible, hasta la muerte. Yo no lo guardo porque me gusta escribir, pero nunca digo los nombres”.

Tremois

            Para Beto Vargas el mundo gira alrededor del sexo. Todo es sexo, así como se puede decir en la Universidad “todo es política”. Su voz es tremendamente fuerte, no necesita micrófono; tiene el tono de los rancheros y las palabras del barrio. La gente de otras mesas en el café se asusta o se aparta. Pero la mirada del escritor es festiva, celebra la vida sexual a carcajadas; sus ojos adquieren un brillo infantil como si relatara travesuras. A lo largo de la entrevista no dejará de mover las manos ni la pierna nerviosa, abrirá y cerrará las rodillas, se quitará el gajo de cabello que le cae hacia la frente y se acariciará provocativamente alrededor de los labios.
            “En Jungapeo tuve mi primera experiencia sexual. Conocí a una muchachilla que ya se había acostado con medio pueblo. Le dije: ¿te invito una paleta de limón y te dejas dar un beso? Dice ‘órale’. Nos fuimos debajo de un mango. La estaba abrazando y besando, y muy fría me dice: no, no quiero eso, yo quiero así, de meter. Lo hicimos. Un tiempo anduve con ella. Le apodaban ‘La Fu’ porque decían que apestaba, pero en realidad era la diosa de la juventud”.
            Los padres de Alberto Vargas, Andrés y Catalina, eran dueños de una huerta en Jungapeo. Tuvieron diez hijos. Alrededor de 1950 la mamá decidió dejar a su esposo por infiel. Nunca se reconciliaron. Los hijos mayores abandonaron el pueblo y se establecieron en Nezahualcóyotl para abrieron una tienda miscelánea que resultó muy próspera entre tanta marginalidad. Alberto Vargas ingresó a la Preparatoria Popular y se integró de lleno al activismo estudiantil de 1973. Tiempo después estudió Sociología en la UNAM y formó parte del Grupo Comunista Internacionalista, el cual apoyaba huelgas, organizaba manifestaciones relámpago y sacaba el periódico “Bandera Roja”.
            “Fue la época del Giro Obrero —recuerda el escritor—; a muchos estudiantes les dio por meterse de obreros para organizar sindicatos independientes, impulsar huelgas y protestas desde dentro. Se tenía la visión de que íbamos a tomar el poder por la vía de las armas y una huelga general. Varios lograron hacer movilizaciones muy grandes; penetraron colonias populares. Yo estuve yendo un año a Morelos con los campesinos. Me acuerdo que estuvimos grillando a un señor; le dijimos que lo estaban explotando. Este señor se encontró al cacique del pueblo, lo tumbó, agarró una piedra y se la dejó caer en la cabeza. Lo mató.
            “A varios estudiantes nos iban a mandar a la guerrilla. Ya habían matado a Lucio Cabañas. El que seguía, un comandante, fue asesinado en un restaurante. Él era nuestro contacto. Ya no fuimos. Queríamos no solamente hacer la revolución en México sino en todo el mundo. Ésa era la visión de Trotsky: la revolución permanente. En el activismo me tocó una época bien padre porque las chavas luchaban por la libertad sexual. De hecho, si conocías a una mujer en la calle, al rato ya estabas en un hotel o en un carro. El condón no se usaba. Ahí fue donde tuve mis primeras gonorreas. Me salía pus por el orificio del pene. Los cuadros dirigentes se agandallaban a las muchachas más buenas que habíamos conquistado. Había también intelectuales que dejaban que a sus mujeres las trajeran los chamaquillos recién ingresados. Se raspaban en ellas con el pito bien parado. Las señoras no se quejaban. Y los intelectuales decían:
            —Déjenlos, que retocen los nuevos camaradas; andan confraternizando”.
            Cuenta Beto Vargas que un tiempo “se dio una empicada en La Merced”. Iba al centro a comprar mercancía para la tienda y aprovechaba el tiempo con las prostitutas. Sin embargo, donde aprendió las artes para conquistar mujeres fue en el mostrador de su propia tienda, cuando siguió los pasos del negocio familiar.
            “Las señoras llegaban y con una miradita se daba uno cuenta si querían mercancía fiada o dinero. Yo les decía ‘pásenle pacá atrás, les invito un refresco’. Las emborrachaba y las empezaba a agarrar; cerraba la cortina y órale, les daba pa’dentro. Para entonces ya les había dado dinero y mercancía que pedían: atún, sardina, galletas, todo lo necesario para que hicieran una buena botana y le dieran de comer a su marido y sus hijos. Una vez le di tres gelatinas a una señora y que me dice: ‘no, somos siete’.
            “Al principio ponía a las señoras sobre unos cartones. Luego fue necesario meter una camita. Se iban contentas con su mandado, hasta cola hacían. Se me juntaban. Como les daba dinero y mercancía, corrían la voz. Me hice bien famoso. Me llegaban señoras, chamacas, ¡niñas! Las niñas me daban miedo porque me podían meter a la cárcel. Llegó una que me dijo: si me das cien pesos, te la mamo. Dije ay, en la madre, mejor qué cosa quieres. ‘Los cien pesos’. No, mira, te voy a dar unos atunes para que comas y ya no vengas. Luego llegó una de dieciséis años que, caramba, estaba buenísima. Ya tenía un hijo. La estuve sondeando. Le dije pásate, y me dijo qué me vas a dar o qué. Te doy diez pesos si me das un beso. ‘Va’, dice. Uta, yo fumaba en ese tiempo y esa saliva que me dejó estaba dulce, sabía poca madre. ‘Te doy veinte y me das el otro, ¿no?’ Así estuvo hasta que me gasté cien pesos. Luego le dije: al fin que ya tienes experiencia, pásale para adentro, ahí tengo una cama. Y no, pues sí, luego-luego se hizo. Después ya no me la quitaba de encima. La estuve manteniendo casi un año.
            “Mi tienda quebró cinco veces. Todo me lo gasté en mujeres. Le decía a un compañero que se quejaba de no tener novia: No seas pendejo, ponte una tienda bien surtida y vas a conocer a cincuenta mujeres en dos meses. Las propias clientas te cuentan chismes y te conectan, nada más que se gasta porque entre más coge uno más quiere, ¿no? Cuando juntaba quince mujeres en mi tienda poníamos la grabadora a todo volumen y nos emborrachábamos. Ellas arrasaban con la mercancía: se tomaban cinco cartones de cerveza, botanas, hacían su mandado y cuanta madre… Un día, el miembro se me adormeció. Ya no lo sentía. ¡Hijo de…!, que voy a ver a un doctor. ‘Párale un mes’, me dijo: ‘te han succionado mucho’. Y es que diario le ponía. En la madrugada ya estaba durmiendo y de repente llegaban las prostitutas que también invitaba. Ahorita ya no tengo tanta leche, pero antes me brotaba como un ojo de agua”.
La fiesta era interminable para Beto Vargas hasta que sufrió la primera crisis de esquizofrenia y cayó en el Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez. Tuvo que dejar la política, el alcohol, la mariguana. Aprendió a controlar su enfermedad con medicamentos, quebró su última tienda y se puso a escribir. Ya era un lector voraz desde la Facultad y escribía relatos. Fue alumno de Fernando Benítez y Edmundo Valadés. Descubrió obras clásicas de la literatura erótica como Memorias de una pulga y La perla. Leyó a Balzac, al Marqués de Sade, Henry Miller, Anais Nïn, Dostoievsky…
Hasta los cuarenta años de edad empezó a publicar sus libros. El sexo me da Neza se vendió en puestos de periódico por millares aun cuando las editoriales lo rechazaron “por su contenido pornográfico”. Le siguió la noveleta Francisco Frías y el volumen de cuentos Historias lujuriosas. Su vida con mujeres no paró, aunque sí sufrió una sacudida:
“Por dejar el alcohol bajé como veinticinco kilos. Fui a ver a un doctor porque todo mundo me veía enfermo. Me tocó doctora. Me checó y empezó con el historial clínico; me preguntó con cuántas mujeres había tenido relaciones. Le dije: no, pues con un chingo. ‘¿Y cuántas son un chingo, cuarenta, cincuenta?’ No, doctora, como quinientas. Se asustó. Me mandó a hacer exámenes de laboratorio. ‘Usted probablemente tiene sida’, me dijo. Quise sonreír, pero la puta mandíbula se me paralizó. Fui a que me sacaran los estudios y de ahí me lancé a escribir. Hice un poema con todo lo que pasaba por mi cabeza en ese momento. Eran montones de cosas, no alcanzaba a anotarlas. Al otro día vi que el resultado salía negativo. Ya ni regresé con la doctora. Me daban ganas de ir a pedirle el culo por andarme espantando”.
En 1993 se casó con Julia González Luna y tuvo un hijo, Alberto. Recientemente falleció su padre, a los cien años de edad. “Murió buscando mujer”, cuenta el escritor.
Beto Vargas colaboró semanalmente en revistas pornográficas como “La cachorra”, “Guao”, “Lecturas para WC”, entre otras. Hasta la fecha su obra es publicada en editoriales alternativas, pero al escritor ha dejado de interesarle la diferencia entre erotismo y pornografía. El sexo, dice, es sexo. Se mantiene a flote con las rentas que recibe de la casa que construyó en la época de bonanza. Acaba de aparecer su novela Historia de mi otro yo, editada por el taller de Nezahualcóyotl “Espacios Literarios”.

Algo tiene Alberto Vargas que las mujeres lo siguen. Él se dice “viejo y panzón” a los cincuenta y dos años, y sin embargo algunas mujeres voltean y encuentran simpatía en sus estridencias verbales. Si ya no es la tienda, puede ser su estatura de uno-ochenta. O quizá la carcajada plena o el esmero con que procura a sus amigas. O es que atrapa su actitud de hombre libre, disponible siempre, que apuesta la vida en cada noche de sexo.

 

Ciclo Literario.

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