Mr Lowry aborda los trenes

Araceli Mancilla


 

Hace años que Mr. Lowry dejó de ser sombra de cantina, rastro de errancia sobre territorios de canícula, viajero tras los pasos del tormento interior, de lo que no puede ser comunicado sino con el testimonio del silencioso sufrimiento.
     Y un poeta porteño, viajero como él, aun cuando de otra manera: cual marinero en el mar de la memoria, pero también sombra de cantina, espíritu que indaga en el fulgor de los instantes y rastrea en los abismos indescifrables de la niñez,  trepa a Mr. Lowry en los trenes de un ferrocarril que lleva como pasajeros a los fantasmas de un tiempo desastroso y feliz.
     Ya desde los poemas del Palo de morro, en la alabanza de lo efímero  y la providencia de la fealdad, este escritor nos había  lanzado al vértigo de una región de polvo y exuberancia, de  estancias donde los héroes dejaron su paso de cotidiana fatalidad y aprovecharon la ocasión para poner nombre a los panteones.

Estación Oaxaca / Abel F. Iraizos

     Varios libros conforman el haber de una poesía que sueña el mar desde las faldas de un monte blanco, desde un valle que crece y se desborda con la llegada de los forasteros y que este poeta grumete, capitán y también pescador, ha seguido con acechanza de cocodrilo.
     Obediente, como le enseñaron a ser, ha tomado la ilimitada pedacería de las vidas de hombres y mujeres marginales, con sus zozobras, con sus contentos, para darles un lugar en el fervor de sus palabras  por las que corre el agua turbia que baja de las charcas y zaguanes de los barrios humildes, del hogar de los migrantes, nuevos avecindados instalados en calles con nombres de  antiguos dioses, lugares en los que el agua potable escasea pero el cielo es  plegaria de la luz.
     Entonces la poesía hace de la desgracia una teoría donde lo precario impone su belleza.
     Abordo con Mr. Lowry los trenes espectrales que nos ofrece César Rito Salinas e inicio una travesía que me lleva a una región que amo, que reconozco, que es la misma pero también es otra en esta vía de rieles olvidados, reconstruidos por el poema.
    He sido feliz en esas tierras, me digo. Leo, me detengo en el Río de las nutrias, veo a los perros callejeros desesperar al sol, veo a un hombre con un machete empuñar la avidez de la muerte. 
     Veo a las mujeres que lavan sus cuerpos en el pozo público, cansadas, mientras los hombres las aguardan. Escucho la música de una nevera que  dejó de funcionar hace ya cuántos años. Veo un piso verde, verde y constante para cavilar  en la oscuridad del desasosiego.
     Leo, y una emoción lenta me sube al corazón como un pequeño remolino.
     Detengo la lectura. Me ataja la visión de un  mar reacio al sometimiento y a la destrucción; me interrumpe el viento alevoso y altanero, los barrios con personajes y aconteceres irrepetibles que revelan una peregrina manera de naufragar en el destino del mundo para ser recogidos por  la atarraya de este poeta mercante de palabras.
     ¿Qué hay en la vida que nos cuenta este libro que logra hacernos respirar con el aliento de una profunda nostalgia?
     Me detengo en  las evocaciones provocadas por  estos poemas.
     Disfruto la delicada melancolía que se aloja en mí al respirar. Continúo con la lectura y, mientras bebo el mezcal de la desolación, recorro el agobio de hombres y mujeres  arrasados por la promesa del progreso. Atisbo vidas que, entregadas al fracaso como una forma de pertenencia, hallan motivo, no obstante, en la esperanza de la espera.
     Porque el fracaso no está reñido con la ilusión de recibir algún día el salario que se llevó el pagador de la empresa, ni con las ganas de seguir amando en la silenciosa mansión de los jubilados, ni de ser alcanzados por la lengua del mar, con todo y tenis rojos, están como evidencia  los poemas del poeta vigía.
     Es más, el fracaso puede ser el pretexto para aguardar lo que sea a la vera  de una vía del ferrocarril abandonada a su suerte, para escuchar un partido de béisbol que ha de repetir su goce indefinido, igual que se repite y retumba  minucioso adentro de nosotros el golpe  de los primeros asombros.
     Me pregunto -- al tiempo que avanzo por las calles polvorientas, agostadas por el viento que se lleva todo hasta ser detenido, con justa razón, por el árbol del almendro en el barrio de Canta Ranas--, ¿Qué hay en esta poesía que me arrastra hacia mi propia niñez, que me arroja hacia mi adolescencia desamparada, como toda adolescencia?
     ¿Qué hay en estos poemas que recobran un sentimiento alojado en la perpetuidad de lo fugaz?
     Se dice que hay poetas del silencio, de la transparencia o de la tierra.  Se dice que hay poetas testimoniales y poetas de la evanescencia.
     Se cataloga a los poetas.
     César Rito Salinas es, por encima de esquemas, un poeta con todos los matices y elementos: de la tierra donde padecemos,  del agua bienhechora, del fuego sagrado, del aire redentor. Poeta de  furia y de silencio.
     Pero hay algo innegable, su poesía es atravesada por una geografía particular. Su imaginario no surge de la nada, es una ruta entre dos océanos, el lugar en el que los cocodrilos volaron alguna vez y el artesano, cuyo oficio es hacer velas, encontró  que la vida es una y hay que quererla.
     Es la carretera del niño que reconstruye, en el paraíso infernal de la infancia, el camino del exilio.
     En los sueños de este poeta se afinan viejos secretos, tatuajes marcados por los enamorados para no perder la pista de lo amoroso. A su paso, finalmente, queda el vestigio de la comprensión de lo humano y su genuina ternura.

     Recorro con Mr Lowry el último tramo de este viaje, y veo en el cementerio, junto al mar, a los muertos  niños hacerse viejos; a los muertos frescos retozar  su yacencia eterna en sus tumbas recientes, nuevas, bajo la flor de Mayo.
Termino de leer estos poemas, y pienso en  el poeta navegante que arma su poesía desde la playa de una existencia multiplicada por el mar omnipresente, por lo que ha sido, por los desastres presentes y futuros que devendrán en la exaltación que aún aguarda a su escritura.                                          

    

 

Ciclo Literario.

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