Uno de los dos carnales

(Charla con el Dr. Lakra)

Alonso Aguilar Orihuela


 

Los dos carnales es el título de la exposición que Jerónimo López –Dr. Lakra— y Abraham Cruzvillegas montaron en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO) en el mes de junio y que permanecerá hasta agosto.
La exhibición muestra la dicotomía de las expresiones artísticas contemporáneas en las cuales se recurre al pasado –al contexto personalísimo, de clase o grupo— para resignificarlo, ya sea explotando la carga simbólica y poética –en el caso de Lakra— o, como en el caso de Cruzvillegas, para opacar este aspecto humano que pueden tener ciertos objetos y evidenciar que Todo está integrado por componentes indisolubles.

Dr. Lakra

La obra de Jerónimo López deriva de su labor como tatuador, afición adquirida desde temprana edad. Sin embargo, como se apreciará en la conversación, a decir de Lakra, quienes se dedican a esta actividad deben desprenderse de los clichés vinculados con el oficio para elevar su calidad como artistas gráficos.

En su taller, Jerónimo platica sobre su interés por la gráfica, su residencia en Alemania, San Francisco y su regreso a México hace diez años, su incursión como tatuador, sus obras expuestas en Tate Modern Art Gallery  y los proyectos que lo animan.
Al entrar a la casa de Jerónimo, no se puede dejar de escuchar el insistente ladrido de Cholo, un perro tepezcuintle que a la menor provocación amenaza con dirigir su piel oscura, sus pocos pelos, su nerviosismo y sus colmillos a quien se deje.
Después de los ladridos de Cholo, pasamos al taller de Jerónimo, nos sentamos sobre la alfombra roja y comenzamos a charlar.
--¿Más allá del tatuaje, cómo empezaste con  los monitos?
--Empecé porque me aburría mucho la escuela. Empecé a dibujar en las clases, me aburría y hacía monitos, desde que me acuerdo. Es algo que me divertía hacer.
Después, cuando me salí de la secundaria, empecé a hacerlo más seriamente. Dediqué más tiempo a dibujar, así fue como empezó todo. Cuando me fui de la escuela empecé a dibujar más, a practicar más. Todo el tiempo que usaba para ir a la escuela, hacía muñequitos y dibujitos, yo creo que de ahí es donde sale todo.
--Y, ¿el tatuaje?
--Como a finales de los 80…
--¿Cuántos años tenías?
--Como 16 o 17. Toda la gente con la que me llevaba, tenía tatuajes. Conocí a un tatuador y me empecé a tatuar.
Después, vi que no era muy difícil hacer la maquinita y, como según yo sabía dibujar, pues empecé a tatuar.
--¿Quién te hizo tu primer tatuaje?
--El Piraña.
--¿Qué te rayaste?
--Un dibujo que había hecho con mi chava de ese entonces. Eran nuestros nombres entrelazados, algo medio cursi sobre el brazo derecho.
La pertenencia a un grupo fue un aspecto que influyó decisivamente para que Jerónimo se tatuara.
--Mucho del por qué me tatué fue como para integrarme a ciertos grupos. Era como un clan, una pandilla, un grupo de gente, era como para pertenecer; todos estaban tatuados, ese fue uno de los motores, aunque yo no tuviera nada que ver con ese grupo. Fue como para integrarme.
--¿Qué pasó después de que descubriste cómo hacer la maquinita?
--Empecé a destrozar a mis amigos (risas). No lo tomé muy seriamente, la verdad. Tatuaba de forma esporádica, una vez al mes, si a caso.
Cuando me fui a Alemania, cuando tenía 19 o 20 años, empecé a ir a bibliotecas, a investigar más y a leer un montón de cosas, ahí me di cuenta del potencial que tenía el tatuaje.
--Después de esa información y ya interesado por el tatuaje, ¿lo consideraste una disciplina más de las artes plásticas?
--Al principio no. Al principio, más bien el tatuaje era algo entre trabajo y algo bastante místico.
--¿Místico?
--Sí, como que…, no sé qué pensar de esa época, era como una especie de ritual. Nada más tatuaba ciertos diseños a mis amigos y era muy personal. No sé cómo explicarlo. Tatuar no era tan de moda como es ahora, no había tantos estudios.
Cuando yo viví en Alemania, sólo había dos estudios. Apenas empezaba, el tatuaje, a estar de moda. No conocía tatuadores, nunca tuve pláticas con alguien que tatuara profesionalmente, era algo muy personal. Yo me dedicaba a hacer cómics y, de vez en cuando, tatuaba, pero me interesó muchísimo.
En México, nunca fui a bibliotecas ni nada de estudiar cosas de tatuajes. No tenía información de qué tan antiguo era, de que existía en todas las culturas.
            Para Jerónimo, el tatuaje es parte del hombre, es la representación de ser diferente, de usar un lenguaje sobre el cuerpo.
--¿Cuándo te asumes como tatuador profesional?
--Cuando me fui a vivir a San Francisco. Estuve como dos años en Alemania, tal vez tres. Luego, como en el 91… no, en el 91 estuve en Alemania…, en el 93, llegué a San Francisco y ahí había muchísimos más estudios.
En San Francisco conocí gente que era más abierta, estaban dispuestos a compartir información y ahí me di cuenta de cómo se debía esterilizar, qué tan importante era usar guantes, técnicas que no sabía, distintas máquinas…
En San Francisco me di cuenta que no sabía nada de cuestiones técnicas. Hacía casi puros diseños tribales y algunos que yo dibujaba. Me dedicaba muchísimo a hacer cómics y cosas muy étnicas, cosas tribales de la isla de Borneo y dibujos antiguos, pero como no tuve una formación muy académica, era algo bastante precario. Los dibujos de esa época eran bastante brutos, ya no dibujo así.
En San Francisco, tenía un taller en mi casa y tatuaba más seguido. En esa época conocí a Ed Hardy, quien influenció muchísimo en mi vida. Me dio muchos ánimos, me invitó a exposiciones, me dijo síguele y me dio equipo.
            El tiempo que Jerónimo vivió en San Francisco influenció decisivamente su expresión gráfica. La psicodelia, el rock and roll, el surf, la cultura chicana californiana fue reasimilada por él: “cuando llegué ahí, esas cosas me influenciaron y se empezó a mezclar con mi trabajo. Después de ahí regresé a México, hace diez años”.
A su llegada a la Ciudad de México, Jerónimo fue a la primera convención de tatuajes, en Tepito, cuando “todos estaban empezando”, dice.
--Quienes más tiempo llevaban eran Piraña y el Chino, por lo menos en el defe y, realmente, no tenían un nivel alto. No hacía mucho que usaban máquinas profesionales.
En ese tiempo, cuando llegué a México, empezaba la onda de los tatuajes biomecánicos, que era volver partes de tu cuerpo como mecánicas y mezclarlo con raíces. También, lo que ahora se le llama new school, que son como dibujos antiguos pero mezclado con cosas de graffiti. Eso se dio en Estados Unidos algunos años antes y, cuando llegué a México, eso era como lo nuevo, todo mundo quería tatuar de ese estilo, ya no quería dibujos punks.
En la Ciudad de México, Jerónimo formó Dermafilia, “una especie de colectivo entre yo, el Ruso, Piraña, Esperanza y Tiosha, que ya se volvió escritor, pero bueno… Era un estudio que daba a la calle, en un centro comercial. También había uno en Tepito. Fue uno de los primeros estudios, por lo menos en el sur de la ciudad, que hasta hoy funciona”.
Jerónimo considera que tatuarse se ha vuelto una moda, sin embargo, depende de cada quien el valor que tiene la obra.

Muñeco intervenido con tatuaje

--¿El tatuaje es o no una obra de arte?
--Depende mucho de quién lo haga y cómo asuma su trabajo.
El tatuaje siempre es un trabajo en colaboración, siempre se tiene que satisfacer al cliente. Tú no puedes hacer algo que exprese algo tuyo, sino de la otra persona.
Yo creo que el tatuaje es más cercano a una artesanía que al arte, aunque en ciertos casos, cuando te piden un trabajo donde tú diseñes algo, puede haber más una expresión artística pero, en México, más del 80% de los tatuajes son copias, una chamba, algo artesanal: picar la piel con agujas.
            El trabajo de Jerónimo no sólo se remite a los tatuajes, también ha intervenido vasos de plástico y, más recientemente, fotografías eróticas de la década de los 50 en Estados Unidos, pin up, que fueron expuestos en el Tate Modern Art.
--Platícanos sobre el trabajo que mostraste en Inglaterra.
--Ni sé qué hubo exactamente en esa exposición que organizó la galería que maneja mi obra allá. Hace como dos años (2003), hice una exposición en Inglaterra y a esa galería la invitaron a una exposición colectiva, me propusieron a mí y me aceptaron en el Tate.
Lo que sé es que son casi puras intervenciones de revistas viejas, la mayoría como de esta onda de los 50, pin up, revistas como un porno bastante light, entonces, agarré las portadas y las transformé totalmente poniéndole tatuajes a las chavas, poniéndole distintos fondos, poniéndole caras a las chavas, dibujándole otros elementos.
--¿Hace cuánto tiempo hiciste las intervenciones?
--Cuando estaba en San Francisco empecé a hacer eso. Agarraba las fotos viejas y les dibujaba tatuajitos a casi todo lo que encontraba y los pegaba en mi álbum.
--Como cuando uno está aburrido en las clases y rayas la portada de los cuadernos.
--Exactamente. Yo creo que eso de las intervenciones es algo bien viejo, como agarrar una foto y hacerle un comentario, es un impulso humano, como agarrar una pluma y ponerle tu firma en una pared, es apropiarse, también tiene que ver con el tatuaje.
Es como ponerle bigotes al candidato y burlarte de él, tachar un anuncio…, es algo muy espontáneo, siempre lo he hecho.
Recuerdo las portadas de la secundaria, de Scribe, esas muy cursis, con unas parejitas, entonces, las alterabas, les ponías las chiches de fuera a la muchacha, le ponías con corrector algún texto extraño. Desde siempre, muchos artistas han hecho eso en algún momento de sus carreras, Dalí, Picasso, sobre todo los dadaístas, que jugaban más con el collage.
No es nada nuevo, pero en la galería que estaba trabajando como que me forzaron a hacer más porque había tenido éxito. Empecé a hacer y hacer y eso de forzarme…, nunca había tenido una disciplina, hacía una cosa de una y otra de otra, pero no hacía una serie y ahora llevo más de cien. Fue muy interesante decir, bueno, le voy a poner tatuajes, pero qué más.
--Y ¿qué más?
--Hay miles de cosas, deformarles las caras, poner otros fondos, buscar imágenes más extrañas.
El trabajo empieza desde que estás buscando las imágenes. Yo me iba a ver las chácharas de La Lagunilla.
--¿Sigues trabajando en eso?
--No, ahora como que me dio hueva. (Silencio) Me siento un poco estancado, no sé qué más hacer después de cien veces. Me cuesta mucho trabajo no repetir lo que ya he hecho. Ahora estoy buscando otras cosas, ni siquiera sé bien qué. Igual intervenciones, como lo que hice con los vasos de plástico. No sé, tal vez, tatuar muñecos.
El verano pasado me invitaron a una feria de arte muy importante, Art Basel. Ahí hice una reproducción de un estudio de tatuajes. Me dieron un espacio súper grande y en un espacio de dos por dos, lo convertí en un estudio más o menos formal, con dibujos en la pared, libros y tintas, música, un poco una instalación, un performance, una acción y ahí estaba tatuando. Toda la exposición de los cuadros era por fuera y adentro estaba tatuando.
La XXIV Feria de Arte Contemporáneo (ARCO) efectuada en Madrid, España, del 10 al 14 de febrero de 2005 que por primera vez contó con la presencia de un país latinoamericano como invitado de honor, México, fue calificada por la crítica como un fracaso –entre los artistas invitados estuvieron Francisco Toledo, Gabriel Orozco, Carlos Amorales, Vicente Rojo, Miguel Castro Leñero, además de los oaxaqueños Demian Flores, Sergio Hernández y Guillermo Olguín—.
--¿Cómo ves a los artistas mexicanos en la escena internacional?
--En Oaxaca hay un grupito de artistas, en México otros, en la frontera y cada quien habla de cosas distintas. Lo que hay es interés, del público en general, hacia México.
--¿Cómo ves a Gabriel Orozco?
--Es bien raro, es un poco como un maestro. Cuando fui a la secundaria, me metí a un taller de pintura a donde íbamos Abraham Cruzvillegas, Daniel Ortega, Gabriel Curi y Gabriel Orozco. Nos juntábamos todos los viernes en un taller, bastante informal, a pintar juntos, a discutir, leer libros, compartir música, el espacio.
Como que conozco bastante bien a Gabriel y lo veo muy cercano, no sé muy bien como…, como que no puedo ver su obra sin verlo a él. Me pasa un poco como con la pintura de mi papá (Francisco Toledo).
Como cuando me preguntan qué pienso del trabajo de mi papá. Es algo que siempre he visto, cómo ha evolucionado, cómo ha sido el proceso, entonces, cuesta mucho trabajo verlo porque sabes otras cosas, sabes a qué se refiere o qué cosas lo influyeron, qué estaba haciendo en la época cuando hizo cierta pieza, se tienen otras…, no sé, otras referencias.
El ladrido de Cholo irrumpe la plática y nos devuelve a la realidad.

*Texto publicado en la revista objetual Bolsa de palabras.

 

Ciclo Literario.

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