Mapa Cruzado

Martin Solarez

 


 

La historia es sorprendente y sencilla como un cuadro de Escher: Harto de la vida intelectual, un joven se va a escribir a la selva sobre un joven harto de la vida intelectual. Como no había dónde vivir, se construyó una casa en la cumbre de un cerro. Como no existía el lenguaje se lo inventó. Y así: en la década de los ochenta un joven que vivía en la selva oaxaqueña escribió una de las novelas más ambiciosas y estimulantes de la literatura mexicana. Una novela total.
La historia es sencilla y furiosa.
Mientras cazaba y pescaba para comer, un joven filósofo diseñó una aventura en tres partes. Sólo podía llamarse Entrecruzamientos, porque no había otra forma de definir una urdimbre de vidas, pasiones y enigmas que reúnen a tres personajes complejos e insólitos en las bahías de Huatulco. El libro cuenta la expedición del joven Eugenio, un estudiante de La Sorbonne que, harto de la colmena urbana, decide explorar las más agrestes selvas del Pacífico mexicano, hasta encontrar un motivo para vivir. Sus pasos lo llevan a una bahía en forma de media luna, una especie de Comala al revés, gozosa y desierta. Un día descubre unas huellas en la arena y ese rastro lo conduce a la presencia de Don Ramón, un anciano de origen celta, que se dedica a leer y escribir en un refugio imponente. Al descubrir que han leído a los mismos autores –y a fin de elevar el nivel de la confrontación–, uno le propone al otro fundar una especie de seminario informal, releer a los clásicos indispensables por las mañanas y discutirlos al final de la tarde, luego de haber pescado y cazado cada quien su propio alimento. El desarrollo de esa discusión tragicómica, divertida y punzante, más las experiencias que de ella se desprenden pronto se vuelven indispensables para ambos rivales, y la expedición se convierte en iniciación.

Lonardo da Jandra

Para que un héroe exista se necesitan dos cosas: un amigo fiel y un enemigo implacable. En el caso de Eugenio, la bella pintora Raga y el mismo don Ramón le ayudarán a encontrarse. El rival no es la jungla, sino su impaciencia, que lo arrastra a continuas caídas: lo mismo se enfrenta a mariguaneros rijosos o a cazadores furtivos que a bellas turistas en busca de un recuerdo sexual –pasando por soledades en verdad insondables.
Es una novela de cazadores. Desde que llega a Oaxaca, Eugenio sueña con cazar un venado y fundar su propia utopía. Lo que no sabe es que el primero está oculto en el interior de la otra.
Es un libro de aventuras. Entre lo intelectual y lo corporal, la opinión está dividida: hay quien prefiere las magníficas discusiones que mantienen don Ramón y Eugenio en la playa, otros eligen las incursiones de estos dos a pescar en alta mar con riesgo de sus vidas, pero nadie, hasta ahora, ha refutado la coherencia del proyecto. Los tiburones rapaces que acechan en un arrecife y los huatulqueños bravíos, a punto de trenzarse a machetazos, son apenas un pálido reflejo de los violentos y creativos argumentos que intercambian los protagonistas. La vida intelectual reverbera en la vida material de estos personajes.
La novela es un manifiesto. Desde el costado creativo, el único punto en que coinciden don Ramón y Eugenio es que en el arte no hay circunstancias atenuantes. “Cuando vas al venado, vas al venado”: Si uno quiere realmente la presa, no se permite la menor distracción. El artista y su arte deben ser impecables.
El problema de la identidad de sus personajes, Da Jandra lo resolvió por el camino largo: para saber quiénes eran, primero debían preguntarse en qué consistía el país donde habitan. Al “¿a quién habito?” que propuso André Breton, Da Jandra le añadió el “¿y dónde habita el cuerpo que habito?”, extendiendo la búsqueda de la identidad personal a nivel nacional, ancestral. Por ello, cada episodio de Entrecruzamientos tiene las dimensiones de una montaña o de un avión gigantesco, movido por muchos motores: el erotismo, la sensualidad, el enigma de la identidad, la pregunta por el sentido de la vida en la Tierra, en un nivel; y en otro: lo solar se enfrenta a lo lunar, lo guerrero a lo artístico, el campo a la urbe, el águila a la serpiente, el instinto a la razón, lo democrático a lo autoritario, las minorías a las masas, la utopía al desencanto, lo sagrado resistiendo a lo profano. La materia de Entrecruzamientos es la búsqueda desesperada del sentido de la existencia.
En un siglo que produjo pocos personajes memorables, Entrecruzamientos puede jactarse de poseer tres: el celta don Ramón, la pintora Raga, decididamente solar, y el inconforme Eugenio. A todos los anima la invención de un lenguaje capaz de expresar lo mismo las ganas de vivir que la angustia existencial, el sentido del humor y la sensualidad de la carne. En lugar de matizar, Eugenio prefiere picassear con las palabras. La libertad y el juego dirigen este lenguaje original y excesivo. A su vez, al lenguaje lo mueve una visión en verdad propositiva y coherente sobre la presencia de los mitos en nuestra vida diaria, los riesgos a que conduce la cercanía con el poder y la necesidad de construir una utopía personal, de pareja y de grupo. Da Jandra la desarrolló en su ensayo Presentáneos, pretéritos y pósteros (Joaquín Mortiz, 1993). Quien quiera iniciarse en cinco siglos de búsqueda y cuestionamiento debería seguir las discusiones entre los dos oponentes. En el primer tomo de Entrecruzamientos, se compara a la Paideia Griega con el Toltecáyotl; en el segundo, las aportaciones del Renacimiento y la Colonia en la Nueva España; el tercero enfrenta la actualidad de Europa y de México.
El paisaje es parte de la cacería. A Eugenio, la visión de los atardeceres le ayuda a presentir esa totalidad que debe existir, pero que siempre está en otra parte.
En la búsqueda de sí mismo Eugenio se encuentra con los huatulqueños. El pelado descrito por Samuel Ramos, el pachuco de Octavio Paz o el ajolote de Roger Bartra, tienen en el huatulqueño de Leonardo da Jandra a uno de sus más notables herederos. Cuando examina al hombre de las costas de Oaxaca, da Jandra revela otra forma del ser nacional.
El lector que emprenda este viaje no echará nada en falta. Hasta ahora no hay nadie que haya leído el primer tomo y no haya sentido la necesidad imperiosa de concluir los demás. El broche de oro es la invención de la novela dentro de la novela y la invención del autor.
Es, en verdad, nutritiva. Frente a infinidad de novelas sin pasiones, inertes, que sufren de presión baja, Entrecruzamientos sobresale por su aliento envidiable. A sus veinte años de edad está más viva que nunca. De ella puede decirse lo que Simon Leys dice sobre sus libros predilectos: la prueba de su sencillez es que se le puede resumir en unas cuantas frases. La prueba de su misterio es que se le puede discutir hasta el infinito.

La trilogía de Da Jandra pertenece al tipo de novelas que pueden cambiar nuestro punto de vista. Aunque no hubiesen existido jamás las bahías de Huatulco, don Ramón, Raga o Eugenio por las magias narrativas de Entrecruzamientos, esa geografía y esos personajes ya existen en el reino de la literatura más exigente y gozosa: la literatura que ayuda a vivir.

 

Ciclo Literario.

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