José María Peimbert Plantarse y hacer

José Luis Tiznado

 


 

Sí acaso fuera evasión, ésta busca libertad.

Dejarse llevar por el impulso creador, inmerso en la aventura de experimentar y descubrir.

No es el cuadro el motivo principal, sino el proceso de inventarlo, de extraer del interior los elementos, y plasmarlos para encontrarse al final con el asombro de haber desarrollado no algo nuevo, sino algo propio, el autodescubrimiento, la inmersión en el ser humano.

La plástica que surge de su encéfalo y de sus manos, posee el lenguaje matemático que se expresa con el idioma del exilio, y que con talento matrero del oficio se inserta en el festival de los colores, donde fluye tanto la sensualidad y el erotismo, como el pudor y el decoro; pudiéndose creer que en sus escenarios no hay lugar para el dolor, pero si para la tristeza.
Y en el mismo sentido el misticismo que plasma el artista en su obra, no permite que ésta escape de lo social y lo político, y menos aun de la polémica por tan clara sensualidad manifiesta, cuyos trazos libres y sueltos, finos y minuciosos se advierten casi etéreos.

La impresión que  José María Peimbert al espectador da con su obra artística, hace que fluya algo inusual en las personas, al poder interactuar consigo mismas con la mayor libertad, contemplando su propio prerrealismo al alcance  del mito y de la  muerte, en nupcias con el aire.

El artista hace coparticipe al observador de su genio, al impulsar y fortalecer el entendimiento mayor al binomio artista-espectador.

José María Peimbert confiesa y propaga todo lo intenso de la pasión absoluta de su sideral juventud, descubriéndonos nuestras emociones, para poder llegar a la inconciencia incólume, y subrepticiamente reírse con nosotros de la vida.

El espíritu del mal en la obra de José María se dispersa en la misma dimensión de todos los personajes zanquivanos de su discurso, no es menos, ni más, ahí está, construyendo galerías subterráneas en su labor de zapa, de saltimbanqui y de líder, siempre real, nunca como espectro.

La obra de José María debe disfrutarse sin pecado de omisión; como cosas olvidadas a fuerza de no encontrarles explicación; como dudas de amantes con voz temblorosa que contravienen la ley, la discreción y la sabiduría, como decretos de reyes, poetas u hombres de leyes resueltos a pasar la noche entera entre las zarzas, impidiendo a propósito cualquier discusión, para que en recurrencia de ciertas ideas que nos son habituales desde hace ya tanto tiempo, nos atrevamos a llamarlas convicciones cuando estemos durmiendo, insertos en destellos oníricos en actitud orante, que en desafió separan las lagrimas del viento como ónices de camafeos sin producirnos miedo, alejando a la prudencia de la conciencia y al instante del ensueño.

 

Ciclo Literario.

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