Gurdjieff: La comadrona de la conciencia

Lorenzo León Diez


Gurdjieff, anatomía de un mito
James Moore
Editorial Estaciones, 1996

El hombre puede nacer, pero para nacer primero debe morir; y para morir, primero debe despertar.
George Ivanovitch Gurdjieff

George Ivanovitch Gurdjieff, que nació alrededor de 1866 en el barrio griego de Alexandropol, en la Armenia Rusa, se presenta ante nosotros en su fascinante complejidad y de cuerpo completo, en la laboriosa biografía de James Moore, que durante cuatro años rastreó por todo el mundo el paso de este hombre que, más que nadie, merece ser llamado padre filosófico de los movimientos ecológicos y holísticos  contemporáneos.

En efecto, sin la existencia de este mago, hipnotizador, hombre de negocios, compositor, escritor, maestro de danzas sagradas, organizador de espectáculos y conductor de almas, entre otras muchas de las actividades que desarrolló durante sus 83 años de vida, no se entendería el ascenso espiritual que vivió Europa y Estados Unidos con la difusión de sus ideas, su arte y su Trabajo en espacios creados por él mismo y sus discípulos, especialmente en Francia, en la mansión conocida como El Prieuré, su laboratorio, su tribuna de publicidad y una incubadora de noveles misioneros. Un radical experimento de vida holística y comunitaria, y una escuela completamente única en su género de atención y conciencia, que fue visitada por las personalidades más destacadas de los años veinte, entre ellas la escritora neozelandesa Catherine Mansfield, que con su muerte marcó uno de los momentos más creativos que se vivían en Europa, pues aquí tenía lugar la construcción de la terminal de un puente que desde entonces (y con el advenimiento de otros avatares con Krishnamurti y Osho) une a Oriente con Occidente, pues, en palabras de uno de sus discípulos, Gurdjieff sacrificó tanto durante su vida para hacer que la antigua sabiduría oriental no sólo fuera inteligible para el pensamiento de Occidente sino que también la transformó en un método de trabajo.

Así es que entre 1919 y 1920 funda el Instituto para el Desarrollo Armónico del Hombre que promovió su sistema psicosomático para la educación de la voluntad, la memoria, la atención, la audición, el pensamiento, la emoción y los instintos.

La biografía narrativa que realizó James Moore es un documento de indudable importancia para tener una visión seria e integral de una personalidad polémica, criticada por muchos con los adjetivos de la charlatanería y atacada con la descalificación, pues sí como tuvo notables seguidores como el reconocido autor esotérico Peter Ouspensky, con quien compondría una díada de la importancia de Sócrates y Platón, otros lo denostaron, como D.H. Lawrence, (que vio el Prieuré como un lugar corrupto, falso, nada natural, de personas que juegan un juego enfermizo)  René Guénon, el famoso ocultista francés (Este hombre de origen griego no es pura y simplemente un charlatán, pero esto lo hace todavía más peligroso...la verdad es que...Gurdjieff ejerce sobre los que se le acercan una especie de dominio psíquico sorprendente, del cual pocos tienen la suficiente fuerza como para escapar), o el novelista Sinclair Lewis, que más tarde sería premio Nobel: Ese lugar debe ser un infierno para vivir. Ellos han construido su propio “gimnasio”, una cruza entre un cabaret y un harem.

Esta casa a las afueras de París, donde Gurdjieff llegó acompañado por su grupo ruso, donde contaba con el músico Thomas de Hartmann, quien desde 1916 fue su colaborador en la composición de 300 partituras para sus danzas sagradas, fue el punto de encuentro de grandes talentos e inquietas personalidades que participaron en la escenificación de bailes que después de la muerte de Gurdjieff difícilmente pueden volver a ser experienciadosues el director tenía todo en su memoria, como en el caso de la pieza “La iniciación de la sacerdotisa” cuando los bailarines, luego del accidente automovilístico que sufrió el maestro en julio de 1924 y que casi le cuesta la vida, al intentar reproducir la Iniciación, nos dimos cuenta, con espanto, de que no podíamos. Cada uno recordaba su parte, pero nadie fue capaz de recordar la secuencia total.

Se trataba de espectáculos de profunda transformación individual. Catherine Mansfield cuenta al llegar a El Prieuré: En este momento está trabajando en una danza grupal muy antigua. Carezco de palabras que pudieran describirla. Tan sólo verla tiene el poder de transformar el propio ser. Contiene en sí toda la vida de una mujer, ¡pero toda, toda! Nada ha quedado afuera. He aprendido de ella más de la vida de la mujer que en ningún libro de poemas.

Quienes vieron a Gurdjieff en movimiento, como su alumno Toomer, testifica: Estaba hecho de una pieza. La línea que bajaba desde la coronilla, por la nuca, el cuello, la espalda hasta las piernas, era notable. Podría decir que era una línea unida y contenida. Sugería coordinación, integración, unidad, poder.

El cuento ruso

En el lugar de nacimiento de Gurdjieff se oían campanas católicas y gregorianas, armenias, griegas y ortodoxas rusas; a los once años, viviendo en Kars, donde su familia se trasladó luego de que esta ciudad fue arrancada a los turcos por el ejército del zar Alejandro II, se alborozaba en medio de un calidoscopio de razas: aisores, tártaros, kurdos, karapakas, daghestianos, dukhoboros heterodoxos, rubios molocanos del Cáucaso, luteranos de la lejana estonia y yezidas “adoradores del Diablo”. De su madre, el niño Ivanovitch había aprendido el armenio, su padre le había enseñado el dialecto capodeciano y rudimentos turco-tártaros. Un sacerdote se había encargado de enseñarle griego moderno; soldados aburridos se entretuvieron transmitiéndole su tosco ruso y aprendió rápidamente el turco de las provincias del este.

A los quince años, en la biblioteca del hospital militar de Kars, no había un solo libro de patología nerviosa o de psicología que no hubiese leído. A los diecisiete años ingresa como fogonero a la Compañía Ferroviaria de Transcaucasia, dándose tiempo de estudiar en el monasterio de Sanaine. Y a los dieciocho años tiene formulada la pregunta que intentará responder por el resto de su vida: comprender claramente la precisa significación, en general, del proceso de la vida en la tierra de las diferentes formas de criaturas y, en particular, de la vida humana a la luz de la interpretación.

Estaba en Tiflis, capital de Georgia y, junto dos amigos (Yelov y Pegossian), que fundarían en 1889 el grupo conocido como los Buscadores de la Verdad, dejó del lado toda esperanza de hallar respuesta en las fuentes modernas y enfocó su atención al mundo de los clásicos, de los bizantinos, de los medievales y de los renacentistas; la amplia y difusa herencia cristiana, la cábala y los clásicos hindúes y budistas.

Identifica el joven la posibilidad de acceder a los ámbitos de la transmisión oral e iniciática de conocimiento oculto; la existencia innegable de órdenes secretas de monjes y derviches, la natural propensión humana a esconder los tesoros y la amplia tradición poética de los ashoks, permitían sostener esta hipótesis.

Viaja a Creta, tras las huellas de la antigua Hermandad Imastun y al levantarse la población griega contra los turcos, participa como guerrillero en la revolución y en la región de Sfakia recibe un disparo y es transportado a Jerusalén, para después  recuperarse en Alexandropol.

Así es que a los veinte años, en la ciudad de Ani, junto a su amigo Pogossian, cavando en unas ruinas encontraron un pasaje subterráneo que los llevó a una desmoronada celda monástica, un nicho en la pared y una pila de antiguos pergaminos armenios, uno de los cuales hacia referencia a la “Hermandad Sarmung”.

Afirma Gurdjieff haber encontrado dicha escuela, situada entre Urmia y Kurdistán; que partiendo de Bokara, una antigua ciudad del Camino de la Seda hacia el norte de Afganistán, fue obligado a realizar el viaje con los ojos vendados y juró guardar eterno secreto, promesa que cumplió, aunque entre sus escritos anuncia: “Quizá escriba un día un libro especial sobre los detalles de este monasterio, sobre lo que representaba y sobre lo que en él se hacía” y algunas veces sugirió que allí mismo Jesús había pasado su vida entre los dieciocho y treinta años de edad.

Los simbolistas, enterados de la existencia de este monasterio, observan que tiene tres patios principales que con seguridad representan los círculos exóterico, mesotérico y esotérico de la humanidad.

En 1901 Gurdjieff escala el paso Mustagh disfrazado de budista transcapiano al Tibet Superior, con los lamas de “Sombrero Colorado”, donde estudió su lengua, danzas rituales, medicina y, sobre todo, técnicas psíquicas. Al año siguiente, en medio de una oscura refriega entre clanes montañeses antagónicos, fue “alcanzado por una bala maligna” y, bajado por amigos leales hasta Yangi Izar, un oasis al borde del terrible desierto de Taklamakan, se debatió entre la vida y la muerte. Tras de su recuperación regresó a  Alexandropol, su lugar de nacimiento e inició interesantes experimentos con “exteriorización de la sensibilidad” y soñó con entrar a un monasterio de Asia Central donde los derviches estudiaban mehkeness, la ciencia de “separar la responsabilidad”.

En el invierno de 1904, cerca del túnel de las vías ferroviarias de Chiatura recibe una tercera bala “expedida –con toda inocencia, por supuesto- por “ un amable guasón” de los llamados ejércitos rusos”.

Hacia 1908 Gurdjieff tenía casi 40 años. Entre 1887- 1911 contrajó malaria en Bokara, disentería en Beluchitán, escorbuto en Kurdistán, “bedinka” en Ashkhabadian e hidropesía en el Tibet. Había estado en Medina y La Meca, en Abisinia, Sudán y Babilonia, Tabriz, Turkestán, Orenburg, Sverdlovsk, Siberia, Merv, Kafiristán, el desierto de Gobi, Chardzou, el Pamirs y el norte de la India. Presentaba las cicatrices de tres heridas de bala. Era evidente que había estado en lugares poco comunes.  Durante veinte años había adquirido y cristalizado un formidable repertorio de poderes, técnicas e ideas. Una vez reunidos los fundió y les dio una nueva forma para producir algo que es al mismo tiempo crítica semántica, epistemología, cosmología, cosmogonía, psicología, tipología humana, fenomenología de la conciencia y filosofía existencial práctica.  Había realizado un estudio único en danzas sagradas. Sentía que finalmente había comprendido –cuanto le es posible a un hombre- el significado de la vida humana y orgánica. Había estado totalmente dedicado a aprender, entonces comenzó a pensar en atraer discípulos.

Karanlik Kilise. Turquia

En la ciudad de Tashkent, Gurdjieff se ofrecía como hipnotizador profesional; curador del alcoholismo, drogadicción y desórdenes sexuales; profesor-instructor de ciencias sobrenaturales y “maestro” en la evocación de “fenómenos del más allá”. Como en todas partes de la Rusia pre-revolucionaria, había un interés desenfrenado por el ocultismo, la teosofía y el espiritualismo.(Es notable por ello la existencia simultánea de Rasputín y Gurdjieff en San Petesburgo en una época de nihilismo y hasta de clubes de suicidas; ambos poseían una verdadera confianza leonina en la vida y abundaban en lo que Gurdjieff llama “hanbledzoin” o magnetismo animal).  A las sesiones espiritistas que estaban tan de moda, Gurdjieff las consideraba “talleres para el perfeccionamiento de la psicopatía”sin embargo, tenía un profundo desagrado por la soñadora especulación teosófica acerca de “formas de pensamiento” y por los “chapuceros intelectuales del ocultismo que estaban tan enamorados de sus “cuerpos” sutiles que dejaban pudrir su verdadero cuerpo”.

Ante todo este ascenso de interés por lo sobrenatural, Gurdjieff siempre fue muy claro: “No hay magia roja, ni verde, ni amarilla...”Hacer” es magia y no hay sino una clase de “hacer”. En el trabajo verdadero, es decir, en el verdadero “hacer”, ninguna infatuación es ya posible.

Gurdjieff era consciente que el sentido de la vida orgánica en la tierra era una verdad olvidada cuyos fragmentos dispersos, como el cuerpo desmembrado del Dios Osiris, habían sido absorbidos por cien distintas oscuras culturas. Buscar, reunir y reunificar: ése era el rol que Gurdjieff hizo suyo. Porque vio que fakires, yoguis, staretz y shamanes serían desplazados: monasterios, ashrams y tekes derviches caerían en ruinas o sobrevirían sólo como curiosidades; las remotas sociedades teocráticas del Tibet y Abisinia serían destruidas. Todo el continente del conocimiento tradicional que en 1887 convocó a Gurdjieff, se encontraba en medio del brillo ardiente del ocaso, y profundas sombras oscuras se acercaban desde Occidente.

La enseñanza de Gurdjieff

¿Qué es exactamente lo que Gurdjieff enseña? Las ideas y métodos de Gurdjieff, en todo su sorprendente alcance, se reúnen alrededor de la idea de la evolución consciente. Philip Mairet opina que ningún sistema de filosofía soteriológica gnóstica que haya sido publicado en el mundo moderno es comparable a éste en fuerza y claridad intelectual. Gurdjieff dice simplemente: Enseño que cuando llueve el pavimento se moja.

Enseñaba a través de oposiciones y enigmas,  de diagramas y símbolos, a través del dinero, el alcohol y la música, incorporando sus ideas neoplatónicas a la estructura misma de las composiciones. Enseñaba a través de sus danzas sagradas. Un discípulo escribe: no es exagerado decir que emprendió la tarea de enseñar a sus alumnos cómo secretar sustancia divina.

Ubica su enseñanza dentro de la imprecisa tradición del Cuarto Camino que no exige “renunciar al mundo” y evita escrupulosamente el desequilibrio a través del desarrollo “simultáneo y armónico” del cuerpo, la emoción y el intelecto. El hombre del Cuarto Camino no querella con “las tareas comunes de la vida cotidiana”; acepta las circunstancias, buenas o malas, y acepta su actitud hacia el dinero y el sexo, como indicadores temporarios de su “ser” y como campo de batalla.

Gurdjieff interpretó creativamente la doctrina de la correspondencia “como es arriba es abajo”: “Él es Dios, y por consiguiente, ¡también yo soy Dios!...las mismas posibilidades e imposibilidades que Él tiene con referencia a la presencia entera del Universo, yo debo tenerlas con referencia a la presencia que me ha sido confiada. Lo que a Él le es posible e imposible en el dominio del gran mundo debe serme posible e imposible en el dominio de mi pequeño mundo”.

A sus seguidores les decía: Sólo pueden serme útiles aquellos que firmemente han decidido luchar contra ellos mismos, es decir, luchar contra su mecanicidad.

Gurdjieff, a su ingreso a Europa y Nueva York lleva, de los monasterios inaccesibles al teatro de la Ópera su enseñanza esencial que se deslizaba inmaculada por la arena pública, y su exclusividad no estaba garantizada por cerrojos, contraseñas y prohibiciones sino por la capacidad espiritual del preceptor, pues su enseñanza sólo podría preservarse viviéndola; no era la forma social lo que la protegía sino su propia índole iniciatoria.

Su destacada alumna, la aristócrata rusa Olga de Hartmann, señala: Para enseñar, Gurdjieff no dibujaba diagramas en un pizarrón. Su método de instrucción era mucho más incómodo para los alumnos. Arrancaba de nosotros a cincel pedazos de experiencia y enseñaba a partir de ellos.

Gurdjieff, al estudiar los pueblos, las costumbres, la literatura, los monumentos y hacer experimentos, observaciones y comparaciones, se concentró en el estudio de una cierta “peculiaridad”, un “algo” que en las ciencias físicas se concibe como vibración; en la música como altura y tonalidad; y en el hombre como atención, energía y estado psíquico. Por ello se zambulló en el estudio del arte, la música, los gestos y las posturas. Se sumergió en el conocimiento de las danzas religiosas y seculares y, sobre todo, se esforzó por observar su vida interior y exterior.

Desarrolló poderes formidables como el hipnotismo y la telepatía. Consigna, por ejemplo: “Finalmente, los pusimos en tal estado de hipnosis que pudimos clavarles fácilmente enormes alfileres bajo la piel del tórax, coserles las bocas, y también, después de haberlos acostado entre dos sillas, ponerles sobre el vientre pesos enormes.”

Sin embargo, se comprometió con genuina pasión a abandonar el hipnotismo –dada su meta de liberar al hombre de sugestionabilidad: “Hago el juramento de recordarme no hacer uso jamás del poder que poseo, y de esa manera negarme la satisfacción de la mayoría de mis vicios”.

Su poder telepático, no obstante, lo ponía en práctica con discípulos destacados, como fue el caso de Peter Ouspensky, que deja testimonio de experiencias de comunicación mental con el maestro.

La teología y el mito

Gurdjieff es el creador de una teología sutilmente refinada que expuso en su libro Relatos de Belcebú a su nieto, y que fue publicado un año después de su muerte, en 1950. El le llama un “teatro de la historia”y es, a tiempo, su biografía simbólica. Belcebú es sin duda una obra maestra. Sin embargo, por su atrevida sintaxis, dislocación secuencial, digresiones parabólicas, indulgencia tautológica, fantasía onomatopéyica, laminados improbables y su taladrante insistencia, no tiene parangón en la literatura moderna.

Gurdjieff lo pensó como un libro de revelación y misterio a la vez; un libro de rústica simplicidad y opacidad hegeliana; un libro tan sencillo que podría leerse en voz alta en los clubes d trabajadores y al mismo tiempo tan profundo que exigiría un esfuerzo formidable de atención y reflexión.

Belcebú es una psico-cosmología que incluye leyes sagradas fundamentales: la Ley del Tres y la Ley del Siete (donde se postula “un solfeo cosmológico”: Do es Dios o el Absoluto, Si es el Universo, La es nuestra constelación, Sol es nuestro Sol, Fa es los planetas del Sol, Mi es la Tierra y Re es la Luna), el Rayo de la Creación, la Tabla de Hidrógenos, el Diagrama de Alimentación y material acerca del cosmos.

Gurdjieff creía en Dios. Alududía fríamente al “Absoluto” exaltando a “Nuestro Todopoderoso Eterno Creador Profundamente Amante Padre Común Uni-Eseral”, cuyo centro está en el “Muy Muy Sagrado Sol Absoluto”. Aunque el maestro escribió otros libros, (donde destaca su autobiografía Encuentros con hombres notables, llevada al cine por Peter Brook) es Belcebú, su obra más enigmática, donde asume un universo dramático y desarrolla un misterio de proporciones heroicas y de extraordinaria persuasión. Queda en manos del sobrio juicio de la historia determinar si llega a constituir una nueva revelación.

En este libro plantea que la única opción del ser humano está en el ámbito de la gran ecología. Si un hombre vive pasiva y reactivamente, sólo su muerte y posterior caída en el olvido suministrará Askokin para la Luna (alimento). Pero si trabaja con persistencia en busca de la conciencia (con una orientación productiva), puede crear y liberar Askokin durante su vida y, al mismo tiempo dos sustancias complementarias que pueden contribuir a la elaboración en él de un alma que sobreviva a la muerte. La elección es clara: comer o ser comido.

La Luna y la Guerra

Vista cenital de la capilla funeraria de la
iglesia de la Pammacaris 1315

Gurdjieff fue contemporáneo, y a veces testigo y víctima de innumerables matanzas: se lamentó hondamente del arrasamiento que en 1904 hizo el ejército británico, en Guru, de una caravana de 700 soldados tibetanos enfermos matando entre ellos un Lama cuya muerte inesperada quebró de manera irrecuperable una línea iniciática única cuyo origen se remonta al siglo XVIII; vivió de cerca el invierno de 1914-15, cuando los campesinos rusos –tras recibir la bendición- eran arrojados en masa contra las ametralladoras de la artillería alemana, a veces armados con sólo una bayoneta atada a un palo: murieron cuatro millones en los primeros cinco meses; fue testigo de la ola de terror que, a partir de 1934 culminó con la Gran Purga de Stalin que eliminó diez millones de vidas; su propio padre y su hermana fueron asesinados por el ejército turco y vivió en París durante toda la Segunda Guerra Mundial. Allí mismo, al fin de la guerra y al enterarse del holocausto, cuenta Kathryn Hulme: su rostro se oscureció y una vena de su frente se hinchó y comenzó a latir. Vi la ira de Dios en su semblante oscurecido, una furia total que parecía a punto de explotar...una ira santa por la inhumanidad del hombre con el hombre.

A todo esto Gurdjieff le llamaba el “Horror de la situación” y se había propuesto encontrar a toda costa el medio de descubrir en los hombres la predisposición de caer fácilmente bajo la influencia de lo que se llama “hipnosis de masa”.

¿Qué es una Guerra? Se pregunta Gurdjieff: La guerra es un resultado de influencias planetarias. En alguna parte, allí arriba, dos o tres planetas se han acercado demasiado, y resulta una tensión...aquí, sobre la tierra, la gente comienza a matarse, son incapaces de darse cuenta de hasta qué punto son simples peones sobre un tablero de ajedrez. Y postula la hipótesis de que las grandes matanzas de las trincheras en la Primera Guerra Mundial fueron resultado de la finalización de los sacrificios de animales producida siglos antes.

Entre las ideas más sorprendentes de Gurdjieff está la importancia que concede a la Luna en el destino de los hombres: Para la ciencia la Luna es básicamente un satélite muerto que debe ser denotado sin la mínima connotación filosófica o metafísica; sus efectos sobre la tierra son mecánicos, accidentales y (excepto por las mareas) marginales. En cambio para el maestro de danzas sagradas su Luna se revela como un cuerpo naciente, simbióticamente unido a la biosfera, que activa toda la vida orgánica sobre la Tierra (como el péndulo impulsa el mecanismo de un reloj) y recíprocamente es “alimentada”por ciertas energías que todas las formas vivientes de la Tierra liberan en el proceso de la muerte.

Es interesante notar que la ciencia actual concede considerablemente mayor incidencia causal a la Luna que en 1916, cuando Gurdjieff propuso su idea. La biología está menos distanciada de la proposición de Gurdjieff de que el hombre es una construcción evolucionaria de la Luna (y por supuesto del sol). No hay animales terrestres sin sus antecesores los anfibios, no hay anfibios sin mareas, no hay mareas sin Luna. Actualmente también se estudian los supuestos efectos de la Luna sobre los niveles atmosféricos de ozono y las mareas, sobre la actividad geomagnética y el magneto tropismo, y sobre la incidencia de terremotos, precipitaciones y formación de huracanes.  Ciertos científicos sociales discuten seriamente la correlación estadística entre las fases sinódica y sideral de la luna y los registros oficiales de asesinatos, suicidios, ataques epilépticos, admisiones hospitalarias y certificados de insana.

 Por otra parte el paradigma científico sobre el origen de la Luna se ha acercado más al modelo gurdjieffiano que en su mezcla de cosmogonía formal con su elaborada cosmogonía de ficción considera que eones atrás “el cometa Kondur” chocó contra la tierra, separando y precipitando en una obra elíptica egocéntrica un gran fragmento que se transformó en la Luna. Las hipótesis actuales del “impacto único” –que correlacionan las líneas petrológicas, químicas e isotrópicas tras la misión Apolo-proponen que la Luna se separó de la tierra a raíz de la mega colisión de un planetisma del tamaño de Marte que tuvo lugar unos 4,5 billones de años atrás. Gurdjieff propuso el hecho ya en 1926, cuando la ciencia contemporánea erraba, sosteniendo que con base a variaciones conocidas de la periodicidad rotacional y del impulso angular, llegó un punto en que la Tierra, rotando a seis veces su velocidad actual, separó la materia de la Luna por fuerza centrífuga. En Belcebú, Gurdjieff hace paralelos alegóricos de este hecho: el “cometa Kondur” es el comienzo de la pubertad, y la Luna es el inconsciente en su aspecto lunático.

El legado de Gurdjieff

Al llegar a Inglaterra y ser recibido por los discípulos de Ouspensky, Gurdjieff les dijo, traducido por Olga de Hartmann: La mayoría de la gente tiene muchos yoes. El hombre es un ser plural. Ustedes son máquinas y las circunstancias exteriores gobiernan sus acciones sin tomar en cuenta sus deseos. No digo que nadie pueda controlar sus acciones. Digo que ustedes no pueden porque están divididos.

Sostiene que la personalidad es la sustancia de otras personas hecha carne en uno, que todos los seres humanos albergan cientos de identidades diferentes, cada una con su peculiar repertorio de comportamientos, que el hombre es una máquina impersonal: un mecanismo extraordinariamente complejo de estimulo respuesta que “ingiere impresiones y excreta conductas”. Sin embargo es una máquina muy especial: la única en la tierra que puede llegar a ser consciente y percibirse a sí misma íntegramente. La prueba viviente de esto podemos intuirla en figuras como Buda, Pitágoras, Cristo, Leonardo Da Vinci.

En Belcebú Gurdjieff sintetiza los conceptos de un método de Trabajo que aplicó en la vida cotidiana con sus alumnos. Identifica tres impulsos formativos independientes en constante interacción. Influencias C: la quintaesencia de las mentes verdaderamente conscientes, de los mensajeros de nuestro Padre Común, de las escuelas de iniciados. Influencias ordinarias A: las grandes fuerzas mecánicas de la sociedad, concentradas en perennes obsesiones como “la suegra, la digestión, el tabaco ordinario y el dinero en efectivo”. Influencias B: conscientes de su origen pero que al introducirse en el vórtice de la vida se desfiguran en la meditación más o menos mecánica de la religión, la ciencia, la filosofía y el arte.

Aunque el linaje de su enseñanza permanece oscuro, el legado de George Ivanovitch Gurdjieff es un camino original en el alcance de los siete modelos que establece: Hombre Número Uno es el centro motor, Hombre Número Dos, es el centro emocional; Hombre Número Tres, es el centro intelectual. Para cubrir las respectivas necesidades de los Hombres Uno, Dos y Tres,( tres inclinaciones hacia la mano, el corazón o la cabeza)  se proponen tres tipos de “caminos religiosos distintos: 1. El camino de fakir. 2 El camino del monje. 3 El camino del yogui. El fakir accede a la voluntad sometiendo su cuerpo. El monje refina y depura sus sentimientos. El yogui cultiva sus poderes intelectuales.

Y la tipología sigue así: Hombre Número Cuatro, el hombre equilibrado; Hombre Número cinco, unificado; Hombre Número Seis, consciente y Hombre Número Siete, el Hombre Perfecto.

 

Ciclo Literario.

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