La meche

Oswaldo Ortuño


 

La india, 1974 / Filme: Rogelio A. González

 

Pues como le decía joven... ¿Nos vamos por Gabriel Mancera? Esto de la ruleteada tiene así como sus penas sus agasajos, y con lo de la Meche fue la gloria, así, óigalo, la gloria, casi casi como tocar a Dios. La recogí en Tacubaya. ¡Ora güey, saca al menos la lengua! Una señora bien puesta, como en sus cuarentaitantos. ¿Pa’dónde jalamos?, le pregunté. Ahí nomás, por la Ermita Iztapalapa. De polo a polo, mi buen, así que le pregunté. ¿Y hasta allá cuánto le cobran? Lo que quiera joven, me dijo y la miré por el retrovisor, muy nerviosa, echándose para atrás y viendo por la ventanilla con ansiedad. Algo se trae la ñora, pensé, un pedo bien grande. Pero ni me imaginaba lo que me iba a soltar allí, por el viaducto, en un embotellamiento de la chingada pues había manifestación en el centro. Me dijo, así nomás, de repente: Oiga joven ¿usted me haría el favor? Me voltié y le dije: el favor, ¿el favor de qué? Pues el favor, me volvió a decir y se vio las piernas, como avergonzada. Yo estaba tan apendejado por el tránsito que tardé en pescar sus palabras. Hasta que me cayó el veinte. Ah, pues sí, cómo no, le dije, y entonces jalé para uno de mis hotelitos de la Guerrero. N’hombre joven, nunca en todos los años que tengo de putañero me habían exprimido de esa forma, nunca, ni mi señora, me había tratado con esa ternura. Yo nomás me decía: ésta se ve que no coge en años y, aunque no estaba en su mes, en las piernas le escurrieron las rozaduras. Pero ella siguió duro y duro, por arriba, por chiquiñuelas, metiéndome su lenguota allá por donde le conté, chupando como si fuera mamila en aquello. Yo, como me ve, no me cuezo al primer hervor, pero parecía chamaco con ésa que me salió contorsionista.

El favor, hágame usted el chingado favor. Meche, que así me dijo que se llamaba, en los descansos me tomaba la cabeza como un niño, entre sus chichotas. Mire, unos pezones de este vuelo, como monedas de las que ya no se hacen. Y me besaba la frente, la boca, como si me conociera de siempre. Yo, apenas reponiéndome. Y luego el cuello y luego hasta el full, con las dos manos tocando San Louis blues y poniéndome sus nalgas que olían a canela, como un ojo que se abría y se cerraba pestañeando a este galán jadeante. Usted me creerá si le digo que entramos al hotel ahí como a las tres de la tarde y eran las ocho y seguía montada la Meche, yo ya de plano preocupado porque se acercaba la hora del entrego. En un rato que me quedé dormido salió por unas tortas y unos chescos. Me tragué dos cubanas y eso me dio cuerda para otras dos venidas. Imagínese, andaba como zombi y ella dale y dale. Bueno, mamacita,  qué te pasa, le dije un poco sacado de onda, pues ya me lo tenía como chicle. Y que me va contando su triste historia, pobre señora. Desde que su esposo salió en la cuerda a las Islas Marías, hacía como cuatro años, pues se había echado a un cristiano, doña Meche no las soltaba con nadie. Tenía mucho respeto por sus tres chamacos y fue hasta ese día que no se aguantó y salió a ver a quién le tocaba, por eso le digo que esto de la ruleteada es como una tómbola, a veces le dan a uno un tiro o unas nalguitas gratis. Salimos muy acarameladitos y la llevé por su rumbo. Me dio su teléfono y me dijo, ya sabes mijito, háblame cuando quieras. ¿Qué le parece joven? Eso se llama suerte. ¿Por qué número va, me dijo?

 

Ciclo Literario.

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