Houellebecq:  el nuevo tranvía ovárico

Félix Martínez


 

Es probable que el título de este breve escrito no tenga significado para muchos lectores.  Es posible también que haya quien lo encuentre familiar y, peor aún, simplemente ocurrente. Un viaje por el órgano de la femenina realidad, despierta imágenes, deseos o necesidades infinitas. Encarrillarse como lenta y electrizante locomotora  por una estrecha y rugosa ruta de carne no es, para nada, un acontecimiento menor.  Pero el título del escrito es una búsqueda personal necia y añeja. La frase “El tranvía ovárico” pertenece  a uno de los subcapítulos de la novela Trópico de Capricornio de Henry Miller. 

La descripción detallada del “tranvía ovárico” hecha por Miller, me produjo una profunda y alegre transformación hace ya tiempo; de una manera cruda me alejo del trillado y aburrido estereotipo del “poeta maldito” (falsa enfermedad que suele contagiar fácilmente a jóvenes estudiantes y artistas universitarios). La lectura me inundó de complacencia y me obligó a la búsqueda de autores vivenciales y de  “ovejas negras” de la literatura.

Amarrado al viaje milleriano me ocupé principalmente de escritores rebeldes, embriagados de ironía, sentados en alegre posesión de la marginalidad del mundo y sus seres. Más allá de la enorme capacidad que produce para imaginar y soñar con ánimo quemante, la literatura milleriana me llevó a una revelación del lenguaje. Encontré al escritor que sujeta las palabras para expresar emoción, irreverencia, clamor, deseo, flujo, vitalidad, encierro y exaltación de sí mismo. Es aquí donde deseo explicar el título de  esta breve recomendación.

Iziz / Jardín de Luxemburgo

Relacionar arbitrariamente a Henry Miller (1891-1980) y Michel Houellebecq (1958) es tal vez un acto de ingenuidad (afortunadamente no soy un crítico y erudito literario), pero es también una elección porque encuentro una postura literaria coincidente en ambos escritores.  No pretendo demostrar un conocimiento grandilocuente y a la vez escurridizo –tan común en un país que vive bajo el yugo de un pequeño grupo de opinadores “cultos y conocedores”-sólo me propongo exponer, brevemente, que por tradición han existido escritores  que ven a la literatura como aventura y desesperación.  De que existen escritores exponentes de las dudas y gozos que habitan a  hombres y mujeres en una cierta sociedad y en un tiempo específicos; que en sus escritos padecen sus propias crónicas y placeres, pero extendidos al resto de sus vecinos,  con independencia de sus nombres, género, nacionalidad u origen.

Si bien, como nos insistió Borges, a lo largo del tiempo los escritores coinciden en los temas que tratan (el amor –y claro el desamor-, la muerte, el destino, la soledad, la lucha interna, la moral, las relaciones interpersonales, etc), la diferencia se establece en la postura que toman y desde la que disparan sus golpes. El “asunto” literario (nos lo ha contado Fernando Pessoa),  depende de dónde está parado el escritor y cómo vive lo que le acontece. Pessoa nos demostró con sus heterónimos que una persona puede ser varias a la vez,  y que por ello puede desnudar mundos diferentes, plazos diferentes, amores diferentes. Nos demostró que un mismo cuerpo escribiendo puede ocupar dos o más lugares a la vez. Nos enseñó que un hombre parado en la cima de una montaña al mirar al frente descubre un mundo, mueve ligeramente la cabeza y descubre otro, y así a cada centímetro de movimiento se le revelan mundos infinitos. Para los lectores ávidos  identificar dónde se paran cada uno de los escritores es conocer la postura literaria que fijan y defienden.
De esta manera podemos hacer un ejercicio en nuestra pequeña y cerrada  aldea. Si elegimos a tres de nuestros más leídos e importantes escritores contemporáneos, por ejemplo, Guadalupe Loaeza, Carlos Monsivais o Carlos Fuentes, y nos preguntamos desde dónde escriben, no podemos dejar de observar que exponen la frivolidad, la comodidad cínica, la ocurrencia boba y  el snobismo petulante. Pero también existen otros escritores que silenciosos y solitarios, como Juan Rulfo, se paran en la montaña de la dureza. En los hechos, en México la mayoría de los escritores se paran desde la adulación mutua y la comodidad social. 

Pero la cuestión de mi escrito es ubicar el sitio; ¿dónde se paran Henry Miller y Michel Houellebecq?  Miller está embriagado de una profunda sensación de incomodidad mundana, pero no se agita como un  existencialista sartreano (impotencia, dolor, culpa, terror), al contrario camina, se balancea y canta en la noche mísera y desesperada del progreso. Vive con agonía permanente, pero grita, se carcajea y exige sexo intenso, amor intenso,  hambre intensa, desprecio intenso, gozo intenso, burla intensa, idiotez intensa.  Miller grita, hace su diagnóstico y arrasa con todo, no busca que lo acepten, que lo aprecien; su voz es gutural pero suave. No importan las clases sociales y su lucha; no importa los dioses, no importa la política justiciera, no importa lo correcto, no importa la moda, la familia, el amor fiel, nada importa y se ríe… “si, como dice Emerson, la vida es lo que piensa uno todo el día, mi vida es un gran intestino, todo el día pienso en comida”.

La obra de Miller esta sellada por la postura del francotirador que incomoda con sus reflexiones, que produce cólicos por su manera de describir las relaciones con sus reflexiones cargadas de vitalidad (calles, vecinos, vivos, muertos,  artistas, banquetes,  prostitutas) y de toda esa reflexión, de cada movimiento de la rutina, no busca situaciones especiales. No  tiene héroes bellos, virtuosos, justos, ricos, elegantes, inteligentes. No es Marcel Proust tratando de describir el estilo de vida de un grupo que busca a toda costa distinguirse y construir un mundo “intelectual”,  “estético”, “diferente”  que adorne las ciudades de todo el mundo con formulismos y exigencias sociales.

Miller va por la calle, por los cafés  y el mundo es extenso.  Los personajes son todos, y ahí donde todo parece rutina, ahí donde todo es pobreza, ahí se encuentra el artista lleno de esperanza  y vitalidad, arrojando sus  sentencias a  aquellos que tienen o creen tener el dominio de la vida económica,  social y artística. Estos no son más que snobs, como deseaba Marcel Proust.

Miller y Houellebecq coinciden en la postura anti-snob, aunque el primero escriba su vida y el segundo, fundamentalmente, novelas.  Los separan más de 60 años de historia, pero ambos muestran un mundo que se aleja de la autocomplacencia individualista y la aceptación social. Coinciden al ubicar y recuperar al hombre común y ordinario y le dan voz para expresar su vacío, temor, angustia, pero sobre todo su existencia irónica, por no estar a la altura de los grandes triunfadores. Defienden y exponen la vida de los perdedores, llenos de lúcida risa. 

En el caso de Houellebecq aún no podemos llegar a una conclusión, y por ello tampoco podemos saber el peso que a lo largo del tiempo vaya a tener en la literatura (a pesar del debate que ha generado en  Francia por sus criticas a la generación panzona, aburrida y nostálgica que gana poder social y político por  su participación en la protesta juvenil del 68)  pero sí podemos acercarnos a su obra hasta ahora publicada; comentaré enseguida los libros traducidos actualmente al español.

En Ampliaciones en el campo de batalla (Anagrama 1999), nos presenta a dos personajes marcados por el fracaso social.  Soportan su rutinaria vida a través de la indiferencia, la burla mutua y la crítica diaria para no morir en el vacío que provocan el trabajo y las amistades. Un ingeniero odia todo a su alrededor y reiteradamente observa y vive el  campo de batalla que lo abarca todo: el  amor, el trabajo, la familia, la calle, los amigos, el sexo. Para tener sexo es necesario formar parte del mercado de los bellos cuerpos,  juveniles,  bronceados, a la moda, con status y arrogancia desmedida; todo basado en la idea de que  para ser un hombre o mujer “deseable”  solo es necesario consumir ropa, conocimientos vanos, bienes, amistades, alimentos, todo. Bien lo demuestra el  trágico personaje joven y obeso que no puede conseguir una relación, que por su cuerpo no podrá jamás obtener uno de esos “sueños juveniles” que van mostrando sus hermosos culos, adornados por dinero y moldeados por hambre con tal de sentirse deseados por otro cuerpo con el mismo adorno. Nos describe lo doloroso y ridículo que es ser un consumidor de ropa de moda, pelo de moda y no obstante padecer  una  constante sensación de rechazo.

Todos viven el sueño de tener uno de esos cuerpos llenos de vitalidad, frescura y éxtasis que aparecen en los comerciales de televisión y en los concursos de belleza. La tragedia es que el antihombre moderno sólo a través de los sueños y la masturbación podrá disfrutar de una de esas mujeres producto del mercado.  Así  son la mayoría de los hombres y mujeres que genera una ciudad llena de vitalidad, de  arte, de héroes revolucionarios, de desarrollo y bienestar, de glamour contaminante. Esa es la desgracia de ser un hombre común en la ciudad de París.

En Las Partículas Elementales (Anagrama, 1999) nos encontramos con los hijos de los envidiados héroes del 68 y del delirante movimiento hippie. Son engendros que ha producido la gran revolución juvenil, nacieron en la locura y descienden a la locura y la soledad. Es la historia de los abandonados por la libertad individual, la búsqueda espiritual y la libertad sexual; son los nuevos hombres del nuevo tiempo.  Los personajes son dos hermanos llenos de resentimiento y rabia oculta en una permanente soledad.  Vivirán siempre bajo el yugo del ejemplo mostrado por sus “progresistas” padres. Vivirán odiando el pasado, el presente y el futuro. Serán eternamente vanos, limitados, aplastados por la belleza del rock,  la plenitud rebelde,  la sensibilidad espiritual y  la sensación de siempre y para siempre ser joven. Nada volverá a ser igual cuando el ideal de la juventud es Mick Jagguer y su escuadra de “insatisfechos”. En el supermercado de la  plenitud juvenil, todo lo demás no importa mientras se es joven, rebelde, espiritual y libre; con ese nuevo mercado lo único que queda es ganar dinero y crear un mercado extenso y universal de la rebeldía ya que ser la protesta misma es financieramente redituable. Para ello habrá que adquirir juventud  y libertad a altos  precios; comprar un  “estilo de vida” para ser propietario y heredero de la “gran revolución juvenil”. 

Las Partículas Elementales generaron vergüenza en mí, al notar mi devoción por los revolucionarios y los hermosos rebeldes adinerados.  Los que crecimos adheridos  a la idea y sentimiento de izquierda tuvimos siempre una profunda sensación de haber perdido la fundación del mundo; nos auto recriminábamos por no haber estado en el 68;  esperamos signos de un nuevo movimiento estudiantil similar.  Escuchábamos avergonzados a nuestros gurús que reiteradamente nos hablaban de su participación en la gran gesta, de sus héroes y mártires. Seres iluminados que decían “y en aquel tiempo… la juventud sí era crítica”. En la universidad veneramos, a veces sin ninguna razón, a aquellos profesores que nos dicen participaron y fueron miembros activos. Ahora nos preguntamos con Houellebecq: ¿Qué  pasó con toda esa gesta heroica? Tenemos a nuestros héroes llegando al poder y disfrutando de sus mieles; tenemos a nuestros sacros profesores que viven en las enaguas de las universidades, y ahora en las ONG’s, exigiendo Chés, Zapatas y Marcos por todos lados; multiplicándose y entregándose, absoluta e irracionalmente a las ideas y a la impostura de dichos héroes: adórenos vivos, construyan nuestras sedes de devoción, estamos en todo lugar para recordarles que somos la viva crítica y la rebeldía,  somos los pocos dueños de la expresión genuina en este  mundo de mansos iletrados.

En  Plataforma (Anagrama, 2002) vivimos una trágica historia de amor. La ideología de la individualidad como aspiración nos muestra su horror. Estamos en el tiempo del egoísmo más puro, sin mínima noción de solidaridad, lo único que importa es adquirir poder económico en cualquier esfera para subordinar a quien acerque a nosotros, nos convertimos en fieras deseando devorar a través de la riqueza a cualquier presa por grande o pequeña que sea. La   aventura: vivir solos en un departamento a la entrada del  infierno construido por el sistema político; no hay escapatoria al vacío. Los  triunfadores del mundo desarrollado son seres incapaces de dar. Son los europeos representantes de la libertad, la cortesía urbana, la educación y la integridad que salen a buscar placer en la miseria del tercer mundo. Viajan para descubrir exotismos,  excesos y luego regresar a la soledad de sus departamentos en ciudades limpias y ordenadas. Buscan sexo abierto sin pretextos, pero sobre todo buscan el anonimato. Y en medio de esa vorágine consumista y mercantil existe el amor entregado y libre.  El amor sacrificado por la locura espiritual y  autista. No hay salida para nadie, ni siquiera para el amor, sólo para las lágrimas y el regreso a la soledad en la gran aventura del departamento.

Houellebecq mancilla hasta su propia condición, ni él mismo se aprecia. Él toma una parte de la gran espiral, donde se ha parado para subir y bajar del tranvía ovárico, ahí él se centra y narra, sin ningún reparo, la miseria de la magnífica vida que impone nuestra época. Así, sin temor a equivocarme, nos ofrece  una narrativa vital.

 

Ciclo Literario.

El URL de este documento es http://www.cicloliterario.com/ciclo39agosto2005/Houellebecq.html