La com-marca: Creatividad del poder, la palabra y sus silencios

 


 

Tania Romo-González y Enrique Vargas-Madrazo
El mundo que queremos es uno donde quepan muchos mundos.
La patria que construimos es una donde quepan todos los pueblos
y sus lenguas, que todos los pasos la caminen, que todos la rían,
que la amanezcan todos.



- Comité Clandestino Revolucionario Indígena
-¿Qué es? -me dijo.
-¿Qué es qué? -le pregunté.
-Eso, el ruido ese.
-Es el silencio.
- Juan Rulfo

            Ahora en el seno de la hecatombe, la devastación, el hambre, las enfermedades humanas del alma: del obituario planetario; la tierra a través de sus ciclos nos regala esta época de sombras, fríos y reflexión. Estamos próximos a la temporada de siembra y debemos estar bien conscientes si es que queremos cosechar risas, amor y paz; si queremos como dice Bosé dejar de hacer por hacer.
Es época de pensar pero sobre todo de sentir conociendo, de escuchar el silencio. Y es que en un mundo de palabras el silencio parece ser la nada y creemos que cuando la palabra se ausenta deja de haber significación, que no se está diciendo nada, como si el único código posible fuera el de la palabra. Esto se ve reflejado en los textos bíblicos en los que según san Juan "En el principio la Palabra existía y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe". Por ello mismo, el Estado no deja de hablar, porque la única forma de no escuchar las voces que discrepan o se oponen a la sintaxis oficial es hablando: "El lenguaje no se oye nunca al hablar, se produce adelantando su audición" (Rajchenberg y Héau-Lambert 2004).
Sin embargo, el ruido del hablar sólo genera una identificación con las ideas y desde esta identificación el poder ha intentado cambiar el mundo, pero paradójicamente la manera como quizá el mundo no podrá cambiar es mediante la toma del poder (estatal) (Hirsch 2004). El poder de fuera ha provocado a través de su ruido que dejemos de escuchar a la naturaleza y a nosotros mismos y que en pro del progreso y la economía estatal se hayan talado por ejemplo los manglares que hubieran salvado al mundo asiático de la devastación (Greenpeace 2004). Según investigadores de la Fundación MS Swaminathan de la India, la desaparición de manglares en el sudeste asiático agravó los impactos del maremoto y sólo en las zonas que conservaban sus manglares los impactos del tsunami fueron menores (Greenpeace 2004). Tan sólo en Thirunal Thoppu, en el estado de Tamil Nadu, los manglares impidieron que murieran ahogadas 172 familias de pescadores, de ahí que conservar este ecosistema podría haber salvado la vida a miles de personas en toda la región.
Esto no solo obedece a una lógica conservacionista del ambiente, sino a un escuchar en silencio, a una empatía individual pero sobre todo comunitaria con el cosmos. Esto se denota claramente con otro ejemplo de la misma hecatombe, en la que los aborígenes del archipiélago indio de Andaman y Nicobar, situado en el Golfo de Bengala, sabían que un desastre iba a ocurrir en la zona. Según V.R. Rao, director de la Inspección Antropológica de la India (ASI) "Los tribales perciben un peligro inminente a través de señales biológicas como el canto de los pájaros y el cambio en los patrones de conducta de los animales marinos", lo que los llevó a adentrarse en los bosques del interior de la isla en busca de seguridad y por eso no hubo víctimas entre las comunidades de los jarwas, onges, shompens, sentenaleses y gran andamaneses (EFE 2005).
Esto también se gestó en un parque de reserva ecológico en Sri Lanka, donde los animales se alejaron hacia las colinas minutos antes de la llegada del tsunami. Los únicos turistas que se salvaron fueron aquellos que estaban montados en elefantes los cuales los llevaron consigo. ¿Que dramático mensaje, que hermosa evidencia nos están enviando los pueblos indígenas, los animales y en general los seres no “inteligentes y racionales”?

Pero la ciencia transdisciplinaria y planetaria que ahora, por suerte está surgiendo (www.ecovisones.cl, www.uv.mx/evargas, www.ucsusa.org), nos permite  darnos cuenta que tanto los humanos cómo los otros seres vivos perciben esta compleja comunicación con el planeta y en particular en este caso con el Océano Índico  a través de formas complejas de saberes, es decir el RITUAL. Y decimos comunicación, porque no es información lo que aquí opera, información es un concepto “trampa”, pues la información son sólo “bits”, unidades de asimetría de disyunción en la estructura de la materia-energía, pero que carece de un significado intrínseco, no tiene valor informativo-comunicativo, a menos que se geste dentro de un proceso de comunicación-organización (Morin 1986). Así tenemos que los seres vivos naturalmente establecen un saber que es “vivir en y con la totalidad del cosmos, el mundo” (Wright 1997, Steiner 2000), a través de procesos de integración de procesos comunicacionales, los cuales se gestan en el seno tanto de la ritualidad cotidiana, como de la ritualidad ceremonial (Vargas-Madrazo y Segura 2003, Mitchell 2000).
Pero ¿qué nos dice esto acerca de los satélites, los sistemas de “detección” de desastres, de la lógica de haber convertido a Tailandia, Indonesia. etc. en los nuevos “paraísos turísticos”, en fuentes del petróleo o la madera que consumimos para construir nuestros satélites, nuestras computadoras, o los muebles donde realizamos nuestro trabajo? ¿De qué puede servir la tecnología que está al servicio y bajo la lógica de los intereses globalizantes, a expensas de aquellos planetarios? La bolsa de valores de Dehli subió galopante en los días posteriores al Tsunami…
El problema de las catástrofes no es un problema de más modernidad, no es un problema de generar más tecnología y mejores sistemas de “información”. Estos procesos además de ser epistémicamente incapaces de contender con la complejidad ambiental y humana (Leef 2002, Morin 1993), no responderán jamás a las necesidades  no sólo de los humanos “pobres” sino de la naturaleza en sus conjunto.
¿Requerimos de más y más sofisticación de satélites, cables oceánicos, cientos de estaciones de observación, computadoras, “especialistas”, etc. etc. para “controlar y predecir” a natura? ¿No es esta obsesión por controlar y entender con el uso de más y más recursos parte de la catástrofe? ¿Dónde empieza la trama que llevó a gestar las profundas causas de Tsunami, es decir: los ensayos nucleares submarinos, la extracciones de petróleo submarino dejando cloacas kilométricas bajo el suelo marino, la devastación de manglares, bosques y arrecifes, la merma a menos del 20% de las lluvias en los bosques de Tailandia e Indonesia que contribuyen a la resecación de la tierra, etc. etc.?
El desafío entonces está en desarrollar un “antipoder” por así decirlo, o un  poder creativo, conciente y comunitario, en el que cambiar el mundo debe entenderse como negación de lo que comúnmente se llama política y que se agota en la reproducción permanente de relaciones de poder y sumisión (Hirsch 2004). Esto implica aprender a callar pero sin obedecer, en el que "callar es en primer lugar apartarse de la sordera en que estamos con respecto al lenguaje en nosotros". Ya que que “cuando la voz calla, se está diciendo sin hablar” (Rajchenberg y Héau-Lambert 2004). Es decir, que a través del silencio y el sentir recuperemos nuestra comunalidad, nuestra com-marca. Com-marca que es el estado de com-partir, de com-municarnos, es decir de PERTENECER a nuestro espacio vital (Fritjof Capra y Steindl-Rast 1994), que en este caso es la Tierra Patria (Morin 1993). Por más que pensemos y pensemos, nos perpetuamos en la lógica globalizante y del capitalismo, donde después de escandalizarnos de los desastres del capitalismo continuamos comprando en Wall-Mart, COSTCO, viajando miles y miles de kilómetros, consumiendo cientos de artículos semanalmente, echando nuestras “inmundicias” a las aguas de nuestro ríos.
En esta lógica de la vida moderna no podemos salirnos de la lógica donde los alimentos que comemos son producidos en cualquier país a cualquier costo ambiental y humano, donde la “necesidades” no nos permiten más que seguir consumiendo miles de litros de gasolina para llegar a nuestros “satisfactores”, donde cada día nuestro cuerpo es un “aparato” ajeno a nuestro cuerpo, donde la naturaleza es tan sólo un escenario bonito en la ventana (en el mejor de los casos) o un cuadro, y nunca un espacio ritual donde readquirir nuestra proporcionalidad en el vivir, el ritmo de la percepción ecológica planetaria y trascendente que es el saber ritual. Es en este vivir en y desde la trama ritual y mítica de natura donde podemos re-proporcionalizarnos para co-construir con todos los humanos, pero fundamentalmente también con natura nuestra Tierra Patria.
Salirnos de esta lógica de desastre planetario parece algo imposible en las condiciones de aislamiento e ignorancia ritual y planetaria en que nos encontramos. Requerimos pues de reconstruir una com-marca, de crear espacios de comunalidad, de consumo, de necesidades, de relaciones, etc. donde  sea posible el cambio radical: el ritual y el mito, la re-conección con nuestro ser profundo y transpersonal y con natura es el elemento central para este Cambio Social Espiritual.
            El mensaje de los pueblos indios (Linda Clarkson, Vern Morrissette and Gabriel Régallet 1992) es de re-construir nuestra forma de vida, de tal forma radical que podamos re-dimensionalizar nuestros actos con lo que ocurrirá en la séptima generación. La complejidad de esta percepción, de este saber planetario está más allá de cualquier conocimiento racional y de la capacidad de ninguna computadora que existe o existirá, pues es un saber que sólo se construye en el vivir, en una ecología sagrada que implica co-construir un saber ambiental y planetario en el ritual y en la mito-poiesis/poética. Natura también nos está enviando mensajes planetarios y locales; las condiciones de vida sostenible están en sus últimos momentos de estabilidad relativa (Vargas-Sagura 2003), y estamos tirando ya la cuerda sobre terreno de desastre. La gran pregunta es entonces ¿seguiremos con nuestra lógica de siempre o estamos dispuestos a co-construir nuestra com-marca local y global?

En la tradición cultural maya, el silencio se concibe como matriz de lo que está por venir, antecede a la historia de los dioses. Si bíblicamente la palabra es fundadora, en esta tradición lo es el silencio. El Creador, el Formador, los Progenitores están inicialmente en la inmovilidad y en silencio (Rajchenberg y Héau-Lambert 2004). Es por ello que se venera a las abuelas piedras pues ellas inmóviles y en silencio ruedan, se erosionan, transportan el frío y el calor.
“Cuando el cielo calla, cuando el sol y la luna reinan con silencio, y cuando el suelo esconde tras su dureza su quehacer interno, los hombres y mujeres de maíz guardan la palabra y la trabajan pensando. Cuando el techo de la tierra se grita con nubes, lluvias y viento, cuando luna y sol asoman cada tanto, y cuando la tierra se abre con verde y vida, los hombres y mujeres verdaderos nacen de nuevo la palabra en la montaña que es su casa y camino” (Cuarta Declaración de la Selva Lacandona 1996).

 

Dime por qué has amado la cima de la montaña,
su sereno silencio y su pureza,
y yo te diré que el reposo de nuestro espíritu
es la soledad con Dios; serenidad
por encima del estrépito de los pensamientos. Y dime por qué
amas el secreto del bosque susurrante,
su santidad y su oscura seguridad,
y yo te diré que nuestro gozo perdurable
es unión, amor en nuestro corazón más profundo,
sumergiéndose en el Misterio de nuestro ser;
unión con lo que soy, y lo que eres.
- Frithjof Schuon

 

Ciclo Literario.

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