Jorge Pech: profeta de la desgracia

Marie-Claire Figueroa


 

Mr. Lowry aborda los trenes
César Rito Salinas
Instituto Oaxaqueño de las Culturas
Poesía, Colección Voces de Nuestra Tierra
2004

Acometer a las vacas sagradas es una prueba del valor y también del desengaño de Jorge Pech en torno a nuestro premio Nóbel. El séptimo ensayo del libro que estamos reseñando es un comentario a Autor, autoridad y autorización. Escritura y poética de Octavio Paz por Rubén Medina, y reseña estrategias y contradicciones señaladas por el crítico de la poética paciana. Junto con Medina, Pech desentraña las artimañas de Paz para dejar al público una imagen intachable; colabora en arrancar el velo de ingenuidad que ciega a muchos admiradores del poeta mexicano. Después de leer el ensayo “Paz o el anhelo de infalibilidad”, seguirá nuestro fervor de poetas amateurs, pero con las reservas subrayadas por los verdaderos estudiosos, cuyo afán no es la complacencia sino la imparcialidad.
            Los temas de los ensayos contenidos en En tiempos de penuria son tan diversos como seductores: la evolución de la pintura metafísica de Giorgio de Chirico, los viajes paralelos de Julio Verne y Julio Cortázar, el ineludible Borges, el no menos ineludible Mundo feliz de A. Huxley —de lo más útil para los lectores que lo teníamos relegado en el trasfondo de la memoria. En medio de este puñado de inmortales aparece Sylvia Plath, conocida primero por haber sido esposa del autor de negras fábulas sobre el destino humano, Ted Hughes, y luego, por la angustia patente en sus poemas llenos de dolor y de estremecimientos de horror, angustia que la llevó al suicidio.

Profeta Daniel / Miguel Ángel

            Me detendré en este texto para poner de manifiesto la característica de la personalidad de Pech en su libro: Jorge surge como profeta de la desgracia. Ya el título nos ponía sobre aviso, su lectura no iba a traducirse en momentos de regocijo. Profeta, lo veremos más adelante, pero en cuanto a las fuentes de la desdicha de Plath, pienso que algunas aserciones están sobradas, por lo menos en dos puntos: hace 40 años, en la sociedad europea occidental, la mujer gozaba ya de cierta independencia; me atrevería a decir mucho más que en nuestra sociedad mexicana actual. El verdadero problema en el caso de la pareja Plath/Hughes era la escasez de recursos económicos, que no permitía a la norteamericana tener una ayuda doméstica para aligerarle la tarea y dejarle un mayor espacio para trabajar. No creo que su papel haya sido de “sometimiento”. Durante la Segunda Guerra Mundial, muchas mujeres se vieron en la obligación de asumir labores masculinas y, desde entonces, el papel de sometimiento de nuestras abuelas dejó de transmitirse a las nuevas generaciones.
Por otra parte, en los sesenta, ya existían los psicofármacos para curar la depresión y lo afirmo con conocimiento de causa. Si Plath aceptó tratamientos inhumanos, es que tocó a la puerta equivocada. En realidad, su destino estaba escrito de antemano con un padre de tendencias suicidas (se dejó morir sin consultar médico alguno a sabiendas que tenía diabetes); además, es de sobra conocido que Sylvia tenía una personalidad extremadamente frágil, quebrada por los golpes asestados a su egolatría, fuente de paranoia y depresión. Bien lo escribe Jorge: “No fue una dúctil buscadora de la dicha; más bien rígida edificadora de su propia infelicidad”, lo que pone en entredicho la idea de Plath como víctima de la sociedad europea. Sabemos que la perfección era su obsesión y baja su autoestima. Quería tener éxito a la vez en todos los rubros; los críticos concuerdan en subrayar su vida conyugal como única deficiencia, pasando por alto la traición a sus hijos con el suicidio. En cuanto a su éxito como escritora, no fue continuo, pero sí recogió en vida más elogios de parte del público y de sus editores que muchos poetas.
Profeta de la desgracia, Pech abre su libro con una reflexión centrada sobre el nuevo milenio (el ensayo data de 1999); para no desentonar con las predicciones inherentes a los nuevos milenarismos, nos ofrece una visión apocalíptica de “colapso radical”. En textos siguientes escribe: “Podemos jactarnos de haber transitado la peor época que el ser humano ha conocido” (ensayo sobre Borges), o “mañana, la imagen de otros sacrificios y carnicerías masivos nos estremecería más que cualquier elegía” (ensayo sobre la poesía), olvidando que desde que el mundo es mundo, su historia está tejida con tragedias, cataclismos y hecatombes ni más ni menos terribles, sólo que el impacto actual es mayor por una población cada vez más extensa, medios de comunicación más veloces y una tecnología mortífera en exceso, lo que provoca en nosotros la ilusión de un antaño edénico. En el corolario a una enunciación de Karl Jaspers, Pech reviste definitivamente el hábito de Casandra: “Día llegará en que el verdugo sea víctima, y el criminal tenga el rostro del que ayer apenas era mártir”.
Como narrador de la desgracia, el crítico yucateco, en la mayor parte de los casos, ve solamente el lado oscuro de la medalla: por doquier, atisba “usureros, ladrones y asesinos”, con una tendencia a la generalización; en otro momento, su sentimentalismo se exacerba cuando describe la vida precaria de los artesanos. Tal vez sea el ensayo sobre la muerte accidental de J.L. Becerra (“Cruces en el camino”), el más abundante en símbolos tétricos: basta leer —de preferencia en voz alta— la primera página, para sentir un estremecimiento causado por el peso de la terminología utilizada para describir el fatum del poeta. Sin duda, Jorge está a sus anchas en la crónica de sucesos infaustos, pero quisiéramos, de vez en cuando, tener un respiro en medio de tanta catástrofe.
Sin embargo, tampoco nosotros debemos generalizar, porque hemos encontrado ensayos muy luminosos: el relato de la vida y obra de los hermanos Chirico (“La ausencia paradójica”), o su afortunado acercamiento entre Julio Verne y Julio Cortázar (“Julio viaja con Julio”), nos deparan lecturas tan cautivantes como agradables; los datos curiosos del primero se saborean a lo largo del texto, el segundo es ingenioso y no carece de humor.
Entre ambos ensayos, tropecé con la disertación sobre Borges; este pobre remedo del estilo del argentino  se me hizo lamentable, y más lamentable aún anunciarlo no sólo como homenaje  sino como homenaje “de un hombre insignificante… a uno excelente”. Esta falsa modestia aparentada a cierta arrogancia presente en varias partes del libro no tiene parangón más que en el derroche de expresiones y términos borgesianos (y no borgeanos) que nos depara Pech sin ton ni son, tanto en este ensayo como en otros. Usar de vez en cuando un “atroz”, o un “infinito”, es propio de los admiradores del autor de Inquisiciones, pero trop, c’est trop y este texto sobrepasa la mesura.
 Ya que abordé el estilo, terminaré con una reflexión sobre la escritura del crítico yucateco, a mi modo de ver, de lo más desconcertante. Muchas veces me encuentro ante páginas que yo quisiera haber escrito, por su pulcritud y elegancia. En cuanto al tono, poco versátil, enconado, incisivo y corrosivo, satírico y  mordaz, panfletario a veces, refleja la personalidad y los temas del autor. Sin embargo, en cuanto al estilo propiamente dicho, debemos reconocer que innumerables pasajes exhiben cierta torpeza en la frase e inversiones poco afortunadas, fuentes de confusión y oscuridad; la idea se atasca, se nubla, el texto se vuelve difícilmente legible. Lo chirriante, rechinante, es la marca del tono y del estilo de Pech, no se lo quitemos; pero la transparencia es una cualidad primordial. La receta: eliminar los elementos farragosos, las expresiones ampulosas, el léxico rebuscado. La erudición de Jorge es ciertamente de admirar, pero debe ajustarse a una claridad de estilo, sino el lector promedio se pierde. Por ende, evitaré mencionar varios lapsus escriturales que pasaron por alto los correctores de estilo de la editorial.

Insistiré, para concluir, sobre el valor de la segunda lectura de libros sólidos como el de Jorge. La primera me molestó, no tanto por lo que ahí se dice, ni tampoco por el cómo se dice (con las reservas recién especificadas); entonces, si no es un problema de fondo ni de forma, ¿de qué se trata? En mi segunda lectura, entendí el porqué de mi incomodidad: ésta viene de la denuncia de parte del autor de hechos que ya conocemos y preferimos ignorar; En tiempos de penuria nos obliga a re-conocerlos, forzándonos a reflexionar sobre los tiempos oscuros que vivimos. Además, no todo está negro en su panorama; ya lo vimos al comentar algunos ensayos y debemos señalar también el último (haciendo omisión de la “divagación” final), “Poesía en tiempos de penuria”; a pesar de su notorio pesimismo, éste abre espacios de luz y redime las muestras de oscurantismo anteriores, con bellas páginas sobre la “poesía, fuente de esperanza”. Todo no está perdido, agradezcamos a Jorge.

 

Ciclo Literario.

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